MES DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE – DÍA 21

DÍA VEINTIUNO

Precious-Blood-Jesus

La Sangre Preciosísima de Jesucristo enciende en las almas la caridad

 

 

 

I. ¡Qué ardiente era en el Santísimo Corazón de Jesús el deseo de derramar su Sangre por la redención del mundo! Baptismo autem habeo baptizari, et quomodo coarctor usque dum perficiatur: tales son sus propias palabras. Yo tengo que derramar con mi Sangre las riquezas de mi amor; y ¡cuánto deseo y suspiro por hacerlo! Así expresa su ardiente deseo de formar para las almas este baño saludable. Si se considera la generosidad con que la ha derramado y el precio incomparable de esta Sangre divina, nuestro corazón no podrá menos de inflamarse en amor y nos veremos precisados a repetir con el Apóstol: “la caridad de Jesucristo nos estrecha.” Sería necesario tener un corazón más duro que la piedra para no sentirse abrasar de amor hacia Aquel que tanto nos ama. Y ¿quién, Jesús mío, quién no se sentirá todo inflamado de amor para con Vos? Y sin embargo, ¡oh monstruosa ingratitud de los hombres!, Jesús se ve precisado a exclamar dolorosamente: “He sido entregado al olvido como si estuviese muerto para todos los corazones.” Parece que es tratado como un muerto a quien todo afecto le abandona, Él que ha sacrificado por nosotros su Sangre y su vida. Pero todavía hay más; esta Sangre adorable no tiene valor a los ojos de tantos pecadores ingratos; Ella es pisada, profanada, y algunas veces blasfemada. ¡Ah! vosotras al menos, almas que amáis a Jesús, que sois devotas de esa Sangre Preciosa, honradla, adoradla y ofrecedla cada día ante el trono de Dios con los sentimientos de la más ardiente caridad.

II. Para inflamar más y más en nuestros corazones tan felices llamas de amor, consideremos además por quién Jesucristo ha derramado su Sangre. ¡Ah! vosotros lo sabéis; ha sido por nosotros, pecadores, y la ofrece toda por nuestra salvación. El Corazón amante de Jesús es, según el profeta Joel, un manantial perenne de donde corre hasta la consumación de los siglos esta fuente de amor. El tesoro de la Cruz con que Jesucristo ha pagado la deuda contraída por toda la posteridad de Adán para con la soberana justicia, nunca nos ha sido cerrado ni jamás lo será, sino que está siempre abierto en la herida del costado de nuestro Salvador. «El madero de la Cruz exhala un bálsamo inagotable de perfumes espirituales», en expresión de San Bernardo. La multitud de los que acuden a aprovecharse de este tesoro jamás le agotará, porque él procede de ese corazón de quien se ha dicho que «es rico en misericordia», y cuanto más se tome de él para remedio de nuestras necesidades, tanto más abundante es. Aunque Jesucristo haya subido glorioso a la diestra de su Eterno Padre, no por eso ha querido privar a la Iglesia de este rico tesoro de su Sangre y de sus méritos infinitos; ha querido que las almas fuesen siempre libres en valerse de ellos para reconciliarse por sus méritos con su Divina Majestad y participar de las riquezas inmensas de su amor. Aquí es, Jesús mío, donde podemos admirablemente juzgar de toda la grandeza de vuestra excesiva caridad, tan grande, tan profunda, tan incomprensible. ¡Dios mío, que se inflame al fin en vuestro amor nuestro corazón! Amemos, pues, a Jesús que nos ha amado así con todas sus entrañas y por esta Sangre adorable nos ha unido a su tan manso y amable corazón; repitamos una y mil veces: “¿Quién nos separara de la caridad de Jesucristo?”

COLOQUIO

¡Amable Redentor mío, de cuyo corazón abierto salen rayos de amor tan numerosos como las gotas de vuestra Preciosa Sangre para penetrar nuestros corazones tan fríos y tan insensibles a vuestro amor, muera en nosotros todo afecto terreno y ocupe todos los corazones ese fuego de caridad que habéis venido a traer al mundo; que todos os amen con todo su corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas y sobre todas las cosas; que ese amor se inflame más y más hasta que consigamos amaros en el Cielo! Sí, Jesús mío, os pedimos vuestro amor, por esa Sangre que habéis vertido por nosotros con tanto amor. Vuestro amor, y seremos bastantemente ricos. «Dadnos vuestro amor», diremos con San Ignacio, y moriremos contentos, si por vuestro amor morimos: Amorem tuum mihi dona, et dives sum satis. ¡Ay! ¡Ojalá pudiéramos dar por vuestro amor toda la sangre de nuestras venas, como por amor nos habéis dado Vos toda vuestra Sangre!

 

EJEMPLO

Entre las almas más abrasadas en el amor de Jesucristo resplandece el gran mártir San Ignacio que era muy devoto de la Sangre preciosísima del Redentor y que, en sus cartas a los habitantes de Smirna, de Éfeso y de la Magnesia, hizo muchas veces mención de la Sangre de Jesús y de su Pasión. Ardiendo en deseos de derramar su sangre por Jesucristo hubiera excitado a las fieras para devorarle, si hubiesen rehusado despedazar su cuerpo, y suspirando después de los más crueles tormentos por imitar a su Redentor que había derramado su Sangre sobre una Cruz, decía frecuentemente: «Fuego, cruz, fieras, quebrantamiento de huesos, separación de miembros, molimiento de todo mi cuerpo, los tormentos todos del demonio, caigan sobre mí con tal de que yo pueda poseer a Jesucristo.» Y cuando condenado ya a muerte, oía los rugidos de los leones dispuestos para devorarle, repetía en los trasportes de su alegría: «Soy trigo de Jesucristo, muélanme las fieras entre sus dientes para que venga a ser un pan puro.» Y con una voz de alegría, dio voluntariamente su sangre y su vida por el Señor.

 

JACULATORIA

Padre Eterno os ofrezco la Sangre de Jesucristo en rescate de mis pecados y por las necesidades de vuestra Iglesia.

 

INDULGENCIA

El Soberano Pontífice Pío VII concedió cien días de Indulgencia por cada vez que se diga la anterior jaculatoria. Así consta del rescripto que se conserva en los archivos de los Padres Pasionistas de Roma.