Mons. Tihamér Tóth- El matrimonio cristiano

CAPÍTULO XVI

EL MATRIMONIO CON MUCHOS HIJOS (II)

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Todos conocemos la vida de abnegación, la vida de incesantes sacrificios que han de llevar los padres por el bien de sus hijos; los sudores y afanes, la labor ímproba que el padre tiene que soportar por sustentar a su familia, y las preocupaciones y lágrimas que le cuesta también a la madre la educación de los hijos.

La educación de los hijos exige, sin duda, graves deberes para los padres. Cumplirán éstos con más facilidad su deber:

I-Si saben que la mejor educación es la del ejemplo;

II-Si saben qué virtudes principalmente tienen que inculcar en sus hijos.

I

EL EJEMPLO DE LOS PADRES

La Virgen María y San José no decían al Niño Jesús: «Ve, hijito, a la sinagoga», sino: «Vámonos a la sinagoga.» En cambio, muchos padres modernos prohíben a los hijos blasfemar, y ellos blasfeman; castigan la mentira, y ellos mienten sin escrúpulo.

Y muchas veces ni siquiera se dan cuenta del grave daño que les causan con su mal ejemplo.

Un padre cogió in fraganti a su hijo cuando cometía un robo.

—Hijo mío, no robes, porque a Dios no le puedes engañar; Dios lo ve todo.

—¿Lo ve todo? —contestó el muchacho—. Entonces también te vio a ti, cuando llegabas anoche borracho…

Los catequistas y los maestros más celosos ven con frecuencia que todos sus esfuerzos por educar a los muchachos se estrellan contra el mal ejemplo que reciben en el hogar.

En cambio, ¡que gran ayuda es para la formación de los hijos el buen comportamiento de los padres! Bastará recordar aquí a los padres de Santa Teresita de Lisieux. Al leer la vida ejemplar de estos dos esposos venerables, no podemos menos de exclamar:

«¡Sí, de este matrimonio tenía que nacer una Santa!»

Dificultades para educar, siempre las ha habido En todas las épocas ha costado grandes sacrificios educar a los hijos… Y siempre fueron la fe y el amor de Dios los que alentaron a los padres a hacerlo bien.

II

¿QUÉ VIRTUDES HAY QUE INCULCAR EN LOS HIJOS?

También importa saber cuáles son las virtudes que conviene más inculcar en los hijos.

En primer lugar, la obediencia.

«Hijos, vosotros obedeced a vuestros padres con la mirada puesta en el Señor: porque es ésta una cosa justa» (Ef 6, 1), les dice SAN PABLO. Pero acto seguido dice a los padres: «Y vosotros, padres, no irritéis con excesivo rigor a vuestros hijos; mas educadlos corrigiéndolos e instruyéndolos según la doctrina del Señor» (Ef 6, 4).

Hay que inculcar a los niños las virtudes de la obediencia, la modestia y el espíritu de sacrificio. Antiguamente esto era la cosa más natural del mundo, tanto, que en toda familia honorable los hijos obedecían como por instinto a los padres.

Mas cuando se puso de moda no tener más que un solo hijo, entonces sucumbió este recto principio de la educación, y desde entonces son los padres los que suelen someterse a los caprichos del pequeño y mimado tirano. Porque hemos de tener conceptos claros: el niño u obedece o manda; o hace lo que le dicen los otros, o los otros tienen que hacer lo que dice él.

«Pero ¿qué hacer, si el niño se encabrita y se echa al suelo porque le negamos lo que pide?»

¡Cualquier cosa!, excepto una…: darle lo que pide. Entonces no hay que dárselo. Ha de aprender que, por muy ricos que sean sus padres, habrá muchas cosas en el mundo a las cuales tendrá que saber renunciar.

«¡Pero me da tanta lástima cuando llora tan desesperadamente! ¡Me cuesta tanto decirle que no!»

Se comprende, si no piensas en las consecuencias. Recuerda que Herodes tampoco supo negarse a la demanda de Salomé, y por complacerla hizo degollar a Juan Bautista.

Recuerda la sentencia de SAN AGUSTÍN «Odia quien mal quiere y ama quien odia bien.»

Y la advertencia de la SAGRADA ESCRITURA: «Halaga al hijo, y te hará temblar. No le dejes hacer lo que quiera en su juventud, y no disimules sus travesuras» (Ecclto. 30, 9-10).

Si el niño se encabrita y no quiere entrar en razón, entonces acuérdate de que «un bofetón dado a tiempo aprovecha más al niño que cien sermones».

No nos dejemos llevar de sentimentalismos. «Un caballo sin domar se hace intratable; un hijo consentido se hace insolente» (Ecclto. 30, 8). «Quien escasea el castigo, quiere mal a su hijo» (Prov 13, 24). «Corrige a tu hijo; no pierdas la esperanza» (Prov 19, 18). «No escasees la corrección al muchacho; pues aunque le des algún castigo, no por eso se va a morir. Aplícale la vara del castigo, y librarás su alma del infierno» (Prov 23, 13-14).

2º. El respeto a la autoridad.

No puede haber una buena convivencia si no se respeta a la autoridad. Habrá que armonizar el amor paterno con el ejercicio de la autoridad, de otra forma no se podrá educar. Sí, los padres han de amar al niño, pero éste ha de corresponder a su amor con el respeto y la obediencia.

La obediencia y el respeto a la autoridad no se ciñen a los estrechos marcos de la familia, sino que abarca a toda la sociedad. Es obvio que los padres deben ser los primeros en dar ejemplo de respeto a la autoridad.

Los paganos en esto nos dan ejemplo.

Felipe, rey de Macedonia, prohibió a su hijo Alejandro (el que más tarde sería Alejandro Magno), que permaneciese sentado mientras su maestro Aristóteles le instruía.

Pero hoy no se dan cuenta los mismos padres como minan este respeto a la autoridad. Si el muchacho trae malas notas, naturalmente, «tiene la culpa el profesor». Se inventarán todas las excusas posibles con tal de no reconocer que el hijo no ha estudiado.

3º. La veracidad.

La veracidad es el fundamento de la educación del carácter; en cambio, de un niño embustero, difícilmente se logrará de él algún resultado positivo.

Conviene en este punto destacar dos defectos harto frecuentes.

En primer lugar, la severidad excesiva y arbitraria de los padres puede inducir al niño a mentir. Sí; es lícito, desde luego, castigar la mala voluntad, pero no la ineptitud, la ligereza, la inconsciencia infantil. Y de ningún modo hay que castigar la veracidad. Si el niño es sincero y confiesa su culpa, habrá que amonestarle por lo que ha hecho mal, a la vez que felicitarle de alguna manera por haber dicho la verdad.

Y como siempre, si los padres no son veraces, no nos sorprendamos que los hijos hagan lo mismo.

4º. La virtud de la pureza.

Los padres tendrán que darles a conocer gradualmente los fines que Dios ha reservado a la sexualidad, al noviazgo y al matrimonio… cuando ellos juzguen que ha llegado el momento oportuno.

En la casa deberá de haber el ambiente apropiado para que pueda vivirse la virtud de la pureza. Por supuesto, no debe haber nada que dañe al pudor, que es uno de los baluartes de la pureza.

Los padres deberían leer las «Confesiones» de SAN AGUSTÍN, donde el Santo describe cómo siendo joven se dejó esclavizar por la impureza:

«¡Dónde estaba yo, y cuán lejos de las delicias de vuestra casa andaba desterrado en el año decimosexto de mi edad! Entonces fue cuando tomó dominio sobre mí la concupiscencia, y yo me rendí a ella enteramente, lo cual, aunque no se tiene por deshonra entre los hombres, es ilícito y prohibido por vuestras leyes.

No cuidaron mis padres de evitar con el matrimonio mis caídas; y solamente cuidaron de que aprendiese a hablar bien y a saber formar una oración retórica y persuasiva.» (Confesiones L 1, c. 2).

Padres, no olvidéis que si hay en la vida de vuestro hijo una época en que necesita a alguien con quien sincerarse por completo, es precisamente en los años de la adolescencia. ¡Dichosos los padres que saben ganarse con tacto y comprensión esta confianza!

Precisamente por esto, los padres deben vigilar las amistades de sus hijos. ¿Sabéis vosotros quiénes son sus amigos, dónde suele jugar, en qué sitios suele estar, cuáles son los temas de sus conversaciones?

¿Me decís que «no tenéis tiempo de dedicaros a semejantes asuntos»? ¡Cuidado!, que también se podrá aplicar a vosotros el juicio duro de SAN PABLO: «Si alguien no tiene cuidado de los suyos, principalmente de sus familiares, ha renegado de la fe y es peor que un infiel» (I Timoteo 5, 8).

Vuelvo a citar a SAN AGUSTÍN:

«Mas yo no conocía nada de esto y corría tan ciegamente al precipicio, que me avergonzaba de no ser tan desvergonzado como otros compañeros de mi edad, porque yo les oía jactarse de sus maldades, y gloriarse tanto más de ellas cuanto más feas eran y más torpes; con lo que me aficionaba a sus vicios, no sólo por el deleite, sino también por el deseo de alabanza. ¿Qué cosa hay más digna de menosprecio que el vicio? Y no obstante, para no ser menospreciado, me hacía yo más vicioso, y cuando no tenía algún suceso con que igualarme a otros más rematados y perdidos, suponía haberlo hecho, siendo falso, para que no les pareciese yo más despreciable por ser más inocente, y no me tuviesen en menos por ser más casto.» (Confesiones L 2, c. 3).

5º. La educación religiosa.

En realidad, la tendríamos que poner en primer lugar, ya que es el fundamento de toda educación.

Parece increíble, pero hay padres que lo que más temen es que «sus hijos sean exagerados en este punto».

Pregunto a una madre:

—Señora, ¿es que quiere usted que su hijo sea un joven frívolo y se corrompa?

—¿Cómo voy a quererlo? ¿Qué madre querría semejante cosa? Lo que no me gustaría es que lo tengan por un beato…

— ¡Ah!, ¿no le gusta que lo tengan por un beato? Pero ¿qué entiende usted por eso?

—Sencillamente, que no sea demasiado fervoroso, demasiado religioso…

—Yo la comprendería si usted me dijera: No quiero que mi hijo sea demasiado frívolo, no quiero que sea demasiado holgazán…, demasiado vano… Pero ¿«demasiado fervoroso»? No hay nada malo en ello.

La fe religiosa es la base de toda educación. Todo hombre debe sentir el amor de Dios, y tratar de corresponderle. Él nos creó y nos redimió, y está presente en toda nuestra vida.

* * *

Conocí a una madre que se quedó viuda a la edad de treinta y un años, con cinco hijos, de nueve años el mayor, y de dos el pequeño.

La joven viuda no se arredró ante las dificultades de la vida. No se pueden contar los sacrificios, pesares, trabajos y preocupaciones que hubo de soportar durante muchos años para educar a sus hijos.

Pero llegó a educarlos…

Uno de ellos es el autor de este libro.

Y si alguno de mis lectores, gracias a mis líneas, se ha acercado un solo paso a Dios, le suplico ahora encarecidamente que rece un Avemaría por mi madre inolvidable, de bendita memoria.