Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 10ª después de Pentecostés

Sermones-Ceriani

DÉCIMO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Los textos litúrgicos de este Décimo Domingo de Pentecostés presentan a nuestra consideración una interesante cuestión: la de la armonía en Dios entre la justicia y la misericordia.

En efecto, por una parte, la oración colecta dice así: ¡Oh Dios!, que manifiestas tu omnipotencia sobre todo perdonando y ejerciendo la misericordia, multiplica sobre nosotros tu misericordia…

Por otra parte, el Evangelio, refiriéndose al fariseo, en contraposición con el publicano, se expresa de este modo: Os digo que éste volvió justificado a su casa, mas no el otro.

La justicia y la misericordia hay que atribuirlas a Dios en grado supremo e infinito. En Él no son propiamente virtudes, sino atributos divinos, totalmente identificados con su propia esencia.

Propiamente hablando Dios no tiene justicia y misericordia, sino que Dios es la misma justicia y misericordia infinitas.

Un análisis superficial arroja que estos dos atributos son dispares y, al parecer, contrarios entre sí; pero un examen a fondo permite descubrir que, en realidad, la justicia y la misericordia no solamente no son contrarias, sino que se armonizan tan maravillosamente en Dios que, como dice Santo Tomás, “la misericordia es la plenitud de la justicia”.

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Consideremos la enseñanza de Santo Tomás, la cual desarrolla en la cuestión 21ª de la Primera Parte de su Suma Teológica.

En el artículo 1º, Santo Tomás dice que la justicia conmutativa no conviene a Dios; pero que sí hay en Él justicia distributiva.

La justicia conmutativa consiste en dar y recibir recíprocamente, cual se verifica en la compra y venta y demás contratos o transacciones de esta naturaleza. Ésta no compete a Dios porque, como dice San Pablo: ¿Quién le ha dado a Él primero, para que le sea recompensado?

La justicia distributiva consiste en distribuir a cada uno conforme a su dignidad.

El orden del universo, que brilla tanto en las cosas naturales como en las voluntarias, es una prueba de la justicia de Dios, que concede a todos los seres lo que les es propio según su respectiva dignidad; y que conserva la naturaleza de cada cosa en el orden y virtud que le son propios.

En la respuesta a la tercera objeción, Santo Tomás tiene esta hermosa y profunda frase: a Dios es debido el que se cumpla en las criaturas lo que es conforme a su sabiduría y a su voluntad y a la manifestación de su bondad. Por eso, se debe a cada ser lo que por la sabiduría divina le ha sido asignado.

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En el artículo segundo, Santo Tomás demuestra que la justicia de Dios es llamada con razón verdad.

La verdad consiste en la conformidad de la inteligencia y de su objeto.

Cuando el entendimiento es la regla o la medida de las cosas, la verdad consiste en la conformidad de estas con el entendimiento mismo.

Ahora bien, la inteligencia divina, que es la causa del ser, es la regla y medida de las criaturas.

Por consiguiente la justicia de Dios, que establece en el mundo un orden conforme a su sabiduría, que es su ley, se llama convenientemente verdad.

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Pasando a la misericordia, Santo Tomás enseña que ella debe atribuirse a Dios en el más alto grado según sus efectos, no en cuanto al afecto de la pasión.

Para demostrarlo, observa que se dice misericordioso aquel que tiene el corazón compasivo, es decir, como afectado tristemente por la miseria de otro, cual si fuera suya propia.

De donde se sigue que, cuando cualquiera procura remediar la miseria de otro, como si fuera la suya propia, hace una obra de misericordia.

Ahora bien: Dios no puede entristecerse por la miseria de otro; pero le conviene por excelencia aliviarla, entendiendo por miseria un defecto cualquiera.

Más aún, los defectos no se corrigen sino por la perfección de alguna bondad, y el primer origen de la bondad es Dios.

Santo Tomás señala que otorgar perfecciones a las cosas pertenece a la bondad divina, a su justicia, y a su liberalidad y misericordia, aunque bajo diversos conceptos.

La comunicación de las perfecciones, considerada en absoluto, pertenece a la bondad; pero la distribución de las mismas en proporción a la naturaleza de las cosas es propia de la justicia; y en cuanto no las otorga por su propia utilidad, y sí sólo por su bondad, Él obra con liberalidad; así como bajo el concepto de que por ellas subsana todo defecto, procede con misericordia.

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Precisando la cuestión, Santo Tomás enseña que Dios obra por misericordia, sin faltar a la justicia, sino obrando alguna cosa sobre ella.

Así como si uno da doscientos pesos a un individuo a quien no debe sino cien, no obra contra la justicia, sino con liberalidad y misericordia. Sucede lo mismo, cuando se perdona una ofensa recibida; porque el que perdona un agravio, hace una especie de don.

Es pues evidente que la misericordia no destruye la justicia, sino que es cierta plenitud de ella; por lo cual dice Santiago que la misericordia sobreexcede al juicio.

Finalmente, el Santo Doctor prueba que hay necesariamente en Dios justicia y misericordia. Y dice así:

Todo lo que Dios hace en sus criaturas, lo realiza en el orden y en la proporción conveniente, que es lo que constituye la razón de la justicia. Luego no puede menos de haber justicia en todas las obras de Dios.

Pero toda obra de la justicia divina presupone siempre una obra de misericordia, y se funda en ella. Porque la criatura no puede tener derecho sino por razón de algo, que en ella preexiste o se prevé; y además, si esto es debido a la criatura, será por razón de algo anterior; y, como no puede precederse al infinito en esta gradación, habrá de llegarse necesariamente a algo que dependa de la sola bondad de la voluntad divina, que es el último fin.

Y así, en todas las obras de Dios se encuentra la misericordia en cuanto a su primer origen.

Así pues, Dios, del colmo de su bondad da aun las cosas que se deben a las criaturas con largueza mayor que lo que estrictamente exige su naturaleza; porque, para conservar el orden de la justicia, bastaría que otorgase menos de lo que concede la bondad divina, la cual excede toda proporción de la criatura.

En respuesta a la primera objeción, Santo Tomás dice que hay obras que se atribuyen a la justicia de Dios y otras a su misericordia; porque en las unas resalta más la justicia, y en las otras la misericordia.

Sin embargo, la misericordia se muestra aun en la condenación de los réprobos; no porque se les perdonó el castigo por entero, sino bajo el concepto de que el castigo es menor del que merecen.

En cambio, en la justificación del impío se muestra también la justicia; puesto que Dios no remite las culpas sino en consideración al amor, que su misericordia infunde en el corazón del culpable.

A la objeción que sostiene que muchos justos sufren en este mundo, lo cual es injusto; luego no hay justicia y misericordia en todas las obras de Dios, Santo Tomás responde:

En el castigo de los justos en este mundo brillan también la justicia y la misericordia; porque estas aflicciones los purifican de sus ligeras faltas, y los elevan más a Dios, separándolos de los afectos terrenos; conforme a lo que dice San Gregorio: los males, que nos agobian en este mundo, nos impelen a dirigirnos a Dios.

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Hasta aquí hemos seguido al gran dominico y teólogo. Ahora vamos a considerar la cuestión desde un punto de vista más espiritual, siguiendo al gran Doctor San Bernardo, monje cisterciense.

Él nos habla de tres misericordias y cuatro compasiones.

Y dice que la primera misericordia es la paciencia de Dios.

La segunda es el deseo de penitencia.

La tercera, y mayor, es darnos fuerza para combatir el pecado, ya sea aumentando nuestro ánimo, evitando la ocasión o con la fuerza de la amargura que desplaza a otros sentimientos.

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Entrando en tema, nos enseña que así como hay pecados leves, medianos y graves, también existe la misericordia pequeña, mediana y grande.

Una misericordia pequeña es para mí la paciencia, por la que, en vez de castigar al punto al pecador, se espera que haga penitencia.

Es pequeña, pero no en sí misma, sino comparada con otras. Porque la paciencia del Señor es muy grande, una misericordia incalculable. Cuando pecó el ángel, no esperó ni un momento y lo arrojó del Cielo; y al primer hombre tampoco le consintió el pecar, sino que lo expulsó inmediatamente del Paraíso.

Ahora, en cambio, espera y tolera; espera diez, veinte años y hasta la vejez y las canas.

Esta misericordia del Señor, por la que se muestra lento en castigar y pronto a perdonar, no es pequeña en sí misma, sino comparada con las otras; y es que ella sola es incapaz de salvar, e incluso agrava la sentencia de condenación.

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La segunda misericordia, mucho mayor que la anterior, es la que impide que ella sea infructuosa y se convierta en condena mortal.

Concede la penitencia, sin la cual la paciencia de Dios, en lugar de aprovecharnos, nos perjudica mucho.

Y puede ser suficiente para los pecados leves, porque el arrepentimiento de cada día basta para salvarnos de todo eso que no podemos evitar mientras vivimos en este mundo pecador.

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Pero en los pecados más graves, y en aquellos que llevan a la muerte, además de la penitencia se requiere también la continencia.

Es muy difícil arrancarse de la cerviz el yugo del pecado previamente aceptado, y sólo es posible con el poder de Dios. Porque quien comete el pecado es esclavo del pecado, y sólo una mano más fuerte puede librarle de él.

Esta es la gran misericordia, indispensable a los grandes pecadores.

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A estas tres misericordias, agrega el Santo Doctor las cuatro compasiones divinas; y lo hace de este modo:

Se ha dicho que las cuatro hijas de la inmensa misericordia son: reunir la amargura, evitar la ocasión, dar fuerza para resistir y curar los afectos.

A veces el Señor infunde piadosamente cierta amargura en el que está encadenado al pecado, y por ese medio ocupa su espíritu y va ocupando los nefastos deleites del pecado.

Otras veces le priva de las ocasiones, y no permite que su debilidad sufra la tentación.

Otras le concede fuerzas para resistir; lo cual es mucho mejor, pues aunque siente la tentación es capaz de enfrentarse varonilmente y no consentir.

Y otras veces sana el afecto —y esto es lo más perfecto—, con lo que se arranca de toda raíz toda tentación, porque de esa manera ni se consiente ni se siente.

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En otro texto, San Bernardo señala que hay que resaltar siete misericordias. Y se expresa así:

Yo hallo en mí siete misericordias del Señor, y creo que también vosotros las experimentaréis.

La primera es haberme librado de muchos pecados cuando vivía en el mundo. No es la primera de todas las que me concedió, sino de esas siete.

Después de caer en tantos pecados, ¿cómo no hubiera caído en otros muchos, si la bondad del Omnipotente no me preservara? Lo confieso y lo confesaré sin cesar: si el Señor no me hubiera auxiliado, mi alma se habría hundido en el pecado.

¡Qué misericordia ésta tan inmensa! Conservar la gracia a un hombre tan ingrato y despreocupado y proteger bondadosamente de mil pecados al que tanto le ofendía y despreciaba.

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La segunda misericordia fue responder a la maldad humana con compasión.

Pero ¿con qué palabras podré explicar, Señor, la ternura, generosidad y gratuidad de tu segunda misericordia para conmigo? Yo pecaba y tú disimulabas. Yo aumentaba los crímenes y tú olvidabas el castigo. Yo acumulaba años y años de maldad, y tú de compasión.

¿Qué vale tanta paciencia si no consigue la conversión? Merecería aquella terrible condena del Señor: Esto hiciste y callé.

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La tercera misericordia consistió en que visitó mi corazón y lo cambió.

Lo que antes me sabía dulce se me hizo amargo; y en vez de complacerme en hacer el mal y regocijarme en el fango, comencé a examinar mi vida con espíritu de razón y la agrietaste… Repara sus grietas que se desmorona…

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La cuarta misericordia fue acogerme piadosamente cuando me arrepentí.

Hay muchos que se han arrepentido inútilmente, porque su arrepentimiento fue rechazado, como antes lo había sido su culpa.

Aquí está la cuarta misericordia: me acogiste piadosamente cuando me arrepentí, y me encuentro entre aquellos de quienes dice el salmista: Dichosos los que están absueltos de sus culpas.

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A esto sigue la quinta misericordia, con la que me diste la virtud de contenerme en lo sucesivo y de vivir más honestamente.

De este modo evitaría la recaída y que el último error fuera peor que el primero.

No hay duda, Señor, que es fruto patente de tu virtud y no del esfuerzo humano, sacudir de la cerviz el yugo del pecado una vez admitido. Quien comete el pecado es esclavo del pecado, y sólo puede librarlo de él otra mano más fuerte.

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Después de librarnos del mal con estas cinco misericordias, nos concedes, Señor, obrar el bien por medio de otras dos. Así se cumple lo que dice la Escritura: Apártate del mal y haz el bien.

Estas son:

La sexta misericordia es la gracia de merecer o el don de una buena conducta.

La séptima misericordia es la esperanza de alcanzar, por la que el hombre indigno y pecador, apoyándose en la continua experiencia de tu amor, se atreve a esperar los bienes celestes.

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Como conclusión, no nos queda más que agradecer la infinita misericordia de Dios; y evitar la ingratitud, la murmuración y la impaciencia.

 

Oh Dios, que manifiestas tu omnipotencia principalmente perdonando y usando de clemencia, multiplica sobre nosotros tu misericordia, para que, corriendo hacia tus promesas, nos hagas partícipes de los bienes celestiales.