MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

SEGUNDA PARTE

LOS MEDIOS QUE SON MENESTER TOMAR

PARA HABLAR BIEN CON DIOS

ENTRETENIMIENTO III.

Y tercer medio para hablar bien con Dios.

La pureza del corazón.

51395c161c4f0cfb5db80326e88f53b4

El Siervo. Aliento, alma mía, aliento, levántate del profundo sueño a que te ha arrojado tu negligencia. Ve aquí al Señor, que convida a gozar de su amable conversación. A estas palabras, Señor, mi alma despierta, y se encamina hacia Vos con nuevo fervor. ¿Pero de dónde viene, oh deseado de mi corazón, que yo no sienta siempre el mismo atractivo? ¿No tenéis Vos siempre los mismos halagos, o el más perfecto de todos los tiempos? Yo no puedo algunas veces apartarme de vuestro lado; y otras no estoy allí sino con dificultad, y (¿me atreveré a decirlo?…) no estoy sino con disgusto. ¿De dónde viene, os ruego, esta tan extraña alternativa, que es más sensible, que ninguna otra miseria de esta vida?

El Señor. Viene, hijo mío, ordinariamente de tus infidelidades, y sobre todo de las diferentes aficiones a que dejas ir tu corazón; porque mi trato pide un espíritu libre y tranquilo. Ahora, ¿puede estar el espíritu libre y tranquilo con un corazón entregado a las criaturas, y por consiguiente ocupado de una infinidad de deseos que causan temores, inquietudes, perturbaciones y continuas aflicciones?

Por otra parte, como la boca habla, y la imaginativa piensa según la abundancia del corazón. (Luc. 6. et Matth. 15.) Si tú amas al mundo, el mundo será el asunto ordinario de tus conversaciones, y de esta suerte, ¿qué dificultad no tendrás en hablar conmigo?

El Siervo. No tengo, Dios mío, sino muy probados estos tristes efectos. ¿Cuántas veces movido de vuestra gracia procuraba levantar mi corazón hacia Vos? Pero luego este corazón poseído de las criaturas sugería a mi entendimiento una tropa de pensamientos, que lo ocupaban enteramente y lo apartaban de vuestra presencia. Yo sentía por entonces la verdad de la severa, pero justísima sentencia, que habéis pronunciado contra los que entregan su corazón a las criaturas; y con San Agustín confesaba: es verdad, mi Dios, yo lo veo y lo siento, Vos habéis dispuesto que toda afición desordenada sea ella misma su suplicio. No se puede hallar reposo fuera de Vos. Cuando no estoy lleno de Vos, me soy a mí mismo gravoso.

El Señor. Tú pena será cada día mayor, a la medida que tus afecciones fueren más fuertes, y estas serán cada día mayores, si no las rompes luego al punto. Son espinas, y las espinas en poco tiempo crecen mucho, cuando hay descuido en arrancarlas al principio. Haz pues como un jardinero diligente, tan siempre la mano en la obra para impedir el progreso de las aficiones, que se forman sin cesar en tu corazón, arráncalas luego que brotan; pero arráncalas enteramente y hasta la raíz, porque la menor afición, que no me tiene a mí por objeto o por motivo, resfría mi amistad, suspende el curso de mis gracias, impide mis secretas comunicaciones, y aquella unión intima, que hace el paraíso de una alma sobre la tierra.

Que un pajarillo esté impedido, o por un hilo o por una cuerda, estando así, está fuera del estado de volar; así una pequeña, como una grande afición, mientras no se rompe, impide al alma que tome el vuelo hacia su Dios, y que se una íntimamente a Él.

Moisés no pudo acercarse al lugar santo, donde yo habitaba, ni ver el prodigio de la zarza que ardía, sin haberse primero descalzado. (Exod. 5) Así, pues, no podrá entrar en el secreto de mi santuario, y contemplar allí las maravillas de mi amor, quien no se despegue de las menores aficiones con que esta aún ligado a la tierra, y que notan la falta del verdadero amor a mí. Porque, ¿cómo me amará de veras a mí, quien conmigo ama otra cosa, y no por mí?

El Siervo. No, Señor, lo confieso, aunque muy tarde, y que es un exceso de injusticia, y de ingratitud no amar a un Dios tan grande y tan bueno.

El Señor. Ámame pues, hijo mío; pero ámame únicamente; despégate por mi amor de todo objeto criado, de aquellas personas mismas que te son más útiles para el cuerpo, y aun para el alma, si te apartan de mí. La presencia de un hombre, por cualquiera provecho que se saque de él por otra parte, daña más que su ausencia cuando divide el corazón, y lo divide cuanto ése busca con solicitud, y con inquietud se deja. No te inquietes, hijo mío; yo sabré muy bien suplir la falta de mis criaturas; yo por mí mismo ocuparé en la necesidad sus puestos y podré llenar el lugar de todas.

El Siervo. Vos podéis, gran Dios; y lo haréis, si yo pongo mi confianza en Vos sólo; Pero yo quiero más bien, por una extraña ceguedad, estribar en un brazo de carne débil, que faltándome en la mayor necesidad, me deja en turbaciones y en revoluciones casi continuas.

El Señor. Para afianzarte del todo, y ponerte en estado de gozar del reposo de mi conversación, extiende el despego hasta los dones extraordinarios, sobrenaturales, hasta las luces y gracias extraordinarias; no las desees, ni las pidas con demasiada solicitud. Con poco que sondees tu corazón, verás que la vanidad y el amor propio son los principios ordinarios de esta suerte de deseos; y así, para curarte de lo uno y de lo otro, te pruebo algunas veces con sequedades y tinieblas interiores.

No te entristezcas, hijo mío; yo soy superior a mis dones; con tal, que tú tengas mi amistad, estás sobradamente rico.

Ahora en ti está el conservarla, y en mí el aumentarla en este estado de prueba; tú no tienes que hacer sino sufrirla con humildad y sumisión a ejemplo de mis Santos, que se regocijaban de estar privados de todo gusto sensible, por no tener otra recompensa de sus servicios, que la honra y gusto de servirme.

El Siervo. Yo estoy, Señor, muy lejos de sus sentimientos, porque estoy muy apartado de la perfección de su amor. El amor de ellos era puro y generoso, tal cual se debe a un ser soberanamente perfecto. El mío al contrario, es un amor bajo e interesado, un amor del todo natural; yo me amo a mí más bien que a Vos, que sólo merecéis ser amado.

El Señor. Procura pues, hijo mío, perfeccionar tu amor, y limpiarlo de todo propio interés. Para esto no te contentes con despegarte de todo lo que esta fuera de ti, despréndete aun de ti mismo, en esto consiste el sacrificio más importante, sin el cual otro cualquiera será imperfecto, y por consiguiente poco agradable a mis ojos.

Así que esta pureza de corazón es propiamente la que trae al alma la felicidad de verme habitualmente; esta pobreza de espíritu, es la que pone en posesión de un Reino cumplido y Celestial; esta abnegación y aborrecimiento de sí mismo es el que hace hallar el verdadero y soberano bien, haciéndolo digno de mi más íntima conversación. Porque mi conversación es un banquete delicioso, en donde no se puede esperar asiento distinguido, si no es con un grande menosprecio y un entero desasimiento de sí mismo. Si yo te viere, hijo mío, en este estado de perfección, yo haré que subas a más altura, (Luc. 14.) y te elevaré hasta la contemplación más sublime.

El Siervo. ¡Oh desasimiento feliz, que causa una tan elevada distinción! ¡Bienaventurados los corazones limpios! Bienaventurados los pobres de espíritu, que tanto se acercan a Vos, ¡oh Dios de gloria y de majestad!

El Señor. Por falta de este despego de espíritu y limpieza de corazón se ven el día de hoy tan pocas personas interiores y espirituales, y tan pocos verdaderos contemplativos. Muchos renuncian sus bienes; mas pocos hay que se renuncien y se deben a sí mismo. Por tanto, esto es lo que yo únicamente deseo. Yo no tengo, hijo mío, necesidad de tus bienes, yo no quiero sino tu corazón, todo lo demás no me podrá contentar, si a ti mismo no te me das.

El Siervo. ¡Cuán bueno sois, Señor! ¡Que busquéis, y con tanto empeño, a una criatura vilísima como yo! ¿Pero cuál sería mi ingratitud, si rehusara entregarme a Vos enteramente, sobre todo después que os habéis querido dar todo a mí y por mí? ¡Ah! Yo me debía antes a Vos por los títulos de la creación y de la conservación; ¿cuánto más pues me deberé por el de la redención? Aunque tuviera un millón de corazones ¿no los debería consagrar todos a Vos enteramente?

El Señor. No rehúses a lo menos entregarme ese solo que tienes, y que yo he comprado por tan alto precio.

El Siervo. Vos sois, Señor, a quien desde ahora para siempre enteramente lo consagro. ¡Qué yo haya rehusado dedicaros una víctima, que por tantos títulos era vuestra! ¡Oh! Si ella pudiera a lo menos al presente ser toda consumida en el fuego de vuestro amor ¡Oh! ¡Si pudiera llegar a ser un holocausto perfecto! Esto ha de ser obra vuestra, Dios todo poderoso. Vos, en otro tiempo, hiciste bajar sobre las víctimas que se os sacrificaban un fuego celestial, que las consumió en un instante. Vos mismo, oh amable Salvador mío, Vos mismo trajiste a la tierra un nuevo fuego, con que quisisteis abrasar todos los corazones (Luc. 12.); abrasad el mío, comunicadle alguna centella de este divino fuego, que consuma en él todo lo que encontrare terreno. Cread en mí, Dios mío, un corazón puro, un corazón nuevo (Psal. 5o.) para que, después de haberos amado únicamente sobre la tierra, pueda contemplaros en el Cielo en compañía de los Ángeles y Santos. Amén.