MES DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE – DÍA 3

DÍA TERCERO

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La Sangre Preciosísima de Jesucristo remedia los grandes y horribles males que ocasiona el pecado

I. ¿Quién puede comprender y expresar los tristes efectos que el pecado produce en nuestra alma? Por él entró la muerte en el mundo, muerte espiritual, muerte temporal y muerte eterna. Él despoja al alma de la gracia santificante y la hace objeto de abominación a los ojos de un Dios de pureza que no puede soportar la iniquidad; la hace esclava de Lucifer, y la pone tan horrible, que un solo pecado mortal la asemeja al demonio. Además injuria a la majestad del Señor, excita su ira y hace derramar sobre los hijos de los hombres el cáliz amargo de todas las tribulaciones. ¿Qué remedio, pues, queda a tantos males sino la Sangre Preciosísima de Jesucristo, ese baño saludable que cura todas las heridas del alma causadas por el pecado? Ella es la que nos reconcilia con la divina justicia ultrajada por nosotros, la que aplaca al Señor y calma su cólera: justificati in sanguine ipsius, reconciliati sumus Deo per mortem Filii ejus. Ella nos pone en estado de paz con Dios y los Ángeles: pacificans omnia per sanguinem suum sive quae in terris, sive quae in coelis sunt. Ella nos restituye los méritos que habíamos perdido y nos purifica de toda iniquidad. ¡Oh bondad inefable de Jesús que con su Sangre nos provee de tantos remedios y remedios tan eficaces!

II. Si el pecador considera, dice San Bernardo, todo el horror de sus faltas, ¡oh! ¡cuánto debe turbarse y espantarse! Pero si se vuelve hacia el Crucificado y mira sus sangrientas llagas ¡oh! con qué confianza debe contar con la misericordia y el perdón. Peccavi peccatum grande, turbatur conscientia, sed non perturbatur quoniam vulnerum Domini recordabor, exclama con confianza. La Sangre del Redentor vertida por nuestra salvación es el único medio de sanar nuestras llagas; es, como afirma San Ambrosio, el solo remedio saludable para todos los males del alma: Vulnus est quod accepit, medicina est quam effudit. Este precio entregado sobre la Cruz por Jesucristo, es el único que podrá pagar las deudas inmensas que los hombres han contraído por sus pecados: Suum pro nobis effudit sanguinem et debite nostrum delevit, asegura el mismo Santo doctor. Y esto es lo que expresa el Apóstol San Pablo en su carta a los de Éfeso diciendo: In quo habemus redemptionem per sanguinem ejus, remissionem peccatorum secundum divitias gratiae ejus. Jesús por la efusión de su Sangre ha entregado las riquezas de su gracia para pagar nuestras deudas, precio inestimable que tanto nos ha enriquecido y que tan generosamente satisface por nosotros.

 

COLOQUIO

¿Qué reconocimiento, Jesús mío, os debe esta alma por haber sido sanada por Vos, médico atento y saludable, con el baño inestimable de vuestra Sangre? ¿Qué sería yo, y en qué abismo de miserias no estaría sumida esta alma si no hubiera sido redimida por Vos, y tantas veces curada de las profundas llagas producidas en ella por tantas faltas de que soy culpable? Vos solo erais capaz de remediar tantos males. ¡Dios mío, haced que yo no vuelva a caer más en ese estado de muerte, del que vuestra Sangre me ha librado! ¡Que Ella sea mi salud, que Ella sea mi remedio, mi sostén durante la vida y en la muerte! Cuando yo reflexiono sobre mi pasada ingratitud quisiera morir de dolor a vuestros pies. Jesús mío, penetrad mi corazón de dolor y de amor por todas las heridas con que yo os he traspasado, por toda la Sangre que mis pecados han hecho salir de vuestras venas; y haced que yo no os ofenda más, sino que os ame siempre y por siempre. Amén.

 

EJEMPLO

Santa Catalina de Sena vio un día dos infelices que conducían al suplicio. Mientras que desgarraban su carne con hierros encendidos y prorrumpían en horribles blasfemias, la Santa oró por ellos con grande fervor, recordando al Señor las misericordias que había usado con tantos pecadores. Movido Jesús de sus oraciones se dignó aparecerse a aquellos cubierto de sus llagas ensangrentadas. Convirtiéronse en el momento aun en medio de aquel horrible suplicio; bendijeron a Dios, murieron con una resignación perfecta y subieron al Cielo. (Vida de la Santa por el Padre Frigerio, lib. II, cap. 10)

 

JACULATORIA

Eterno Padre, os ofrezco la Sangre de Jesucristo en rescate de mis pecados y por las necesidades de la Iglesia.

 

INDULGENCIA

El Soberano Pontífice Pío VII concedió cien días de Indulgencia por cada vez que se diga la anterior jaculatoria. Así consta del rescripto que se conserva en los archivos de los Padres Pasionistas de Roma.