MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

SEGUNDA PARTE

LOS MEDIOS QUE SON MENESTER TOMAR

PARA HABLAR BIEN CON DIOS

Prosigue el mismo asunto:

La pureza del corazón

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El Siervo. Es menester, alma mía, que no tengas afición más que a tu Dios; sin ésto no tendrás jamás parte en su íntima comunicación, ni en las dulzuras que en ella se gozan. Nada por otra parte hay tan justo, como aficionarte únicamente a Aquél a quien te debes con tantas razones, por la soberanía de su ser, por la excelencia de sus perfecciones, y por la grandeza de sus beneficios. Ya hice, Dios mío, la resolución; ahora la renuevo aquí delante de vuestros Santos y Ángeles. No amaré otra cosa sino a Vos; yo os doy mi corazón enteramente y sin reserva; dichosísimo será, si Vos quisiereis recibirlo, y más después que yo tuve la osadía de rehusároslo tan frecuentemente por prostituirlo a viles criaturas. No permitáis, Señor, que caiga jamás en semejante desorden; vuestras amorosas instrucciones son las que me han puesto en la disposición en que al presente me hallo; sean ellas también las que me confirmen en los mismos propósitos. Oiga yo aún, oh amabilísimo Maestro, algunas palabras de vuestra boca.

El Señor. Déjalo todo, te dice la eterna verdad, y lo hallaras todo; desocúpate de ti mismo, y te llenaré yo; date todo a mí sin división, y yo me comunicaré a ti sin reserva. Estas palabras bien meditadas bastarán para afirmarte en tus buenos sentimientos.

El Siervo. Vos sólo, oh Dios mío, podéis darme su inteligencia, y hacerme sentir su eficacia; favorecedme para ésto con un rayo de vuestra luz.

El Señor. Hijo mío, la luz no se puede difundir cuando encuentra algún estorbo; ni manifestarse cuando alguna cosa la oculta. Los objetos sensibles sirven de impedimento a mi luz; ellos son en el alma, que les da entrada franca, como otras tantas nubes, que ocultan esta divina luz y embarazan su virtud; destiérralas de tu espíritu, desvíalas de tu corazón, y te sentirás ilustrado en la substancia de tu alma. Te sucederá entonces lo que acontece cuando los rayos del sol penetran en algún retrete que les estaba cerrado; veras las cosas con una nueva luz, y tan claramente, que los misterios más profundos parecerá que han perdido para tu vista toda su obscuridad. Las almas más sencillas y las menos instruidas sienten este efecto maravilloso del despego interior, y adquieren con él tales luces, que ponen en pasmo y en confusión a las personas más inteligentes.

El Siervo. ¡Oh Dios, cuán admirable sois en las almas en que no halláis algún impedimento para vuestra gracia! Yo veo cada día mejor la verdad de vuestros oráculos (Matth. 11) y la infalibilidad de vuestras promesas. (Matth. 15).

El Señor. No es ésto sólo el fruto de la desnudez interior; como la propiedad de mi gracia es no solamente aclarar el entendimiento, sino mover el corazón, yo no me contento con derramar luces extraordinarias en los de mis Siervos, que hallo vacíos de las criaturas, y aun de sí mismos; les inspiro juntamente grandes y nobles sentimientos, que van acompañados de muchos dulces consuelos, y seguidos de los más perfectos dones.

El Siervo. Otra vez diré, Señor: ¡qué admirable sois en las almas en que no halláis algún impedimento a vuestros favores! Cuán bueno sois para los que tienen el corazón recto a Vos y desembarazado de toda afición. (Psal, 72).

El Señor. Tú, hijo mío, no fueras sorprendido por este exceso de mi bondad, si consideraras el ardiente deseo, que yo tengo de comunicarme a los hombres, y las pruebas tan claras que les he dado en la Encarnación del Verbo Eterno y Venida del Espíritu Santo.

El Siervo. Ved pues, Señor, lo que me es inconcebible, que un Dios, que no tiene necesidad alguna de cosa fuera de sí para ser perfectísimamente bienaventurado, siendo Él mismo su soberana bienaventuranza; que un Dios tan grande y tan perfecto desee con ardor comunicarse a unas viles e ingratas criaturas.

El Señor. Sabe, hijo mío, que es propiedad del bien difundirse, y siendo yo el bien soberano, el perfecto bien, el cúmulo de todos los bienes, debo tener una particular inclinación a comunicarme.

El Siervo. Estoy persuadido de ésto, Dios mío; ¿por qué cómo sin ella hubierais podido resolveros a hacernos tan grande número de beneficios, que hemos recibido de vuestras manos del todo amables? ¿Cómo aun el día de hoy pudierais continuarnos vuestros favores con tanta bondad y profusión? Pero, Señor (dejadme que os proponga aquí mi dificultad) ¿de dónde viene que, siendo Vos por Vos mismo tan inclinado a comunicaros a los hombres, se encuentran tan pocos que tengan parte en vuestras divinas comunicaciones?

El Señor. El número es mayor de lo que se imagina, no solamente entre las personas retiradas del mundo, sino aun entre aquellos que están en él empleados. Tal vez bajo la apariencia de una vida común, o bajo un exterior pobre y despreciable oculto luces y dones extraordinarios. No obstante, hubiera muchas más de estas almas privilegiadas, si hubiera más corazones puros y verdaderamente despegados de las criaturas; porque si bien en la distribución de mis dones no miro a las personas, ni a sus prendas naturales, sino que únicamente consulto a mi amor y a la inclinación que tengo de hacer bien; con todo eso pido algunas disposiciones, y la principal es aquella que encierra todas las otras; esto es, un perfecto despego de las cosas sensibles. Puesta esta disposición, luego al punto me comunico y hago sentir al alma los dulces efectos de mi presencia; como cuando el sol halla un sujeto bien dispuesto difunde en él sus benignas y ricas influencias.

El Siervo. Oh cuán bien, Dios mío, pagáis entonces las victorias, que se alcanzan en tal desapropio y despego.

El Señor. No hay cosa comparable a los provechos que se consiguen. Se recibe la abundancia de mis dones, se goza la plenitud; se goza aún más, según el testimonio de los Sagrados Libros; se goza toda la plenitud de Dios. (Eph. 3. 19). Como el alma se halle enteramente vacía y desocupada de toda afición terrena, la lleno yo, la poseo y la penetro hasta el fondo, en todas sus potencias. De suerte, que pueda decir con la Esposa de los Cánticos: mi amado es para mí, y yo para mi amado. (Cant. 2. 16). Nosotros estamos de tal manera unidos el uno con el otro, que no hacemos juntos más que una cosa misma; o con el Apóstol de las gentes: yo no vivo, sino mi Dios, mi Jesús es quien vive en mí; yo no vivo sino con su vida; yo no obro sino por su espíritu; yo no me guío sino por su movimiento. En este estado el alma toda esta mudada y transformada, toda embebida y abismada en su Dios; sus pensamientos, sus deseos, sus afecciones, sus movimientos se encaminan hacia el único objeto de su amor y de su esperanza. Ella misma está pasmada de esta mudanza, y los efectos son tan maravillosos, que le parece haber recibido un espíritu y un corazón nuevo.

No tiene cosa que no se sienta movida con mi presencia; hasta la carne se santifica con el espíritu, y se regocija con él en su Dios.

El Siervo. ¡Oh Dios! ¡Dichoso el estado del alma, que no tiene afición a cosa sino a Vos y por Vos!

El Señor. No son estos solos los frutos que ella recoge de su entera desnudez; no buscando ni deseando nada fuera de Dios, verá correr a su seno un río de paz, un torrente de delicias, una fuente inagotable de dulzuras y consuelos, que suplirán con medra ventajosa por las vanas satisfacciones que hubiera podido encontrar en las criaturas. Es menester gustar estas dulzuras para hacer juicio de ellas; anticipan los gozos celestiales y se les pueden aplicar igualmente las palabras del Apóstol; los ojos jamás vieron, ni los oídos oyeron, ni el entendimiento humano jamás concibió lo que el Señor ha preparado para las almas que están poseídas de su amor (Corinth, 2).

El Siervo. Me parece, Señor, que no hay dificultad en conocer ésto, sabiendo cuánto se extiende vuestro poder, y cuán inmensa es vuestra bondad. Si, conforme a las palabras de vuestro Apóstol, Vos sois rico para todos los que os invocan, (Rom. 10. 12), ¿cómo no lo seréis para los que os aman únicamente?

El Señor. No solamente seré rico, sino que seré profuso con ellos. Mi Hijo os lo asegura de mi parte; cualquiera que me amare, os dice Él, será amado de mi Padre, nosotros lo visitaremos, y haremos en él nuestra mansión (Joan. I4).

El Siervo. Esta sola palabra, oh Dios mío, encierra las más amplias y las más magnificas promesas. ¿Sera factible que Vos vengáis a una alma, que descanséis en ella, y fijéis en su corazón vuestro asiento, sin que os comuniquéis de un modo que corresponda a la grandeza de vuestro ser y al exceso de vuestro amor?

El Señor. No hijo mío, no hay cosa que esta alma privilegiada no pueda prometerse de la estrecha unión que yo tendré con ella, y ella tendrá conmigo; para conmigo estará en lugar de todo, yo me haré con ella como un amigo tierno y fiel, descubriéndole mis secretos, y manifestándole una íntima familiaridad; como un Esposo amorosamente solícito estando siempre cerca de ella, y dándole pruebas cada día más sensibles de mi ternura; como una Madre apasionada, velando con cuidado sobre lo que le toca, conduciéndola paso a paso para que no se descamine, levantándola en sus caídas, consolándola y acariciándola de mil maneras; como un diligente Maestro, advirtiéndola interiormente, aconsejándola, instruyéndola, y animándola con una dulzura y bondad maravillosa; como un Rey afable y magnifico, franqueándole mis favores, y enriqueciéndola de mis dones, favores preciosos y dones inefables, que el Sagrado Texto llama bienes del Cielo (ad Hebr. 6) y riquezas del siglo venidero; porque ellos la elevan sobre todos los bienes temporales y terrenos.

El Siervo. Estoy, Señor, fuera de mí a la vista de estas maravillosas finezas de vuestro amor; y la admiración en que ellas me suspenden me cierra los labios.

El Señor. Este es el cien doblado, de que se habla en diversos lugares de la Escritura, en donde yo prometo por la boca de mi propio Hijo, que todos aquellos que renunciaren por mi amor sus casas, parientes, bienes y cuanto les pueda tocar en la tierra, recibirán desde luego cien veces más que lo que dejaron, y poseerán después la vida eterna (Matth. 19). Promesa que no se hizo solamente a favor de la renuncia exterior, sino que mira también a la interior, de donde aquella saca su perfección y su mérito.

El Siervo. ¡Oh Señor! ¿Cualesquier años de trabajos no serán sobradamente pagados con una eternidad de delicias?

El Señor. Así es, si yo mirara solamente a lo que pide mi justicia; pero no, si consulto a mi amor; por grande, por infinita que sea la gloria, de que gozan en el Cielo mis Siervos, no puedo esperar hasta entonces a recompensarles sus servicios. Mi amor me urge, y no puede estar por tanto tiempo contenido; es menester que ceda a sus deseos, y que adelante la gloria eterna con gracias y favores que, aunque pasajeros, son de un precio inestimable, y sobrepujan a todas las ventajas que se pudieran esperar de los mayores Príncipes de la tierra.

El Siervo. ¡Oh exceso, oh prodigio de amor!

El Señor. Fuera de estas gracias, de que te he hablado, y que son comunes a todos aquellos que han adquirido la pureza de corazón, hay otras particulares y extraordinarias con que yo favorezco a ciertas almas escogidas, que por su constante fidelidad han llegado al estado de unión perfecta, como palabras interiores y exteriores, apariciones, éxtasis, diversas suertes de visitas que les hago, y en que me familiarizo con ellas, del modo que lo haría un igual con otro, a quien una antigua y estrecha amistad lo hubiera hecho sumamente amado. Muchos tienen dificultad en creer que yo me comunique así a las criaturas, imaginando que esto sería apocarme y dar alguna mengua a mi infinita grandeza; pero se engañan groseramente a pesar de su pretextada fuerza de espíritu. Mi grandeza no es como la de los Príncipes de la tierra; esencial a mí ser, bien lejos de perder nada en abatirse, es por lo mismo más digna de admiración y de respeto.

El Siervo. Yo, Dios mío, me atrevo a añadir, que vuestro amor es de una naturaleza que no halla nada bajo, ni difícil, cuando él se mueve hacia una alma bien dispuesta y enteramente purificada de la afición en cosas sensibles.

El Señor. Tú lo conocerás cada día mejor, a la medida que te adelantes en la práctica del puro amor; ámame, pues, hijo mío, pero ámame únicamente.

El Siervo. Ah, Señor, ¿será posible resistir a un tan dulce convite? Si un Rey de la tierra tan distinguido por sus soberanas prendas, como por su elevada graduación y su gran poder convidara de esta suerte a uno de sus vasallos, a que lo amase, ¡qué sentimiento no excitaría en su corazón! ¿No se vería a aquel súbdito abismarse delante de su Soberano, testificarle su humilde reconocimiento y asegurarle de su entera sumisión? ¿Y qué son todos los Príncipes, todos los potentados de la tierra a vista de Vos, oh Dios mío? Vos sois la fuente de todo poder y de toda perfección, el sólo poderoso y el sólo perfecto; y no obstante, ¡oh gran Dios! ¿Os dignáis de convidarme, y del modo más tierno a que os ame? Vos me pedís mi corazón (Prov. 2), qué digo me pedís, Vos me rogáis, me instáis a que os lo dé (Apoc. 3). Vos me prometéis las más amplias recompensas, y me amenazáis con las mayores penas para obligarme a que os lo ceda. ¡Oh Cielo! ¡Oh tierra! Admiraos de la bondad de vuestro Dios y alabad a una su misericordia. ¿Pero qué, Señor, qué os mueve a solicitar con tanto empeño una tan despreciable criatura? ¿Qué utilidad podéis Vos sacar de ella; Vos que, dando a todos de vuestra plenitud, no recibís cosa de alguno? (Joan. 1).

El Señor. Hijo mío, cuando yo te insto a que me des tu corazón, no tengo otro motivo para ésto que mi amor, ni otra mira más que tu provecho; yo te pido tu corazón para darte el mío, y dándotelo, comunicarte los bienes de que él es principio y manantial.

El Siervo. Cada vez me admiro más Señor, viendo los excesos siempre maravillosos de vuestro amor; yo no podré decir otra cosa; el estado en que me hallo me impide expresar lo que siento; no puedo sino admirarme de vuestra bondad, y exclamar en mi transporte: ¡Oh Dios! ¡Oh amor! ¡Oh exceso de bondad! ¡Oh prodigio de amor! ¿Cómo, oh horno de caridad, no estoy todo abrasado de vuestro amor?

El Señor. No te contentes, hijo mío con admirarte de mi amor, procura sobre todo corresponder a él, rindiéndote a sus divinos impulsos; ámame, pero ámame únicamente.

El Siervo. Ah, Señor, larguísimamente lo ha dilatado, y con la más fea ingratitud e injusticia más horrible; arrancadme este corazón más bien, que sufráis, Dios mío, que se entregue a otro alguno que a Vos; yo os lo, doy enteramente y sin reserva; no quiero aficionarme a nadie, sino es a Vos, o el sólo digno de ser amado. Yo renuncio por vuestro amor toda afición terrena, riquezas, placeres, honras, criaturas; todo será para mí indiferente por el respecto y relación a Vos.

El Señor. Acuérdate hijo mío, de este propósito tuyo, y sé fiel en cumplirlo. La renuncia de corazón no es una práctica de mero consejo, es una obligación indispensable a todo hombre que abraza el estado de perfección. Mi Hijo, a quien yo envié sobre la tierra para que en ella anunciase mi nueva ley, se explicó acerca de ésto con el modo más expreso y claro: si alguno, dice Él, quiere seguirme, niéguese así mismo (Matth. 4). Cualquiera que (dice también) no se despega de todo lo que posee, no podrá ser mi Discípulo (Luc. 14).

El Siervo. Estas palabras, Señor, debían ser para mí tanto más eficaces, cuanto son más claras. ¿Que hay en efecto más propio para hacer impresión en una alma por poco sensible que sea, como la esperanza de tener asiento entre los Discípulos y Discípulos amados del más grande, del más perfecto y del más amable de todos los Maestros? No hay, Dios mío, no hay cosa que así mueva y que así atraiga, como esta dulce esperanza; y cuando yo no tuviera otros motivos, ella sola me bastaría para entregarme enteramente a Vos y a Jesucristo, vuestro Hijo, que es una misma cosa con Vos; dignaos solamente, Dios de amor, de ayudarme con vuestra gracia; no permitáis que después de haber tomado la resolución de darme a Vos, tenga jamás la flaqueza de abandonaros, como aquel joven de quien habla el Evangelio; haced, por el contrario, que al ejemplo de tantas almas fieles, yo me abrase cada día más en el fuego de vuestro amor; dignaos asimismo de conservar con el soplo de vuestro divino espíritu este fuego sagrado, que os ha complacido encender en mi corazón; que su llama todo celestial me levante sobre la tierra y me una perfectamente a Vos, oh amable Esposo de mi alma, mi centro, mi descanso y mi vida.