Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 11ª después de Pentecostés

Sermones-Ceriani

UNDÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Dejando Jesús otra vez los confines de Tiro, se fue por los de Sidón, hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Y le presentaron un hombre sordo y mudo, suplicándole que pusiese sobre él su mano para curarle. Y apartándole Jesús del bullicio de la gente, le metió los dedos en las orejas, y con la saliva le tocó la lengua, y alzando los ojos al cielo arrojó un suspiro y le dijo: Efeta, que quiere decir: abríos. Y al momento se le abrieron los oídos y se le soltó el impedimento de la lengua, y hablaba claramente. Y les mandó que no lo dijeran a nadie. Pero cuanto más se lo mandaba, con tanto mayor empeño lo publicaban, y tanto más crecía su admiración, y decían: Todo lo ha hecho bien: Él ha hecho oír a los sordos y hablar a los mudos.

Nos servirá de introducción el excelente comentario de Dom Guéranger, en su obra el Año Litúrgico.

Los Santos Doctores nos enseñan que este hombre representa a todo el género humano, excepción hecha del pueblo judío.

Abandonado desde tantísimo tiempo en las regiones del aquilón, donde solamente reinaba el príncipe del mundo, experimentó los efectos desastrosos del olvido en que parece le tenía su Creador y Padre, como consecuencia del pecado original.

Satanás, cuya pérfida astucia le hizo salir del Paraíso, se excedió a sí mismo en la elección del medio que puso para salvaguardar su conquista.

Con ladina tiranía redujo a su víctima a un estado de mutismo y de sordera, con que le tiene bajo su imperio más seguro que amarrado con cadenas de diamante; mudo para implorar a Dios, sordo para oír su voz; los dos medios de que podía servirse para libertarse, los tiene impedidos.

Satanás, el adversario de Dios y del hombre, puede felicitarse; pues hasta la misma nación conservada por el Altísimo como su parte escogida en medio de la defección de los pueblos, se ha aprovechado de sus ventajas para renegar con más crueldad que todos los demás, de su Señor y su Rey.

El Hombre-Dios gimió al ver una miseria tan extrema. Y ¿cómo no lo iba a hacer considerando los estragos ocasionados por el enemigo en este ser escogido?

Así pues, levantando los ojos siempre misericordiosos de su santa humanidad, ve el consentimiento del Padre a las intenciones de su misericordiosa compasión; y, usando de aquel poder creador que en el principio hizo perfectas todas las cosas, pronuncia como Dios y como Verbo la palabra omnipotente de restauración: ¡Ephphetha!

La nada, o más bien, en este caso, la ruina, que es peor que la nada, obedece a esta voz tan conocida; el oído del infortunado se despierta; se abre con placer a las enseñanzas que le prodiga la triunfadora ternura de la Iglesia, cuyas oraciones maternales han obtenido esta liberación; y, penetrando en él la fe y obrando al mismo instante sus efectos, su hasta aquí trabada lengua vuelve a tomar el cántico de alabanza al Señor, interrumpido por el pecado desde hacía siglos.

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Jesucristo quiere más instruir a los suyos, con esta curación, que manifestar el poder de su palabra divina; quiere revelarles simbólicamente las realidades invisibles producidas por su gracia en lo secreto de los Sacramentos.

Por esto, conduce aparte al hombre que le presentan, lo lleva lejos de esa turba tumultuosa de pasiones y de vanos pensamientos que le habían hecho sordo a las cosas del Cielo: ¿de qué serviría, en efecto, curarle, si tiene el peligro de volver a caer nuevamente por no hallarse alejadas las causas de su enfermedad?

Jesús, asegurando el futuro, mete en los oídos del cuerpo del enfermo sus dedos sagrados, que llevan el Espíritu Santo y hacen penetrar hasta los oídos de su corazón la virtud reparadora de este Espíritu de amor.

Finalmente, con mayor misterio aún, puesto que la verdad que se trata de expresar es más profunda, toca con saliva de su boca divina esta lengua que se había hecho impotente para la confesión y la alabanza; y la Sabiduría, pues ella es la que se significa aquí místicamente, la Sabiduría que sale de la boca del Altísimo y fluye sobre nosotros de la carne del Salvador, abre la boca del mundo del mismo modo que hace elocuente la lengua de los niños que aún no sabían hablar.

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También la Iglesia, para hacernos ver que el relato evangélico se refiere en figura, no a un hombre aislado sino a todos nosotros, ha querido que los ritos del Bautismo de cada uno de sus hijos recuerden las circunstancias de la curación que se nos acaba de relatar.

Su ministro, antes de sumergir en el baño sagrado al escogido que le presenta, debe depositar en su lengua la sal de la Sabiduría, y tocar los oídos del neófito, repitiendo la palabra que Cristo dijo al sordomudo: Ephphetha, que significa: abríos

Hasta aquí el comentario de Dom Guéranger.

Considerando más en detalle las ceremonias del Bautismo, podemos preguntarnos, con Santo Tomás, si es adecuado el rito utilizado por la Iglesia en la administración de este Sacramento.

El Santo Doctor comienza por decir que la Iglesia está gobernada por el Espíritu Santo, que nada hace sin que tenga explicación.

Y concluye con este luminoso pensamiento: Las cosas que pertenecen a la solemnidad del Sacramento, aunque no sean indispensables, no son superfluas, porque contribuyen a la perfección del mismo.

Y lo explica de este modo: En el Sacramento del Bautismo algunos ritos son indispensables, y otros sirven para dar cierta solemnidad al Sacramento.

En el Sacramento es indispensable la forma que designa la causa principal del Sacramento; y el ministro, que es causa instrumental; y el uso de la materia, o sea, la ablución con agua, que designa el efecto principal del Sacramento.

Todo lo demás que la Iglesia ha establecido en el rito del Bautismo pertenece, más bien, a una cierta solemnidad del Sacramento.

Estas ceremonias se añaden al Sacramento por tres razones.

Primera, para excitar la devoción de los fieles y la reverencia hacia el Sacramento. Porque si la ablución se hiciese sin solemnidad alguna, fácilmente algunos pensarían que se trata de una ablución ordinaria.

Segunda, para instrucción de los fieles. Porque a los sencillos, que carecen de cultura, hay que instruirles a base de signos sensibles. Y porque acerca del Bautismo es conveniente conocer algunas otras cosas, además del efecto principal del Sacramento, por eso fueron éstas representadas por signos sensibles.

Tercera, para impedir con oraciones, bendiciones y cosas semejantes que el poder del demonio obstaculice el efecto del Sacramento.

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En la respuesta a la segunda objeción, Santo Tomás dice que el uso del agua en el bautismo pertenece a la sustancia del sacramento, mientras que el uso del óleo y del crisma contribuye a una cierta solemnidad.

Porque al bautizando se le unge con óleo en el pecho y en la espalda como si fuese un atleta de Dios, porque así se hacía a los púgiles, según dice San Ambrosio en el libro I De Sacramentis.

O, como dice Inocencio III en una Decretal De Sacra Unctione: Al bautizando se le unge en el pecho para que reciba el don del Espíritu Santo, rechace el error y la ignorancia, y reciba la verdadera fe, porque el justo vive de la fe. Y se le unge en la espalda para que se revista de la gracia del Espíritu Santo, se despoje de la negligencia y la indolencia, y se ejercite en las buenas obras, de modo que por el sacramento de la fe tenga limpieza de pensamientos en el pecho, y fortaleza para las fatigas en la espalda.

Y después del bautismo, como dice Rábano, seguidamente el sacerdote le signa en la cabeza con el sagrado crisma acompañado de una oración para que se haga partícipe del reino de Cristo, y Cristo pueda llamarle cristiano. O, como dice San Ambrosio, se derrama el ungüento en la cabeza porque el juicio del sabio está en la cabeza, de tal manera que así esté preparado para dar cuenta de su fe a todo el que se la pida.

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Sabemos que las ceremonias del Rito del Bautismo han sido notoriamente modificadas por los apóstatas conciliares.

Quien quiera hacer un simple cotejo encontrará en apartado el Rito católico, en latín y castellano, y el rito conciliar.

En la Epístola de este domingo, San Pablo nos dice: Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal como os lo prediqué. Si no, ¡habríais creído en vano!

Es en primer lugar por el Bautismo que el hombre recibe el oído espiritual y la palabra de la fe, que prepara para recibir la prédica evangélica.

El fruto de la predicación apostólica es la gracia de la fe recibida por el santo Bautismo; la cual debemos conservar tal como la hemos recibido, si queremos salvarnos.

Tan importante es la fe recibida en el Bautismo, que el mismo San Pablo amonestó con duras palabras a sus discípulos de Galacia:

Me maravillo de que tan pronto os paséis del que os llamó por la gracia de Cristo, a otro Evangelio. Y no es que haya otro Evangelio, sino que hay quienes os perturban y pretenden cambiar el Evangelio de Cristo. Pero aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os predique un evangelio diferente del que nosotros os hemos anunciado, sea anatema. Lo dijimos ya, y ahora vuelvo a decirlo: si alguno os predica un evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema.

Hoy en día, en que hay tantos y tantos que perturban y pretenden cambiar el Evangelio de Cristo, y en que otros quieren dialogar con los perturbadores…, es fundamental prestar atención a la amonestación del Apóstol.

Les demuestra a los gálatas su error, esgrimiendo la autoridad de la doctrina evangélica.

Primero les muestra su ligereza en cuanto al fácil abandono de la doctrina evangélica; y subraya la culpa, tanto de los seductores como de los seducidos.

En cuanto a los seducidos, les inculpa su ligereza de ánimo: Me maravillo de que en tan breve tiempo, os paséis…

Además, les afea su culpa porque abandonaron el bien, es decir el don de su fe…, y se han convertido a otro evangelio, esto es, el de la antigua ley.

Respecto de los seductores, ellos perturban, es decir manchan la pureza de la verdad de la fe; porque si después de haberse recibido el Nuevo Testamento se regresa al Antiguo, parece afirmarse que el Nuevo no es perfecto.

Y verdaderamente perturban, porque pretenden cambiar el Evangelio de Cristo, esto es, la verdad de la doctrina evangélica cambiarla en figura de la ley, lo cual es absurdo y la máxima perturbación.

La doctrina que es presentada por Dios no puede ser anulada, ni por hombre alguno, ni por Ángeles.

Por lo cual, dice San Pablo, si ocurriere que un hombre o un Ángel diga lo contrario de lo enseñado por Dios, su dicho no es contra la doctrina, para que por eso sea ésta anulada y rechazada, sino que más bien la doctrina es contra él.

Por ese motivo, ese mismo que lo dice debe ser excluido y rechazado de la comunión de la doctrina.

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Hemos visto que Jesucristo quería enseñar simbólicamente por esta curación del sordomudo las realidades invisibles producidas por su gracia en los Sacramentos.

Por estos símbolos deseaba que comprendiésemos:

* cuán difícil es la curación de la sordera y del mutismo espirituales,

* qué tremenda es la situación del pecador endurecido,

* cuán peligroso es el demonio sordo y mudo, que nos hace sordos a la voz de Dios y que cierra nuestra boca para evitar descubrir nuestra alma herida.

Al mismo tiempo el Señor pretendía enseñarnos cuánto respeto y reverencia merecen todas las ceremonias que la Iglesia ha establecido para la administración de los Sacramentos, especialmente del Bautismo, en el cual encontramos las acciones y las palabras que Él mismo utilizó para curar al sordomudo, imagen del alma y de las sociedades todavía no regeneradas por la divina gracia y aún presas bajo el poder del demonio.

De aquí debemos aprender nosotros a apreciar en su justo valor las ceremonias del culto.

Se encierra en ellas un tesoro inagotable de espiritualidad y de doctrina, que sólo llegaremos a percibir si nos dedicamos a explotarlo.

Estudiemos el significado de las ceremonias y ritos litúrgicos; y en las funciones litúrgicas pongamos toda nuestra alma en ellas, a fin de que operen los efectos que están llamadas a producir.

Las ceremonias del culto sin alma mueven a hilaridad; las ceremonias con alma y vida elevan el espíritu.

No olvidemos que nos movemos entre realidades inaccesibles a la bajeza humana; y que misterios tan sublimes exigen su etiqueta protocolaria.

No rebajemos las cosas divinas con nuestras formas menos dignas.