Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 8ª después de Pentecostés

Sermones-Ceriani

OCTAVO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

La Epístola de este Domingo está tomada de la Carta de San Pablo a los Romanos, capítulo 8º, versículos 12 a 17. Voy a comentar los primeros doce versículos de ese importante capítulo. Allí leemos:

Ahora no hay condenación alguna para los que están en Cristo Jesús. Porque la Ley del espíritu de vida en Cristo Jesús me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte. Lo que era imposible a la Ley, por cuanto estaba debilitada por la carne, lo hizo Dios enviando a su Hijo en carne semejante a la del pecado, y en reparación por el pecado condenó el pecado en la carne, para que lo mandado por la Ley se cumpliese en nosotros, los que caminamos no según la carne, sino según el espíritu. Pues los que viven según la carne, piensan en las cosas de la carne; mas los que viven según el espíritu, en las del espíritu. Y el sentir de la carne es muerte; mas el sentir del espíritu es vida y paz. Pues el sentir de la carne es enemistad contra Dios, porque no se sujeta a la Ley de Dios ni puede en verdad hacerlo. Y los que viven en la carne no pueden, entonces, agradar a Dios. Vosotros, empero, no estáis en la carne sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ese tal no es de Él. Si, en cambio, Cristo habita en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto por causa del pecado, mas el espíritu es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por medio de ese Espíritu suyo que habita en vosotros. Así, pues, hermanos, somos deudores, no de la carne para vivir según la carne; pues si vivís según la carne, habéis de morir; mas si por el espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis.

San Pablo viene enseñando la doctrina sobre la justificación, y llega ahora al punto culminante de su exposición.

Hasta aquí, una vez probado el hecho, se había fijado sobre todo en el aspecto más bien negativo: la reconciliación con Dios, la liberación del pecado, la liberación de la Ley.

A partir de ahora, a lo largo de todo este capítulo octavo, se ocupa del aspecto positivo, y describe la condición venturosa del hombre justificado, que vive bajo la acción del Espíritu.

Comienza San Pablo su descripción con una afirmación rotunda: No hay, pues, ya condenación alguna para los que están en Cristo Jesús.

Con la expresión “estar en Cristo Jesús” nos sitúa claramente en campo cristiano; no se trata ya del hombre bajo la Ley, sino de quien ha sido incorporado a la vida misma de Cristo por el Bautismo.

La condenación que cayó sobre el hombre a raíz de la transgresión de Adán, con su reato de culpa y de pena, fue causa del desorden introducido en el hombre; quien, desde ese momento, quedó esclavo del pecado y de la muerte, sin que la Ley mosaica ni la ley de la razón pudieran hacerles frente.

Fue Jesucristo el que nos liberó de ese dominio del pecado y de la muerte.

La expresión “la ley del espíritu de vida en Cristo” está, pues, cargada de sentido. Si el Apóstol habla de “ley del espíritu”, es en evidente paralelismo con “ley del pecado”; en cuanto que al dominio del pecado, que conduce al hombre a la muerte, sucede ahora, en los justificados, el dominio del espíritu, llevándolo a la vida.

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La razón profunda de por qué esta “ley del espíritu de vida en Cristo” pudo librarnos de la “ley del pecado y de la muerte” está indicada en los versículos 3 y 4, de extraordinaria riqueza de contenido:

Lo que era imposible a la Ley, por cuanto estaba debilitada por la carne, lo hizo Dios enviando a su Hijo en carne semejante a la del pecado, y en reparación por el pecado condenó el pecado en la carne, para que lo mandado por la Ley se cumpliese en nosotros, los que caminamos no según la carne, sino según el espíritu.

Comienza el Apóstol por recordar la impotencia de la Ley para vencer a nuestra carne de pecado y llevar a los hombres a los ideales de justicia y santidad que sus preceptos prescribían.

A continuación, indica el modo cómo Dios puso remedio a esa situación de angustia, enviando al mundo a su propio Hijo y “condenando al pecado en la carne“.

Finalmente, a manera de conclusión, señala cómo, realizada esa obra redentora por Cristo, nos es ya posible conseguir los ideales de justicia que la Ley perseguía, a condición de que no caminemos según la carne, sino según el espíritu.

Tenemos, pues tres verdades fundamentales y bien definidas:

1ª) El Hijo de Dios vino “en carne semejante a la de pecado“, es decir, revestido de verdadera carne, exactamente igual a la nuestra, pero sin pecado.

2ª) El Verbo se encarnó “en reparación por el pecado”, es decir, a causa del pecado y para destruirlo.

3ª) A través de la Encarnación de su Hijo, Dios “condenó al pecado en la carne“.

Esa victoria de Jesucristo en su carne, es victoria para todos los hombres. Jesucristo, como nuevo Adán, es representante y cabeza de todos los hombres; y al tomar carne como la nuestra, aunque sin pecado, puede obrar en nuestro nombre y transmitirnos los méritos adquiridos.

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Los cuatro versículos que siguen ofrecen consideraciones de tipo más bien práctico:

Pues los que viven según la carne, piensan en las cosas de la carne; mas los que viven según el espíritu, en las del espíritu. Y el sentir de la carne es muerte; mas el sentir del espíritu es vida y paz. Pues el sentir de la carne es enemistad contra Dios, porque no se sujeta a la Ley de Dios ni puede en verdad hacerlo. Y los que viven en la carne no pueden, entonces, agradar a Dios.

San Pablo, por medio de hermosas reflexiones, va haciendo resaltar el contraste entre carne y espíritu, como dos principios de acción opuestos; señalando, además, las consecuencias a que una y otro llevan.

En la Carta a los Gálatas dice: Andad según el Espíritu, y ya no cumpliréis las concupiscencias de la carne. Porque la carne desea en contra del espíritu, y el espíritu en contra de la carne, siendo cosas opuestas entre sí, a fin de que no hagáis cuanto querríais.

Los términos piensan y sentir, indican a la vez convicciones y sentimientos, una como entrega al objeto, por la cual nuestro entendimiento y nuestra voluntad no saben deliberar ni aspirar a otra cosa.

Algo extraña resulta la expresión de que el sentir de la carne, sus tendencias, “no se sujetan ni pueden sujetarse a la ley de Dios“. Debemos advertir que no se trata de la carne como tal, en cuanto criatura de Dios, que nada creó malo, sino de la carne en cuanto dominada por el pecado, a raíz de la transgresión de Adán.

Esta carne, así entendida, manifestará siempre tendencias hostiles a Dios, pues Dios y pecado son irreconciliables.

Ello no significa, sin embargo, que la carne sea inaccesible a las influencias del Espíritu y que el hombre carnal no pueda pasar a hombre espiritual, así como también sucede, desgraciadamente, a la inversa.

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Expuesta así la antítesis entre carne y espíritu, San Pablo profundiza más en los tres versículos siguientes, dirigiéndose directamente a los Cristianos en la persona de los Romanos:

Vosotros, empero, no estáis en la carne sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ese tal no es de Él. Si, en cambio, Cristo habita en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto por causa del pecado, mas el espíritu es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por medio de ese Espíritu suyo que habita en vosotros.

Primeramente establece clara relación entre estar en el espíritu y la presencia o inhabitación del Espíritu Santo; de modo que aquello primero venga a ser como un efecto de esto segundo.

Esta presencia del Espíritu de Cristo, y de Cristo mismo en nosotros, hace que, aunque el cuerpo esté muerto por el pecado, el espíritu sea vida a causa de la justicia. Alude el Apóstol a la muerte a la que permanece sujeto nuestro cuerpo a causa del pecado original, y a la vitalidad que da a nuestro espíritu la vida de la gracia en orden a poder practicar la justicia.

Y hay otro efecto de la presencia del Espíritu de Cristo en nosotros, y es que, gracias a la acción del Espíritu presente en nosotros, nuestros mismos cuerpos mortales serán vivificados a su tiempo, lo mismo que lo fue el de Cristo.

Gracias al Espíritu de Cristo, presente en nosotros, somos como englobados en la vida misma de Cristo, y debemos llegar hasta donde ha llegado Él, a condición de que no rompamos ese contacto, volviéndonos hacia los dominios de la carne.

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Continúa San Pablo presentando las profundas realidades de la vida cristiana y la certeza de que esas realidades llegarán a su plenitud.

Y primeramente, como conclusión de lo expuesto, exhorta a vivir según el espíritu y no según la carne, pues a ésta ningún beneficio le debemos, de modo que nos veamos como obligados a obedecer a sus exigencias.

Por el contrario, si obedecemos esas exigencias, de nuevo caeremos en la muerte de la que nos liberó Jesucristo; mas si, siguiendo los impulsos del espíritu, las mortificamos, no consintiendo con lo que nos piden, sino más bien ejercitándonos en las virtudes contrarias, entonces es cuando viviremos la vida verdadera.

También el hombre redimido tiene que luchar con los apetitos de la carne, y eso será hasta el fin, pues en vano querríamos vencerla con la misma carne. San Pablo nos descubre aquí el gran secreto: la venceremos si nos dejamos guiar filialmente por el Espíritu. Él producirá en nosotros los frutos del Espíritu, que se sobrepondrán a toda concupiscencia enemiga.

He aquí, pues, el criterio para distinguir las tendencias que agitan al mundo: la sabiduría de la carne, que pretende salvarse sin Cristo, es muerte.

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Como podemos apreciar, en esta Epístola, como en otras, San Pablo divide a los hombres en dos categorías: el hombre simplemente racional, que él llama psíquico, y el hombre espiritual.

Todo esto nos recuerda el tema de las Tres Vidas, que tanto desarrollara el Padre Leonardo Castellani. De su pluma leemos:

Para Aristóteles, las tres vidas típicas del hombre son la vida pueril, la vida política y la vida especulativa. Para él, la primera tiene por fin el placer; la segunda el honor y la gloria; la tercera la contemplación; como si dijéramos la vida del divertido; la vida del hombre de acción; la vida del sabio.

Con el cristianismo, tenemos que la vida estética es la dominada por el placer; la vida ética está bajo el signo de la lucha y la victoria; la vida religiosa es la regida por el sufrimiento.

La vida estética es la de los que viven en la superficie de las cosas; es la vida dominada por el placer, aunque sea el placer estético. Es la vida en el plano de las sensaciones, de las imágenes, del sentimentalismo. No es que no tengan razón y raciocinio; pero la razón está rebajada de plano.

Es muy de notar que se puede ser muy religioso, muy devoto, y también muy moral, muy correcto, pero vivir en el plano estético.

El vivir en el plano estético trae el vivir en las apariencias, en la exterioridad; el atolondramiento, la tilinguería, la irresponsabilidad, la amoralidad, la botaratería, la estulticia, el sentimentalismo, la guaranguería…

Se trata de la vida interior, del centro de gravedad total de la vida, y no del material de que está hecha nuestra vida; y mucho menos del vestido o disfraz que llevamos.

La vida ética es la que está polarizada a la lucha y la victoria, a la gloria, dice Aristóteles.

El hombre ético es el que es poseído por el sentimiento de justicia y el orden: el hombre adherido a la moral.

El gran estadista es el tipo de esta vida para Aristóteles, que por eso la llama “vida política”: el cual dice que es una gran vida, pero que no es la superior. El gran estadista es el hombre de la pasión ética, de la lucha, de la victoria en el campo de la moral, es decir, en el campo del alma de los hombres, las multitudes y las naciones.

Es el hombre intachable, por lo menos nadie ha podido nunca poner una tacha en él; ni él permitirá que nadie se la ponga. Tiene el sentimiento y el cuidado de su honor; justamente por eso Aristóteles pone a la Gloria como el fin de esta clase de vida. Para él, las palabras vicio y virtud tienen una validez terrible.

El estadio religioso es para Aristóteles la vida contemplativa, y está bajo el signo de la contemplación; Kirkegor dice, duramente, que está bajo el signo del sufrimiento.

Si la religión está bajo el signo del sufrimiento, quiere decir que el hombre que está en el plano religioso es el hombre que ha mirado de una vez por todas cara a cara a la vida —y también a la muerte—; y habiendo aceptado la vida, y habiendo aceptado la muerte, se ha puesto de un golpe en el centro de la realidad, y se ha puesto en relación de inmediatez con lo divino.

Al hombre religioso este mundo le aparece como un espectáculo, lo mismo que al hombre estético…

La vida le aparece como una lucha, lo mismo que al hombre ético…

Pero le aparece como una lucha sin victoria, es decir, como un sufrimiento; y en éso se diferencia de los otros dos.

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Parta terminar, reflexionemos sobre esta cita tomada del libro de Ernest Hello L’Homme, del capítulo El Hombre Mediocre (se puede leer completo en apartado):

Las razas superiores se hacen representar por los grandes; las razas inferiores se hacen representar por los pequeños.

Unos y otros tienen sus diputados en la asamblea universal.

Pero los unos dan a sus diputados el éxito, y los otros dan a sus diputados la gloria.

Aquellos que lisonjean los prejuicios, las costumbres de sus contemporáneos, son impelidos y van hacia el éxito: éstos son los hombres de su tiempo.

Aquellos que rechazan los prejuicios y las costumbres; los que respiran anticipadamente el aire del siglo que ha de seguirlos, empujan a los demás, y van hacia la gloria; ésos son los hombres de la eternidad.

He aquí por qué el coraje, que para el éxito es inútil, es la condición absoluta de la gloria. Los grandes son aquellos que se imponen a los hombres en vez de sufrirlos; los que se imponen a sí mismos en vez de sufrirse; los que con el mismo esfuerzo ahogan sus mismos descorazonamientos y las exteriores resistencias. Lo que llamamos grandeza, es la irradiación de la soberanía.

El hombre mediocre que tiene éxito, responde a los deseos actuales de otros hombres.

El hombre superior que triunfa, responde a los presentimientos desconocidos de la humanidad.

El hombre mediocre puede mostrar a los hombres la parte de ellos mismos que conocen.

El hombre superior les revela a los hombres la parte de ellos mismos que no conocen.

El hombre superior desciende al fondo de nosotros más profundamente de lo que acostumbramos. Él da la palabra a nuestros pensamientos. Es más íntimo con nosotros que nosotros mismos.

Él nos irrita y nos regocija, cual lo hiciera un hombre que nos despertase para llevarnos consigo a ver una salida del sol. Arrancándonos de nuestras casas, para traernos por sus dominios, nos inquieta y nos da, al mismo tiempo, la paz superior.

El hombre mediocre, que nos deja allí dónde estamos, nos inspira una tranquilidad muerta que no es, sin embargo, la calma.

El hombre superior, incesantemente atormentado, desgarrado, por la oposición entre el ideal y lo real, siente mejor que ningún otro la grandeza humana y la miseria humana. Se siente llamado con más fuerza hacia el esplendor ideal, que es nuestro fin, el fin de todos, y más mortalmente dañado por la antigua caducidad de nuestra pobre naturaleza. Nos comunica estos dos sentimientos que él experimenta. Enciende en nosotros el amor del Ser, y despierta en nosotros, incesantemente, la conciencia de nuestra nada.

El hombre mediocre no siente ni la grandeza, ni la miseria, ni el Ser, ni la nada. No se arroba, ni se precipita; permanece en el penúltimo peldaño de la escala, siendo incapaz de subir, harto holgazán para bajar.

En sus juicios como en sus obras, substituye la realidad por la convención, aprueba lo que halla colocado en los compartimientos de su estantería, condena lo que se aparta de las denominaciones, de las categorías que él conoce, teme el asombro, y, no aproximándose jamás al misterio terrible de la vida, evita las montañas y los abismos a través de los cuales ésta pasea a sus elegidos.

El hombre de genio es superior a lo que ejecuta. Su pensamiento es superior a su obra.

El hombre mediocre es inferior a lo que ejecuta. Su obra no es la realización de un pensamiento, es un trabajo hecho según ciertas reglas.

El hombre de genio siempre encuentra inacabada su obra.

El hombre mediocre está henchido de la suya, henchido de sí mismo, henchido de la nada, henchido del vacío, henchido de vanidad.

¡Vanidad! Este odioso personaje está todo entero en estas dos palabras: ¡Frialdad y Vanidad!