SENTIMIENTOS Y AFECTOS DE UNA ALMA PENITENTE SOBRE EL SALMO L

VERSO IV

Quoniam iniquitatem meam ego cognosco, et peccatum meum contra me est semper

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Porque yo conozco mi iniquidad, y mi pecado está siempre delante de mí

Aunque yo fui tan desgraciada, Dios mío, por haberos ofendido, y aunque pasé mi vida en un endurecimiento que no me dejaba hacer reflexión sobre mis culpas, ni pensar su enormidad, Vos quisisteis, por vuestra bondad infinita, que abriese los ojos, conociese mis delitos, y que por fin mis pecados se me representen siempre a la vista.

¿Sería acaso posible que me descuidase en hacer penitencia de ellos, después de la gracia particular que me concedéis, Dios mío; de despertarme cuando yo estaba más dormida; y ponerme en estado de aplacar vuestra ira, estando, como estoy, capaz de corregirme de lo pasado, de convertirme a Vos, Dios mío, y de derramar verdaderas lágrimas por el justo dolor de haberos desagradado?

¿Por dónde, o por qué obra buena, merecí que me libraseis de morir en aquel tiempo funesto, en que las disposiciones de impenitencia me amenazaban una muerte eterna?

Aunque no hice yo cosa que fuese agradable a vuestros ojos, Señor mío, y con todo eso habéis tenido lastima de mí. Vos me habéis esperado y querido que reconociese mis iniquidades, y que tenga siempre a la vista mis pecados; pero es necesario que me aproveche de este rayo de luz, que hicisteis resplandecer en mi alma; y no debo dilatar para mañana lo que puedo comenzar en este día, porque puede ser que este día nunca llegue, que me castiguéis por mi pereza, que me quitéis esta disposición, que os dignasteis de darme para mi conversión, y la que no puedo lograr sin Vos.

¡Oh Dios mío! Socorredme os ruego, en el firme propósito que formo de trabajar en mi salvación, y hacedme sentir el horror que debo tener de mis iniquidades.

Sirva para humillarme el pecado que siempre tengo presente, y para reconocer lo que debo a vuestras misericordias. Sirva para librarme de volver a caer en los mismos abismos en que hubiera perecido sin el socorro de vuestra mano.

¡Creador mío y Rey mío! ¡Será posible que sea yo capaz de volver a mis malas costumbres, después de tantos favores como os debo! ¿Será posible que yo me atreva a empezar de nuevo esta cruel guerra contra mi Dios, yo que soy la misma nada, y que caería en extremas desdichas, si por un solo momento cesaseis de tener piedad de mí? ¡Ay! muchas veces suelo decirme a mí misma, que más vale morir que desagradaros; ya reconozco mis culpas, y mi pecado siempre le tengo delante de mis ojos; sin embargo, soy tan flaca que volveré a caer, si Vos no fortalecéis mis buenas resoluciones, mi amor y mi fe.

Haced, Señor mío, que las cosas vanas y transitorias que me detienen, se me llenen de amargura y acíbar; que los deseos inútiles que yo concibo, y que lejos de conformarse con vuestros divinos preceptos, se oponen totalmente a ellos, siempre se me frustren, y que, en fin, a pesar de mi inclinación al mal, halle yo en ellos tanta contradicción que me vea obligada a volverme al bien y seguirle como un fiel conductor, que haciéndome pasar por un camino áspero, lleno de piedras y espinas, me haga evitar los enemigos, que me esperan para darme la muerte.

En fin, Dios mío, no midáis vuestras gracias y vuestras bendiciones por mis deméritos; porque yo soy la más culpable, y la peor de todas las criaturas; si no medidlas por ese divino amor, que os hizo padecer tantos dolores, tantas afrentas, tantas penas y abatimientos por mí. Ese mismo amor me desempeñe con Vos de una parte de aquella gran deuda, que he contraído a la hora de vuestra preciosa muerte, y que se ha ido aumentando continuamente desde que estoy en el mundo.

Dios mío, vuestro amor supla por mi amor y abrase mi alma con un fuego que jamás se apague. Guste yo las dulzuras de ser vuestra, de ser sólo para Vos, de no vivir sino para Vos, y de menospreciar todos los bienes que no tienen relación con Vos.

Dios mío, Dios mío; derramad vuestra ardiente caridad en mi corazón, como una suave unción, que le fortalezca, le anime y le haga fiel, para que reconociendo mis iniquidades, y teniéndolas siempre a mi vista, pueda hacer una penitencia proporcionada a su enormidad, y a los bienes eternos a que aspiro.