MES DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE – DÍA 17

DÍA DIECISIETE

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La Sangre Preciosísima de Jesucristo nos da la vida eterna perdida por el pecado

I. Dios había amenazado a Adán con la muerte, si llegaba a gustar del fruto vedado del árbol de la ciencia del bien y del mal. Pero, tentado por Eva, le comió, traspasó el mandamiento del Señor e incurrió en la pena de muerte con que le castigó la cólera de Dios. Pero, además de esta muerte introducida en el mundo por el pecado original, el pecado actual, cuando es grave y mortal, la está causando también todos los días en el mundo: «la muerte es el estipendio del pecado»; y este se llama mortal porque lleva consigo la muerte espiritual y eterna. Si la Sangre de Jesucristo no nos libertara de esta doble muerte, si no nos diese de nuevo la vida perdida por el pecado, gemiríamos en las sombras de la muerte; y hechos hijos de ira y destinados al fuego eterno, seríamos excluidos para siempre de la celestial bienaventuranza. Pero, ¡ay! ¡Jesús amado! ¡Cuál debe ser nuestra gratitud para con vos! Con la efusión de vuestra Sangre Sagrada nos habéis traído la vida y una vida superabundante, dándonos a un mismo tiempo la vida espiritual y la vida eterna. Tenéis razón en decir: “Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en más abundancia.”

II. ¿Qué se diría, exclama San Bernardo, si se viese al hijo de un príncipe dar su sangre para liberar a un esclavo condenado a muerte, y morir efectivamente por él? ¿Quién no admiraría esta condescendencia inaudita? Pero, ¿y no es una maravilla todavía mucho mayor, oh alma mía, ver morir en una Cruz a Jesús, derramando su Sangre por libertarnos a nosotros, miserables pecadores, de la muerte que merecemos, esa Sangre de un valor infinito que vivifica y da la bienaventurada inmortalidad? Por eso todos los días se aplica a nuestras almas por la participación de los Santos Sacramentos y por la ofrenda que se hace a la Majestad Divina sobre el altar sagrado, a fin de que por medio de esa Sangre se nos abra la entrada a la vida eterna y vivamos perpetuamente en el Cielo. He ahí dónde está nuestra confianza; he ahí cuál es la esperanza de nuestro corazón: Habentes itaque fratres, dice el Apóstol, fiduciam in introitu sanctorum per sanguinem Christi. Y bien, ¿cuál ha sido hasta ahora nuestro deseo de poseer esta vida eterna que la Sangre de Jesucristo nos ha merecido? ¿Cómo hemos dirigido los afectos de nuestro corazón? ¡Oh y cuántas veces olvidados de esta eternidad, hemos buscado una felicidad terrena y hemos puesto nuestros afectos en las vanidades de la tierra, en los bienes frágiles y caducos que sólo llevan consigo una muerte eterna! Olvidados de la patria celestial, hemos amado el destierro; olvidados de la felicidad eterna, hemos amado la tierra; y ¡cuántas veces! ¡Ah! ¡Cuántas veces hemos preferido la fogosidad de una brutal pasión a esos bienes eternos y perfectos que Jesús con su Sangre nos ha preparado en el Cielo!

 

COLOQUIO

¡Oh y qué grande ha sido vuestra inefable caridad para con nosotros, miserables pecadores que, muertos a la gracia, no podíamos esperar sino una muerte eterna! Por nosotros os sacrificáis en una Cruz y con vuestra muerte nos habéis dado la vida. Esta vida yo la he perdido todas las veces que he pecado gravemente; y Vos, por los méritos de la Sangre Preciosísima, os habéis dignado devolvérmela; más ¿qué me sucederá si vuelvo a ofenderos de nuevo? ¡Ah! Jesús mío; muera yo mil veces antes que perder el tesoro de vuestra gracia y esa vida inmortal que me habéis adquirido con el precio de vuestra Sangre ¡Ah! ¡Ojalá diera yo por Vos mi sangre y mi vida como lo han hecho tantas almas amadas de Vos que por Vos derramaron toda su sangre! Y ¿qué os daría yo, aunque os diese toda la sangre de mis venas, en cambio de la que vuestro amor infinito ha derramado por mí? ¡Ah! pues que no puedo dar por Vos la sangre de mi cuerpo, os doy la sangre de todo mi corazón. Este corazón os le doy con sus dolores y su arrepentimiento; os le doy, Jesús mío, os le consagro, seguro de que no le desechareis; y por los méritos de vuestra Sangre, haced que no pierda otra vez la vida de la gracia que me dais para poseer en la eternidad esa vida de gloria que me habéis merecido con la efusión de vuestra Preciosa Sangre.

 

EJEMPLO

Considerad sobre el Calvario al buen ladrón convertido. Ved ahí un gran pecador que, en el día de la grande efusión de la Sangre Preciosísima de Jesucristo, obtuvo la vida de la gracia y de la gloria y mereció en ese mismo día el Paraíso por la eficacia de esa Sangre divina. Viendo a Jesús derramarla con tanta paciencia y amor, sintió su corazón lleno de compunción, recurrió a Jesús, confió en los méritos eficaces de esta Sangre de vida eterna y escuchó aquellas dulces y consoladoras palabras: «hoy estarás conmigo en el paraíso:» hodie eris mecum in paradiso. También el Señor dijo a Santa Matilde: «yo soy quien ha aplacado la ira de mi Padre celestial y con mi Sangre he reconciliado al hombre con Dios: in me transierunt iræ tua» Y dijo también a Santa Magdalena de Pazzis: «La Sangre ata las manos a mi justicia, porque ella ya no es libre ni puede castigar al mundo por sus pecados como lo hacía cuando aún no escuchaba la voz de esa Sangre derramada.»

 

JACULATORIA

Padre Eterno os ofrezco la Sangre de Jesucristo en rescate de mis pecados y por las necesidades de vuestra Iglesia.

 

INDULGENCIA

El Soberano Pontífice Pío VII concedió cien días de Indulgencia por cada vez que se diga la anterior jaculatoria. Así consta del rescripto que se conserva en los archivos de los Padres Pasionistas de Roma.