MES DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE – DÍA 23

DÍA VEINTITRÉS

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La Sangre Preciosísima de Jesucristo nos alienta a llevar con paciencia nuestra cruz

I. La vida del cristiano debe ser una vida crucificada, dice San Agustín, pues que somos discípulos de Jesús, que murió por nosotros derramando su Sangre en una Cruz. Y en efecto, el Redentor mismo dice en su Evangelio que quien quiera seguirle debe tomar su cruz y marcar sus pasos por el camino del Calvario. Asegura el Apóstol que jamás será digno del nombre de cristiano aquel que no vive crucificado: qui cum Christi carnem suam crucifixerunt cum vitis et concupiscentiis. Y por cierto que no faltan ocasiones de crucificar su carne rebelde con sus depravados deseos en este miserable valle de lágrimas en que vivimos, y en el que cada paso nos acarrea amarguras y sinsabores. ¿Quién, pues, será quien lleve voluntariamente su cruz y se resigne enteramente a la voluntad divina en las adversidades de la vida? ¿Quién que viva crucificado? ¿Quién? aquel que sea devoto de la Preciosísima Sangre de Jesucristo, hallando en Ella su consuelo y un poderoso estímulo para conseguir la abnegación de sí mismo y la crucifixión de su carne. Si el alma considera atenta y devotamente al Crucificado y la Sangre que se desprende de sus llagas, si mira su cabeza coronada de espinas, su cuerpo azotado, su costado abierto, ¿cómo podrá rehusarle su compasión? A su vista el corazón se sentirá movido a llevar su cruz, cada tribulación será para él causa de alegría y regocijo y se tendrá por dichoso en beber de ese cáliz del que Jesús gustó primero las amarguras. Si la cólera, si la impaciencia se rebela en nosotros, la Sangre de Jesús, dice San Juan Crisóstomo, es como una medicina celestial, que, introducida en nuestras entrañas, hacen perecer los gusanos y todos los insectos venenosos que quisieran dañar nuestra vida. Tan poderosa es esta Sangre divina para refrenar la impetuosidad de las Pasiones y en particular la ira con sus deplorables resultados.

II. ¿Cuál no será el consuelo del alma en medio de sus sufrimientos si considera el mérito adquirido para ella por la Sangre de Jesús? Esta Sangre no solamente ha hecho fácil el camino de la cruz, sino que ha hecho meritorios nuestros sufrimientos y tribulaciones. Bañadas con esta Sangre de un valor infinito suben al Cielo y allí encuentran una recompensa eterna; y en virtud de esa Sangre divina, los sufrimientos de un instante producen un bien eterno. Por eso, animados por esta Sangre preciosa, los Apóstoles, gozosos y llenos de alegría, salían valerosamente al encuentro de las persecuciones; por el nombre de Jesús fueron hechos dignos de sufrir los ultrajes, los azotes, las cadenas y la muerte. Esta Sangre hacía que los mártires desafiasen a los más feroces verdugos y a todos los crueles tormentos con que les amenazaban los tiranos; los solitarios y los penitentes sentían por los méritos de esta Sangre inundado de júbilo su corazón. ¿Por qué, pues, no produciría el mismo efecto en nuestros corazones esa Sangre adorable, si tuviéramos el alma y el corazón inundados siempre de ella, si considerásemos las penas y los dolores de Aquel que la ha derramado por nosotros, si le amásemos con una caridad ardiente? ¡Oh dichosa alma que se sumerge continuamente en la Sangre de Jesús!

 

COLOQUIO

Sangre Preciosísima de mi Jesús, ¡qué aliento me comunicáis para sufrir con paciencia las cruces que incesantemente se encuentran en este miserable destierro y que tanto he merecido yo por mis pecados! El ejemplo que me ha dado Jesús y el mérito que ha adquirido en la efusión de esa Sangre Preciosa, será siempre para mí un poderoso aliciente para padecer y sufrir. El inocente ha querido morir derramando su Sangre en una cruz para merecerme, a mí pecador, una gloria eterna. Ha bebido el cáliz amargo de tantas penas para endulzar mis aflicciones. Y ¿rehusaré yo las cruces? No, no conviene, Jesús mío, que yo vaya por otro sendero que por el del Calvario que vos habéis andado por mí. ¡Oh Cruz preciosa! repetiré yo también, recibid al discípulo como habéis recibido al Maestro cuyo ejemplo y palabras me enseñan a sufrir. No dejéis de castigarme con vuestra tierna mano, que yo no cesaré de besarla, porque si ella me castiga, es para mí salvación; dadme qué sufrir, y estaré satisfecho. «Quemad, cortad, diré con San Agustín, no me perdonéis aquí, para que me perdonéis en la eternidad.»

 

EJEMPLO

Por medio de grandes tribulaciones probó el Señor e hizo más perfecta la virtud de San Eleazaro, conde de Ariane. Fue injustamente despojado de sus bienes, ignominiosamente degradado de sus honores y sujeto a otros males y padecimientos muy crueles. Sin embargo, en medio de tantas amarguras jamás se le vio dar ninguna señal de turbación, jamás se permitió una queja y menos un movimiento de impaciencia; esta tranquilidad de alma maravillaba a todos los que le observaban. Un día, la condesa Delfina, su esposa, le pidió explicaciones acerca de semejante resignación, y la respondió: «Cuando sobreviene alguna contrariedad me oculto en las llagas de Jesucristo; reflexiono cuánto ha sufrido el Señor por mí y no salgo de estas reflexiones sin que sus heridas y su Sangre me hayan endulzado y aligerado todas mis penas.»

 

JACULATORIA

Padre Eterno os ofrezco la Sangre de Jesucristo en rescate de mis pecados y por las necesidades de vuestra Iglesia.

 

INDULGENCIA

El Soberano Pontífice Pío VII concedió cien días de Indulgencia por cada vez que se diga la anterior jaculatoria. Así consta del rescripto que se conserva en los archivos de los Padres Pasionistas de Roma.