MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

SEGUNDA PARTE

LOS MEDIOS QUE SON MENESTER TOMAR

PARA HABLAR BIEN CON DIOS

 

ENTRETENIMIENTO I

Y primer medio para hablar con Dios

El uso frecuente de este ejercicio

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El Siervo. Mi corazón esta pronto, Señor, mi corazón esta pronto. (Psalm. 107.) Vedme aquí enteramente resuelto a pasar el resto de mis días en el ejercicio de vuestro amable trato, yo quisiera solamente saber lo que es menester para adquirirlo bien; porque yo os confieso, y Vos lo veis, Dios mío, que no sé hablar; yo verdaderamente puedo decir con vuestro Profeta; no sé hablar (Jerem. 1). Enseñadme, pues, oh divino Maestro, enseñadme os ruego a hablar, no a los hombres, sino a Vos, único objeto de mis de deseos.

Los hombres aprenden de los hombres a conversar con ellos; y yo, Señor, si os dignáis de agregarme a Vos, me instruiré de vuestro trato a conversar con Vos.

El Señor. Lo quiero así, hijo mío, pues me complazco de instruir a los hombres, a aquellos que están atentos, y son dóciles a mi palabra “Sabe, pues, primeramente, que para hablar bien conmigo, es menester hacerlo con frecuencia; porque la ciencia de mi conversación es en este punto semejante a las otras; ella se adquiere por el ejercicio.

El Siervo. Es este, Señor, un medio bien dulce e igualmente agradable, yo me serviré de él con placer y gusto; dichosísimo soy, pues habéis querido indicármelo. Pero cuando no se sabe hablar, no se puede hacer frecuentemente.

El Señor. El hábito se adquiere con los frecuentes actos; así hablando tú frecuentemente conmigo aprenderás a hacerlo; ensáyate solamente. La dificultad no es tan grande como el maligno espíritu la representa a tus ojos. No es preciso atormentarse en examinar lo que se dice, y lo que se debe decir; ni tejer largos discursos, discursos seguidos, o por modo de raciocinio concluyente; basta renovar, de tiempo en tiempo, la memoria de mi presencia, elevar dulcemente el corazón hacia mí, decirme con libertad lo que se ofrece naturalmente al entendimiento, y decírmelo como ello se ofrece, sin esfuerzo y sin estudio.

El Siervo. ¡Oh! ¿Y no es demasiado atrevimiento, Dios mío, no es demasiado atrevimiento, que el un vil esclavo, como yo, hable tan libremente a su soberano dueño?

El Señor. No; pues yo te lo permito, y te lo ordeno. Antes, hacerlo de otro modo sería ofenderme y quebrantar las leyes de mi amistad. No conviene a los amigos usar de reserva; y por ésto no son verdaderamente amigos los que entre sí no tratan con una entera libertad. Yo te miro como a mi muy amada, mi hermana y mi esposa (Cantic. 5.); mírame tú a mí como a tu amigo (Joan. 15.), tu hermano y tu esposo; y háblame con la confianza, que piden estos dulces títulos, de que no uso sino para inspirártelos.

El Siervo. Vuestra bondad, Señor, me arrebata en admiración. ¡Oh! ¿Cómo podéis Vos tratar con vuestras criaturas tan familiarmente, y desear que ellas traten del mismo modo con Vos? Permitidme, oh, Dios de amor, que no me rinda todavía a vuestros deseos, y que no deje tan presto los sentimientos de temor, de que estoy penetrado a la vista de vuestra infinita grandeza.

Vos os llamáis en vuestras santas Escrituras Dios poderoso, Dios vengador, Dios terrible. Vos decís que sois el gran Rey, infinitamente superior a los Reyes de la tierra; que miráis con desprecio lo que parece más elevado a nuestros ojos; que todas las Naciones del universo son delante de Vos, como si no fuesen. Vos os dejáis ver en lo más alto del Empíreo, habitando una luz inaccesible, resplandeciendo entre rayos y truenos, cercado de un ejército de Ángeles, que tiemblan de reverencia en vuestra presencia, y en el exceso de su espanto se cubren el rostro con las alas. ¿Cómo pues podré yo parecer delante de Vos, y tener atrevimiento de conversar familiarmente con Vos?

El Señor. Es verdad, hijo mío, que tú no pudieras sufrir el resplandor que me rodea; pero yo he querido, por ayudar a tu flaqueza, apartarlo de tus ojos, y ocultarme asimismo bajo tu semejanza. Me llamo, no hay duda, el Dios de las venganzas; pero también me llamo Dios de las misericordias, Dios de toda consolación, Dios de paciencia y de caridad. Si yo he dado señales de mi justicia, he dado también muestras, y mucho más claras, de mi bondad.

En fin, si yo me alejo de los soberbios, y los veo con dificultad; me acerco a los humildes, y los miro con gusto, y me comunico a ellos sin reserva. Así pues, tú debes juntar la confianza al temor, y aun, hacerte más familiar aquella, como que es más conveniente a la cualidad de Salvador, de que yo me glorío, y a la ley de amor, que vine a establecer sobre la tierra. Los corazones rebeldes e insensibles a mi bondad tienen verdaderamente motivo de temer; pero tú, alma fiel, tú puedes seguramente esperar.

El Siervo. ¡Ay! Señor, yo soy el más infiel y el más ingrato de vuestros Siervos. No obstante, pues que Vos queréis que os hable libremente, os diré para confusión mía que no sé frecuentemente decir otra cosa, sino: mi alma esta en vuestra presencia como una tierra sin agua (Psal. 142); ella se halla en una sequedad extrema, sin algún buen sentimiento; tan poco capaz de tratar con Vos, como una criatura privada de razón (Psal. 47).

El Señor. Hijo mío, humíllate entonces delante de mí; reconoce tu necesidad, y ruégame que la socorra; haz al mismo tiempo lo que está de parte tuya para merecer este socorro. Si tú me amas con verdad, siempre tendrás alguna cosa que decirme; la conversación entre los amigos no se circunscribe a poco. ¿No tienes tú gracias que pedirme, virtudes que adquirir, vicios que corregir, y pecados que llorar? Sea esto la materia ordinaria de tus coloquios. Trata conmigo de mis perfecciones, de las maravillas de mi poder, de los excesos de mi bondad, de los abismos de mi sabiduría, de las secretas disposiciones de mi providencia, de la muchedumbre innumerable de criaturas, que yo he destinado a tu servicio, de esta tierra que te he dado para habitación, del bellísimo Cielo, que debe ser tu herencia. Háblame de los misterios de mi Vida y de mi Muerte, de los milagros que he obrado en favor vuestro, de los Sacramentos que he instituido, y que os comunico tan frecuentemente, de las máximas que yo os prediqué, de los ejemplos que di, y de los infinitos bienes que os he adquirido.

Comunícame, o dame parte de tus negocios, y de los de aquellas personas por quienes te interesas. Descúbreme tus necesidades, tus aflicciones, tus trabajos, tus buenos y malos sucesos; el bien o el mal que tienes. Dime tus pensamientos, tus proyectos, tus deseos, tus gozos, tus esperanzas, tus temores.

En fin, dame parte de todo lo que mira a ti; pórtate conmigo como te portarías con una persona de tu confianza, que estuviera cerca de ti.

El Siervo. ¡Oh Señor, qué campo tan extendido os dignáis abrirme! Yo me ejercitaré en él lo mejor que pueda, y con los sentimientos del más vivo reconocimiento. Pero entre los varios asuntos que me habéis enseñado, ¿no hay algunos muy bajos para un Dios tan grande como Vos sois, cuyos pensamientos se elevan sobre los Cielos, y se extienden más allá de los siglos?

El Señor. No, hijo mío; todo lo que tiene relación con el bien de mis Siervos, es considerable a mis ojos. Es verdad que en el Cielo yo me ocupo en pensamientos sublimes; pero sobre la tierra, respecto de ti, alma fiel, mi ocupación es pensar en ti, escucharte, contemplarte y asistirte; por lo que no podrás tú darme mayor placer, que venir frecuentemente a mí.

El Siervo. ¿Y no sabéis Vos, Dios mío, las necesidades en que estoy? ¿Para qué, pues, os las he de manifestar yo?

El Señor. Aunque yo las sé, hijo mío, no obstante gusto mucho oírlas de ti; y si tú no me las descubres, son como incógnitas para mí. Yo sabía que Lázaro estaba enfermo, y no obstante parecía que lo ignoraba hasta que Marta y María me lo avisaron. Sabía también que los dos hijos del Zebedeo estaban prontos para beber el Cáliz de mi Pasión; y con todo eso quise que ellos mismos me lo asegurasen. Me porto de esta manera para precisarte a que vengas a mí, y obligarme yo mismo a comunicarme a ti, y de este modo establecer entre nosotros el comercio que tan ardientemente deseo.

El Siervo. Vuestra conducta, Señor, es siempre admirable, siempre llena de amor para con nosotros. A Vos sólo se le dé la honra y la gloria por todos los siglos de los siglos. Amén.