MES DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE – DÍA 30

DÍA TREINTA

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La Virgen Santísima nos enseña la devoción a la Sangre Preciosísima de Jesucristo ofreciéndose por nosotros

I. Es opinión bastante común de los santos Padres, y en particular de San Bernardo, que las almas jamás reciben de la bondad del Señor gracia alguna, que no pase primero por las manos de la Santísima Virgen María. Omnia nos habere voluit per Mariam. El tesoro inapreciable de la Sangre Preciosísima de Jesús está depositado en las manos de María, no sólo para ofrecerle continuamente a la augusta Trinidad en favor de las almas encomendadas a su protección maternal, sino también para enriquecerlas como con una prenda segura de la bienaventurada inmortalidad; y por ésto Santa Magdalena de Pazzis recurría frecuentemente al Señor con esta devota oración: «Eterno Padre: Os ofrezco la Sangre de la humanidad de vuestro Verbo; os la ofrezco a Vos mismo, oh Verbo divino, y la ofrezco también a Vos, oh Espíritu Santo; y en todas mis necesidades os la ofrezco a Vos, oh María, a fin de que Vos la presentéis a la Santísima Trinidad.» Con razón, pues, la ofrenda de la Sangre del Salvador se hace por las manos de María, pues de la Sangre purísima de esta Señora se formó de un modo inefable en sus inmaculadas entrañas por obra del Espíritu Santo la Sangre divina de Jesucristo, dice San Juan Damasceno. La leche misma con que alimentaba al Divino infante se cambió en otra tanta Sangre que sus venas vertieron por la redención del mundo, dice San Atanasio: Succit mammam, ut divinum illud lac scaturiret, quod ex proprio latere profudit. Así el alma devota de la Virgen puede repetir frecuentemente las palabras de San Buenaventura: «yo mezclaré la leche de la Madre con la Sangre del Hijo, y de una y otra me haré una excelente bebida.»

II. Desde el momento en que el profeta Simeón predijo a la Virgen aquella espada de dolor que había de traspasar su corazón en la muerte de su Hijo Jesús, ofreció aquella Sangre al Eterno Padre, pero la ofreció principalmente en el Calvario al pie de la Cruz; y la ofreció con ánimo tan esforzado y tan afectuoso corazón, que ella misma con sus propias manos, hubiera hecho correr su Sangre para que esta Sangre fuese derramada por la redención del género humano. Por lo cual dice Arnoldo Carnotense: «Ofrecían al mismo tiempo a Dios un holocausto: la una con la Sangre de su corazón, y el otro con la de su cuerpo.» Esta ofrenda que de su Hijo único hizo en el Calvario al pie de la Cruz, no cesa de hacerla continuamente con su corazón maternal ante el trono de Dios en favor de sus hijos por más pecadores que sean; lo cual debe hacernos esperar recibir a cada hora por medio de tan poderosa protectora y por la virtud eficaz de la Sangre de Jesucristo, al mismo tiempo que la remisión de nuestros pecados, las gracias que pedimos. Tal es el consolador pensamiento de San Agustín: «Tenemos un seguro acceso para con Dios desde el momento en que la Madre está cerca del Hijo y el Hijo cerca del Padre.» Además, María es la benéfica dispensadora de esa Sangre que su Hijo derrama sobre las almas con los tesoros de la divina misericordia. ¿Cual, pues, no deberá ser nuestra esperanza? María ofrece esa Sangre, María nos la distribuye, en las manos de María se halla tan precioso tesoro. ¡Ah! quiero esperarlo todo, sí, todo, de los méritos de la Sangre de Jesús unidos a los de tan tierna Madre.

 

COLOQUIO

¡Oh Santísima Virgen María, mi querida Madre! ¡qué pensamiento tan consolador saber que ese tesoro inestimable está en vuestras manos, que no cesáis de presentarle por mí delante del trono de Dios y que desde allí le derramáis sobre las almas! ¡Ah! ved mis manchas, y con esa Sangre inmaculada purificadme; ved mi flaqueza, y con esa Sangre fortificadme; ved mis miserias, y con esa Sangre enriquecedme; nada hay que yo no espere. Una gota, una sola gota de esa Sangre que derraméis por mí, basta para salvarme. Os suplico, pues, humildemente y con todo el afecto de  mi corazón, oh Madre de pureza y de santa esperanza, me alcancéis una gracia, y es la de poder purificar mi espíritu en ese baño sagrado de la Sangre de Jesucristo y en adelante conservarle puro e inmaculado. Entonces os diré con San Anselmo: «Yo os suplico seáis mi salvación y protección para con Dios Todopoderoso a fin de que este buen Pastor y Príncipe de paz me purifique de las manchas de mis pecados, y que el que vino al mundo por Vos, oh la más casta de las Vírgenes, para salvar con su Sangre el género humano, se digne salvarme en su misericordia.» Haced Vos que me salve con su Sangre quien con tanta misericordia la ha derramado por mí.

 

EJEMPLO

Se lee en la vida del gran patriarca Santo Domingo que vio a la Santísima Virgen esparcir la Sangre de su divino Hijo sobre el pueblo reunido para escuchar los discursos de su fiel siervo. Refiérese, también, que, pesando un día las obras de uno de sus siervos y viendo bajarse el platillo en que estaban sus numerosos crímenes, la bienaventurada Virgen María puso una gota de Sangre del Redentor en el otro, y esto bastó para que al instante pesase muchísimo más que el de los pecados que ya inclinaban la balanza hacia lo profundo del infierno. Y lo que ha obrado repetidas veces la Madre de Dios en beneficio de sus siervos ¿no deberemos esperar que lo renueve en favor de aquellos que recurran devotamente a ella?

 

JACULATORIA

Padre Eterno os ofrezco la Sangre de Jesucristo en rescate de mis pecados y por las necesidades de vuestra Iglesia.

 

INDULGENCIA

El Soberano Pontífice Pío VII concedió cien días de Indulgencia por cada vez que se diga la anterior jaculatoria. Así consta del rescripto que se conserva en los archivos de los Padres Pasionistas de Roma.