MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

SEGUNDA PARTE

LOS MEDIOS QUE SON MENESTER TOMAR

PARA HABLAR BIEN CON DIOS

ENTRETENIMIENTO II

Y segundo medio para hablar bien con Dios

La pureza de conciencia

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El Siervo. ¿Hablaré yo a mi Dios, siendo como soy polvo y ceniza? (Gen. 18). Vos acabáis, Señor, de enseñarme el medio para hablar bien con Vos, y me exhortáis a que lo ponga en práctica; yo no deseo otra cosa, Dios mío; pero necesita todavía vuestro socorro para ello. Vos sois el gran Maestro, que solo podéis dar eficacia a vuestras palabras; dadla, os ruego, a aquellas que os ha complacido hacerme escuchar; concededme, os ruego, la ciencia de vuestra conversación.

El Señor. Tú la alcanzarás, hijo mío, y en un alto grado, si, no contento con pedirla, procuras también adquirirla.

El Siervo. ¿Pues qué es menester hacer, oh Señor mío?

El Señor. Es menester evitar con cuidado los pecados más leves; porque los pecados causan en el alma tinieblas, que me desvían de sus ojos; forman manchas, que resfrían mi amor para con ella; la llenan de tales llagas, que la afean, la enflaquecen y debilitan, y por consiguiente la indisponen, para que traten conmigo.

El primer hombre es una prueba bien sensible de ésto; en aquel feliz tiempo que él vivió en el estado de la inocencia, tenía su placer en mi conversación, y la prefería a todas las delicias del Paraíso terrestre, en donde yo lo había colocado; pero no hubo bien traspasado mis órdenes, cuando perdiendo el gusto de mi presencia, no me veía y no me hablaba sino con dificultad. Tal es la disposición de toda alma que me ofende; tú mismo lo experimentas todas las veces que te sucede cometer alguna infidelidad en mi servicio; ¿qué dificultad no sientes entonces para mantenerte en mi presencia? ¿Qué tedio en la oración? ¿Qué sequedad en la meditación? Aquello, que antes te enriquecía de muchos buenos pensamientos, ahora muchos piadosos sentimientos hacen casi ninguna impresión, así en tu espíritu, como en tu corazón.

El Siervo. Es verdad, Señor, y no podía yo bastantemente admirarme de ello.

El Señor. No tuviste razón de admirarte, hijo mío; porque no se comunica de buena gana con aquellos que no tienen toda la correspondencia que se debe esperar de ellos; no se les ve, no se les sirve sino con dificultad. Tú te alejabas de mí, y yo me alejaba de ti; tú buscabas con empeño la compañía de los hombres, y yo te privaba de mi divina conversación; tú llenabas tu entendimiento y tu corazón de cosas terrenas, y yo no derramaba en ellos las luces y los consuelos del Cielo; así lo hago yo con todos los que tienen la misma indiferencia para conmigo. Procura pues, hijo mío, serme siempre fiel, y yo lo seré siempre para contigo; evita con diligencia todo lo que me desagrada, y yo me comunicaré a ti con agrado y gusto.

El Siervo. ¿Y hay medio, Señor (dejadme que os descubra mi pena con la libertad que os habéis dignado darme), hay medio de poder en este lugar de tentación y cuerpo de pecados vivir de tal suerte que no se escape alguna cosa que os desagrade? Vos mismo decís, que el justo cae siete veces al día, ¿qué haré yo, pues, que soy un pecador, y tan grande pecador?

El Señor. Hijo mío, los pecados de los justos son, por lo ordinario, pecados de inadvertencia o de fragilidad. ¿Pero darías tú este nombre a aquellas maldiciones, iras, aversiones, vanidades, sensualidades, aficiones desordenadas, y a todas las demás infidelidades de que te dejas arrebatar contra los remordimientos de tu propia conciencia?

El Siervo. Esté lejos de mí tal cosa, Dios mío; reconozco mi malicia, y la detesto con todo mi corazón; tan grandes infidelidades me hacen, no solamente incapaz de conversar con Vos, sino también indigno de parecer en vuestra presencia.

El Señor. No dejes, hijo mío, de venir a mí con humildad y confianza; porque sería ilusión no atreverse en ese estado a clamar a mi misericordia, y un error creer que la oración hecha así en pecado es nuevo pecado; ella verdaderamente no merece la gloria eterna; pero mueve a que yo dé gracias particulares, que ayudan a merecerla. ¿Cuántos hay que hubieran perecido en la obstinación, si no hubieran empleado este socorro para desarmar mi enojo?

El Siervo. ¡Oh Dios, cuán grande es vuestra misericordia! Cuan diferente es vuestra conducta de la nuestra. Mientras que nosotros viles criaturas dificultamos no solamente el perdonar a nuestros enemigos, sino aun el verlos y hablarlos, ¡Vos, soberano ser! ¡Vos, gran Dios!…, nos convidáis a que os pidamos, por no estar obligado a castigarnos, Vos, Señor; así lo confieso; Vos sois Dios en todo, en bondad, en poder, en sabiduría y en las otras perfecciones vuestras.

El Señor. No obstante, hijo, mío, no abuses de esta infinita bondad; cuando con el socorro de mi gracia fueres levantado, guárdate no vuelvas a caer, vela principalmente sobre aquello que te es ordinariamente ocasión de caer.

El Siervo. Estoy del todo resuelto, Señor; pero desconfió de mí mismo, viéndome tan flaco como soy y combatido, por otra parte, de enemigos tan terribles.

El Señor. Tú te mantendrás firme, hijo mío, si confías en mí y si procuras, al mismo tiempo, fortificarte con los diferentes socorros que tienes a la mano, como son la oración, la meditación, la lección, el examen…, mi santa palabra, el Sacrificio de mi Cuerpo y de mi Sangre, los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, el ejemplo de los buenos y sus piadosas conversaciones, la práctica de las virtudes cristianas y, sobre todo, la vigilancia, que es absolutamente necesaria para adquirir la pureza de la conciencia.

Pero, si después de estos tan varios subsidios volvieres a caer en tus antiguos hábitos, no desmayes ni te inquietes por ésto. La inquietud es de ordinario peor mal que el mismo mal de donde se origina. Porque esta inquietud es un amor propio, que quisiera siempre jactarse y complacerse en sí mismo; es un orgullo delicado, que no puede sufrir su confusión; es una impaciencia secreta, que va hasta la desesperación, y hace perder la paz del alma, el recogimiento interior y el gusto de la devoción.

El Siervo. Es verdad, Señor, y yo lo he experimentado demasiadamente. La inquietud trae un perjuicio infinito a cualquiera que se abandona a ella. Cuando yo me sujetaba a su tiranía (y cuantas veces ¡ay!, ¿cuántas veces lo hice?), me sentía con una extrema repugnancia para todo lo que era de servicio vuestro; yo no podía aplicarme a mis obligaciones; yo quería dejarlo todo, y con efecto omitía muchos ordinarios ejercicios, o los hacía con tal negligencia, que cada día era sin duda más desagradable a vuestros ojos.

El Señor. ¿Qué utilizas, pues, hijo mío, inquietándote de esa suerte? Nada ganas, antes pierdes mucho; tú aumentas tus dudas, bien lejos de disminuirlas; me irritas siempre más en lugar de aplacarme. ¿Te portarías así con un amigo, a quien hubieses ofendido? ¿Añadirías ofensas a ofensas? ¿No procurarías al contrario más bien ganarlo con escusas convincentes, con nuevas protestas de amistad, con servicios más frecuentes y más finos? Hazlo, pues, del mismo modo conmigo; mucha más razón tienes de practicarlo así; y en vez de perder el tiempo con inquietudes, que me desagradan y enojan, empléalo en reparar lo pasado, cuanto fuere posible; arrójate luego a mis pies, confiesa tu flaqueza, detesta tu ingratitud, pídeme con humildad perdón; imponte, para satisfacer, alguna penitencia, o interior o exterior; y para prevenir lo venidero, está más atento y sobre ti; entra con frecuencia en ti mismo, y tan aquella continua vigilancia, que yo recomiendo tantas veces en mi Evangelio.

Con esto sacaras bien del mal, de la serpiente misma la triaca contra su veneno; te corregirás poco a poco de tus defectos; poseerás tu alma en paz; atraerás a Dios hacia ella, que derramará la abundancia de sus bendiciones; y desterrarás al demonio, que viéndote aprovechar de tus propias caídas, cesará de perseguirte.

Ve aquí, hijo mío, el uso que debes hacer de tus faltas; es menester que te humilles; pero que te humilles en paz, sin turbarte, ni afligirte a la vista de tus defectos.

La confusión del pecado, cuando se recibe con sumisión y con paciencia, es el remedio mismo contra el pecado. Recibirla de otra manera, sublevarse contra la humildad, esto no sería humillarse. Es menester asimismo, hijo mío, que te reprehendas de tus faltas; pero que te reprehendas con dulzura y caridad, sin exasperarte, sin arrebatarte contra ti propio; porque como debes tener caridad con tu próximo, así (y con más fuerte razón) la debes tener contigo mismo, y usar en la reprehensión de ti aquella dulzura que usarías reprehendiendo a otros. El ímpetu inconsiderado con que se dejan algunos arrebatar contra sí mismos, no es menor mal que aquel con que se arrebatan contra el próximo; el uno y el otro hacen igualmente perder la paz del alma y la pureza de la conciencia, sin que se pueda gozar de mi presencia; como no se puede ver un objeto con los ojos turbados, ni en el agua revuelta.

El Siervo. Yo os doy gracias, Dios mío, por las instrucciones que os ha complacido darme, de las cuales tenía yo grande necesidad; yo las grabaré en mi memoria; ayudadme, os ruego, a ponerlas en práctica; lavadme, Señor, purificadme de tal manera, que merezca gozar de vuestra amable presencia y de vuestra dulce conversación. Así sea.