MES DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE – DÍA 31

DÍA TREINTA Y UNO

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La Sangre Preciosísima de Jesucristo nos obtiene el don de la perseverancia

I. Considera, alma mía, que la perseverancia final hasta el momento de la muerte, ese don precioso del Señor que el hombre no puede merecer, y que sin ninguna injusticia Dios podía negarnos, se obtiene únicamente por los méritos de la Sangre de Jesús. Advierte también que el alma que la pida constantemente en virtud de esta Sangre, la obtendrá. Y ¿cómo no ha de ser así? ¿Cómo no llegará al puerto de salvación el alma que ha atravesado el mar de esta Preciosa Sangre? ¿Cómo podrá perderse un alma que está ya en las manos del Salvador en donde ha dejado su estampa con caracteres de sangre? Y como añade San Agustín: «Leed, dirá el alma al Señor; leed lo que está escrito y salvadme.» ¿Quién podrá arrancarme de las manos de Jesús si toda mi vida he estado en sus santas Manos y en su tierno Corazón por medio de la devoción a la Preciosísima Sangre? ¿Cómo podré yo dejar esas Manos y ese Corazón al fin de mi vida? Me ha marcado con caracteres de sangre: ¿quién podrá borrar estos caracteres? «Yo os hablaré, yo cargaré con vosotros y os salvaré,» dice el Señor. Con tales palabras ¿no revive nuestra esperanza? «Vosotros sois la obra de mis manos por la creación y por la redención; debo, pues, llevaros como una tierna madre que lleva amorosamente a su hijo en sus brazos.» Esta madre me ha llevado tanto tiempo a su lado, me ha alimentado tantas veces con la leche de su Sangre en los Sacramentos, y ¿podré pensar que en el momento del mayor peligro me ha de dejar caer de su tierno seno en el abismo del infierno? ¡Ah! no; no puede concebirse semejante pensamiento; es demasiado opuesto a la inmensa bondad de su corazón: Yo os salvaré, yo os salvaré, esta alma se salvará por toda la eternidad.

II. Tal es el dichoso término a que llegan las almas que en el discurso de su vida se ejercitan en la verdadera y sólida devoción de la Sangre divina del Salvador. Una grande distancia media entre Dios y el hombre, entre la bondad infinita y el pecador, entre el Cielo y la tierra; más esta distancia la recorrerá fácilmente el alma devota de la Sangre de Jesús, y llegará muy pronto a la Santa Sion, aunque la parezca que un caos inmenso la separa de su Dios. Entretanto no cesemos de suplicar a nuestra especial protectora la Santísima Virgen María nos obtenga un viento favorable que nos conduzca felizmente al puerto de eterna salvación. De todas las consideraciones que nos han ocupado durante este mes, concluyamos, que por mucho que nos aproximemos a este río de sangre que recorre toda la ciudad de Dios, nunca será demasiado, y pongamos en él toda la esperanza de nuestra salvación. Y ¿quién podrá resistir la corriente impetuosa de esta Sangre? Ninguna fuerza humana, como no sea nuestra propia voluntad cuando con nuevos pecados se atreve a luchar contra su gracia. Pero si no la resistimos, si llenos de confianza en la bondad divina nos abandonamos suavemente a Ella, transportará nuestras almas al seno feliz de la divinidad.

 

COLOQUIO

¡Oh! ¡Y cuánto consuelo halla mi alma en estos pensamientos, amable Jesús mío! ¡Y qué dulce esperanza de mi salvación eterna renace en mi corazón, gracias a esa Preciosa Sangre que tan llano y suave me ha hecho el camino del Cielo! Este camino quiero seguir hasta la muerte, pues por él me salvaré: Nihil ad cælum euntibus tutius, quam sequi viam Christi sanguine tinctam; rectissimum hoc iter ad tribunal gratiæ, observa Pedro Colense. Sangre amabilísima de mi Jesús, yo te adoro profundamente, y te invoco con fervor, y pongo en ti toda mi confianza; tú eres la prenda de mi salvación como fuiste ya el precio de mi redención y el baño purificante de mi alma. Sangre de salvación; Sangre de vida, yo te ofrezco ante el trono del Eterno Padre, en descuento de mis pecados y por todos los pecadores. En ti halla su sostén la Iglesia, consuelo los desgraciados, fortaleza los débiles, los pecadores la más viva esperanza, y todas las almas la eterna salvación. Amén.

 

EJEMPLO

Santa María Magdalena de Pazzis vio en uno de sus éxtasis comparecer ante el Trono de la Santísima Trinidad todos los Santos protectores de la ciudad de Florencia unidos a una multitud innumerable de otros santos; traían todos una súplica y pedían al Señor se dignase perdonar a los hombres los innumerables pecados que se cometían entonces; pero no fueron oídos. Venían después de los Santos los Ángeles custodios de cada criatura; sus adoraciones y peticiones eran las mismas, pero sin más feliz resultado. Sometiéndose a la voluntad divina se retiraron, Después de los Ángeles se presentaron a Dios todos los escogidos que estaban aún en este mundo rogando por todos los pecados que se cometían, y suplicando a Dios perdonase a los pecadores y usase con ellos de misericordia, y al efecto ofrecían la Sangre que Jesús había derramado por los hombres; y por esta Sangre vino Dios en oír sus súplicas… Lo hizo por compasión a nuestra humanidad y para cumplir aquella su promesa: Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá; y estas tres palabras: Todo el que pide, recibirá; y el que busca, hallará; y al que llama, se le abrirá.

 

JACULATORIA

Padre Eterno os ofrezco la Sangre de Jesucristo en rescate de mis pecados y por las necesidades de vuestra Iglesia.

 

INDULGENCIA

El Soberano Pontífice Pío VII concedió cien días de Indulgencia por cada vez que se diga la anterior jaculatoria. Así consta del rescripto que se conserva en los archivos de los Padres Pasionistas de Roma.