Mons. Tihamér Tóth- El matrimonio cristiano

CAPÍTULO XIV

EL MATRIMONIO SIN HIJOS (II)

Matrimonio.-Rito-extraordinario2

Los niños que esperan nacer en el vientre de su madre, tienen sus derechos, como todo ser humano, que deben ser respetados. Y la mayoría de padres lo saben y hacen todos los sacrificios posibles por sacarlos adelante y educarlos hasta que sean mayores. De esta forma dan mucha gloria a Dios y se santifican. No hay nada que nos pueda quitar la felicidad si se vive con espíritu cristiano, si se está dispuesto por encima de todo a agradar a Dios cumpliendo sus mandamientos.

¿Y que ocurre con los matrimonios que no han podido tener ningún hijo? Ellos no tienen ninguna culpa, y con gusto aceptarían los hijos que Dios quisiera concederles. Pero la voluntad de Dios ha dispuesto para ellos otra cosa. Él todo lo dispone para nuestro bien. De modo que si a esos esposos no les concede un hijo, a pesar de sus fervorosas súplicas, Dios tiene su plan, un designio admirable para con ellos.

¿Qué designio? Acaso que dediquen todos sus esfuerzos al apostolado, a una causa noble, a realizar algún servicio de amor al prójimo. O acaso a que adopten a niños huérfanos o abandonados para darles una familia en la que se sientan amados. O acaso para que puedan ayudar materialmente a algún seminarista pobre a pagar sus estudios, o a algún misionero en sus labores apostólicas. De esta forma estos esposos se santifican.

Pero éste no es éste el tema principal del presente capítulo.

Estamos tratando de los matrimonios a quienes Dios concedería hijos, pero que con sus maquinaciones pecaminosas cierran a éstos la puerta que les conduce a la vida.

«Lo que hacemos nosotros en el matrimonio —dicen ellos— no es ningún pecado, no es más que el ejercicio razonable de nuestra libertad. A nadie le importa si nosotros no queremos tener hijos. ¡Ni siquiera a la Iglesia! Yo no lo considero pecado…» Y después de esto alegan todo un cúmulo de motivos y explicaciones para justificar su comportamiento y tranquilizar su conciencia. Todo con tal de no reconocer que están abusando de la vida conyugal, pues no usan del acto sexual para el fin al que Dios le destinó.

¿Qué excusas suelen alegar los matrimonios enemigos de tener hijos? Pasemos revista a sus principales argumentos.

1º. Motivos económicos.

Es la excusa más cacareada. «A nosotros nos gustan los niños, pero no ganamos lo suficiente para poder tenerlos. Nos basta con un solo hijo; no podemos cargarnos con más…»

Pero si examinamos más de cerca quiénes son los que así se quejan, y cómo viven los que «no pueden cargarse con más hijos», hemos de constatar una cosa muy extraña. Vemos que el motivo del temor al hijo no es, en la mayoría de los casos, la miseria, sino todo lo contrario: el bienestar.

Por muy increíble que parezca, suele ser así.

Examinemos la historia de la mentalidad contra los hijos. ¿De dónde surgió? ¿Han sido acaso las familias pobres, obreras o campesinas, las que han empezado la moda de no tener más que un solo hijo o de no tener ninguno? ¿La han empezado de veras las familias que por la estrechez de su situación económica podían temer que les faltara el pan para tantas bocas?

No, por cierto. Es un hecho innegable que la plaga —que destruye naciones— de no tener más que un solo hijo se inició en las familias acomodadas, en las familias que podrían haber tenido cinco o más hijos, sin apenas hacer muchos sacrificios económicos; pero el afán de goces y la libertinaje de los esposos prefirió escoger la comodidad y la tranquilidad de una vida sin hijos. Es un hecho incontrovertible.

Casi siempre, los que se excusan de no poder más que un hijo, no son los que viven hacinados en un cuarto miserable, no; éstos suelen tener varios hijos. Son los que tienen un piso perfectamente amueblado y decorado…, y además del hijo único tienen una empleada y dos o tres perritos muy cuidados y hermosamente adornados.

«No hay para más hijos», dicen; pero hay para diversiones y bailes, para viajes y recepciones, para cruceros y trajes, para autos y perros. Sólo para los hijos no tienen dinero.

¿No habrá que atribuir, en muchos casos, la falta de hijos a que las familias gastan más y viven más lujosamente de lo que permite su situación económica? ¿No son precisamente los matrimonios que se entibiaron en sus creencias religiosas, los que limitan los nacimientos a uno solo?

Los verdaderos esposos cristianos nunca pensarán de esta manera. Para ellos constituirá siempre una alegría la llegada de un hijo, porque saben que al acogerlo, están recibiendo al Señor, ya que como Él dijo: «el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe» (Mt 18, 3).

¿Hay promesa más consoladora, más edificante para los padres? Todas las veces que llega un nuevo niño a una familia, es una nueva visita de Jesucristo que quiere habitar en esta familia.

Me parece oír el consabido estribillo: «¡Claro está! ¡Fácil es para un sacerdote hablar de estas cuestiones desde la teoría; de hecho no conoce la vida real!»

Por desgracia la conozco. Aún más: reconozco sin rodeos que en las actuales circunstancias económicas, tan difíciles, realmente hay familias que con todo derecho pueden temer la llegada de nuevos hijos, por no poderles dar de comer.

¿Qué hemos de decir a estos esposos? ¿Qué hemos de decirles cuando en su gran desesperación ni siquiera saben lo que dicen?

«El criterio católico —así se expresan— es duro y sin entrañas. ¿No basta ya la miseria que hay en esta desdichada tierra? ¡No hay pan suficiente ni siquiera para los que ya viven! Y entonces sale el Cristianismo y va pregonando que es pecado impedir que nazcan nuevos hijos. ¿Es que no tiene corazón la Iglesia?»

He reproducido en toda su crudeza las acusaciones, para que vean mis lectores que las conoce también la Iglesia. ¿Cómo va a ignorar la Iglesia las privaciones que abruman a muchísimas familias? ¿Cómo no va a tener compasión de todos ellas?

Aún más, para evitar malas interpretaciones he de decir también con toda claridad que la Iglesia tampoco tiene por bueno el criterio de que los padres tengan que tener todos los hijos que vengan, sin ninguna consideración ni responsabilidad. Ni mucho menos. Habrá familias que puedan educar decorosamente ocho o diez hijos, y habrá otras a quienes les resulta imposible el hacerlo. Pero lo que si está claro es que no se puede recurrir al aborto o a métodos anticonceptivos para limitar el número de los hijos. Las familias que por serias razones no puedan tener más hijos, tendrán que recurrir a la continencia conyugal (es decir, no tener el acto conyugal en las fases fértiles del ciclo menstrual de la mujer), aunque resulte muchas veces heroico, pero nunca deberán recurrir a medios ilícitos que quiten al acto sexual de su fecundad o que destruyan una vida humana ya concebida.

Pero al hombre moderno no le gusta que le hablen de esto. Puede oír con gusto cualquier cosa, menos que le hablen de continencia, de renuncia o de autodominio. El hombre que se enorgullece de dominar este mundo material, se ha olvidado del arte de dominarse a sí mismo. Ha olvidado que tanto en el orden material como en el espiritual, todas las obras grandes se han hecho mediante grandes sacrificios.

Por otra parte, la Iglesia, al mismo tiempo que exige la castidad conyugal, la pureza e integridad moral, no cesa de reclamar para las familias las condiciones materiales que hagan posible el cumplimiento de sus sagrados deberes.

Porque si bien reconoce que para muchas familias resulta difícil en las actuales circunstancias económicas cumplir la ley de Dios, de ahí no ha de deducirse que les esté permitido torcer la ley, sino mejorar la situación económica. Los mandamientos de Dios son para siempre y el hombre no puede cambiarlos. En cambio, si se pueden cambiar las normas que rigen la vida económica. Si el Sol y mi reloj de bolsillo no coinciden, tendré que adelantar o retrasar mi reloj, pero no puedo cambiar el curso del Sol.

Está claro que habrá mucho que hacer en el ámbito de la legislación y de las mejoras sociales: ayudas a las familias numerosas, gratuidad de la educación, rebajas en las contribuciones, estimular el empleo, etc. Tendrán también que grabar más impuestos los hombres solteros, que no sostienen ninguna familia, y que en una sola noche derrochan el dinero con que podrían vivir durante varias semanas una familia numerosa.

2º. Motivos de salud.

«Un nuevo hijo —aducen— envejece más rápidamente a la mujer…, incluso hace peligrar su salud, hasta puede ponerla en riesgo de perder la vida…»

Cuando oigo semejantes temores, normalmente provenientes de mujeres jóvenes, me acuerdo de lo que le ocurrió a un médico con una señora que estaba angustiada, por creerse atacada de las más diversas enfermedades. El médico la preguntó:

—Señora, ¿cuántos hijos tiene?

—Dos —contestó ella.

—Pues bien—dijo el médico—, cuando llegue a cinco, todos estos males desaparecerán por sí mismos.

Muchos de estos temores por perder la salud, no son más que excusas de mujeres obsesionadas con su apariencia exterior, que no quieren ver marchitada su belleza en lo más mínimo.

La belleza exterior, por mucho que se cuide, desaparecerá con los años. No así la belleza interior, que es espiritual. Un nuevo hijo podrá tal vez marchitar en algo la belleza exterior, no así la belleza interior, que se verá rejuvenecida. Porque la generosidad, el espíritu de servicio, los nuevos retos que implica la llegada de un nuevo hijo, hacen rejuvenecer el espíritu. Un hijo preserva a la madre del decaimiento, del desaliento, del hastío prematuro.

Un árbol, en primavera, cubierto de flores, bajo los rayos del sol, es realmente hermoso…: es la imagen de la novia que se acerca al altar nupcial.

Sí; es hermoso el árbol florido. Pero más hermoso aún resulta en otoño, cuando lo  vemos cargado de frutos.

Un árbol en primavera, en plena floración, es hermoso porque tiene un sentido y una finalidad, porque está destinado a dar muchos frutos. Lo mismo le pasa a una novia vestida del blanco, con su traje nupcial, no tiene otro sentido que el de formar una familia con hijos.

Es cierto que la fecundidad no está exenta de peligros. Es cierto que la vida del niño muchas veces puede hacer peligrar la vida de la madre.

Pero aun en estos trances graves y angustiosos, podemos comprobar que la fe y confianza en Dios producen las grandes santas que todos admiramos, de una grandeza espiritual admirable. Producen aquella clase de madre que no consiente en suprimir aquel pequeño ser humano que ya vino a la existencia, aun cuando su vida ponga en un grave peligro a la suya. Es la clase de almas heroicas que confían en Dios y en sus mandamientos, y que saben abandonarse en sus manos. Son aquellas almas que nunca se arrepentirán de haber cumplido la voluntad de Dios, aunque haya sido a costa de grandes sacrificios o de su propia vida.

Sí; la misión de una madre puede exigir grandes sacrificios; la Iglesia rinde homenaje a esas mártires de la maternidad, y cree que se realiza en ellas la promesa de San Pablo; es, a saber: que las madres se salvan dando vida a sus hijos (I Tim 2, 15).

* * *

«Desde que nos casamos nos pusimos de acuerdo en no tener hijos… Así gozaremos de más libertad. Somos jóvenes todavía y queremos disfrutar de la vida. Más tarde ya tendremos tiempo de pensar en tenerlos.» —así piensan muchos esposos hoy día.

Ellos no sienten ninguna responsabilidad ante Dios, ni tampoco su responsabilidad ante su nación. Causa horror sólo el pensar lo que pierde con ello la nación. Si las madres antiguas hubiesen pensado de esta manera, no habrían nacido Mózart, que era el quinto hijo, Rembrandt, que era el sexto, Wágner el séptimo, Napoleón el octavo, Schúbert el decimotercero, Franklin el décimoséptimo…

«El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe.»

Meditémoslo bien: Las madres al dar  a luz sus hijos se granjean méritos para la vida eterna