Mons. Tihamér Tóth- El matrimonio cristiano

CAPÍTULO XV

EL MATRIMONIO CON MUCHOS HIJOS (I)

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Tras haberte descrito el cuadro deprimente y triste de los dos últimos capítulos —El matrimonio sin hijos—, me es grato y consolador presentare el tema de los dos capítulos que siguen: El matrimonio con muchos hijos. Pasemos al hogar feliz de una familia numerosa.

En este capítulo estudiaremos las dos características principales de una familia cristiana:

I.El respeto debido al niño, y

II. La educación de los hijos.

I

LA FAMILIA CRISTIANA RESPETA AL NIÑO

El sentir cristiano siempre miró con singular respeto a los niños. Los consideró «cosa santa» y una «bendición de Dios»…

El niño es cosa santa. «Res sacra puer». Si los mismos paganos formularon este principio, ¡cuánto más había de hacerlo el Cristianismo!

Santo es el niño a los ojos de Jesucristo: ¡con qué amor los miraba y con qué ternura les bendecía!

El mártir de Cristo, SAN LEÓNIDAS, tenía por costumbre arrodillarse todas las noches ante la cama de su hijito Orígenes, para contemplarle. Al preguntarle un día su esposa qué es lo que hacía, le contestaba: «Adoro al Espíritu Santo, que mora en el pecho de mi hijo.»

Santo es también el niño a los ojos de la Iglesia: los niños son los nuevos miembros del Cuerpo místico, y por medio de ellos se seguirá propagando el Evangelio en la tierra.

¡Es el profundo sentido cristiano respecto del niño! Realmente, el niño es cosa santa.

Así lo sentía Perpetua, la joven esposa de un ilustre ciudadano de Cartago, que estando presa por mandato del emperador Severo, esperaba la sentencia de muerte a causa de su fe cristiana. Lo que más le dolía no era la cárcel, sino el tener que estar separada de su hijo recién nacido.

Emociona leer las quejas de esta mujer heroica, tal como las refieren las actas del martirio: «Durante muchos días me han embargado pesares amargos. Por fin he logrado conseguir que mi hijito estuviera conmigo en la cárcel. El niño se ha repuesto en seguida, y yo misma me he sentido mucho mejor al poderlo cuidar. Y la cárcel se ha transformado inmediatamente en una fiesta para mí, y vivo en ella más a gusto que en cualquier otro lugar» (Acta Sanctorum Mart.,).

¡El niño es cosa santa!

Mas para el pueblo cristiano los niños no son solamente «cosa santa», sino también una bendición de Dios, porque son precisamente ellos los que fraguan con más vigor la unidad de la familia.

Son los niños causa de muchos sufrimientos para los padres, pero también de muchas alegrías. Estos sufrimientos y alegrías que los padres soportan en común son, antes que nada, un fuerte lazo que lo une íntimamente más todavía.

Y si es cierto el refrán que dice: «Alegría compartida es doble alegría», entonces la alegría de la familia aumentará a medida que aumenten los miembros que la compongan.

Los hijos son una bendición de Dios, porque exigen muchas atenciones. Y son precisamente estas pequeñas atenciones las que nos sacan de la monotonía de la vida diaria. ¡Cómo no recordar, por ejemplo, las fiestas de cumpleaños, las celebraciones familiares, las tardes de domingo pasadas en familia, las noches de Navidad…!

Los hijos son una bendición porque centran a los padres, no en cosas superfluas, sino en las que realmente valen.

La vida de familia exige que sus miembros estén juntos en cuanto sea posible. Si en los días laborables tienen poco tiempo para estar juntos, habrá que dedicar el domingo para pasarlo en familia. Por desgracia, el cine, los deportes y bastantes diversiones, obligan muchas veces a los miembros de la familia a ausentarse de casa, y así no pueden estar reunidos como sería de desear.

Muchos desequilibrios emocionales en los adultos proceden precisamente de no haber podido disfrutar en la infancia de un cálido y entrañable ambiente familiar.

Lamentablemente, en muchas familias se han suprimido muchas prácticas de piedad, que antes se hacían en común, y que, indudablemente eran de una gran ayuda para todos. Por ejemplo, la oración vespertina que se hacía al final del día, estando todos reunidos y de rodillas, los padres y los hijos. O el ir periódicamente todos juntos a confesarse y a participar de la Santa Misa (lo cual tiene una eficacia pedagógica muy superior a todas las exhortaciones y castigos que los padres puedan hacer).

Los hijos son una bendición de Dios porque centran a los padres en lo que realmente importa. En todo lo que le ocurra a la familia, tanto en las alegrías como en las penas, los padres han estar decididos a buscar y cumplir en todo la santa voluntad de Dios. Y no nos quepa la menor duda: si los hijos aprenden esta manera de obrar de los padres, habrán recibido una herencia mucho más valiosa que todas las fortunas que les puedan dejar.

II

LA FAMILIA CRISTIANA EDUCA

Educar a los hijos es el principal deber de los padres.

Educar, es decir, formar al hijo corporal y espiritualmente, escardar las malas hierbas que hay en él, hacer crecer las buenas semillas… ¡Cuántos sacrificios, cuánta abnegación y cuántas preocupaciones se encierran en estas dos palabras: Educación paterna!

Educar supone muchos sacrificios pero acarrea también muchas alegrías.

Con frecuencia, y en las más variadas formas, se tendría que recordar a los padres lo necesario que es que vivan con este espíritu de sacrificio, pues fácilmente lo olvidan. Con frecuencia habrían de meditar ellos su tremenda responsabilidad. Mas no para sacar esta consecuencia: «más vale no tener hijos», sino para hacer responsablemente todo cuanto esté a su alcance por la futura felicidad, temporal y eterna, de sus hijos.

Claro está que este deber implica grandes sacrificios, pero ¡cuántas alegrías proporciona también!

¿Qué es lo que comunica a los padres la alegría, el consuelo, la paz, mientras tienen que sacrificarse por sus hijos? El saber que están cumpliendo con lo que Dios quiere que hagan en ese momento, y la gran trascendencia que tiene su función para sus hijos y para toda la humanidad.

Para que los padres fuesen capaces de este sacrificio constante, Dios sembró en su corazón el más hermoso de los sentimientos humanos: el amor paterno.

Amor paterno. En estas dos palabras están encerradas muchas lágrimas y trabajos, muchas noches sin dormir, muchas renuncias y sufrimientos, muchas preocupaciones y desvelos… por el bien de los hijos.

Este amor paterno es inagotable y fuente de grandes consuelos. Se ama al hijo porque es carne de la propia carne; se le ama porque es imagen del cónyuge; y se les ama porque es hijo de Dios, desde que fue purificado por las aguas bautismales.

Mediante el bautismo, Cristo sembró en el alma del niño el germen de la vida sobrenatural que debe seguir creciendo hasta que madure en el cielo. Es deber de los padres —verdadera misión sacerdotal—, hacer todo lo posible porque este crecimiento se dé lo mejor posible.

Son los padres los que deberán enseñar al niño a dirigirse a Dios por medio de la oración. Son ellos los que le darán a conocer al Niño Jesús, a la Virgen María, a los santos. Son ellos los que tendrán que ir enseñándole desde pequeño las verdades fundamentales de nuestra fe. No hay nadie en la infancia que pueda enseñárselo mejor que sus padres. ¡Dichoso el niño que recibe de sus padres la fe! ¡Dichoso el niño que se educa en una familia donde se vive la vida de unión con Dios en profundad!

Aunque el deber de educar a los hijos incumbe a los dos, la experiencia demuestra que la madre es quien ejerce una mayor influencia educativa.

El Antiguo Testamento ofrece prototipos magníficos de madres ejemplares. Bastará mencionar uno solo, la madre de los Macabeos, que vivió unos ciento sesenta y seis años antes de Cristo.

Sus siete hijos fueron martirizados sin más motivo que el adorar al único Dios verdadero. Fueron muertos uno tras otro, entre los más atroces suplicios, a la vista de su propia madre. Todos habrían podido salvarse con tal de renegar de su fe…; ninguno quiso hacerlo. Y cuando le tocó el turno al más joven, la madre le alentaba —alentaba al hijo que se debatía en su propia sangre— con estas palabras:

«Te ruego, hijo, que mires al cielo y a la tierra, y a todas las cosas que en ellos se contienen y que entiendas bien que Dios las ha creado todas de la nada, como igualmente al género humano. De este modo no temerás a este verdugo; antes bien, haciéndote digno de participar de la suerte de tus hermanos, abrazarás gustoso la muerte» (2 Mac 7, 28-29).

Y si el Antiguo Testamento ya tiene madres tan insignes, ¿qué diremos de lo que representa la Inmaculada Madre de Dios, el modelo perfecto?

Está es la gran misión de una madre, la de educar a sus hijos, para que sean buenos cristianos y puedan aspirar a la santidad a la que Dios les llama.

* * *

Ocurrió en la primavera de 1915. Las tropas húngaras, después de romper el frente en Gorlice, corrían victoriosas por la Galitzia liberada. El hospital de campamento en que yo prestaba mis servicios apenas podía seguir su marcha rápida. Un día trajeron a un joven, herido de bala en la cabeza; tendría unos veinte años de edad, y sería polaco o ruteno. La bala le había atravesado la cabeza. Durante varios días estuvo en el lecho sin darse cuenta de nada, y durante días el organismo joven, rebosante de vida, sostuvo rudo combate con la muerte. Muchas veces me detenía junto a él, esperando que recobrase el sentido por algunos momentos. Así podría confesarle. No lo recobró ni un minuto. Pero sus labios se movían continuamente, de día y de noche, y se escapaban sin cesar estas dos palabras: «Tatyinko, maminko…; tatyinko, maminko… De día y de noche las mismas palabras: Tatyinko, maminko…, ¡padrecito, madrecita! Por fin falleció el pobre muchacho.

Entonces me resultaba doloroso oír durante días estas dos palabras. Pero ahora…

Ahora pienso: ¿Quiénes podían ser el padre y la madre de aquel muchacho? ¡Que bendita tenía que ser su imagen, cuando flotaba aún en aquel ser inconsciente, en aquel cerebro taladrado por la bala! ¡Qué buenos padres debían de ser aquéllos, cuyo hijo moribundo, aun en medio de agudos dolores, encontraba consuelo en su nombre, en estas dos palabras: «Tatyinko, maminko!»

¡Dios premie la vida de las madres y de los padres santos! ¡Dios los premie por su amor paterno, por su amor abnegado, constante y paciente; por su amor que todo lo da, que está dispuesto a sacrificar hasta la misma salud por atender a sus hijos!