SENTIMIENTOS Y AFECTOS DE UNA ALMA PENITENTE SOBRE EL SALMO L

VERSO III

Amplius lava me ab iniquitate mea, et a peccato meo munda me

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Lavadme más y más de todas las manchas de mis iniquidades, y purificadme de mis pecados

Confieso, Dios mío, en vuestra santa presencia, que mis pecados se han apoderado tanto de mi alma, que no puede estar bastantemente purificada, ni bastantemente lavada de sus manchas, para parecer pura a vuestros ojos. Los malos hábitos que, desde que nací, me han dominado han engañado mi corazón, le han endurecido y se han derramado por lo más interior de mi conciencia, como una vergonzosa lepra, que por fin la ha corrompido, y me hace odiosa a mí misma. Yo procuro flojamente volverme al aprisco, después de haber sido tanto tiempo una pobre oveja descarriada.

Pastor Divino, sin el socorro vuestro vendré a ser la presa de los lobos; si vuestra caridad infinita no os mueve a traerme por Vos mismo, y cargar con mis miserias, no podré entrar en el redil; me quedaré sola, desolada, sin socorro, y sin amigos. Extiéndanse sobre mí vuestras piedades de padre, ¡oh dueño mío! Yo soy aquel hijo pródigo, que me huí de vuestra casa, que quise ejecutar lo que me habíais prohibido. Aunque veía siempre que Vos me mirabais, que teníais lastima de mi miseria, y que no alejabais mi perdón; el amor del mundo por una parte, y por otra el miedo de entrar en una penitencia necesaria, me empeñaron más que lo estaba en huir de vuestro Santuario.

¡Oh celestial esposo de mi alma! Yo os he sido infiel, y Vos no dejasteis de tenerme siempre un amor tierno, un amor apasionado, que ha sabido moderar vuestro justo enojo y suspender vuestra venganza y mi castigo. Vuestro amor, Dios mío, me ha librado hasta ahora de la muerte eterna que tengo merecida. ¡Oh Padre de misericordias! Haga vuestro amor que, desde ahora en adelante, nunca yo os desagrade. Lave más y más todas las manchas de mis pecados y me purifique de mis ofensas.

Haced que aquella Sangre Preciosísima, que derramasteis por exceso de vuestro amor sobre la Cruz, sea por exceso de ese mismo amor el precio de mi redención.

¡Oh costado de mi señor Jesús!, abierto por un soldado atrevido, sírveme de refugio contra los enemigos que me persiguen. ¡Oh clavos terribles, que enclavasteis en la Cruz esas manos divinas, y esos pies adorables!, traspasad mi alma y asidme de tal manera que no me aparte más de esta triste y dolorosa contemplación de un Dios que murió por amor, de un Dios que murió por mí, y que no murió sino para lavarme de todas las manchas de mis pecados.