Mons. Tihamér Tóth- El matrimonio cristiano

CAPÍTULO XI

EL DIVORCIO

Matrimonio.-Rito-extraordinario2Hace algunos años hubo una causa de divorcio muy extraña en la capital de Alemania, Berlín. Tanto el esposo como la esposa pedían a grandes gritos el divorcio; afirmaron terminantemente ante el juez que no volverían a vivir juntos; pero no podían ponerse de acuerdo en una sola cuestión, de importancia extraordinaria: ¿De quién iba a ser el perro? Sí: el perro faldero que ambos amaban, inmensamente. Sustituía a los hijos que no existían; porque sobra hacer constar que estos cónyuges en demanda de divorcio no habían tenido un solo hijo. No quisieron tenerlo.

Por fin la esposa llegó a aceptar con gran pena el fallo, según el cual el perrito se quedaría en casa del esposo, pero ella tendría derecho de poder visitarlo una vez a la semana y a sacarlo a paseo durante cuatro horas. De modo que la mujer podría hacer alarde de toda su amabilidad durante estas cuatro horas y sobrepujar en ellas todos los mimos que prodigara el esposo al animal durante la semana, y así podría contrarrestar quizá en el corazón del amado perrito las caricias que él recibiera del hombre y conservar la inclinación y el amor del animalito…

Así acabó el pleito. Y no sabemos si soltar una carcajada o dejar escapar un grito de dolor. No sabemos si reírnos de tan grotesca comedia; los cónyuges no se lamentan de no tener hijos, pero entablan querella por ver quién se queda con el perrito. No sabemos si reírnos o más bien preguntar con amarga preocupación: ¿A dónde va a parar la humanidad si empieza a rodar por esta pendiente?

En los dos últimos capítulos tratamos de la indisolubilidad del matrimonio y procuramos ponderar todos los argumentos que se pueden aducir a favor de la misma desde el punto de vista moral, social y pedagógico.

Pero, por desgracia, la vida real está en oposición con este ideal sublime; la vida real, que produce una muchedumbre de esposos divorciados, y llena de ellos la sociedad, y socava de esta forma los ideales más santos de la humanidad.

De las cimas ideales a que subimos en los dos capítulos precedentes bajemos ahora a los llanos áridos de la vida real; después de exponer cómo tendrían que ser las cosas, pasemos a examinar cómo son: tratemos en el presente capítulo de los matrimonios desechos.

I. ¡Con qué proporciones asombrosas crece en nuestros días el número de los hogares destruidos! ¡Cómo aumentan los divorcios! De ello trataremos muy brevemente, ya que es cosa generalmente conocida y sentida.

II. En cambio, vamos a mirar más detenidamente la inconmensurable miseria y el loco desvarío moral que se esconde entre las ruinas de los hogares destruidos.

Sirva este capítulo al mismo tiempo para contestar a los muchos esposos atribulados que por carta me comunicaron sus quejas. Quiera Dios que sus almas encuentren sosiego.

I

CRECE EL NÚMERO DE LOS DIVORCIOS

Triste realidad, que salta a la vista y causa honda preocupación, es que el número de divorcios crece de un modo espantoso.

Basta echar una mirada fugaz a las ruinas de familias deshechas para sentir cómo se estremece todo nuestro ser. Y no es verdad lo que algunos quisieran hacer creer; es, a saber, que la causa principal de los divorcios estribe, no en el relajamiento de la moral, sino en la penuria económica de nuestros días. No es así. Porque si así fuera, ¿cómo se explica, por ejemplo, que en Budapest el mayor número de divorcios se dé en los distritos más ricos, mientras que donde menos divorcios se registran es precisamente en los dos distritos más pobres? No quiero cansar a mis lectores con farragosos datos estadísticos. No es necesario.

Todos saben que hay países donde funcionan empresas especializadas en facilitar a las jóvenes parejas el divorcio que ansían. Prometen un servicio rápido, puntual, barato; dan ya por hecho los motivos de divorcio…, y permiten el pago a plazos.

Es sabido que en las grandes ciudades hay caserones de alquiler en que apenas hay otra clase de inquilinos que mujeres y hombres divorciados. ¡Hombres y mujeres que han contraído matrimonio dos, tres, cuatro veces! La portera, allá en la planta baja, vive con su tercer esposo; abandonó a los dos primeros. En el piso, en el patio posterior, la estanquera se ha casado por segunda vez la semana pasada, trayendo tres hijos del primer matrimonio. En el principal, con vista a la calle, el propietario también está para divorciarse. Toda la casa comenta el hecho.

Y ¡cuántos hay que le dan la razón!

¿Claro está que tiene que divorciarse! ¡Si no puede entenderse con su esposa! Probará fortuna con otra. Y la probará hasta encontrar a la verdadera. ¿No tiene derecho cada cual a la felicidad? Si hay «principios» y «puntos de vista» que quieren cerrar el paso a mi felicidad, me importa un bledo… Y la Iglesia también haría mejor en aceptar lo que es inevitable. ¿Hasta cuándo ha de mantener una prohibición tan pasada de moda? No se da cuenta del sentir general de la humanidad…» ¡Cuántos son los que hablan de esta manera!

Y en un punto tienen razón. No hay poder en el mundo, a excepción hecha de la religión católica, capaz de sostener la lucha contra la epidemia de divorcios que afectan a toda la sociedad. Es verdad. Pero la Iglesia siente la responsabilidad de su misión divina, siente en sí la fuerza divina que se enfrenta con todos los poderes, tiene la vista clara, la voluntad firme, el encargo de Cristo…, y por esto nunca puede retroceder.

«Pero habría de ser comprensiva. No vivimos ya en la Edad Media, sino en la época de los grandes inventos. ¿No se da cuenta la Iglesia de las innumerables tragedias que pasan muchos esposos por no poderse divorciar y casarse de nuevo?»

Vaya si las conoce. Y ¡qué entrañas de compasión tiene…! ¡Qué lástima le dan aquellos pobres maridos, honrados, responsables, que se casaron con una mujer frívola, de cabeza hueca, esclava de la moda, que hace más que divertirse! ¡Qué lástima le dan las mujeres que con todo el idealismo de su alma pura se presentaron ante el altar nupcial y en vez de encontrar al caballero ideal que soñaron, recibieron un esposo grosero, insoportable, desvergonzado de pies a cabeza! ¿Cómo no va a tener compasión la Iglesia de los pobres atribulados? ¿Cómo no va a saber los innumerables roces, querellas y amarguras que pueden provenir de que dos seres tengan de vivir juntos, cuando el impulso del corazón les movería a romper para siempre?

No, no se diga que la Iglesia desconoce el heroísmo sobrehumano que ella exige a veces para salvaguardar la indisolubilidad del matrimonio; sabe muy bien que hay matrimonios en que la fidelidad hasta la muerte tiene caracteres de martirio.

¿Por qué no mitiga su rigor?

Porque no puede cambiar un ápice del mandato expreso de Jesucristo. Y también porque ve mejor que tú todos los aspectos del problema. Tú ves que la causa de muchos contratiempos es la indisolubilidad. Pero la Iglesia ve también los valores importantísimos que de la indisolubilidad dependen. Ve que si ahora sufren miles y miles de hombres a causa de la indisolubilidad, por efecto del divorcio correría a la perdición la humanidad entera.

¿Hasta cuándo va a mantener la Iglesia la indisolubilidad del matrimonio? Siempre, mientras haya hombres sobre la tierra. Mientras haya quien pueda pregonar la voluntad de Dios: «Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre» (Mt 19, 6).

¿Y si debido a ello pierde millares de hombres? ¡Aun así! ¿Y si pierde países, como perdió un día a Inglaterra? ¡Aun así! ¡Porque puede sacrificarlo todo, menos una cosa: la doctrina de Jesucristo, el Hijo de Dios!

II

LA MISERIA CAUSADA POR LOS DIVORCIOS

Cuánta razón tiene nuestra santa Iglesia en luchar con todas sus fuerzas contra el divorcio, fácilmente se comprende al fijarse con detenimiento en el extravío moral y en la miseria que siguen siempre a los divorcios.

Pongamos de lado los razonamientos teóricos; que hable la

dura realidad, la misma vida. Ningún discurso podría mostrar tan al vivo las desdichas que acarrea el divorcio como las escenas que voy a proyectar ante mis lectores, sacadas de la vida cotidiana.

A) Una señora de unos cuarenta años está sentada ante mí en la sala de visitas. Al comenzar a hablar se advierte su lucha. En su voz, que se rompe de vez en cuando por una congoja, se siente cada vez más el dolor, y al final todo su hablar es un sollozo, ya ahogado, ya vehemente:

—Hace veinte años que estoy casada; los dos somos buenos católicos; durante mucho tiempo fuimos a confesarnos y comulgar juntos. Tengo cuatro hijos, que son una bendición; el mayor tiene dieciséis años; el menor, seis. Durante diecisiete años, mi vida fue una delicia al lado de mi esposo. Pero hace tres años se encontró con una muchacha, la cajera de la tienda, y desde entonces parece que han cambiado a mi esposo. Se muestra rudo, irritable, no se preocupa de la familia, por la noche apenas está en casa… Yo lo he sufrido todo esto durante años. No por mí…, sino por los niños.

Lloraba en silencio, sufría. Pero ahora ya no puedo más; en estos días lo he descubierto todo y él lo ha confesado. Por cierto, se alteró mucho al verse descubierto; me prometió que todo cambiaría…; pero para mí todo ha terminado. ¡Me es imposible aguantarlo por más tiempo: me voy a divorciar…!

Y lloraba como una Magdalena la pobre mujer.

¿No es realmente una «pobre mujer»? ¿Quién se atreve a negar que la vida le ha deparado una cruz pesada? Y, no obstante, yo voy a persuadirla de que no se divorcie. Tendré que animarla a hacer quizá uno de los mayores sacrificios que Dios puede pedir en esta tierra a una persona. Pero he de persuadirla, porque no hay solución mejor.

—Pues bien, señora…, va a divorciarse… En casos tan dolorosos la Iglesia concede la llamada «separación de los esposos», es decir, levanta el juramento que se hizo de no abandonar al consorte «hasta la muerte». La Iglesia le concederá la separación…; pero, como es natural, no podrá usted contraer nuevo matrimonio.

—Ah, ni siquiera pienso en ello. Ya me basta. ¿Cómo voy a casarme una segunda vez?

—Pero medite bien el paso que va a dar, considere todas sus consecuencias. Antes de todo, piense en su propia alma. Ahora piensa —y ni siquiera se le ocurre que pueda suceder lo contrario — que va a guardar integra la continencia, a que le obligará la vida, una vez separada de su marido. ¡Cuántas veces tendrá que oír: «Aún eres joven, no seas tonta…»! ¿Podrá resistir usted a estos ataques?

—Me confesaré y comulgaré frecuentemente; así creo que seré fiel a mi deber.

—Sí, es cierto, así podrá usted cumplir la ley de Dios. Pero, ¿ha pensado qué sucederá con su esposo?

—¿Qué sucederá? ¡A mí que me importa! El ya me abandonó; ya no tiene remedio.

—Es verdad. Pero si usted le perdona y lo olvida todo — ¡sí, sé que le costará!—; pero si le perdona, todavía tendrá la posibilidad de levantarse de nuevo. En cambio, si ahora se separan, le deja usted en un precipicio del cual nunca podrá salir. Me ha dicho usted que hace años su esposo era un católico fervoroso. Es un signo de esperanza. Y ¿si ahora le pidiera perdón?

—Pero dígame usted, Padre, ¿es posible olvidar tal afrenta?

—No se trata de esto. No siempre logramos borrar los recuerdos y gobernar los sentimientos a nuestro antojo. ¡Pero hay la intención, la voluntad! ¡La prontitud para el perdón! ¡Ser compasiva con el que se arrepiente! Y todavía no he hablado de la responsabilidad más grave que tendrían que cargar ustedes con el divorcio: la suerte de los niños.

— ¡Ah! De esto me doy cuenta muy bien. Si he callado hasta ahora, ha sido precisamente por los niños.

—Y también ha de hacerlo en adelante. Porque no debe usted consentir que los pobres sean huérfanos aun en vida de sus padres. No puede usted consentir que se desplomen todos sus ideales sobre la familia. No puede usted aceptar la terrible tragedia por la cual pasan los hijos de los divorciados, y cuya consecuencia es la corrupción de tantas almas.

Sospecho que algunos quisieran interrumpirme en este diálogo con esta señora. Interrumpirme y preguntarme:

—Pero, ¿por qué no puede volver a casarse una mujer tan desgraciada? El primer matrimonio no la hizo feliz. ¿Por qué no puede casarse por segunda vez? ¿No tiene ella derecho a la felicidad?

¡Cuántas veces oímos discursos de este tono! Y los que así se expresan no piensan cuán lejos están de hablar en cristiano. Ciertamente, el Cristianismo aboga por nuestra felicidad…; pero solamente según la voluntad de Dios y no en contra de ella. Y el designio de Dios en esta cuestión —como en todas las demás— concuerda con los intereses de la humanidad, con el bien público.

Y el interés de la humanidad, la defensa del bien común, está por encima de la felicidad del individuo, es superior a los intereses particulares y se cierne en esferas más altas que los sufrimientos personales.

«¿Qué me importa a mí el tan cacareado bien común? —exclama alguien desesperado—. Yo me preocupo de mi propio bien.»

Pues no, Señor. Cuando estalla la guerra, todos han de ir al frente…, porque así lo exige el interés de la patria. «¿Qué me importa el interés de la patria? ¡Yo huiré!» ¿Es lícito hablar de esta manera? Y, por consiguiente, ¿es lícito decir que no nos importa el bien común, que huiremos del frente de la vida familiar?

B) Por desgracia, hay quienes desertan. Hay quienes no cumplen el mandato terminante de Dios y celebran segundas nupcias en vida del primer esposo.

¿Sabes, lector, cuál es la consecuencia? Oye una conversación como la que sigue:

—Es inaudito lo que hace la Iglesia. He ido a confesarme y no me han absuelto. Cristo no enseñó tal crueldad. Cristo perdonó a la mujer adúltera… ¿Dónde está el amor que Cristo nos mandó tener?…

Así se indigna y monta en cólera ante mí una señora. Y apenas me deja tiempo para hablar.

—Pero, señora, el «no absolver» es una palabra tan asombrosa, un castigo tan tremendo, que ningún confesor recurre a él sino en caso de necesidad. Por tanto, si a usted no la ha absuelto, algo debió ocurrir…

—¿Algo? Pues, sencillamente, he dicho en confesión que tengo un segundo esposo.

—Pues ya ve usted que no tiene derecho de enfadarse v escandalizarse del confesor. No encontrará ninguno que la absuelva.

—Y ¿por qué no? Pero si yo me arrepiento de mis pecados. ¿Cristo no absolvió a la mujer adúltera?

—Ya es la segunda vez que usted alude a aquella mujer pecadora. Y, sin embargo, si hubiese leído su historia en la Sagrada Escritura, vería cuánto dista el caso de poderle servir de argumento a su favor. ¿No sabe usted o que le dijo el SEÑOR al absolverla? «Anda, y no peques más en adelante» (Jn 8, 11).

He ahí la condición de la absolución: No peques más. Has caído, es cierto; te has mostrado débil; pero no reincidirás, ¿verdad? Usted, en cambio, señora…, no quiere prometer esto, no volver a pecar; por esto precisamente no recibe la absolución. No la recibe del sacerdote, como tampoco la recibiría de Jesucristo. Vive usted con un hombre que, según Jesucristo, no es su esposo; por tanto, la vida matrimonial con él es un continuo pecado grave. Ahora juzgue usted misma, ¿cómo puede recibir la absolución quien dice: He pecado muchas veces y pido absolución, si bien es verdad que seguiré viviendo de la misma manera en adelante…?

—Pero, ¿cómo puede saber usted con tanta certeza que, según Jesucristo, él no es mi esposo verdadero?

—¿Cómo lo sé? Por el mismo Jesucristo. Hágame el favor abra usted en casa el Evangelio según San Juan, busque, el capitulo cuarto y lea la conversación que tuvo el Señor junto al pozo de Jacob con la samaritana, que vivía ya con el sexto marido: Jesús le dijo: «Anda, y llama a tu marido y vuelve con él acá.» Respondió la mujer: «Yo no tengo marido.» Le dice Jesús: «Tienes razón en decir que no tienes marido: porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es marido tuyo. En eso has dicho la verdad» (Jn 4, 16-18).

Parece por un momento que la señora se reconoce culpable. Silenciosa, medita, y en voz baja pregunta:

—Pues entonces, ¿qué he de hacer? ¿He de abandonar mi segundo marido?…

—¿Ve? Ahora ha dado usted con la única solución.

—Pero esto es imposible —salta con redoblados bríos—. Ya hace diez años que vivimos juntos. No hablemos siquiera de ello. Pero… quisiera confesarme. ¿No hay otra solución para confesarme?

—No la hay, señora.

—Es una crueldad. Es un principio tan duro y difícil de la religión católica, que tendrá que perecer por efecto del mismo. Yo también abandonaré la Iglesia.

—¿Abandona la Iglesia por este motivo? ¿De modo que la doctrina de la religión católica no es verdadera porque pregona con tal rigor el mandamiento de Cristo? ¿No se parece esta obstinación a la del niño que le contesta al maestro que le ha castigado: Ahora voy a creer menos que dos y dos son cuatro? Es cierto: muchos sufren a causa del principio de la indisolubilidad del matrimonio; mas lo decisivo no es que un principio sea o no duro y difícil.

—¿No? ¿Entonces?

—Lo decisivo es que el principio sea o no verdadero, legítimo. Lo que importa es saber si Dios lo impone, si es fundamento imprescindible de una vida de fe pujante, o si lo exige el bien común, como se necesita un bocado de pan para poder vivir. Si es así —y así es cuando se trata de la indisolubilidad del matrimonio—, entonces hay que mantenerse firme en ello, aun en el supuesto de que tal principio cause dolores y tragedias en la vida de algunos.

La señora contesta airada, se va y realmente abandona la Iglesia católica. Y la Iglesia la mira con el corazón oprimido, como miró Cristo a los discípulos incrédulos que se alejaban (Jn 6, 67); mas no puede suprimir una sola palabra de la ley, como no se desdijo Cristo ni una palabra ni una letra de lo que había dicho.

C) Todavía otro caso. ¡Por desgracia, hay tantos a cual más dolorosos! Hasta hay casos en que los interesados ya no se indignan; pero insinúan maliciosas sospechas. Juzgan con un criterio frívolo y superficial el proceder de la Iglesia. Otros se indignan, acusan, y cuando aclaramos la cuestión… se callan.

Completamente fuera de sí llega un caballero, y airado me dice:

— ¡Esto ya pasa de castaño oscuro! La Iglesia siempre toma el partido de los ricos. Ayer se casó uno de mis colegas, un joven rico; se casó por la Iglesia; y, sin embargo, su novia ya estaba casada. ¿En qué quedamos? ¿Es que sólo los ricos pueden hacerlo? ¿Únicamente se prohíbe a los pobres?

Tomo la palabra.

—Seguramente habrá muerto su primer esposo.

— ¡Qué va a haber muerto! Lo conozco personalmente. Es un gerente de una gran empresa. He asistido a su boda.

—En este caso… no sé contestarle de momento. Ya lo averiguaré.

Lo averiguo. ¿Cuál es el resultado? Que realmente se celebraron las primeras bodas, pero el matrimonio era nulo, porque la muchacha no quería casarse de ninguna manera con aquel joven. Por espacio de dos años había protestado con todas sus fuerzas. Por fin su madre la echó a la calle y la amenazó gravemente. La resistencia de la pobre muchacha se quebranto, y entonces pronunció la palabra «quiero», cuando en realidad no quería casarse ni siquiera entonces. ¡Ni siquiera entonces! No quería de ninguna manera. Claro está que tal matrimonio no podía ser válido. En este caso no puede afirmarse que la Iglesia «ha separado» a los esposos —porque no puede disolverse un matrimonio válido y consumado—, sino que declaró nulo el matrimonio por falta de voluntad, a pesar de haberse celebrado la boda. Este es el motivo de que las partes se hallen libres y puedan casarse nuevamente.

Dejemos ya estos tristes ejemplos. Hemos tenido que aludir a muchas tragedias en este capítulo. ¿Vamos a terminarlo con este ambiente de depresión y de tristeza?

Es cierto que son numerosas y profundas las tragedias de los divorciados. Pero ahí están los matrimonios felices, también numerosos, en que se asienta la cultura y la sociedad.

Gracias a Dios, existen todavía hoy matrimonios felices. Matrimonios en que padres piadosos e hijos viven juntos en el temor de Dios, amándose mutuamente y ayudándose unos a otros.

Hay esposos abnegados, generosos, que comparten las cargas unos de otros (Gal 6, 2), que durante la vida que pasan juntos no tan sólo adquieren una semejanza espiritual, sino que llegando a la vejez muchas veces en su mismo semblante acusan rasgos afines. Hay muchos —muchos más de los que se piensa— que se guardan fidelidad, cumpliendo el juramento sagrado que se hicieron al pie del altar; muchos matrimonios que trabajan juntos, que luchan juntos, que mueren juntos y… triunfan juntos.

Y cuando llega la hora postrera para uno de los dos, por muy amarga que sea esta despedida, no carece de esperanza. Yo creo a pie juntillas lo que leí de uno de esos esposos: antes de morir cogió por última vez la mano de su esposa amada, y mirándola largamente a los ojos sólo dijo: «Doy gracias a Dios porque me concedió tan buena compañera.»

Y realmente hay motivo de agradecimiento. Puede dar gracias a Dios quien recibió de El una esposa o un esposo ideal. Pido a aquellos de mis lectores que alcanzaron de Dios esta gracia insigne, no se descuiden de rezar para que crezca el número de los que la alcancen, y así, sobre el cimiento de matrimonios dichosos y de hogares benditos, pueda asentarse una vida humana más hermosa y más feliz en esta tierra, y la vida eterna pueda contar con muchos ciudadanos en el cielo.