MES DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE – DÍA 20

DÍA VEINTE

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La Sangre Preciosísima de Jesucristo fortifica nuestra esperanza

I. Mientras vivimos en este destierro y en este valle de lágrimas, nuestra alma está como en medio de un mar borrascoso, dice San Bernardo; a cada instante corre riesgo de naufragar asaltada incesantemente de mil tentaciones, por las cuales el demonio pretende ganarla y precipitarla en el abismo de la desesperación; unas veces por el recuerdo de las faltas pasadas, otras por el terror del juicio, otras, en fin, por la debilidad y enfermedad que todos experimentamos, nuestro enemigo común trata de arrastrarnos a la prevaricación. Más ¿cuál será el medio más eficaz para no naufragar en medio de las olas y de todas estas tempestades? ¿Cómo la esperanza se mantendrá en nuestro corazón? ¿Cómo vivificarla diariamente? ¿Cómo fortificarla? ¡Ah! vosotros lo sabéis, almas piadosas; mirando a Jesús en quien descansan todas nuestras esperanzas, como dice San Pablo. Mirar frecuentemente, con profundos sentimientos de devoción, la Sangre Preciosísima de Jesús, ved ahí el medio más apreciable y el más eficaz. Ofrecer continuamente al Padre Eterno esa Sangre divina, participar con frecuencia de los Sacramentos, invocarla en las tentaciones, oponerla como un escudo inexpugnable a todos los asaltos infernales, y de este modo marchar con paso seguro por los caminos del Señor, con la viva confianza de que Quien nos ha dado su Sangre nos dará la fortaleza para no caer. Sigamos, nos dice el Apóstol, “la carrera que se nos ha propuesto, fijos los ojos en Jesús, autor y consumador de nuestra fe”. “Jesús según las palabras del mismo Apóstol, nos ha rescatado con su propia sangre, a fin de comparecer en nuestro lugar en la presencia de Dios.” En el Cielo esta hostia inmaculada, el más agradable de los sacrificios, no cesa de ser ofrecida al Padre Eterno. Contemplemos, pues, esas llagas y la Sangre de que están inundadas; y dilatado el corazón por esa Sangre vivificante, caminaremos con rapidez en los caminos del Señor.

II. El alma que considera sus defectos y sus continuas imperfecciones podría caer algunas veces en el desaliento, si sus miradas, no se volviesen hacia el Cordero inmaculado. Más no será así, si tal es el objeto de sus pensamientos y miradas. No pequéis, hijos míos, decía San Juan a sus discípulos; más si alguna vez caéis en pecado, no os desaniméis, no perdáis la confianza del corazón, porque tenemos cerca del Trono del Padre un poderoso abogado, constante en implorar para nosotros la misericordia y que hace hablar la voz de su Sangre inocente. Así, pues, si el alma, turbada por la consideración demasiado atenta y reflexiva de sus imperfecciones se sumerge en la Sangre Sagrada del divino Cordero que borra los pecados del mundo, sacará de Ella una maravillosa consolación, considerará que Jesús no cesa de pedir por nuestra curación y nuestra salud; pensará que Jesús siempre es oído y que esta Sangre omnipotente puede remediar todos nuestros defectos. Y entonces, con una profunda paz de corazón, pero con un grande horror de sus faltas, el alma soportará sus propias imperfecciones, se afirmará en la virtud de la humildad, y en virtud de esa Sangre triunfará de todas las tentaciones, como nos advierte la seráfica Santa Teresa de Jesús, y será sanada con este remedio benéfico que da vida y salvación.

 

COLOQUIO

¡Ah! Jesús mío, que me amáis tanto, ¡qué fuerza, qué vida nueva saca de vuestro amor mi esperanza! Este amor llega hasta ofrecer por mí a cada momento vuestra Sangre omnipotente y eficaz delante del Trono de vuestro Eterno Padre, a fin de que no mire mis pecados, sino más bien los méritos de esa Sangre. ¡Ah! ¿Qué haría yo, miserable, en este valle de lágrimas, si Vos no opusieseis tan poderoso remedio a todos los males que me rodean? Conozco mi flaqueza, veo los peligros que me rodean, tengo horror a mis iniquidades pasadas; pero al cabo, a pesar de todo eso, me consuelo cuando vuelvo mi corazón y mi pensamiento hacia vuestra Sangre Sagrada; ella es mi remedio, mi fuerza y mi salud; con ella desafío a todos los enemigos de mi salvación, diré con David: que el infierno se desencadene contra mí; que el demonio se esfuerce en arrastrarme al abismo de la desesperación, nada temo, porque mi espíritu y mi corazón están unidos a vuestra Sangre Preciosa; esta Sangre Vos la habéis derramado por mí; esa Sangre Vos me la ofrecéis con tanto amor; esa Sangre tiene el poder de salvarme. Así, pues, mi esperanza no quedará burlada; y yo espero, sí, yo espero llegar un día a repetir en el Cielo con los Santos que se salvaron por los méritos de esa Sangre: “Vos, Señor, nos habéis redimido con vuestra Sangre.”

 

EJEMPLO

El bienaventurado Santiago de Beragna fue sorprendido un día por una violenta tentación concerniente a su salvación eterna, y aunque hubo practicado muchas virtudes heroicas, estaba en extremo espantado del temor de condenarse. Un día, estando sumamente desolado y afligido, se puso delante de una imagen de Jesús crucificado, y advirtió que de su sagrado costado salían abundantes gotas de sangre, y al mismo tiempo escuchó la dulce voz de Jesús que le decía: sanguis iste sit in signum tuae salutis: «esta Sangre sea la señal de su salvación.» A esta vista y a estas palabras todo el terror se disipó, sintió en su corazón un indecible consuelo, y continuó caminando con más fervor que nunca por el sendero de la virtud que le condujo a una encumbrada perfección.

 

JACULATORIA

Padre Eterno os ofrezco la Sangre de Jesucristo en rescate de mis pecados y por las necesidades de vuestra Iglesia.

 

INDULGENCIA

El Soberano Pontífice Pío VII concedió cien días de Indulgencia por cada vez que se diga la anterior jaculatoria. Así consta del rescripto que se conserva en los archivos de los Padres Pasionistas de Roma.