“POR SUS FRUTOS LOS… ” CONOCEMOS

DE ÁRBOLES, FRUTOS, FIBRA Y MADERA

Es notable cómo la impotencia trata por todos los medios de mostrarse potente… pero como el árbol se conoce por sus frutos, cada manifestación de Los Impotentes y sus copartícipes exhibe de más en más sus indecorosos procederes y los resultados congénitos.

Esta vez el sitio en cuestión (ver aquí y aquí), vuelve a la carga interpretando falsamente la parábola de Nuestro Señor Jesucristo que se encuentra en el Evangelio según San Mateo, capítulo VII, versículos 15 al 20; esta enseñanza del Redentor también la trae San Lucas, en el capítulo VI de su Evangelio, versículos 43 a 45. Los artículos, sin embargo, no son de ellos, sino de un secuaz de don Carlos Nougué, llamado José María Hernández (ver aquí y aquí).

Estos modernos “exégetas”, en su ánimo desesperadamente forzado (pero infructuoso) por defender la “INSÓLITA HERMENÉUTICA DEL OBISPO DE KENT” (véase aquí), insisten en sostener que un árbol puede ser mitad bueno-mitad malo, y por lo tanto producir frutos buenos-malos. Así, sin más; ni siquiera tratan de explicitar un poco más profundamente esa posibilidad, pues si lo hubiesen hecho y hubieran leído íntegra, leal y concienzudamente la Catena Áurea que invocan y transcriben, habrían encontrado en los Padres de la Iglesia cómo se descarta y refuta esa hipótesis, y cómo se interpreta rectamente esta parábola desde la verdadera Doctrina de Nuestro Señor.

Los Nadapoderosos y los estudiosos tomistas no dudan, para intentar lo inintentable, en “tijeretear” obras ajenas, como de costumbre; esta vez castigando con la podadora de su engreimiento al Padre Juan de Maldonado, teólogo español del siglo XVI. Para mejor, utilizan una versión en idioma inglés de la obra de Maldonado.

Hemos consultado su obra publicada por la B.A.C. En el fragmento en que comenta el pasaje de San Mateo, encontramos que en realidad no es que le hayan recortado algo, sino que directamente quitaron casi todo, quedándose con “algunos extractos más relevantes de la obra”; algunos; unos pocos; poquísimos; sólo seis (6) parágrafos tomados de casi seis páginas del Padre Maldonado. A ojo de buen cubero, no más de la séptima parte del texto original (véase aquí); extracto que no está constituido por párrafos, sino por fragmentos minúsculos entresacados de extensas exposiciones del Padre Maldonado.

Pueden compararse, para corroborar eso, los textos traídos por “Estudos Tomistas” y “Non Possumus”, con el correspondiente del Padre Maldonado, que hemos señalado más arriba.

Ya el Padre Castellani se había referido a la obra del Padre Maldonado en relación con esta parábola, que comentó en tres de sus libros: 1º Domingueras Prédicas (“Domingo Séptimo después de Pentecostés”; véase aquí, página 193). 2º El Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo (“Domingo Séptimo después de Pentecostés”; descárguese desde aquí el archivo Word —”DOWNLOAD OPTIONS”—, y véase la página 115). 3º Las Parábolas de Cristo (“Parábolas de los Lobos y la Espino Corona”; véase aquí, página 66).

Recomendamos vivamente repasar estos textos del insigne escritor argentino; en el último de los nombrados es que el Padre Castellani alude al teólogo español, acerca del fragmento que nos ocupa, haciendo una crítica de la edición de Jiménez Font que se aplica perfectamente a Los Impotentes y sus —en este caso— mentores; los destacados son nuestros, tanto aquí como en las restantes citas:

«Las parábolas se refieren a la fe, como sesudamente establece Maldonado. (Su editor Jiménez Font en una nota, llama a la opinión [de Maldonado] [que es simplemente una evidencia], “literalismo y estrechez”. Las notas a un autor son para aclararlo, o bien reparar un error evidente, no para ingerir las propias opiniones… en contra del autor. Para eso hay que escribir otro libro mejor que él. Pero este método “risierano”, es común hoy día: anotar a un autor para reventarlo. Lo reprendimos hace 20 años en un libro de Don Struzzo, editado y recontranotado por Ossorio y Gallardo – Rev. Estudios, tomo 1940.)»

En la primera expresión del párrafo transcripto queda en claro la finalidad de toda parábola: enriquecer la fe, hacerla más clara y accesible con ejemplos sencillos y al alcance del más simple de los lectores; por eso Maldonado expresa en la página 326 del libro:

El mismo Agustín, el autor de la Obra imperfecta y Crisóstomo, Teofilacto y Lirano, dicen que el hombre que tiene buena voluntad es el árbol bueno, y el que tiene mala voluntad es el árbol malo; la cual sentencia convendría muy bien a este lugar si se tratara de la buena voluntad y no de la fe; pero se trata de la fe.

Maldonado finaliza su comentario con expresiones que confirman el fondo de la cuestión:

Además de que no se ha de buscar una semejanza escrupulosa en todos los puntos entre el árbol y el hombre, sino solamente en aquel de que se trata, a saber, en juzgar de los árboles por su fruto y de los hombres por su conducta. Guardaos, dice, de los falsos profetas. Llama, pues, árbol al hombre de buena o de mala fe. Árbol bueno si tiene buena fe; árbol malo si tiene mala fe. Podría objetarse que muchas veces el que tiene buena fe da malos frutos, esto es, vive mal; no lo niego, y al que lo negare tendré por hereje; pero Cristo no habla de lo que sucede por excepción, sino de la regla general; ni de lo que sucede por la perversidad de los hombres, sino por la naturaleza de la fe. La fe por su naturaleza, si es buena, no da malos frutos, y si es mala no los da buenos. Los frutos de los herejes de nuestro tiempo no solamente son las obras, sino también la doctrina, de tal manera que apelando a su doctrina nos quieren probar su fe. No enseñan otra cosa que la pura y limpia, como ellos dicen, o impura y sucia, como digo yo, palabra de Dios. Por algo Juan nos amonesta que no creamos a cualquier espíritu, sino que probemos si es el espíritu de Dios o no (I Jn. 4, 1). Y aquí se trata de conocer la fe, es decir, la doctrina de los falsos profetas, y es absurdo decir que se prueba la doctrina por la doctrina. Los autores antiguos entienden por fruto las obras que se siguen a una doctrina: malos si mala, y buenos si buena.”

En el mismo sentido de la comparación primera, decía el Padre Castellani en “Las Parábolas de Cristo”:

La respuesta general a esto es que ninguna comparación vale en todo; y por eso decían los antiguos que “omnis comparatio claudicat”; toda comparación renguea (“Claudicar” significa “renguear”,…

Volviendo al fondo de la parábola, debemos decir que Nuestro Señor ejemplifica con los árboles, pero se refiere a la conducta de los hombres en relación con la fe; por eso dice que por sus frutos se conoce el árbol, así como por sus obras se conoce la fe de los hombres.

El Señor nos advierte contra los falsos profetas, y nos señala primero que veamos sus obras: “Los conoceréis por sus frutos. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos?”; no hace falta probarlos para saber si están podridos o si son venenosos, porque si así procediéramos el mal ya estaría hecho y no nos habríamos precavido de la maldad de esos frutos. Esto ya lo había advertido el Padre Castellani en el capítulo mencionado del libro “Domingueras Prédicas”, y a él nos remitimos. También al sermón del Padre Méramo del Séptimo Domingo de Pentecostés (ver aquí), entre los minutos 09:50 y 16:04.

El ejemplo empleado por Nuestro Señor en la parábola es visual, no gustativo: nos exhorta a distinguir a simple vista entre las uvas y los espinos, y entre los higos y los abrojos.

En la región de Palestina, donde Jesucristo desplegó esta comparación, se conocen dos especies de espinos: la Berberis Vulgaris y la Rhamnus Catharticus; veamos sus frutos:

Fruto Berberis

Berberis Vulgaris

 Fruto Rhamnus

Rhamnus Catharticus

Como es fácil de apreciar, pueden lucir algo parecidos a las uvas, pero la Berberis Vulgaris difiere notoriamente en color e implantación y disposición de los frutos, en tanto que los de la Rhamnus Catharticus son del tamaño de una arveja (o guisante), bastante menor que la uva.

Uvas

A su vez, podemos encontrar en la flora de la región, los siguientes abrojos: Salsola Kali (o cardo ruso), Ononis Spinosa y Cenchrus; sus frutos son así:

Salsola Kali

Salsola Kali

 Ononis Spinosa

Ononis Spinosa

 Cenchrus

Cenchrus

En cuanto a los higos, lucen así:

Higo

O sea que los habitantes de Palestina, que constituían el auditorio que recibió esta parábola, la entendían muy bien porque conocían las diferencias entre los diversos frutos vegetales que Nuestro Señor empleó en la comparación.

Por eso el Padre Maldonado, al ir concluyendo su exégesis, continúa con el cotejo entre el árbol y el hombre, en un fragmento omitido por Los Desempoderados y sus instructores:

Las causas naturales no se hacen buenas ni malas por sus efectos buenos o malos, sino que por ser ellas buenas o malas tienen efecto bueno o malo; pero las causas morales no solamente hacen bien o mal, sino que se hacen buenas o se hacen malas. No solamente porque somos templados vivimos con templanza, sino que viviendo en templanza nos hacemos templados. El árbol es una causa natural, por lo cual no se hace bueno por razón del fruto bueno ni se hace malo por razón del fruto malo, sino que precisamente porque es bueno o porque es malo da buen fruto o fruto malo; pero el hombre es causa moral, y por esta razón, cuando es bueno o es malo obra bien u obra mal, pero también porque obra bien o porque obra mal se hace bueno o se hace malo.”

*.*.*

Ahora bien, ¿puede haber un árbol a medias bueno y a medias malo; o medio podrido, como también suponen los fláccidos resistentes?

Nuestro Señor nombra el árbol bueno y el árbol malo, el fruto bueno y el fruto malo; no hay medias tintas en esta comparación, que repite con figuras lo que Jesucristo enunció taxativamente en otros pasajes: “Diréis (solamente): Sí, sí; No, no. Todo lo que excede a esto, viene del Maligno.” (Mateo, V 37). “Quien no está conmigo, está contra Mí, y quien no amontona conmigo, desparrama.” (Mateo XII, 30).

También es estrictamente igual la exhortación de Mateo XII, 33: “O haced el árbol bueno y su fruto bueno, o haced el árbol malo y su fruto malo, porque por el fruto se conoce el árbol.

En conclusión, cuando se ve un fruto bueno, se concluye que detrás hay un árbol bueno, y viceversa. A su vez, cuando se aprecian obras buenas, provienen de un hombre bueno, y a la recíproca.

El Señor no nos habría puesto un ejemplo imposible, puesto que si ocurriera lo que suponen los trasnochados exégetas de la resistencia flácida, no podríamos distinguir el árbol bueno si observamos un fruto bueno, porque éste podría provenir tanto de aquél, como del novedoso árbol mitad bueno-mitad malo; de ahí sobrevendrían enormes confusiones al intentar discernir otros frutos de ese árbol mediocre: se culminaría por no poder distinguir ni el fruto ni el árbol.

Esto ya lo solucionaron los Padres de la Iglesia, y si Hernández y sus corifeos nulopotenciados hubieran leído bien la Catena Áurea que invocan en el segundo de sus artículos, habrían encontrado la respuesta; en lugar de eso, en este segundo post despliegan citas patrísticas y doctrinales para justificar la atribución de frutos buenos al árbol malo, desmintiendo lo que sostienen.

En efecto, Monseñor Williamson en su Eleison 385, y los heraldos de la resistencia anémica en sus intentonas de respaldarlo, no han sostenido que un árbol malo puede dar frutos buenos, o, a la recíproca, que un árbol bueno puede dar frutos malos, sino que existen árboles medio podridos que pueden dar frutos tanto buenos como malos, novedosa distinción botánica que no trae ningún Padre de la Iglesia, ningún teólogo de fuste (tampoco Maldonado), y, por supuesto, no está en el Evangelio.

La precisión sobre árboles estrictamente buenos (con ningún grado de maldad o podredumbre) y árboles rigurosamente malos (con la maldad o podredumbre desde la raíz hasta la copa), la expresó Nuestro Señor Jesucristo y la comentaron los mismos autores invocados en estos artículos, sin desviarse ni un ápice de la parábola del Redentor:

«San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 23,6. Fácilmente se descubre a los hipócritas. El camino por el que quieren andar es difícil. El hipócrita no es amigo del trabajo. Además, para que no se diga que es imposible conocer a estos tales, pone otro ejemplo el Salvador, tomado de las mismas cosas humanas, diciendo: “¿Por ventura cogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?”.»

«San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 23,7. Para que alguno no diga que el árbol malo produce malos frutos, pero que también los produce buenos, y que por ello será difícil conocerlo a no ser gustando los dos frutos, añade: “No puede el árbol bueno llevar malos frutos, ni el árbol malo llevar buenos frutos”.»

Para resolver la cuestión de la variabilidad de los frutos humanos (enseñanza de fondo de esta parábola), también deberían haber leído Los Impotentes los fragmentos que invocan y transcriben:

«San Agustín, de sermone Domini, 2, 24. De aquí deducen los maniqueos que un alma no puede volverse buena, ni una buena en mala, como si se hubiese dicho: “No puede un árbol bueno convertirse en malo, ni un árbol malo volverse bueno”. Lo que se ha dicho es: “No puede un árbol bueno producir malos frutos”, ni lo contrario. El árbol es el mismo hombre. Los frutos son las acciones del hombre. No puede, por lo tanto, un hombre malo hacer obras buenas, ni uno bueno hacerlas malas. Luego si el malo quiere obrar bien, es preciso que primero se haga bueno. Mientras uno es malo, no puede hacer obras buenas. Puede suceder que lo que fue nieve no lo sea, mas no que la nieve sea caliente. Así puede suceder que el que fue malo no lo sea, pero no se podrá conseguir que el que es malo haga cosas buenas, pues aunque alguna vez es útil, esto no lo hace él, sino que se realiza en él, haciéndolo la divina Providencia

Y en los comentarios de la Catena Áurea a Lucas VI, 43-45 (véase aquí), que han omitido minuciosamente Los Impotentes, salvo para recordarnos que Monseñor Straubinger traduce “malo” por “podrido”, leemos:

Beda. O acaso las espinas y la zarza son los cuidados del siglo y las picaduras de los vicios; mientras que el higo y la uva representan la dulzura de la nueva vida y el fervor de la caridad. No salen los higos de los espinos ni se coge la uva de la zarza; porque la inteligencia del hombre viejo, obligada por la costumbre, podrá afectar lo que no es, pero no podrá producir el fruto del hombre nuevo. Sépase, sin embargo, que así como el fértil sarmiento se apoya y enlaza en las zarzas, de suerte que la espina conserva para el uso del hombre un fruto que no es suyo, así los dichos y las acciones de los malos pueden alguna vez aprovechar a los buenos, lo cual no sucede por la voluntad de los malos, sino que se hace de ellos por disposición de Dios.

Lo mismo dice el Padre Maldonado, en un pasaje que no parecen haber leído Los Impotentes y sus apuntadores (que lo troncharon en parte, además):

“No afirmamos, pues, que el árbol bueno puede producir malos frutos, y, por el contrario, el árbol malo, frutos buenos, de ninguna manera, en absoluto, sino que de suyo no pueden, y que no siempre suele el árbol bueno dar frutos malos, ni el malo buenos: buen árbol, buenos frutos, y el mal árbol, malos. En 12, 34, habiendo dicho: O haced bueno el árbol y buenos sus frutos, o haced malo el árbol y malos sus frutos, añadió: ¿Cómo podéis hablar cosas buenas siendo malos? No dice, pues, que absolutamente no puedan. Porque los escribas y fariseos, de quienes sentenció (23, 2-3): Sobre la cátedra de Moisés se sentaron los escribas y fariseos; haced, pues, las cosas todas que os dijeren, pero no hagáis conforme a sus obras, ciertamente eran malos, porque hacían obras malas, y decían cosas buenas, puesto que se debía ejecutar lo que enseñaban. Pero sí indica Cristo que iban contra la naturaleza, que de ordinario no puede proceder asíLa boca habla de la abundancia del corazón (Mt. 12, 34); y el buen hombre saca cosas buenas de su buen tesoro (v. 35).”

En suma, los frutos buenos en fe y en doctrina, que pudieran provenir de los hombres pervertidos o desviados en fe y en doctrina, no son genuinas frutaciones de los falsos profetas, sino excepciones providenciales de las cuales se sirve Dios Nuestro Señor, obviamente en beneficio de sus elegidos, cumpliendo así lo que nos reveló a través de San Pablo: “Sabemos, además, que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, de los que son llamados según su designio.” (Romanos VIII, 28).

La mal recordada Catena Áurea, trae también la siguiente doctrina patrística sobre el pasaje de San Lucas, que amplía el vínculo entre la figura de la parábola (el árbol y sus frutos) y el trasfondo de la enseñanza (la fe del hombre y sus obras):

Tito Bostrense. Oyendo esto, no esperes obtener premio por tu pereza; el árbol se mueve naturalmente, pero tú gozas de libre albedrío; todo árbol estéril está destinado para algo, y tú has nacido para practicar la virtud.

Isidoro, Abad. No excluye, pues, la penitencia, sino la insistencia en obrar mal; y como es mala, no puede producir buenos frutos; pero convertida a la virtud, fructificará. Lo que en el árbol es naturaleza, en nosotros es pasión. Y así, aunque el árbol malo no puede producir buen fruto, sin embargo podrá hacerlo en el futuro.

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Finalmente, veamos la patrística de estos pasajes evangélicos que más se ajusta a Los Impotentes & Co.:

Beda. Por la boca el Señor quiso significar todo lo que de palabra, de obra, o de pensamiento, sale de nuestro corazón. Es costumbre de las Sagradas Escrituras expresar con palabras las obras.

Y así, hoy en día, las obras se siguen expresando por palabras; no sólo pronunciadas oralmente, sino también en forma impresa o difundida por los medios cibernéticos.

De la abundancia del corazón de la resistencia flácida, hablan sus peregrinas interpretaciones de los árboles y los frutos.

Paradójicamente, estos genuinos troncos son enclenques de solemnidad, y su rigidez de pura madera, corre pareja con su ausencia de fibra.

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El Padre Castellani, en su libro Doce Parábolas Cimarronas, incluye un apéndice titulado “El Arte de las Parábolas”, y en su contenido, en la página 200, trae este comentario y poesía que se aplican con toda exactitud a estos artículos desquiciados:

«Un libro de asunto sacro mal escrito es inferior a un libro profano bien escrito, pese a su asunto: e incluso en este caso, el asunto más bien lo empeora en vez de aventajar, pues campea más lo negro sobre lo blanco; y Dios merece (y quiere) ser servido con lo mejor; y que no le ofrezcamos en sacrificio cabras tofas y purulentas, como reprocha él a sus sacerdotes… del siglo V, a. C. por boca del profeta Malaquías. Que las almas sencillas y fervientes puedan orar lo mismo “delante de la fealdad artística” (como dijo San Pío Sarto) es otra historia. Por esto se escribió el soneto que dice:

Un libro malo para mí es terrible,
y no puedo impedir que en este caso
el hígado se me alce con el bazo
y la concupiscible y la irascible.

¡Ay, el libro devoto aborrecible,
el libro santulón y devotazo,
vidas de santos por algún payaso
místico, que hace al Místico risible!

No puedes zaherir, pues la materia
es sacra, y hay que respetar el Templo
y a éste que escribe sin que Dios lo quiera

“Ya servirá para la GENTE SERIA,
calla y da buen ejemplo
o muere ¡Muere!”

No. Yo no. Que muera
primero estotro malhechor, si quiere.»

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