MEDITACIONES SOBRE EL SANTÍSIMO SACRAMENTO

MEDITACIONES COMPUESTAS PARA LEERLAS DELANTE DE JESÚS SACRAMENTADO

 

MEDITACIÓN

DE LA PASIÓN DEL SALVADOR

 

LECTURA PRIMERA

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Tú serás, oh noche espantosa, un justo título de horror a todos los siglos venideros, porque son demasiado estrepitosas las circunstancias que acompañaron a los grandes acontecimientos y a los excesos bárbaros que tú has cubierto con tus tinieblas.

El sol se acercaba a su ocaso; era precisamente el tiempo en que el divino Salvador se disponía, después de más de treinta años de mansión sobre la tierra, a marchar de ella, cuando sentado a la mesa en medio de sus discípulos, les manifestó todo el cariño con que los había siempre amado.

Viendo pues llegar el momento en que debía dejarlos, ¡oh cuán ardientemente he deseado! les dijo, celebrar esta pascua con vosotros; y tomando el pan entre sus manos, levanta los ojos al cielo brillando su cara con los rayos más vivos de la divinidad; le bendice, le parte, y dándole a sus discípulos, tomad, les dijo: esto es mi cuerpo que se da por vosotros. Tomó después, bendijo y repartió con el mismo orden el cáliz.

¡Oh Dios! ¿Qué no hizo? ¿Qué no dijo en estos momentos preciosos, en que derramaba sobre el género humano los más ricos tesoros de su tierno amor? ¡Qué exportaciones llenas de cariño y de fuerza! ¡Qué dulces promesas! ¡Qué protestaciones de amor no acompañaron esta última despedida de un Dios salvador!

Y los hombres entretanto ¿qué hacían? ¡Ah! los más amados apenas le oían; y Judas Iscariote, el traidor, habiendo comulgado indignamente, parte al instante para ir a entregarlo a sus verdugos. Un beso es la señal que dio para entregarlo a la muerte; un solo beso acompaña el despido de nuestro divino Bienhechor cuando deja la tierra; y este beso es la señal de una traición.

¡Oh hombres! ¿Por qué tantas manos crueles se arman contra Jesucristo? ¿No hubiera bastado, pues, vuestra ingratitud sola para arrancarle la vida? Pero la hora fatal ha llegado ya, y los dolores de la muerte le circuyen de todas partes.

¡Ah, si la penosa agonía que sufre, no le quita al primer instante la vida, no es porque no sea infinitamente dolorosa, si sólo porque Él es la fuerza misma! Sí, la muerte ha descargado contra Jesús todos sus tiros mortíferos, y al mismo tiempo los tormentos de la aflicción han inundado su alma hasta dejarla sumergida en un mar inmenso de penas. Su omnipotencia le sostiene, pero es para padecer, y en su mismo padecer nos hace ver que es Dios.

Aquí es donde todos los tormentos juntos vienen a embestir vuestro Corazón. La oscura eternidad de los réprobos con su peso inmenso recarga sobre Vos ¡oh Redentor de los hombres! Los llamáis a la gloria inmortal que está destinada para vuestros hijos, y los ingratos se precipitan por sus culpas en densas llamas.

Vos solo padecéis por todos. Una sola de vuestras miradas descubre toda la eternidad de sus tormentos; todos os hieren el alma y os parten el Corazón. Vuestro dolor es grande. Es el dolor de un Dios que sufre.

¡Padre eterno dignaos socorrer a vuestro Hijo muy amado!

 

LECTURA SEGUNDA

Pero, ¿qué veo? el cielo se oscurece, los espíritus celestiales tiemblan amedrentados, la dulce clemencia pálida y deshaciéndose en lágrimas, está al pie del trono; sólo la justicia está sentada al lado del Rey inmortal; el brazo armado y pronto para dar el golpe. Este Rey supremo tiene un aspecto grave. ¡Oh inteligencias celestiales! ¿Cuál es la causa de esta cólera tremenda del Altísimo?

¡Oh Dios, vuestras propias miradas, estas miradas tan severas, están dirigidas contra vuestro Hijo! ¡Ah tierno Jesús, todo pues se junta contra Vos; la tierra, el infierno y el Cielo se hacen vuestros enemigos! ¿Qué odioso es el hábito de hombre con que os habéis revestido? ¡Oh inocente cordero! Os habéis cargado de todos nuestros pecados; habéis cargado con este fardo infame; os habéis hecho un objeto de rigor hasta a los mismos ojos de vuestro Padre celestial; Él mismo se hace un juez severo contra Vos.

Los discípulos del Salvador del mundo, habiéndose apartado de Él alguna distancia, y sumergidos en un profundo sueño, le habían dejado solo en esta cruel agonía; pero el traidor que tramaba su pérdida, no dormía. Habiéndose puesto al frente de una gavilla de gentes armadas, ya se avanza para atraparle.

El Hijo del Altísimo está para ser entregado entre las manos de estos bárbaros y ser el objeto de su rabia. La tropa de verdugos sale de los muros de Jerusalén; la ciudad en otro tiempo santa está en movimiento para llegar al fin horrible de mancharse con la sangre de su Dios. El sacerdocio y el imperio son cómplices de esta indigna conspiración; pocos días antes Jerusalén le había querido por su Rey, saliendo en triunfo a su encuentro, mezclando los gritos de alegría con los aplausos y alabanzas; pero ahora todo se ha mudado; un furor extraño la agita y la trastorna; resuenan de todas partes gritos fanáticos que piden su sangre, le ultraja, y le trata como el más vil malhechor.

Es conducido atado por sus calles para presentarle de tribunal en tribunal; la perfidia añade la burla y la injuria a los golpes que se descargan sobre Él. Presentado ante los jueces inicuos, se oye a sus delatores, se buscan testigos falsos, y a pesar de su inocencia, sólo piensan como exterminarle de la tierra de los vivientes.

Entretanto, el impío juez manda azotarle, entregándolo en manos de los más crueles verdugos, los cuales habiendo desnudado aquel cuerpo primorosamente formado por la mano de Dios, lo atan a la columna, y descargando sobre Él millares de golpes, lo dejan todo magullado, herido y ensangrentado, sin que de la planta del pie hasta lo sumo de la cabeza le quedase parte sana; le ponen después por diadema una corona de penetrantes espinas en su cabeza, y una caña en la mano en lugar de cetro, como un rey de burlas, llenándole de escarnios, de baldones y salivas.

¡Oh Salvador del mundo! Vuestro Padre celestial os dio una presencia hermosísima, y una belleza extraordinaria de rostro, pues erais el más hermoso entre los hijos de los hombres; y ved aquí que no hay en Vos belleza ni hermosura, de modo que sois reputado como un leproso, y hecho un animado cadáver de dolores.

¡Oh cuán grande es aquí el dolor! Ver al Rey inmortal de la gloria arrojado en un rincón sucio de la casa, sentado en una dura piedra, despedazado todo su cuerpo, abiertas heridas en todas partes, la cabeza taladrada con espinas, ofuscados los ojos, la frente teñida en sangre, el rostro desfigurado, las manos apretadas con cordeles, los cabellos arrancados por los soldados, abiertas las entrañas; de todos burlado, de nadie conocido; y como si fuese la hez y desecho de todo el mundo, el oprobio de las gentes, el desprecio de la plebe, vilipendiado de todos.

No satisfecha todavía la perfidia de aquellos malvados con la vista de un espectáculo que debía moverles a compasión, claman que se le crucifique; y el juez tan inicuo, como débil y ambicioso, no sabiendo desprenderse de complacer al insolente populacho, pronuncia la terrible sentencia de muerte contra el Autor de la vida; con cuyo designio lo entrega al arbitrio y al desenfreno de los mismos sayones.

Éstos, sin hacer caso de los estragos que acaban de ejecutar en las delicadas carnes de Jesucristo, le obligan con fiereza a cargarse una gran cruz tan pesada como ignominiosa, a llevarla sobre sus hombros debilitados; y así extenuado de fuerzas, cubierto de llagas, medio muerto, cayendo a cada paso, le arrastran al suplicio.

Jerusalén; Jerusalén…. ciudad pérfida, siempre amada de tu Dios, y siempre ingrata para con Él; tú que has muerto tantos justos y profetas ¿a qué últimos excesos te ha conducido el infierno? ¿No ves que es tu Dios a quien vas a sacrificar? Sepas que a Jesucristo no le faltarán jamás adoradores; todos los pueblos le pertenecen; Él sabrá suscitar hasta de las mismas piedras verdaderos hijos de Abrahan; pero tú serás dentro de poco un ejemplo terrible de sus venganzas.

 

LECTURA TERCERA

Jerusalén, está perdida toda esperanza para ti; tu crimen… tu pecado… ¡oh Dios!…. sobre el calvario… el Rey de la gloria, el Justo, el Fuerte, el Deseado de las naciones, tu Salvador, clavado como un facineroso sobre la cruz…

¡Oh, cuántas veces hasta en su mismo suplicio, extendió su vista lánguida hacia la ciudad querida que le daba la muerte! Parecía decirle con tono lastimero: ¿qué te he, pues, hecho, en qué te he ofendido? ¡Cuántas veces fijó sus ojos casi apagados sobre la multitud inmensa de su pueblo que le rodeaba! Parecía buscar a alguno que le diese alguna muestra de compasión en el estado horroroso en que se hallaba.

Se vuelve también hacia el Cielo, como quien espera algún alivio; pero su espíritu se ve inmediatamente afligido por un nuevo tormento, cuando se le oye exclamar: ¡Oh Dios mío, mi Dios! ¿Por qué me habéis abandonado?

Abrasado en fin de una sed ardiente, la manifiesta con una voz flaca; se le presenta con una esponja vinagre mezclado con hiel, pero apenas le gusta; y sintiendo acercarse sus últimos momentos después de tres horas de una mortal agonía, se encomienda en voz alta a su Padre celestial, e inclina su cabeza hacia la tierra para despedirse de su angustiada Madre, y de todo cuanto había en el mundo, como si dijese: adiós tierra por mí regada tantas veces con lágrimas, sudor y sangre, copiosamente derramada de todas mis venas.

Adiós aire en que he vivido y respirado hasta ahora; ahora ya es tiempo de espirar. Adiós pueblo mío amado, y escogido entre millares; no he hecho tanto con ninguna otra nación. Como una madre ama a su hijo único, así te amaba Yo; te hallé en una tierra desierta, en un lugar de horror, y en una vasta soledad; te conduje y te enseñé, y te guardé como a la niña de mis ojos.

Adiós Jerusalén, cuyas calles y plazas anduve tantas veces con sudor de mi rostro; en cuya sinagoga y templo prediqué el reino de Dios; Jerusalén, cuyos hijos tantas veces quise reunir como reúne la gallina sus polluelos bajo sus alas, y no quisiste; te visité de lo alto naciendo junto a tus muros, y no conociste el tiempo de tu visitación.

Adiós Jerusalén, a quien poco ha vi y lloré, porque en breve padecerás cosas lamentables. Dentro de cuarenta años serás arruinada.

Y tú, Madre mía muy amada, adiós. De ti recibí el cuerpo, en ti el espíritu, y ahora le entregaré en manos de mi Padre. Me viste en otro tiempo nacido en un pesebre en medio de la noche, y me ves ahora muriendo en un patíbulo en medio del día. Así es, Madre, porque esta ha sido la voluntad de mi Padre. Sé, oh Madre mía, que es grande como el mar tu quebranto; pero sabe que no hay dolor como mi dolor.

Adiós, Madre, ya muere junto a ti tu hijo que fue concebido de ti. ¡Oh mujer afligida! ¿Qué médico curará tus llagas cuando muere aquel que sana a todos? ¡Oh consuelo de afligidos!, pues tus aflicciones no pueden numerarse, ¿quién te aliviará, cuando ya aquel que es la lumbre de tus ojos cierra los suyos y no te mira más?

¡Oh qué misterio! ¡Oh qué espectáculo! ¡Ver al Hijo desamparado por el Padre, y a la Madre desamparada por el Hijo! ¡Al Hijo que muere entre dolores acerbos, y a la Madre que apenas vive por la vehemencia del dolor! Descendía a la Madre la Sangre del cuerpo del Hijo, y suben al Hijo los gemidos del pecho de la Madre. Ella continuamente suspirando por el Hijo; Él lastimosamente espirando junto a la Madre.

Pero, ¡ay de mí! el Hijo de María, Jesucristo, ha dejado caer su cabeza difunta sobre su pecho, los ojos cerrados, el cuerpo yerto, el aliento desfallecido…. ¡Adiós Criador mío, adiós Redentor mío, adiós gozo de mi corazón!

¡Oh día funesto! El Autor de la vida ha muerto….

En este estado fue cuando un soldado atravesando la muchedumbre, y levantando la lanza hiere con ella su sagrado costado, abriéndole una herida de la cual salió agua mezclada con sangre.

El cielo, sin embargo, se había cubierto con tinieblas, las piedras se habían partido, la tierra se había conmovido, los astros manifestaron su quebranto y su pena, y la multitud del pueblo intimidada por estos prodigios había bajado de la montaña dándose golpes de pecho, y en medio de este espantoso trastorno de la naturaleza, sólo María con el discípulo amado y la Magdalena permanecen en aquel lugar de dolores.

 

 

LECTURA CUARTA

Martires

Fijemos ahora la atención en la más tierna y afligida de las madres que permaneció constante al pie de la Cruz.

¡Oh, qué otro motivo de dolor es para nosotros esta desconsolada Señora! ¿Qué lengua mortal podría expresar la amargura de las penas que partían su tierno Corazón? ¡Ay, qué no pueda desahogar su pecho oprimido con un amargo llanto!, su dolor era demasiado grande para que pudiese aliviarle con lágrimas. Apenas algunas parecieron un momento sobre sus mejillas.

Una palidez lívida cubría su cara; su vista era inmoble, siempre fijada sobre su Hijo querido; se le hubiera creído muerta, si no se le hubiese visto en pie al lado de la Cruz, y si algunos suspiros ahogados, semejantes a los de una persona que lucha con la muerte, no hubiesen interrumpido, de tiempo en tiempo, su silencio; se estremecía algunas veces oyendo las blasfemias que aquel pueblo desenfrenado profería contra su divino Hijo; entonces temblaba de improviso, como sucede cuando nos estremecemos de horror a la vista inopinada de un objeto que nos espanta.

Siempre se ha mirado como un exceso de inhumanidad, y como el más cruel de todos los suplicios, obligar a los hijos a ser testigos de los tormentos que se hacen sufrir a sus padres, y estar presentes a su muerte; comprendamos, pues, qué exceso de dolor, y qué aflicción tan atroz sería para la Santísima Virgen el saber la indignidad, los ultrajes, y la crueldad con que el Salvador fue llevado por la ciudad de Jerusalén; el sacrílego desprecio con que fue tratado en casa de los pontífices, en la de Pilatos, en la de Herodes, y en todos aquellos impíos tribunales.

¡Qué impresión haría en el Corazón de aquella desconsolada Madre este triste espectáculo! ¡Qué puñaladas serían para su Corazón aquellos bárbaros gritos! No la consideremos simplemente padeciendo como la más tierna de las madres; mirémosla como a una Madre que sabe que ese Hijo tan amable, a quien tratan con la mayor infamia, es el único y verdadero Dios.

Sin embargo, no basta en los designios del Padre eterno el que la Virgen consienta al sangriento sacrificio de su querido Hijo; es menester que esté presente a él, que le vea con sus propios ojos, sin fuerzas y sin sangre caer bajo el peso de la Cruz; es menester que oiga todos los golpes del martillo, que se dan sobre los clavos que taladran sus pies y sus manos; es menester, en fin, que lo vea levantado sobre esta Cruz, ultrajado sobre esta Cruz, agonizando sobre esta Cruz, y espirar en ella entre los más crueles y más agudos dolores.

¿Qué herida, qué tormento, y qué dolor hubo en Jesucristo, que María no lo padeciese en su alma? Sin uno de los más grandes milagros, ¿no debía la Madre espirar antes que el Hijo? ¿Podía a lo menos sobrevivirle? ¿Se ha visto jamás martirio más cruel, que el que padeció por nuestro amor la Santísima Virgen?

¡Qué bien aplicado el título con que la Iglesia la saluda: REINA DE LOS MARTIRES!

Pero acordémonos que padeció por nuestro amor, y por el deseo ardiente de nuestra salvación, con tanta resignación, en silencio y sin quejarse, a ejemplo de su divino Hijo que, como un cordero manso, sufre sin abrir la boca.

Pero tú, cristiano, ¿has comprendido bien quién es este Señor cuya tragedia estás meditando? Es tu Padre, tu Criador, tu Dios, y tu Redentor. ¡Qué horror!

¡Jesucristo el soberano juez de todos los mortales, la inocencia y la santidad misma, a los pies de un juez impío que lo condena como el más infame de todos los delincuentes!

¡Jesucristo, aquel Rey de la gloria, a cuyo nombre todo cuanto hay en el Cielo, en la tierra, y en los infiernos dobla la rodilla, entregado a la insolencia de la más vil canalla por toda una noche, mofado por unos malvados que juegan con Él, y lo tratan como a un rey de teatro!

¡Jesucristo, el soberano Señor del universo, el Salvador del linaje humano tratado como el más vil de todos los esclavos!

¡Jesucristo, el objeto de la complacencia del eterno Padre, la alegría y la felicidad de todo el Cielo, clavado en una Cruz, y espirando en el más doloroso, y más afrentoso de todos los suplicios!

Y esto, dulce Jesús mío, sé que lo habéis padecido por mí; todo esto os he costado. ¿Y qué impresión hace en mi corazón, así lo que medito, como lo que creo en orden a vuestros tormentos?

Una gota de sangre sola podía redimirnos; y una lágrima de Jesucristo, era bastante para lavar todas nuestras culpas. ¿Pues, por qué tanta sangre derramada? ¿No era ésto demasiado, adorable Salvador mío? Sí, nos responderá este Señor; era demasiado para aplacar a mi Padre, demasiado para extinguir el odio de mis enemigos, demasiado para borrar todos los pecados de la tierra, demasiado para apagar todos los fuegos del infierno, y demasiado era para merecerte la gloria; ¿pero, es bastante para ablandar tu corazón, e inspirarte el menor sentimiento de gratitud?

¡Quién podrá a la hora de la muerte sufrir el peso de esta reconvención! ¡Ah Señor, quitadme este corazón de bronce, y dadme un corazón de carne para que, sensible a vuestras penas, llore día y noche mis pecados que han sido la verdadera causa de vuestra muerte dolorosa!

 

LECTURA QUINTA

Considera, Cristiano, si estás muy movido de lo que acabas de oír, y aún si es verdad que lo creas. Te enternecerías sin duda leyendo una historia semejante, aun cuando supieras de antemano que lo que leías no era sino una fábula; aquí estás cierto de la realidad; este tejido de injusticias, de oprobios y de crueldades no se puede poner en duda; la adorable Persona que padece, no nos es desconocida, ¿y nos deberá ser indiferente?

Y sabiendo que no padece sino por nuestro amor, ¿podemos verla padecer a sangre fría? Se tiene compasión de un vil esclavo cuando se le ve penar; mueve a lástima el ver espirar en una horca al más facineroso. Este instinto tan natural a todos los hombres, sólo no tiene lugar en favor de nuestro divino Salvador. Se diría que mientras duró su Pasión se trastornaron todas las leyes de la naturaleza y de la razón.

¿Qué sería si el hijo único de un poderoso monarca se quisiese entregar a la muerte por librar de ella a uno de sus vasallos? Este exceso de amor asombraría a todos. ¿Pero sería menor el pasmo y la indignación, si el ingrato vasallo no mostrase más que un frío, un ligero reconocimiento a tan insigne bienhechor? ¿Si fuese menester amenazarle con los más terribles tormentos, y con la muerte misma, para obligarle a respetar al príncipe, de quien había recibido tan inestimable beneficio?

Ah, Señor, ¿y no hay razón para decir a la mayor parte de los cristianos: tú eres este ingrato? ¡Qué sufrida es, Dios mío, la paciencia de Jesucristo! Pero Jesús amantísimo, ¿era menester sufrir tanto para persuadirme que me amáis? y si lo conozco, ¿cómo os amo tan poco? ¿Puedo yo ni aun asegurar que os amo?

¡Ah! ¿De qué me sirve la justicia que me hago, si mi corazón no se muda? Pero esta mudanza debe ser la obra de vuestra mano. ¡Cuánta verdad es, Señor, que Vos os cargasteis con todas nuestras iniquidades, y quisisteis pagar toda la pena que merecíamos por ellas!

¿Qué daré pues a este Dios de bondad por todos los beneficios que he recibido de su mano, y por todo lo que se dignó padecer por mí? Aceptaré gustoso el beber su cáliz. Sí, yo quiero en adelante vivir en espíritu al pie de la Cruz de mi bien amado. Allí es donde quiero entretenerme siempre con mis pensamientos, y donde todas mis aficiones serán concentradas. Allí es donde quiero pasar los días y las noches para recordarme continuamente de todo lo que el amor de un Dios hizo y sufrió por mí.

Yo tendré siempre delante de los ojos los pecados de mi vida pasada, mis ingratitudes, y la clemencia de mi divino Redentor. Mi felicidad consistirá en adorar hasta sus mínimos indicios. Yo aprenderé a amarle más y más; y mis lágrimas, mi dolor, y mi amor serán el pasto de mi alma; pasto celestial en comparación del cual todo sustento terrestre es insípido y amargo.

Oh mi Dios, y mi Señor, dadme siempre este pasto con abundancia, que sólo él alargue mis días hasta su término; y cuando este término tan feliz habrá en fin llegado, haced que yo muera de arrepentimiento y de amor en los brazos de vuestra misericordia.

 

LECTURA SEXTA

Petición

Alma cristiana, quedas enterada de la tragedia más sangrienta que ha habido debajo del sol, en la que tu Dios y Salvador ha sido hecho el espectáculo al mundo, a los Ángeles y a los hombres; has visto a que extremos le ha conducido su amor por ti con el designio de negociar tu salvación; corresponde pues agradecida a un fin que te es tan ventajoso, aplicándote a trabajar desde este momento favorable en el negocio de tu salvación; pero no cuentes con que el Señor haya de poner todo el trabajo; esto sería abusar de sus bondades; demasiado ha hecho en morir por ti; es menester pues que tu cooperes en hacer de tu parte alguna cosa, y entonces tu Salvador hará lo demás; es decir que entre los dos consiste el grande negocio de tu salvación; tú en practicar los medios, y el Señor en proporcionarte los auxilios y gracias para que produzcan su efecto; y haciéndolo de este modo, puedes estar segura, alma cristiana, que lograrás tu conversión, y el premio eterno que Jesucristo te ha merecido al precio de su Sangre.

Me parece que siento allá, en mi pecho, un valor que me anima, y un incendio que me abrasa en el amor de mi Dios. Ea, alma mía, ésto está hecho. Desde este momento declaro la guerra a mi amor propio, y a mis sentidos; y lleno de confianza en la divina misericordia, espero que una completa victoria será bien presto el fruto de estas mis resoluciones. Vayan fuera, pues, respetos humanos; vayan también fuera el interés, la envidia y la vanidad; ya no quiero ser más lo que fui; ya no quiero pertenecer a otro dueño que al Dios que me crió; solo anhelo por mi Salvador que tanto ha hecho para que no me pierda.

No, no quiero Jesús mío, malograr el fruto de vuestra Sangre. Repasaré delante de Vos con amargura de mi corazón todos los años de mi vida; y emplearé los pocos días que me restan en expiar con mi llanto las ofensas que os he hecho para asegurarme una eternidad dichosa que durará siempre, siempre y sin fin.

Acordaos, Señor, que habéis prometido que cuando fueseis levantado sobre la Cruz atraeríais a Vos todas las cosas; aquí me tenéis pronto a seguiros, cúmplase en mí vuestra promesa; este corazón ya no os resistirá más; pero necesito, Señor, de vuestra ayuda, porque yo solo para nada valgo; interceded pues con vuestro Padre celestial para que me dé una mirada compasiva; dirigidle aquella súplica que vuestra caridad os movió hacer desde la Cruz a favor de los mismos que os crucificaron, cuando vueltos los ojos al cielo, que brillaban como dos rayos de amor, exclamasteis: Padre, Padre, perdona a estos infelices, porque no saben lo que hacen. Haced ahora, os ruego, esta misma recomendación a favor de mi pobre alma.

Para inclinaros a ello me humillo a vuestras plantas divinas, oh Padre de clemencia; y con la cara llena de confusión, cubierto el rostro, y bañados los ojos en lágrimas, protesto ante los Cielos y la tierra, ante los Ángeles y los hombres, que os seré fiel hasta la muerte, y en señal de mi contrición os digo con gemidos, y en voz alta: Señor, Señor, tened misericordia de mí, porque mis pecados se elevan sobre mi cabeza, y no me dejan respirar; Vos veis la parte que tuvieron mis ignorancias cuando yo os ofendía; mas ahora siempre tengo presente mi dolor, ya propongo no volver al vómito de la culpa sólo por complaceros, y porque sois tan bueno y digno de ser amado; en adelante no os disgustaré; ya os amaré. Sí, Jesús dulcísimo, os amaré mucho, y entonces me llevareis al Cielo a reinar con Vos para siempre. Padre eterno, mirad si los rayos que yo merezco, pueden pasar por entre este mediador; mirad si vuestro enojo puede perseverar presentándoos esta víctima de la Cruz.

Y vos Virgen dolorida, ya veis cuán débiles son estas deprecaciones; el rubor apenas me permite exponer mis necesidades a vuestro divino Hijo, porque mis perfidias me han hecho un objeto de odio y de reprobación en cuanto han sido la verdadera causa de su muerte afrentosa. ¿Qué haré pues en este conflicto? ¿Desistiré? ¿O miraré cerradas las puertas de la misericordia? ¡Ah! Señora, vos sola me inspiráis una confianza animosa porque sé que sois Abogada de los pecadores. Si Vos me lleváis de la mano a la presencia de Jesús crucificado, y defendiendo mi causa le suplicáis que se digne cargar con mis iniquidades, aun puedo prometerme que pronunciará sentencia favorable mirándome con un semblante de paz; de otra suerte no sé cómo hacerlo para contener su justa indignación. Apresuraos pues, Madre mía, apresuraos en aprovechar esta ocasión de reconciliarme con Jesucristo, antes que la muerte venga a poner el sello a mi desgracia eterna. Amén.