MES DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE – DÍA 19

DÍA DIECINUEVE

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La Sangre Preciosísima de Jesucristo confirma nuestra fe

I. Considera, alma mía, el gran don que hemos recibido en el Santo Bautismo, nosotros cristianos, cuando el Señor puso en nuestra alma la santa fe, y de en medio de las tinieblas nos llamó a su admirable luz. Don precioso que nos ha deparado con preferencia a tantas almas desdichadas, que gimen en la infidelidad, lejos de esta arca de salvación que es la Iglesia; don que mediante la caridad nos hace participantes de la filiación divina y de la herencia celestial; don que es el fundamento y principio de nuestra salvación. Para merecernos un don tan precioso, Jesucristo ha derramado su Sangre, y en virtud de Ella se nos ha concedido. Y siendo Jesús el autor y consumador de la fe ha querido con su Sangre poner el sello a esta verdad adorable que había enseñado con sus palabras y ejemplos. Esta fe, pues, que recibimos por los méritos de la Sangre Preciosísima de Jesús, continúa habitando en nuestros corazones por los méritos de esa misma Sangre y es para ellos como alimento; Ella es quien lo afirma, vivifica y conserva constantemente. Ella es el alma de esa caridad sin la cual la fe no podría contentar el Corazón de Dios. De donde resulta, alma mía, que cuanto más devota seas de la Sangre de Jesús, tanto más viva será tu fe y tus obras más conformes a sus preceptos y a las verdades que ella propone a nuestra creencia. ¡Oh! ¡Y qué acentos de reconocimiento y de amor deberemos dirigir al Cielo hacia ese Cordero divino que nos ha rescatado y nos ha llamado por la fe a ser participantes de su reino¡ Con qué fervor deberemos repetir una y mil veces aquel cántico nuevo de que se habla en el Apocalipsis: Digno eres, Señor, de recibir el libro y de abrir sus sellos; porque has sido muerto y nos has redimido para Dios de todas las tribus y lenguas, y pueblos, y naciones, y nos hiciste para nuestro Dios un reino, y reinaremos.

II. Por esta razón, en efecto, tantos héroes de la fe, animados a la vista de Jesús crucificado y vertiendo Sangre, no han dudado en derramar también la suya y sacrificar su propia vida por su creencia. ¡Cuántos niños inocentes, cuántas tiernas vírgenes se han sacrificado en medio de los más atroces tormentos, animados en su fe a la vista de esa Sangre divina! Una Inés, una Catalina, una Bibiana, un Venancio y otros mil serán siempre los más brillantes testimonios de esta verdad. Y nosotros, ¿cómo hemos imitado tan ilustres ejemplos? ¿Cuál ha sido en nosotros la acción operadora de esta fe por la que tantos gloriosos mártires han dado su sangre y su vida? ¡Ay! no solamente merecemos la reconvención del Apóstol, de no haber todavía vertido una sola gota de sangre por Jesucristo, sino que debemos llenarnos de confusión al recordar tantas ocasiones en que no hemos obrado según las enseñanzas de esa misma fe que profesamos. Nos hemos contentado con la fe muerta o lánguida, y a ejemplo de las vírgenes necias hemos tenido la lámpara de la fe sin el aceite de la caridad. ¡Ah! ¡Qué vil y cobarde es un alma que no está pronta a derramar su sangre por Jesucristo!

 

COLOQUIO

Jesús mío, autor y consumador de nuestra fe, Vos que habéis sacrificado vuestra vida sobre una Cruz, y derramado toda vuestra Sangre para confirmar las verdades que creemos, ¿por qué a vuestra imitación no podré yo también verter toda mi sangre? No merezco este favor que habéis concedido a vuestros servidores fieles; pero si no puedo derramar mi sangre, puedo, sin embargo, sufrir con paciencia las adversidades y amarguras de esta vida; puedo mortificar esta carne rebelde con una saludable penitencia; puedo llevar con resignación la cruz que os dignéis enviarme. Sí, alma mía; está siempre atenta a llevar en tu corazón la mortificación de Jesucristo, y de esta manera, sin el hierro de los verdugos, puedes, dice San Bernardo, tener parte en la gloria del martirio: sine ferro martyr esse poteris, si patientiam in animo veraciter custodieris; y entonces la fe estará animada por las obras, y tal, Jesús mío, que ella podrá conducirme, por los méritos de vuestra Preciosísima Sangre, a contemplar, y contemplar sin velo alguno, las infalibles verdades que ella me enseña.

 

EJEMPLO

Entre los innumerables ejemplos que podrían citarse de los gloriosos mártires que han derramado su sangre por la fe animados por la Preciosa Sangre de Jesucristo, he escogido los gloriosos príncipes de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, el primero crucificado en el Janículo y el segundo decapitado en Aqua Salvia. Estos Santos, después de haber soportado, a ejemplo de Jesucristo, oprobios, desprecios, golpes, cárceles y cadenas, fueron martirizados y dieron voluntariamente su sangre por Aquel que tanta había vertido por sus almas, confirmaron con su propia sangre las verdades que habían creído y practicado, y nos dejaron un grande y brillante modelo de la facilidad con que se debe derramar su sangre por sostener la fe.

 

JACULATORIA

Padre Eterno os ofrezco la Sangre de Jesucristo en rescate de mis pecados y por las necesidades de vuestra Iglesia.

 

INDULGENCIA

El Soberano Pontífice Pío VII concedió cien días de Indulgencia por cada vez que se diga la anterior jaculatoria. Así consta del rescripto que se conserva en los archivos de los Padres Pasionistas de Roma.