Mons. Tihamér Tóth- El matrimonio cristiano

CAPÍTULO XIII

EL MATRIMONIO SIN HIJOS (I)

Matrimonio.-Rito-extraordinario2

En el mismo sitio en que la Virgen María en Nazaret recibió el anuncio del Arcángel San Gabriel, trayéndole el inaudito mensaje del cielo, que iba a concebir en carne mortal al Hijo de Dios, después de haberla ella dado su consentimiento; en este lugar sagrado hay actualmente una iglesia, y en su altar están escritas estas palabras: «Verbum caro hic factum est.» «Aquí se hizo carne el Verbo.» El Hijo de Dios que quiso encarnarse para salvarnos, comenzó en este lugar a habitar entre nosotros.

¡Qué sublimes palabras! Cada vez que rezamos el «Ángelus» las recordamos; y también, cada vez que rezamos el Credo: «Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y se hizo hombre.

Nació de Santa María Virgen…»

¡Se hizo hombre! ¡Se hizo hombre el Hijo de Dios! Y desde que Dios se hizo hombre y se hizo niño, desde entonces valoramos de una manera totalmente nueva el nacimiento de cada niño que viene a este mundo. Y desde que la Virgen Madre tomó en sus brazos al Niño Dios la función de la maternidad ha adquirido una dignidad santa.

Por esto, en una familia cristiana nunca ha de faltar un sitio en la casa para  la cuna. Porque el hijo es parte esencial de la familia.

Si el nombre latino del matrimonio no fuera más que «coniugium», «yugo común», entonces bastarían la mesa familiar y el crucifijo para poder llevar con alegría el yugo común, la unión de amor entre los esposos para toda la vida.

Mas el matrimonio tiene también otro nombre latino: «matrimonium». Y este vocablo apunta ya a un ámbito completamente nuevo de deberes: apunta a los hijos. Lo que implica que en el hogar tenga que haber una cosa más: la cuna.

Dime, lector, ¿has visto alguna vez un pájaro que haga su nido, su hogar, para dejarlo vacío? No. No existe ninguno…; solo al hombre se le ha ocurrido construirse un hogar y dejarlo vacío, sin hijos. Solamente el hombre ha inventado este contrasentido: una familia sin hijos. Y así nos enteramos de que hay parejas de novios que ya antes de las bodas se ponen de acuerdo: «¡No tendremos hijos, por supuesto!… ¡Como mucho, uno! »… A esta clase de relación de pareja San Agustín no le da el nombre de matrimonio, sino de relaciones pecaminosas que quisieron pasar como lícitas mediante el simulacro de una boda.

Incluso llega a haber madres que anticipándose a la boda de su hija, le recomiendan que sea “razonable”, que no tenga niños.

Sin embargo, la familia que voluntariamente opta por la esterilidad es como un árbol seco que está condenado algún día a ser cortado. No puede haber familia verdadera si no hay niños, no uno, ni dos, sino más, a pesar de las objeciones y excusas que se suelen aducir para no tenerlos.

De esto trataremos en el capítulo siguiente. Por ahora quiero indicar cuán grave pecado constituye el hecho de procurar mediante medios ilícitos que un matrimonio no tenga hijos. Es un pecado:

1.Contra Dios.

2.Contra el hijo; y

3.Contra los mismos intereses razonables de los cónyuges.

I

PECADO CONTRA DIOS

Antes de todo he de hacer constar que para el Cristianismo siempre ha significado la procreación de los hijos uno de los fines principales del matrimonio. Y por eso la Iglesia levanta su voz con una valentía admirable contra esa mentalidad frívola, que por desgracia se ha difundido tanto en la sociedad, que no ve en los hijos más que una carga y fastidio.

Pero el aprecio por los hijos dentro del matrimonio no es propio sólo del Cristianismo, muchos paganos ya lo compartían antes de la venida de Jesucristo.

Es conocido, por ejemplo, el caso de Cornelia, una distinguida dama romana, a la que visitaron sus amigas engalanadas de diamantes y piedras preciosas, y que con gran presunción le dijeron: «¡Enséñanos tú también tus joyas!» Y Cornelia, la dama pagana, les presentó a sus hijos y dijo: «He aquí mis joyas más preciadas.»

Es conocido también cómo se gloriaban los israelitas del Antiguo Testamento de tener una familia prolífica, hasta tal punto que para cualquier esposa era algo tremendamente afrentoso y vergonzoso no poder tener hijos. ¡Con qué fervor suplicaban a Dios la bendición de la maternidad!

Y llega el Cristianismo y todavía se acrecienta más este noble sentir. Dios ha confiado al hombre la fuerza de comunicar la vida, haciéndole partícipe de su obra creadora. ¡Puede haber una muestra de mayor confianza! Por eso, el acto sexual dentro del matrimonio, lejos de ser un acto pecaminoso, el Cristianismo lo entiende como un acto sagrado, en el que el hombre colabora con Dios creador.

¡Es el acto por el que viene a la existencia un nuevo ser humano! Es cierto que los esposos no colaboran más que en la parte corporal, pues Dios es quien crea el alma, la parte espiritual; pero aun así es un acto de creación, del que el hombre se enorgullece como colaborador de Dios creador.

Pero el mundo moderno, llevado por el egoísmo, ha trastornado radicalmente este noble sentir.

Actualmente, a muchos no les interesa más que poder darse buena vida y disfrutar lo más posible, y no quieren oír que les hablen de los sacrificios que van asociados al matrimonio. Para ellos el niño no es «una bendición de Dios», sino una «plaga de Dios», una carga de la cual hay que librarse por todos los medios posibles, para que no perturbe en modo alguno sus ansias de goces y placeres.

La Iglesia católica afirma sin rodeos que cualquier obstáculo que se ponga —antes, durante o después del acto conyugal— a la concepción y nacimiento de un hijo es siempre un pecado contra Dios, sea cual fuere el medio que se emplee o la intervención a que se recurra. Se trata de una profanación y un rebajamiento de la vida matrimonial, una infracción grave de un mandato explícito de Dios.

Si el mundo frívolo lo llama «prudente previsión» y «sabiduría de la vida», la Iglesia le aplica las palabras del Apóstol SANTIAGO: «Esa sabiduría no es la que desciende de arriba: sino más bien, sabiduría terrena, animal y diabólica» (Sant 3, 15). Es una sabiduría diabólica por proceder del diablo, que es «homicida desde el principio» (Jn 8, 44). Si el profeta Isaías viviese hoy, diría que estos matrimonios han hecho pacto con la muerte y un convenio con el infierno (Is 18, 15). A la forma de pensar de estos matrimonios se puede aplicar la condenación del salmista: «Amó la maldición, y le caerá encima; y pues no quiso la bendición, ésta se alejará de él» (Salmo 108, 18).

¿Quién no conoce matrimonios sin hijos en los cuales se han cumplido estas palabras al pie de la letra de una manera terrible? Acosados o no por los remordimientos, acaban en una vida sin sentido, en la angustia o en la depresión. Y todo, por poner obstáculos a la llegada de los hijos, contraviniendo el honroso encargo del Dios creador.

II

PECADO CONTRA LOS INTERESES DEL HIJO

Es también pecado contra los intereses del hijo.

Muchos esposos no quieren tener más que un solo hijo, o como mucho, dos. ¡Por nada del mundo quieren tener más hijos! Y no se dan cuenta que de esta forma están ofendiendo al hijo único que ya tienen.

Los padres con un solo hijo suelen alegar que lo que importa no es el número, sino la calidad de vida; ellos no tendrán muchos hijos, tan sólo uno, pero éste, según ellos, valdrá muchísimo.

Sin embargo, la experiencia demuestra que la mayoría de los hombres insignes, que destacaron en algo, no fueron «hijos únicos», sino hijos de familias numerosas. Y si nos preguntamos cuál puede ser la causa, descubriremos que en una familia numerosa los padres pueden educar mucho mejor a los hijos, y con mayor éxito que a uno solo.

Esto puede parecer extraño, pero es una realidad. En una familia numerosa el amor y la autoridad de los padres se ejercen de una forma más sana y equilibrada que en una familia de un solo hijo, en que los padres aplastan la personalidad del hijo con mandatos continuos o le echan a perder su fuerza de voluntad mimándole excesivamente. Así se explica que salgan más hombres brillantes de familias numerosas que de familias con un solo hijo.

Además, donde hay varios hijos, éstos han de aprender desde su más tierna infancia lo que es la renuncia y la abnegación. Donde hay muchos niños, éstos tendrán que verse obligados a contentarse con menos, debiendo de oír con frecuencia de sus padres esta respuesta a sus demandas: «Hijo, ¡no podemos darte más! Hijita, ¡no puede ser! Tenemos que repartirlo, tus hermanos también lo necesitan» Y no va mal. Al contrario: éste es un sano principio de educación. Cuando estos hijos sean adultos, estarán más preparados para saber renunciar a sus caprichos, y soportarán mejor las privaciones y tribulaciones que implica la vida.

Mientras que al hijo único los padres lo suelen apabullar a fuerza de mimos y cuidados. Todo el amor y cuidados de los padres se consagran al hijo único, éste se siente sobreprotegido, y termina muchas veces por ser un caprichoso, acaparador y mimado, el típico niño consentido y malcriado.

Pero el hecho de que suelan salir hombres mejor educados de las familias numerosas tiene aún otro motivo. Y es que en tales familias no son únicamente los padres que educan a los hijos, sino que los mismos hermanos se educan mutuamente.

Al niño le gusta jugar y para hacerlo necesita de amigos. Y sus mejores amigos son sus propios hermanos. El niño único difícilmente pocas veces podrá jugar con otros niños, y de esta manera no disfrutará tanto de la infancia; vivirá casi siempre entre adultos. Al ser siempre el centro de la atención de sus padres y familiares, fácilmente se hará un engreído, querrá saberlo todo, probarlo todo, y ver satisfechos todos sus caprichos… menos el de tener otros hermanos con los cuales jugar; este niño se aburrirá mucho más, aunque tenga muchas más cosas. Ante la falta de hermanos, no resultará raro que se encierre en sí mismo, y que se le pase rápidamente la infancia, sin haberla apenas disfrutado. En cambio, donde hay varios hermanos, allí hay alegría, algazara, ruido, riñas, guerras, querellas, dichas; allí se disfruta de la edad más feliz, de los días de la infancia.

Los hermanos no son tan sólo compañeros de juego, sino también educadores. Mientras juegan han de ejercitar la generosidad, la  comprensión, el autodominio, el saber perder, el espíritu de renuncia.

Los hermanos tienen que ponerse de acuerdo para muchas cosas, poniendo así límites a su egoísmo personal. Es cierto que habrá también muchos roces, pero precisamente así se pule el carácter, como se van puliendo los guijarros del arroyo y adquieren la brillantez al rozar unos con otros.

Además, se da otro hecho interesante en las familias numerosas, no solamente los padres educan a los hijos, sino que los hijos educan a los padres. Y los educan en las virtudes que les son más necesarias a los buenos educadores.

Así, en primer lugar, los hijos educan a sus padres en el amor abnegado. Valdría la pena analizar el cambio favorable que se obra en el alma de toda mujer, por muy frívola que haya sido, cuando tiene por primera vez en sus brazos a su hijo recién nacido. O el tierno amor que se suscita en el padre —que hasta entonces había sido un egoísta, sólo centrado en sí mismo— cuando levanta al hijo recién nacido en sus vigorosos brazos. La conciencia de la propia responsabilidad se afina y las fuerzas para el trabajo aumentan, en correspondencia a las necesidades materiales y espirituales de sus hijos, que tengan que satisfacer. Incluso se sienten responsables de cada palabra que pronuncien ante el niño, de cada ejemplo — bueno o malo— que le den.

Todos los niños se figuran que sus padres son las dos personas mejores y más sabias del mundo, las más amorosas. Ellos son sus modelos. Los padres, para no decepcionarlos, tendrán que esforzarse por parecerse más al ideal en que los tienen sus hijos.

Si acaso todavía sigues pensando que los hijos no pueden educar a los padres, medita el siguiente ejemplo:

Una niña rezaba fervorosamente con su madre cada mañana y cada noche. Una noche, la madre tardaba un poco en hacerlo a causa de sus muchas ocupaciones, y la niña le dijo: «Mamá, vamos a rezar.» La madre le contestó con cierta impaciencia: «¡Reza hoy con papá! » «¿Con papá? —contestó la niña—. Pero si papá no sabe rezar.» Y es que nunca le había visto rezar, y con razón suponía que no sabía. Esto bastó para que el padre, al oírla, quedará un tanto turbado, le hiciera recapacitar y volviera a acercarse a Dios, del que se había alejado desde hacía tiempo.

Realmente se necesita tener el corazón muy duro, para que el padre o la madre no sientan esos santos propósitos por mejorar, por cambiar su modo de vivir, para acercarse un tanto a la figura ideal que sus hijos se han formado de ellos. No hay más que ver la mirada inocente y confiada con un niño pequeño mira a sus padres. ¿Ves, lector, cómo pueden los niños educar a sus padres?

III

PECADO CONTRA LOS INTERESES DE LOS PADRES

Demos un paso más. Cerrar el camino a los hijos no es solamente pecado contra Dios y contra el hijo, sino también contra los intereses bien entendidos de los mismos padres. El hecho de procurar no tener más que un hijo sólo,  o a lo mucho dos, perjudica enormemente a los padres.

¿De que forma los perjudica? En primer lugar: un hijo único es una preocupación continua.

La vida de los padres que tienen un solo hijo es un temor incesante. «¡Ay! ¡Quiera Dios que no se resfríe, que no le suceda algo, que no se ponga mal y se me pueda morir!»

Y que este temor no es infundado lo demuestra los datos estadísticos, pues es proporcionalmente mucho mayor el número de los niños muertos en una familia de pocos hijos que en una familia numerosa.

Si en una familia numerosa se muere alguno, claro está que les duele a los padres y les produce una pena muy honda, pero por lo menos allí están los demás para consolarlos. Pero ¿y si muere el «único hijo»? No queda más que una cuna vacía, un cuarto silencioso, unos juguetes sin dueño… y un remordimiento terrible al pensar qué distinto hubiese sido todo si no hubiesen desbaratado con medios ilícitos los planes de Dios.

El niño es como un vaso de cristal: se puede romper con facilidad; por tanto, conviene que haya varios.

«¡Pero cuesta mucho más dinero tener a varios hijos!» Tal es la excusa que se alega con cierta frecuencia.

Sin embargo, aunque parezca increíble, no es así. Un solo hijo o ninguno, cuesta más que muchos.

—¿Qué dice usted? ¿Cómo es posible?

En primer lugar, donde no hay más que un solo hijo, allí son desconocidas las palabras «renuncia» y «abnegación»; en cambio, donde hay varios hijos, allí los padres ahorran más y son más diligentes. Por otro lado, los esposos que con medios ilícitos tienen pocos hijos o uno sólo, suelen ser más comodones, se aburren más y tratan de llenar el vacío de su corazón con viajes y diversiones, y por tanto, gastan en mayor proporción.

Donde no hay niños, allí no puede haber mucha alegría, risas y cariño, por lo que habrá que buscarlo en otra parte, fuera de casa. Y esto cuesta a veces tanto como lo que costaría el cuidado y la educación de varios hijos.

En cambio, hay que ver la alegría y felicidad de una familia numerosa en los días de Navidad. Los juguetes y regalos, seguramente no serán muy costosos, pues estarán escogidos con mucho amor.

Sí, los hijos podrán suponer muchas preocupaciones y quebraderos de cabeza, muchos sacrificios, y algunos gastos más, pero también suponen mucha más felicidad y satisfacción en el matrimonio. Porque un nuevo hijo despierta muchos valores que hasta entonces estaban dormidos en los padres: alegrías, motivos para trabajar, esperanzas, confianza en una ancianidad feliz, plenitud en la vida matrimonial…

Así se comprende como de los matrimonios que se han roto por el divorcio, el cincuenta por ciento no hayan tenido hijos, y que otro veinticinco por ciento no hayan tenido más que uno solo. Así se comprende que, cuantos más hijos se tienen, tanto más raro es el divorcio. Porque según el plan admirable de la Providencia, los hijos son un gran motivo para que los padres traen de vivir unidos y en armonía.

Que el hijo no es un obstáculo para la felicidad de los padres…

lo prueba el hecho de que la mayoría de los divorcios se dan en parejas cuya felicidad «no se vio turbada por los hijos». Esto no es de extrañar, pues quien no vive el matrimonio como lo ha establecido Dios, tampoco pondrá muchos reparos a ser infiel con su cónyuge y cometer adulterio.

También en otro sentido son los hijos un consuelo para sus padres.

¡Qué triste y solitaria es la vejez de los padres que no han tenido hijos! Tuvieron miedo a los hijos y no pensaron en la ancianidad. Ahora, ya viejos, no tienen a ningún hijo que les pueda ayudar y les haga algo de compañía. Más todavía en la viudez. ¡Que vejez más sola y amarga! No así en los que han tenido hijos. ¡Qué gran consuelo sentirán de haber tenido hijos, y mucho más si tienen nietos!

* * *

Dejad que los niños vengan a mí —dijo Jesucristo un día con ternura a los Apóstoles.  Con parecidas palabras, algo modificadas, voy a cerrar este capítulo: Dejad que vengan al mundo los niños que Dios envía.

Todos conocemos la matanza de los niños inocentes decretada por Herodes. ¡Qué gritos de angustia debieron proferir los labios de sus madres! ¡Con qué desesperación tratarían de defender a sus hijos de los sicarios de Herodes! ¡Qué gran compasión sentimos por estas pobres madres!

Mas el mundo actual parece que lo ha trastornado todo. La perversión de las ideas ha envenenado a las madres, no sólo para que no defiendan a sus hijos, sino para que ellas mismas vayan en busca del verdugo, y le paguen dinero por matarlos. ¿Puede haber perversión y maldad mayor?

Indudablemente todo pecado tiene su castigo, aun en esta vida. Porque quien comete el pecado del aborto y no se arrepiente y no hace penitencia, tiene dos castigos ya en esta tierra, ambos horrendos: o se despierta la conciencia y entonces sienten terrible remordimientos por lo que se ha hecho, que no dejan descansar ni durante el sueño —hasta tiene pesadillas sobre niños abortados—, o se endurece más todavía, y muere la conciencia —juntamente con el hijo abortado—, y se cae en tal embrutecimiento, que apenas queda algún rasgo de ternura y de compasión. Ni en el primer caso ni en el segundo se puede hablar de haber tenido una vida matrimonial feliz; no queda más que amargura y vacío. Lo prueba la experiencia con tristes ejemplos de todos conocidos.

Terminemos este capítulo suplicándole a Nuestro Señor Jesucristo que nos obtenga la gracia de tener matrimonios felices, amantes de los hijos.