MES DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE – DÍA 15

DÍA DECIMOQUINTO

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La Sangre de Jesucristo sirve de alivio a las almas del Purgatorio

I. Considera, alma mía, que no puede entrarse en el Paraíso a no estar enteramente purificado aun de la más pequeña mancha y después de haber satisfecho plenamente a la divina justicia, pues nada manchado puede entrar en la feliz Sion.

De aquí resulta que Dios, juez infalible, retiene en el Purgatorio las almas que han salido de este mundo imperfectamente purificadas y las detiene allí con el fin de admitirlas, después de su purificación, en el descanso eterno. Y como en su ternura paternal no puede sufrir que sus Benditas Almas vivan lejos de Él, el deseo de verlas prontamente libres de sus penas le ha empeñado a poner en nuestras manos el precio de su libertad.

Y ¿cuál es este precio? Es la Sangre Preciosísima de su Hijo único. ¡Oh! ¡Qué consuelo, qué alivio proporciona a las Almas esta Sangre benéfica! Ella apaga sus llamas, rompe sus cadenas y abre la cárcel de tomentos donde están encerradas. Volviéndose al Señor, estas almas pueden con justo título repetir: «Con vuestra Sangre eficaz, libradnos, Señor, del lago de las miserias y de las amargas penas que sufrimos en el Purgatorio.»

II. ¡De cuántas maneras puede aplicarse a las almas del Purgatorio la Sangre del Redentor! ¡Qué eficaz es cuando se les aplica por medio del Sacrificio del Altar! ¡Oh! ¡Cuántas de estas almas salen de su prisión por Él! Cuántos Ángeles descienden para apagar aquel fuego ardiente, cuando se ofrece por ellas a la Majestad divina esta Sangre adorable en los santos Altares ¡Con qué impaciencia están las desdichadas esperando el momento en que es derramada sobre sus llamas la Sangre Preciosísima que es el más consolador de los refrigerios! ¿Quién será el que rehúse pensar en Ellas, cuando tenemos a nuestra disposición el medio de librarlas de las penas? ¿Quién será tan duro que se desentienda de sus voces, para cerrar sus entrañas a sus necesidades? Surgite, os diré con San Bernardo, surgite in adjutorium: «Levantaos, socorredles». Y ¿cómo? Aplicándoles el Santo Sacrificio, ofreciendo por Ellas a la Majestad del Padre la Sangre Inmaculada del divino Cordero: «Conjurad con vuestros gemidos, interceded con vuestras oraciones, satisfaced con el sacrificio único», como a ello nos exhorta en su favor el mismo santo: ¡Oh! ¡Cuántas veces el Señor hace ver, y de una manera sensible, que estas Almas vuelan al Cielo en el instante mismo en que se ofrece por ellas la Sangre Preciosísima! Tomaos, pues, mucho interés por la libertad de estas Almas; que si por vosotros entrasen en posesión de la gloria, jamás se olvidarán de interceder ante el Trono de la misericordia y de la gracia por los amigos que fueron sus bienhechores.

 

COLOQUIO

Amabilísimo Jesús, acordaos de que si sois Juez también sois Padre y Esposo de esas hijas de Sion, que para purificarlas las entregáis en lo profundo del Purgatorio a los ardores de un fuego devorador; aceptad pues los méritos de vuestra Sangre derramada también por Ellas y que nosotros ofrecemos ante el trono de vuestra Majestad por su descanso y alivio. Por esa Sangre divina libradlas de tan crueles penas; una sola gota de Ella basta para apagar todos sus ardores, y nosotros os la ofrecemos por Ellas. Haced que sea abundante la redención; libradlas a todas de esa cárcel; llamadlas todas al Cielo; coronadlas de gloria, a fin de que también Ellas vayan a cantar hoy en el Cielo aquel cántico de alegría y de regocijo, repitiendo entre los resplandores de la luz eterna; Señor, Vos nos habéis redimido con vuestra Sangre, no cesen de alabaros y de amaros por toda una eternidad feliz

 

EJEMPLO

El bienaventurado Enrique Surone, dominico, se hallaba estudiando en Colonia y convino con un religioso de su orden en que, a la muerte de uno de los dos, el que sobreviviese celebraría, no habiendo inconveniente, por el alma del difunto el lunes la Misa de Difuntos y el viernes la de la Pasión. El Santo, habiendo sobrevivido a su amigo y sabida su muerte, aplicó por él muchas oraciones y otras obras de piedad; pero no celebró las Misas. Un día, el difunto se le apareció echándole en cara la falta de su promesa cuyo olvido le retenía aún en el Purgatorio. Respondióle Enrique que jamás había dejado de encomendarle al Señor; mas el difunto le replicó: “Sangre, Sangre es lo que yo pido, ¿dónde están las Misas que me prometiste y que nos son tan preciosas?”. Entonces el bienaventurado confesó su olvido, y habiendo celebrado las Misas prometidas libró del Purgatorio a su amigo.

 

JACULATORIA

Padre Eterno, os ofrezco la Sangre de Jesucristo en rescate de mis pecados y por las necesidades de vuestra santa Iglesia.

 

INDULGENCIA

El Soberano Pontífice Pío VII concedió cien días de Indulgencia por cada vez que se diga la anterior jaculatoria. Así consta del rescripto que se conserva en los archivos de los Padres Pasionistas de Roma.