MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

PRIMERA PARTE

LOS MOTIVOS QUE DEBEN OBLIGAR A CONVERSAR CON DIOS

 

ENTRETENIMIENTO IX

Sobre la diferencia que hay entre la conversación de Dios y la de los hombres

Cooper Gallery; (c) The Cooper Gallery; Supplied by The Public Catalogue Foundation

La diferencia que hay entre la conversación de Dios y la de los hombres es la misma que entre Dios y el hombre, esto es, una diferencia infinita.

En efecto, la conversación de Dios es toda santa, la de los hombres es muchas veces viciosa o defectuosa. Se sale de aquella con aumento de virtud y mérito, pero de ésta con nuevas llagas en el alma (Prov.).

La conversación de Dios es siempre provechosa; la de los hombres es ordinariamente inútil, y aun perjudicial; fuera del tiempo, se pierde en ella el recogimiento del espíritu y la paz interior.

La conversación de Dios es agradable y consolatoria, la de los hombres es enfadosa y enojosa. Cuanto más se gusta la primera, más se desea; porque se prueba en ella siempre nueva dulzura; al contrario, luego cansa la segunda; porque al punto se siente su peso y amargura.

La conversación de Dios es libre y fácil; la de los hombres es difícil y pesada. La una no depende ni de tiempo, ni de lugar y no espera al genio o a las circunstancias; la otra pide que se tome lugar y tiempo favorable; que se guarden respetos y cumplimientos; que se observen leyes duras e incómodas.

Además de ésto, ¡cuánto hay que sufrir! Modos y usos que desabren, importunidades que repugnan, altiveces que conmueven.

La conversación de Dios aumenta el aprecio y la estrecha unión; la de los hombres causa menosprecio e indiferencia; y a veces divisiones, porque frecuentando el trato de los hombres se descubren sus defectos, los que dejan no poco que sentir; más al contrario, tratando con Dios se conocen cada día más sus perfecciones, y cada día se goza más de su bondad.

¿Pero cómo, después de ésto, se prefiere la conversación de los hombres a la de Dios? ¿Es posible, Señor, que haya hombres que cometan una injusticia tan grande contra Vos?

Por lo que toca a mí, a quien os habéis dignado hacer conocer las ventajas de vuestro divino trato sobre el de los hombres, no suspiraré en adelante sino por sus dulces atractivos. Bien lejos de desear, como, los Israelitas, que alguno otro me hable fuera de Vos; clamaré sin cesar con vuestro Profeta: hablad, Señor, porque vuestro siervo os oye (I. Reg. 3); habladme Vos sólo, porque no quiero dar oídos sino solamente a Vos.

Si vuestro Pueblo tenía otros sentimientos, era el temor quien se los inspiraba; Vos no le hablasteis sino entre rayos y relámpagos; pero nosotros, con quienes hoy os dignáis hablar tan familiarmente como con amigos y hermanos, bajo la forma de nuestra propia naturaleza, y bajo las viles apariencias de pan, para obligarnos más fácilmente y no espantarnos con el resplandor de vuestra Majestad adorable; nosotros, digo, a quienes Vos tratáis con tanta bondad y condescendencia, ¿no seremos del todo inexcusables, si preferimos alguna otra conversación a la vuestra?

No me suceda jamás, Dios mío, el caer en este exceso de ingratitud; antes mi lengua se pegue al paladar mío (Psalm. 136)

Habladme, pues, Señor, pero habladme Vos sólo; porque Vos sólo tenéis palabras de vida, que traen consigo el consuelo y la fineza; cuando, al contrario, los hombres no tienen palabras sino de muerte, o, a lo menos, palabras vanas y estériles (Verbosi amici mei. Job.)

Habladme, otra vez os ruego, Señor, habladme Vos solo; porque a Vos sólo quiero oír. Amén.