MES DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE – DÍA 10

DÍA DÉCIMO

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La Sangre Preciosísima de Jesucristo nos purifica en el Sacramento de la Penitencia

I. Había en Jerusalén una piscina llamada Probática que estaba rodeada de cinco pórticos, donde acudían enfermos de toda especie, esperando la venida del Ángel del Señor que ponía en movimiento las aguas, y el primero que entraba en ellas quedaba sano. Esta piscina dicen los SS. PP era una figura del Sacramento de la Penitencia formado con la Sangre de la Redención.

La Iglesia abre a las almas un baño saludable más milagroso que el de Betsaida, como le llamaban los hebreos; de él mana una fuente continua, formada no de sangre de animales y de víctimas expiatorias, sino de la Sangre Santísima del Cordero inmaculado, inmolado y ofrecido en sacrificio por la redención del género humano; pero con la notable diferencia, de que en el de los hebreos solo un enfermo sanaba al contacto de las aguas maravillosas puestas en movimiento por el Ángel del Señor, al paso que en la Piscina saludable de la Sangre de Jesucristo en el mismo instante, no solamente un cristiano, sino todos los cristianos pueden hallar la curación de su mortal enfermedad.

Y ¿qué es necesario para obtenerla? Nada más que quererla eficazmente. ¿Quieres sanar? dice el Señor al enfermo de la Piscina Probática y lo repite a cada pecador. Y ¿qué responde el pecador? ¡Ah! ¡Cuántos hay de entre nosotros que quieren más bien gemir en sus inmundicias que purificarse en este baño saludable!

II. Convendría repetir a muchos de los cristianos lo que aquel siervo fiel dijo a Naamán, el leproso Siro, cuando el Profeta Elías le mandó fuese a lavarse a las aguas del Jordán para curarse de la lepra y lo rehusaba: “Si el Profeta te hubiera mandado una cosa difícil, debieras haberlo hecho; pues ¡con cuánta más razón debes obedecerle cuando te dice que te laves para ponerte bueno!”

Del mismo modo, si el Señor nos hubiese mandado recobrar la salud de nuestra alma a costa de nuestra sangre, deberíamos hacerlo; luego con mucha más razón debemos obedecerle, cuando solamente nos manda lavarnos en la Sangre de Jesucristo por la penitencia sacramental. Esta es nuestro Jordán, en Ella debemos lavarnos para purificarnos de la lepra abominable del pecado; no habiendo nadie libre de mancha, la fuente que corre de las sagradas llagas del Señor es necesaria a todos, dice San Bernardo.

Desde el momento que el pecado se confiesa al sacerdote con un verdadero arrepentimiento y que las palabras sacramentales se han pronunciado, el alma está ya purificada. ¡Oh inmensa liberalidad de mi Redentor! ¡A qué punto ha llegado vuestro amor! ¡Lavarnos con vuestra propia Sangre! ¿Y quién no correrá a sumergir sus faltas en este mar inagotable de vuestra Preciosísima Sangre que hará desaparecer todas sus enfermedades?

 

COLOQUIO

Jesús mío, voy sin tardanza a esta benéfica fuente; y aunque me veo manchado con tantas faltas, no obstante, arrojándome en este mar inagotable de misericordia, confío que mi alma saldrá de él purificada, pues que tal es la seguridad que de ello me habéis dado por vuestro Profeta. Y del mismo modo que algunas gotas de agua en un vasto mar al momento son absorbidas por las hondas, así sucederá con mis faltas arrojadas en el mar inmenso de vuestra Santísima Sangre, y al momento serán borradas, y el alma sumergida en estas aguas de misericordia saldrá de ellas limpia y purificada.

Dadme, pues, oh Jesús mío, un vivo dolor y un sincero arrepentimiento, a fin de que yo una mi dolor a vuestra Sangre, y con un corazón contrito y humillado, que no despreciáis, pueda recibir el perdón de mis iniquidades; haced que vuestra Sangre purifique las heridas de mi pobre alma para que se verifique en mí la verdad de estas palabras: “la Sangre de Cristo nos purifica de toda iniquidad”. Sanguis Christie emundat nos ab omni iniquitate.

 

EJEMPLO

Para consuelo de las almas que temen no tener en la confesión sacramental un dolor suficiente de sus pecados, será útil recordar lo que por inspiración divina dice Santa María Magdalena de Pazzis para merecer que la Sangre de Jesucristo supla también este dolor. Meditando la Santa acerca del sudor de Sangre que cubría al Salvador cuando agonizaba en el huerto de las Olivas, decía: “¿Quién puede penetrar, oh Señor, los abismos de agonías y de dolor que experimentáis a fin de satisfacer por tantas almas y obtener su contrición? Por ésto en vuestro Sacramento nuestra atrición se cambia en contrición y somos purificados sin hacer acto de contrición perfecta, porque tomáis sobre Vos la contrición que nosotros deberíamos tener; por ese dolor interno que nos falta, satisfacéis Vos con esa agonía, ese dolor y contrición que habéis sentido por nosotros en vuestro afligido corazón.” Así se expresa la Santa.

 

JACULATORIA

Eterno Padre, os ofrezco la Sangre de Jesucristo en rescate de mis pecados y por las necesidades de la Iglesia.

 

INDULGENCIA

El Soberano Pontífice Pío VII concedió cien días de Indulgencia por cada vez que se diga la anterior jaculatoria. Así consta del rescripto que se conserva en los archivos de los Padres Pasionistas de Roma.