ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL PADRE JUAN CARLOS CERIANI -JULIO 2016 – 2° PARTE

TRATADO DE LAS PASIONES EN LA SUMA TEOLÓGICA

DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

especiales-con-p1Compartimos con nuestros Lectores los Especiales de Cristiandad con el querido Padre Juan Carlos Ceriani correspondientes al mes de Julio de 2016.

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Empezamos ahora a tratar de las pasiones del alma en especial.

Primeramente de las pasiones del concupiscible y luego de las del irascible.

La primera consideración tendrá tres partes.

En primer lugar trataremos del amor y del odio; en segundo lugar, de la concupiscencia y la huida; en tercer lugar, del deleite y la tristeza.

Acerca del amor deben considerarse tres cosas: primera, el amor mismo; después, su causa, y por último sus efectos.

CUESTIÓN 26

Sobre el amor en sí mismo se formulan cuatro preguntas:

1ª ¿Reside el amor en el concupiscible?

2ª ¿Es el amor una pasión?

3ª ¿Es el amor lo mismo que la dilección?

4ª ¿Se divide convenientemente el amor en amor de amistad y en amor de concupiscencia?

ARTÍCULO 1

El amor sensitivo reside en el apetito sensitivo como el amor intelectivo en el apetito intelectivo.

El amor es algo que pertenece al apetito, ya que el objeto de ambos es el bien.

De ahí que, según sea la diferencia del apetito, es la diferencia del amor.

Hay, en efecto, un apetito que no sigue a la aprehensión del que apetece, sino a la de otro, y éste se llama apetito natural, pues las cosas naturales apetecen lo que les conviene según su naturaleza, no por su propia aprehensión, sino por la del autor de la naturaleza.

Mas hay otro apetito que sigue a la aprehensión del que apetece, pero por necesidad, no por juicio libre. Y tal es el apetito sensitivo en los animales, el cual, sin embargo, participa algo en los hombres de la libertad, en cuanto obedece a la razón.

Hay, además, otro apetito que sigue a la aprehensión del que apetece según un juicio libre. Tal es el apetito racional o intelectivo, que se llama voluntad.

Ahora bien, en cada uno de estos apetitos se llama amor aquello que es principio del movimiento que tiende al fin amado.

Y en el apetito natural, el principio de este movimiento es la connaturalidad del que apetece con aquello a lo que tiende, que puede llamarse amor natural, como la misma connaturalidad de un cuerpo pesado con su centro es por la gravedad, y puede llamarse amor natural.

Y, de la misma manera, la mutua adaptación del apetito sensitivo o de la voluntad a un bien, esto es, la misma complacencia del bien se llama amor sensitivo, o intelectivo y racional.

Luego el amor sensitivo reside en el apetito sensitivo como el amor intelectivo en el apetito intelectivo.

Y pertenece al concupiscible, porque se refiere al bien absolutamente, no bajo el aspecto de arduo, que es el objeto del irascible.

ARTÍCULO 2

El amor es una pasión.

La pasión es efecto del agente en el paciente.

Ahora bien, el agente natural produce un doble efecto en el paciente, pues primero le da una forma, y en segundo lugar le da el movimiento consiguiente a la forma.

El objeto apetecible da al apetito primeramente una cierta adaptación para con él, que es la complacencia en ese objeto, de la cual se sigue el movimiento hacia el objeto apetecible.

Porque el movimiento apetitivo se desarrolla en círculo. El objeto apetecible, en efecto, mueve al apetito introduciéndose en cierto modo en su intención; y el apetito tiende a conseguir realmente el objeto apetecible, de manera que el término del movimiento esté allí donde estuvo al principio.

La primera inmutación, pues, del apetito por el objeto apetecible se llama amor, que no es otra cosa que la complacencia en el objeto apetecible; y de esta complacencia se sigue un movimiento hacia el objeto apetecible, que es el deseo, y, por último, la quietud, que es el gozo.

Así, pues, consistiendo el amor en una inmutación del apetito por el objeto apetecible, es evidente que el amor es una pasión: en sentido propio, en cuanto se halla en el concupiscible; y en sentido general y lato, en cuanto está en la voluntad.

ARTÍCULO 3

El amor no es lo mismo que la dilección.

Se encuentran cuatro nombres que en cierto modo se refieren a lo mismo, a saber: amor, dilección, caridad y amistad.

Difieren, sin embargo, en que la amistad es a modo de hábito, mientras el amor y la dilección a modo de acto o pasión, y la caridad puede entenderse de ambos modos.

No obstante, el acto se significa diferentemente por esos tres nombres.

En efecto, el amor es el más común de ellos, pues toda dilección o caridad es amor, pero no viceversa.

Y es que la dilección añade sobre el amor una elección precedente, como indica el mismo nombre.

Por eso la dilección no está en el concupiscible, sino sólo en la voluntad, y se encuentra únicamente en la naturaleza racional.

Mas la caridad añade sobre el amor una cierta perfección de éste, en cuanto el objeto amado se estima en mucho valor, como indica el mismo nombre.

ARTÍCULO 4

El amor se divide convenientemente en amor de amistad y amor de concupiscencia.

Amar es querer el bien para alguien.

Así pues, el movimiento del amor tiende hacia dos cosas, a saber:

– hacia el bien que uno quiere para alguien, sea para sí, o sea para otro,

– y hacia aquel para el cual quiere el bien.

A aquel bien, pues, que uno quiere para otro, se le tiene amor de concupiscencia, y al sujeto para quien alguien quiere el bien, se le tiene amor de amistad.

Ahora bien, esta división es según un orden de prioridad y posterioridad, pues lo que se ama con amor de amistad se ama en absoluto y por ello mismo, mientras lo que se ama con amor de concupiscencia no se ama absolutamente y por ello mismo, sino que se ama para otro.

Y, por consiguiente, el amor por el que se ama algo para que tenga un bien, es amor en absoluto, y el amor por el que se ama algo para que sea el bien de otro es amor relativo.

A la 1ª objeción: El amor no se divide en amistad y concupiscencia, sino en amor de amistad y de concupiscencia, pues se llama propiamente amigo aquel para quien queremos algún bien, y se dice que nosotros deseamos con amor de concupiscencia lo que queremos para nosotros.

La 3ª objeción dice: Hay tres clases de amistad: útil, deleitable y honesta. Pero la amistad útil y la deleitable incluyen la concupiscencia. Luego la concupiscencia no debe contraponerse a la amistad en una división.

Respuesta: En la amistad útil y en la deleitable alguien quiere, ciertamente, un bien para el amigo, y bajo este aspecto se salva en el caso la razón de amistad. Pero como él, además, refiere ese bien a su deleite o utilidad, se sigue que la amistad útil y la deleitable, en cuanto están ordenadas al amor de concupiscencia, pierdan la razón de verdadera amistad.

CUESTIÓN 27

De la causa del amor

Sobre esta cuestión se plantean cuatro problemas:

1º ¿Es el bien la única causa del amor?

2º ¿Es el conocimiento causa del amor?

3º ¿Lo es la semejanza?

4º ¿Lo es alguna otra de las pasiones del alma?

ARTÍCULO 1

El bien es la única causa del amor.

Dice San Agustín: Indudablemente no se ama sino el bien. Así, pues, sólo el bien es causa del amor.

El amor pertenece a la potencia apetitiva, que es una potencia pasiva. Por eso su objeto se compara a ella como la causa de su movimiento o acto.

Es preciso, pues, que aquello que es objeto del amor sea propiamente la causa del amor.

Ahora bien, el objeto propio del amor es el bien, porque el amor importa cierta connaturalidad o complacencia del amante con el amado, y para cada uno es bueno lo que le es connatural y proporcionado.

Por consiguiente, se da por sentado que el bien es la causa propia del amor.

Respuesta a la 1ª objeción: El mal nunca se ama sino bajo la razón de bien, esto es, en cuanto es bueno bajo algún aspecto y se le aprehende como bueno en absoluto. Y así un amor es malo en cuanto tiende a lo que no es un verdadero bien absolutamente. Y de este modo el hombre ama la iniquidad, en cuanto por la iniquidad se consigue algún bien, por ejemplo, placer, dinero o algo semejante.

Respuesta a la 3ª objeción: Lo bello es lo mismo que el bien con la sola diferencia de razón. En efecto, siendo el bien lo que apetecen todas las cosas, es de la razón del bien que en él descanse el apetito; pero pertenece a la razón de lo bello que con su vista o conocimiento se aquiete el apetito. Por eso se refieren principalmente a lo bello aquellos sentidos que son más cognoscitivos, como la vista y el oído al servicio de la razón, pues hablamos de bellas vistas y bellos sonidos. En cambio, con respecto a los sensibles de los otros sentidos no empleamos el 

nombre de belleza, pues no decimos bellos sabores o bellos olores. Y así queda claro que la belleza añade al bien cierto orden a la facultad cognoscitiva, de manera que se llama bien a lo que agrada en absoluto al apetito, y bello a aquello cuya sola aprehensión agrada.

ARTÍCULO 2

El conocimiento es causa del amor.

San Agustín enseña que ninguno puede amar algo desconocido.

El bien es causa del amor a modo de objeto, como se ha indicado.

Mas el bien no es objeto del apetito sino en cuanto es aprehendido, y, por tanto, el amor requiere una aprehensión del bien amado.

Por esto dice Aristóteles que la visión corporal es el principio del amor sensitivo. Y, de manera semejante, la contemplación de la belleza o bondad espiritual es el principio del amor espiritual.

Así, pues, el conocimiento es causa del amor por la misma razón por la que lo es el bien, que no puede ser amado si no es conocido.

La segunda objeción se expresa de este modo: Parece haber la misma razón para que se ame algo desconocido que para que algo sea más amado que conocido. Pero algunas cosas son más amadas que conocidas, como Dios, que en esta vida puede ser amado por sí mismo, pero no puede ser conocido en sí mismo. Luego el conocimiento no es causa del amor.

Respuesta: Para la perfección del conocimiento se requiere algo que no se requiere para la perfección del amor. En efecto, el conocimiento pertenece a la razón, de la cual es propio distinguir lo que está unido en la realidad y juntar en cierto modo lo que es diverso, comparando una cosa con otra. Y, por eso, para la perfección del conocimiento se requiere que el hombre conozca singularmente todo lo que hay en la cosa, como las partes, las potencias y las propiedades. Pero el amor está en la potencia apetitiva, que mira a la cosa como es en sí. De ahí que para la perfección del amor baste que se ame la cosa según se aprehende en sí misma. Por esta razón, pues, sucede que una cosa es más amada que conocida, porque puede ser amada perfectamente, aunque no sea perfectamente conocida. Como se ve, sobre todo, en las ciencias, a las que algunos aman por un cierto conocimiento general que de ellas tienen. Y algo semejante debe decirse acerca del amor de Dios.

ARTÍCULO 3

La semejanza, propiamente hablando, es causa del amor.

Pero ha de considerarse que la semejanza entre varias cosas puede ser de dos modos.

Uno, porque una y otra poseen en acto una misma forma, como dos seres dotados de blancura se dicen semejantes.

Otro, porque una cosa tiene en potencia y a manera de cierta inclinación a aquello que otra lo posee en acto, como si decimos que un cuerpo pesado existente fuera de su lugar tiene semejanza con un cuerpo pesado que está en su lugar. O también en cuanto la potencia tiene semejanza con el acto, puesto que en la misma potencia está en cierto modo el acto.

El primer modo de semejanza, por tanto, causa el amor de amistad o benevolencia, pues por lo mismo que dos seres son semejantes, al tener, por así decirlo, una sola forma, son en alguna manera uno en aquella forma, como dos hombres son uno en la especie de humanidad y dos blancos en la blancura. Y por eso el afecto del uno tiende hacia el otro como hacia una misma cosa consigo, y quiere el bien para él como para sí mismo.

Pero el segundo modo de semejanza produce el amor de concupiscencia o la amistad de lo útil o deleitable. Porque todo lo que existe en potencia, en cuanto tal, tiene el apetito de su acto, y si posee sensibilidad y conocimiento se deleita en su consecución.

En el amor de concupiscencia el amante propiamente se ama a sí mismo, al querer el bien que desea.

Ahora bien, cada cual se ama a sí mismo más que a otro, porque es uno consigo mismo en la sustancia, mientras que con otro lo es en la semejanza de alguna forma.

De ahí que, si por serle semejante en la participación de la forma es impedido él mismo en la consecución del bien que ama, le resulta odioso, no en cuanto semejante, sino en cuanto impeditivo de su bien propio.

Y por esta razón hay contiendas entre los soberbios, porque se impiden mutuamente en la superioridad propia que ambicionan.

ARTÍCULO 4

No existe ninguna otra pasión del alma que no presuponga alguna clase de amor.

La razón de esto es que toda otra pasión del alma o implica movimiento hacia una cosa o descanso en ella.

Ahora bien, todo movimiento hacia una cosa o el descanso en ella proviene de cierta connaturalidad o proporción, que pertenece a la naturaleza del amor.

Por lo tanto, es imposible que alguna otra pasión del alma sea universalmente causa de todo amor.

Puede suceder, sin embargo, que alguna otra pasión sea causa de un determinado amor, como asimismo un bien es causa de otro.

CUESTIÓN 28

De los efectos del amor

Acerca de esta cuestión se plantean seis problemas:

1º ¿Es la unión efecto del amor?

2º ¿Lo es la mutua inhesión?

3º ¿Es el éxtasis efecto del amor?

4º ¿Lo es el celo?

5º ¿Es el amor pasión que hiere al amante?

6º ¿Es el amor causa de todo cuanto hace el que ama?

ARTÍCULO 1

La unión es efecto del amor.

El amor produce la primera unión efectivamente, porque mueve a desear y buscar la presencia de lo amado como algo que le conviene y pertenece.

Mas la segunda unión la produce formalmente, porque el amor mismo es esta unión o vínculo. Por eso dice San Agustín que el amor es como vida que enlaza o desea enlazar otras dos vidas, a saber, al amante y al amado. Al decir enlaza se refiere a la unión del afecto, y al decir intenta enlazar se refiere a la unión real.

ARTÍCULO 2

La inhesión mutua es efecto del amor.

Dice San Juan I, 4,16: El que permanece en caridad, en Dios permanece, y Dios en él. Ahora bien, la caridad es amor de Dios. Luego, por la misma razón, todo amor hace que el amado esté en el amante, y viceversa.

Respecto de la potencia aprehensiva, el amado se dice estar en el amante en cuanto que el amado mora en la aprehensión del amante.

Pero se dice que el amante está en el amado según la aprehensión en cuanto que el amante no se contenta con una superficial aprehensión del amado, sino que se esfuerza en escudriñar interiormente cada una de las cosas que pertenecen al amado, y así penetra en su intimidad.

Respecto de la potencia apetitiva se dice que el amado está en el amante en cuanto está en su afecto mediante cierta complacencia, de manera que o se deleite en él, en sus bienes, en su presencia; o, en su ausencia, tienda hacia el amado mismo por el deseo con amor de concupiscencia, o hacia los bienes que quiere para el amado con amor de amistad

Y, a la inversa, el amante está de otro modo en el amado por el amor de concupiscencia 

que por el amor de amistad.

Porque el amor de concupiscencia no descansa con cualquiera extrínseca o superficial posesión o fruición del amado, sino que busca poseerlo perfectamente, penetrando, por así decirlo, hasta su interior.

Mas en el amor de amistad, el amante está en el amado, en cuanto considera los bienes o males del amigo como suyos y la voluntad del amigo como suya, de suerte que parece como si él mismo recibiese los bienes y los males y fuese afectado en el amigo.

Es propio de los amigos querer las mismas cosas y entristecerse y alegrarse de lo mismo. De modo que, en cuanto considera suyo lo que es del amigo, el amante parece estar en el amado como identificado con él. Y, al contrario, en cuanto quiere y obra por el amigo como por sí mismo, considerando al amigo como una misma cosa consigo, entonces el amado está en el amante.

Por otra parte, la mutua inhesión en el amor de amistad puede entenderse también de un tercer modo, por vía de reciprocidad de amor, en cuanto que los amigos se aman mutuamente y quieren y obran el bien el uno para el otro.

ARTÍCULO 3

El éxtasis es efecto del amor.

El amor divino produce el éxtasis, y que Dios mismo, a causa del amor, padeció éxtasis. Luego, siendo todo amor una semejanza participada del amor divino, parece que cualquier amor produce éxtasis.

Se habla de que uno padece éxtasis cuando se pone fuera de sí.

Se dice que uno se pone fuera de sí según la potencia aprehensiva cuando se sitúa fuera del conocimiento que le es propio, bien porque se eleva a un conocimiento superior, como se dice que un hombre está en éxtasis cuando se eleva a comprender algunas cosas que sobrepasan el sentido y la razón, en cuanto se pone fuera de la aprehensión connatural de la razón y del sentido; o bien porque se rebaja a cosas inferiores; por ejemplo, cuando uno cae en frenesí o en demencia se dice que padece éxtasis.

En cuanto a la parte apetitiva se dice que uno padece éxtasis cuando su apetito se dirige hacia otro saliendo en cierto modo fuera de sí mismo.

El amor produce el primero de estos éxtasis a modo de disposición, esto es, en cuanto hace meditar sobre el amado, y la meditación intensa de una cosa aparta la mente de las otras.

Pero el segundo éxtasis lo produce el amor directamente: en absoluto el amor de amistad, y no absolutamente, sino bajo cierto aspecto, el amor de concupiscencia.

Pues en el amor de concupiscencia el amante es llevado de algún modo fuera de sí mismo, a saber, en cuanto no contento con gozar del bien que posee, busca disfrutar de algo fuera de sí.

Mas porque pretende tener este bien exterior para sí, no sale completamente fuera de sí, sino que tal afección, al fin, se encierra dentro de él mismo.

En cambio, en el amor de amistad, el afecto de uno sale absolutamente fuera de él, porque quiere el bien para el amigo y trabaja por él como si estuviese encargado de su cuidado y de proveer a sus necesidades.

ARTÍCULO 4

El celo es efecto del amor.

El celo, de cualquier modo que se tome, proviene de la intensidad del amor. Porque es evidente que cuanto más intensamente tiende una potencia hacia algo, más fuertemente rechaza también lo que le es contrario e incompatible. Así, pues, siendo el amor un movimiento hacia el amado, como dice San Agustín, el amor intenso trata de excluir todo lo que le es contrario.

Esto, sin embargo, acontece de diferente manera en el amor de concupiscencia que en el amor de amistad.

Pues en el amor de concupiscencia, el que desea alguna cosa intensamente se mueve contra todo lo que se opone a la consecución o fruición tranquila del objeto amado. Y en este sentido se dice que los varones tienen celos de sus esposas, para que la exclusividad que buscan en la consorte no sea impedida por la compañía de otros.

De la misma manera también, los que pretenden destacar, la emprenden contra los que parecen sobresalir, como si fueran un impedimento de su propia grandeza. Y esto es el celo de la envidia.

Mas el amor de amistad busca el bien del amigo; por lo cual, cuando es intenso, hace que el hombre se mueva contra todo aquello que es opuesto al bien del amigo.

Y conforme a esto, se dice que uno tiene celo por su amigo cuando procura rechazar todo lo que se dice o hace contra el bien del amigo. Y de este modo también se dice que alguien tiene celo por la gloria de Dios cuando procura rechazar según sus posibilidades lo que es contra el honor o la voluntad de Dios, según aquello de II Re 19, 12: Me abraso en celo por el Señor de los ejércitos. Y sobre aquello de Jn 2, 17: El celo de tu casa me devora.

Dice la Glossa que es devorado por el buen celo quien se esfuerza en corregir cuantas cosas malas ve; si no puede, lo sufre y gime.

ARTÍCULO 5

El amor es una pasión que hiere al amante.

El amor significa una cierta coadaptación de la potencia apetitiva a un bien.

Mas nada que se adapta a una cosa que le es conveniente, sufre lesión por ello, sino más bien, si es posible, sale ganancioso y mejorado.

En cambio, lo que se adapta a una cosa que no le es conveniente sufre por ello daño y deterioro.

Luego el amor del bien conveniente perfecciona y mejora al amante, y el amor del bien que no conviene al amante le daña y deteriora.

De ahí que el hombre se perfeccione y mejore principalmente por el amor de Dios, y sufra daño y deterioro por el amor del pecado, según aquello de Os 9, 10: Se hicieron abominables como las cosas que amaron.

Esto que se ha dicho se entiende del amor en cuanto a lo que es formal en él, esto es, por parte del apetito. Pero en cuanto a lo que es material en la pasión del amor, que es una inmutación corporal, sucede que el amor es lesivo por exceso de inmutación, como pasa en el sentido y en todo acto de una potencia del alma que se ejerce mediante una inmutación del órgano corporal.

ARTÍCULO 6

El amor es causa de todo cuanto hace el que ama.

Todo agente obra por algún fin. Ahora bien, el fin es para cada uno el bien deseado y amado. Luego es evidente que todo agente, cualquiera que sea, ejecuta todas sus acciones por amor.

CUESTIÓN 29

Del odio

Corresponde a continuación tratar del odio. Acerca de esta cuestión se plantean cinco problemas:

1º ¿Es el mal causa y objeto del odio?

2º ¿Es causado el odio por el amor?

3º ¿Es el odio más fuerte que el amor?

4º ¿Puede alguien odiarse a sí mismo?

5º ¿Puede alguien tener odio a la verdad?

ARTÍCULO 1

El mal es objeto del odio.

El odio es contrario al amor. Pero el objeto del amor es el bien. Luego el objeto del odio es el mal.

Puesto que el apetito natural se deriva de una aprehensión, aunque no le esté unida, la misma razón parece haber respecto de la inclinación del apetito natural y del apetito animal que sigue a una aprehensión que le está unida.

Ahora bien, en el apetito natural aparece claramente que, así como cada ser tiene armonía o aptitud natural para con lo que le es conveniente, lo que constituye el amor natural; así también para lo que le es opuesto y corruptivo tiene disonancia natural, y en esto consiste el odio natural.

Así, pues, también en el apetito animal o en el intelectivo, el amor es cierta consonancia del apetito con lo que se aprehende como conveniente, y el odio es cierta disonancia del apetito con lo que se aprehende como opuesto o nocivo.

Mas como todo lo conveniente, en cuanto tal, tiene razón de bien, de igual modo todo lo que es contrario, en cuanto tal, tiene razón de mal.

Y, por tanto, así como el bien es objeto del amor, así el mal lo es del odio.

ARTÍCULO 2

El odio es causado por el amor.

El amor consiste en cierta conveniencia del que ama con lo amado, mientras que el odio consiste en cierta contrariedad o disonancia.

Ahora bien, en cada cosa es preciso considerar antes lo que le conviene que lo que le es contrario, pues el motivo de ser una cosa contraria a otra es porque destruye o impide lo que le es conveniente.

Luego es necesario que el amor sea anterior al odio, y que no se tenga odio a ninguna cosa sino por ser contraria al objeto conveniente que se ama.

Y según esto, todo odio es causado por el amor.

ARTÍCULO 3

El odio no es más fuerte que el amor.

Es imposible que el efecto sea más fuerte que la causa.

Ahora bien, todo odio procede de algún amor como de causa, según se ha dicho anteriormente.

Por lo tanto, es imposible que el odio sea absolutamente más fuerte que el amor.

Pero es necesario, además, que el amor, absolutamente hablando, sea más fuerte que el odio.

Una cosa, en efecto, se mueve más fuertemente hacia el fin que hacia aquello que conduce al fin.

Ahora bien, el apartamiento del mal se ordena, como a fin, a la consecución del bien.

De ahí que, absolutamente hablando, el movimiento del alma hacia el bien sea más fuerte que hacia el mal.

Pero, no obstante, a veces parece el odio más fuerte que el amor, por dos razones:

Primeramente, porque el odio es más sensible que el amor. Puesto que la percepción del sentido depende de una inmutación, una vez que ésta ya se ha llevado a cabo no se siente tanto como cuando se está realizando la inmutación misma.

Por esto también se siente más el amor en la ausencia del amado, porque el amor no se siente tanto si la indigencia no lo pone de manifiesto.

Y por el mismo motivo se percibe más sensiblemente la repugnancia de lo que se odia que la conveniencia de lo que se ama.

En segundo lugar, porque no se compara el odio al amor que le corresponde, pues según la diversidad de bienes es la diversidad en magnitud y parvedad de los amores, a los que están proporcionados los odios opuestos.

De ahí que el odio que corresponde a un amor mayor mueva más que un amor menor.

1ª Objeción: Nadie hay que no huya más del dolor que apetezca el deleite. Pero huir del dolor pertenece al odio, mientras que el apetito del deleite pertenece al amor. Luego el odio es más fuerte que el amor.

Respuesta: el amor del placer es menor que el amor de la propia conservación, al que corresponde la huida del dolor. Y, por tanto, se huye más del dolor que se ama el placer.

2ª Objeción: El más fuerte vence al más débil. Pero el odio vence al amor; esto es, cuando el amor se convierte en odio. Luego el odio es más fuerte que el amor.

Respuesta: El odio jamás vencería al amor a no ser por causa de un mayor amor al que corresponde el odio. De esta manera el hombre se ama a sí mismo más que al amigo; y porque se ama a sí, odia incluso al amigo en el caso de que éste le sea contrario.

3ª Objeción: La afección del alma se manifiesta por el efecto. Pero el hombre insiste más fuertemente en rechazar lo odioso que en perseguir lo que ama, como también las bestias se abstienen de las cosas deleitables a causa de los golpes del látigo. Luego el odio es más fuerte que el amor.

Respuesta: La razón de actuar con mayor conato en rechazar las cosas odiosas es porque el odio es más sensible.

ARTÍCULO 4

Es imposible que uno, absolutamente hablando, se odie a sí mismo.

En efecto, todo ser apetece naturalmente el bien, y ninguno puede desear algo para sí si no es bajo la razón de bien, pues el mal es extraño a la voluntad.

Ahora bien, amar a uno es querer para él el bien.

Por consiguiente, es necesario que uno se ame a sí mismo, y es imposible que uno se odie a sí mismo, absolutamente hablando.

Sucede, sin embargo, que indirectamente uno se odia a sí mismo.

Y esto de dos maneras.

Una, por parte del bien que uno quiere para sí, pues acontece a veces que lo que se desea es relativamente bueno, pero absolutamente malo, y según esto, uno indirectamente quiere para sí un mal, lo cual es odiarse.

Otra manera es por parte de sí mismo, para quien se quiere el bien. Cada ser, en efecto, es, sobre todo, lo que hay más principalmente en él.

Es evidente que el hombre es principalmente su mente.

Pero sucede que algunos se consideran ser principalmente lo que son según la naturaleza corporal y sensitiva.

Por eso se aman según lo que juzgan que son, pero odian lo que verdaderamente son en tanto quieren cosas contrarias a la razón.

Y de ambos modos, el que ama la iniquidad, odia no sólo su alma, sino también a sí mismo.

2ª Objeción: Odiamos a aquel para quien queremos y hacemos el mal. Pero a veces uno quiere y obra el mal para sí mismo, como los que se suicidan. Luego algunos se odian a sí mismos.

Respuesta: Nadie quiere y hace el mal para sí a no ser en cuanto lo aprehende bajo la razón de bien. Porque aun aquellos que se suicidan, perciben el mismo morir bajo la razón de bien, en cuanto que ponen fin a alguna miseria o dolor.

ARTÍCULO 5

Puede uno tener odio a la verdad.

El bien, la verdad y el ser son idénticos en la realidad, pero difieren en la razón.

El bien, en efecto, tiene razón de apetecible, mas no el ser o la verdad, pues el bien es lo que apetecen todas las cosas.

Y por eso el bien, bajo la razón de bien, no puede ser odiado ni en universal ni en particular.

Y el ser y la verdad no pueden ser odiados en universal, porque la disonancia es causa del odio y la consonancia es causa del amor; y el ser y la verdad son comunes a todos.

Pero en particular, nada impide que algún ser y alguna verdad sean odiados en cuanto tienen razón de algo contrario y repugnante, pues la contrariedad y la repugnancia no se oponen a la razón de ser y de verdad como se oponen a la razón de bien.

Por otra parte, una verdad particular puede repugnar o ser contraria al bien amado de tres maneras.

Una, en cuanto que la verdad está causal y originariamente en las cosas mismas. Y de esta manera odia el hombre a veces una verdad en cuanto que quisiera que no fuese verdadero lo que es verdadero.

Otra, en cuanto que la verdad está en el conocimiento del mismo hombre, la cual impide la prosecución de lo amado. Como si algunos no quisieran conocer la verdad de la fe para pecar libremente.

De otra manera se tiene odio a la verdad particular, como contraria, en cuanto está en el entendimiento de otro. Por ejemplo, cuando uno quiere permanecer oculto en el pecado, odia que alguien conozca la verdad acerca de su pecado. Y conforme a esto dice San Agustín que los hombres aman la verdad cuando ilumina, y la aborrecen cuando reprende.