FIESTA DE SAN PEDRO Y SAN PABLO

¡Oh, Roma feliz, consagrada por la sangre gloriosa de dos Príncipes!

En verdad, como dice el himno de las Vísperas de esta fiesta de San Pedro y San Pablo, la ciudad de Roma puede considerarse dichosa y feliz de haber acogido en su seno a las dos columnas principales de la Iglesia y de haber absorbido con su arena la sangre de los Príncipes de los Apóstoles, cuya solemnidad festejamos hoy.

¡Oh, Roma feliz!, hermoseada y engalanada con la sangre de San Pedro y de San Pablo, tú aventajas de manera única a las demás bellezas del mundo. A ellos dos debes toda tu verdadera y única grandeza, porque por ellos recibiste, providencialmente, al cristianismo; y por ellos, de capital del Imperio Romano llegaste a ser el centro del mundo cristiano, origen de la Cristiandad, la Ciudad Eterna, la Ciudad Santa…

¡Oh, Roma feliz!… También nosotros debemos alegrarnos con esta fiesta, y pensar que, por la prédica apostólica, Roma pasó a ser de maestra del error, discípula de la Verdad; y de centro de corrupción se transformó en propagadora de la moral de Cristo Redentor. Cuanto más tenazmente se hallaba encadenada por el diablo, tanto más admirablemente fue liberada por Cristo.

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Tenemos que trasladarnos a aquella época e imaginarnos que el Imperio Romano encerraba en su seno el materialismo, el humanismo y, con ellos, la idolatría y las falsas religiones. Además, vicios y pecados monstruosos desmoronaban esa sociedad, a la par que el estado o gobierno era erigido en religión, mientras distracciones de todo tipo alejaban al hombre de Dios. Sí, Roma dominaba a todos los otros pueblos; pero era dominada por los errores y vicios que de ellos asimilaba.

Para colmo de males, fuera del paganismo y de la idolatría, el judaísmo había profanado la religión revelada por Dios para preparar la venida del Mesías. Por este motivo, los jefes religiosos del pueblo judío terminaron negando al Salvador.

Este era el cuadro religioso-político-social-cultural en el cual se tuvieron que mover San Pedro y San Pablo. La situación no podía ser más desalentadora para aquellos hombres que tenían por misión predicar la nueva buena del Evangelio…; esa doctrina y esas costumbres que venían a poner fin al paganismo y a la idolatría; que venían a restaurar la verdadera revelación, saneando la corrupción judaica y llevándola a la perfección del cristianismo.

Imaginemos por un instante la situación; procuremos formarnos una idea de esa sociedad a la cual llegaban estos dos campeones de la Cristiandad para anunciar la verdad del Evangelio.

Y ahora, tratemos de descubrir cuáles fueron las virtudes características de esos dos Apóstoles cuya fiesta celebramos y por cuya prédica Roma de sede del error pasó a ser la cátedra de la Verdad, y de letrina de todos los vicios se convirtió en fuente de santidad y pureza.

Es muy importante que hagamos el esfuerzo por conocer las virtudes que más se destacaron en San Pedro y San Pablo… Y ¿por qué?, me preguntarán ustedes. Puesto que la situación de la sociedad moderna, la situación religiosa-política-social-cultural de la moderna sociedad es muy parecida a la de aquella en la cual predicaron nuestros Santos Apóstoles.

En efecto, la verdadera y única religión, la religión católica, hoy ha sido profanada, adulterada, corrompida.

El hombre moderno, por otra parte, rechaza a Cristo, detesta su doctrina y su moral. La sociedad contemporánea está infectada de neopaganismo, de idolatrías, de falsas religiones; en una palabra, del culto del hombre que las resume a todas.

Vivimos en el paganismo y en la corrupción; pero es peor aún, porque todo esto se presenta debajo del título de progreso, de adelanto, de civilización… y, además, porque aquellos eran simplemente paganos, ¡mientras que éstos son apóstatas!

Para peor de males, la Roma católica, maestra de la Verdad y propagadora de la Moral cristiana, ha vuelto a ser discípula del error y esclava de la inmoralidad. La Roma actual, que debería alegrarse en esta fiesta y celebrar el triunfo de la verdad del Evangelio y de la religión católica sobre la mentira y la falsedad de todas las sectas, esa Roma moderna es hoy centro de la falsedad y difusora de los vicios. En su locura ecumenista se impregna de los errores de todas las falsas religiones y se hace líder en todo el mundo de esa última herejía que es el humanismo, el culto del hombre, bajo la forma de una religión universal sin dogmas ni dioses. Al igual que la Roma Imperial, asume los errores de todas las humanas religiones porque no quiere rechazar su falsedad.

Por todo ésto se nos hace necesario, indispensable, poseer las mismas virtudes que animaban el celo apostólico de los Bienaventurados Pedro y Pablo.

Vengamos, pues, al tema: ¿Cuáles fueron esas virtudes fundamentales? La FE y la FORTALEZA.

Nosotros también, en estos momentos de crisis, en medio de la situación dramática de la sociedad y de la Iglesia, debemos tener una FE profunda, firme, y una FORTALEZA férrea, inquebrantable.

Sólo de este modo podremos resistir la avalancha de la revolución anticristiana y sólo así seremos capaces de preparar el Reino de Nuestro Señor Jesucristo.

¡Qué hermoso programa de vida! ¡Qué emotivo ideal! Así como un día ellos dos entraron en Roma para derribar todos los ídolos y para restaurar todas las costumbres; de la misma manera nosotros, en nuestras ciudades, estamos obligados a decapitar los modernos tótems y establecer los cristianos estilos de vida.

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Ante todo la FE…, esa virtud por la cual adherimos, asintiendo firmemente, a las verdades enseñadas por la Iglesia como reveladas por Dios.

La FE de San Pedro, que le llevó a exclamar:

“Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”

“Señor, ¿a quién iremos? Tú sólo tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios”

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La FE de San Pablo, que pudo decir:

“Poseyendo aquél espíritu de fe, como dice la Escritura, creí y por eso hablé… también nosotros creemos y por eso hablamos”

¿Y de qué hablaba?

“No nos predicamos a nosotros mismo, sino a Cristo Jesús como Señor”

“Predico a Jesucristo y Este crucificado”

¿Y Cómo predicaba?

“No me avergüenzo del Evangelio”

“La palabra de Dios no está encadenada”

“Predica a tiempo y a destiempo”

“Os engendré por medio del Evangelio”

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La FE audaz de San Pedro, que anunciaba a Jesucristo ante los judíos de este modo:

“He aquí que pongo en Sión una piedra angular, escogida y preciosa. Esta es la piedra desechada por vosotros los edificadores; la cual ha venido a ser piedra angular. El que en ella crea nunca será confundido. Preciosa para vosotros los que creéis, mas para los que no creen, esa misma ha venido a ser roca de tropiezo y piedra del escándalo. Y no hay salvación en ningún otro, pues debajo del cielo no hay otro nombre dado a los hombres por medio del cual podamos salvarnos”

“No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído”

La FE de San Pablo, que en medio de aquella sociedad se animó a afirmar:

“Es necesario que Él reine”

“Restaurar todas las cosas en Cristo”

Y confesó paladinamente a Nuestro Señor, incluso a costa de ser despreciado:

“Estoy constituido para la defensa del Evangelio”

“Ay de mí, si todavía pretendiese agradar a los hombres; si aún tratase de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo”.

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Esa Fe activa, operante, fructífera de los Santos Apóstoles, ¡qué lejos está del ecumenismo actual!, que se avergüenza de la verdad y pide mil perdones al error.

Estas confesiones claras y fuertes, ¡qué lejos están del indiferentismo, de la apostasía generalizada a los cuales asistimos!

Pero, ¡qué lejos están también de nuestras miserias, de nuestra falta de generosidad, de nuestra mediocridad, de nuestra tibieza…! ¡Qué falta de FE tenemos! ¡Cómo nos falta la FE!

Aquella era la fe que movía a estos Santos Apóstoles, columnas de la Iglesia, fundamentos de la Cristiandad.

Y para profesar esta fe, para predicar esta doctrina, estuvieron dotados de una FORTALEZA inconmovible, inquebrantable.

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FORTALEZA, esa virtud que enardece el apetito irascible y la voluntad para que no desistan de conseguir el bien arduo o de rechazar el mal difícil, incluso cuando esté en peligro la vida.

El acto principal de la FORTALEZA es el martirio, es decir, el sufrir voluntariamente la muerte en testimonio de la FE.

Y San Pedro y San Pablo practicaron la FORTALEZA y todas las virtudes conexas a ella hasta derramar su sangre, uno por la crucifixión y el otro por la degollación, en profesión de FE en Jesucristo y su Iglesia.

Ambos practicaron la fortaleza, la magnanimidad, la paciencia, la longanimidad, la perseverancia y la constancia. Los dos repudiaron la pusilanimidad, la impaciencia, la estrechez de alma, la inconstancia.

san pedro y san pablo4La FORTALEZA de San Pablo, que hacía soportar al Apóstol de las Gentes todo tipo de pruebas en la proclamación del Evangelio.

De este modo escribía a sus discípulos:

“Nos presentamos en todo como ministros de Dios; con mucha paciencia en las tribulaciones, en necesidades, en angustias; en azotes, cárceles, sediciones, en fatigas, desvelos, ayunos; en honra e ignominia, en calumnias y buena fama; tenidos por impostores, siendo veraces; como desconocidos, aunque bien conocidos; como quienes no tienen nada, aunque lo poseemos todo”

La FORTALEZA de San Pedro, que al salir del Sanedrín, donde había sido azotado, exultaba de alegría de haber sido hallado digno de padecer algo por Nuestro Señor.

La FORTALEZA de San Pablo, que detalla una lista impresionante de sufrimientos padecidos a causa del Evangelio:

“Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno; tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé náufrago en el mar; viajes frecuentes; peligros en ríos, de salteadores, de los de mi raza, de los gentiles, en ciudad, en despoblado, en el mar, entre falsos hermanos; noches sin dormir; hambre y sed; frío y desnudez”.

Como conclusión de todo esto, San Pablo afirma:

“He peleado el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la FE”

san pedro y san pablo 5Esa FORTALEZA sólida como la roca de los santos Apóstoles, ¡qué lejos está de la religión débil y mortecina que nos ofrecen desde el Concilio Vaticano II!, preludio de todos las componendas que las autoridades actuales de la Iglesia pactan con las falsas religiones y sus ídolos, así como con los gobernantes neopaganos, apóstatas modernos.

Pero, ¡qué lejos también de nuestras debilidades y compromisos con la Iglesia conciliar y con la sociedad moderna y sus exigencias…!

¡Qué necesidad tenemos de la FORTALEZA apostólica!

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Conclusión

Los Santos son modelos a quienes debemos imitar.

La fiesta de San Pedro y San Pablo será fructuosa para nosotros si sabemos imitar esas virtudes apostólicas.

Nosotros, aquellos que adherimos o queremos adherir con todo nuestro corazón a la Roma católica, guardiana de la fe y de las tradiciones necesarias al mantenimiento de la misma; nosotros, los que adherimos a la Roma eterna, maestra de sabiduría y de verdad; nosotros, que rechazamos seguir a la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante que se ha manifestado en el Concilio Vaticano II y después del Concilio en todas las reformas inspiradas en él, nosotros, pues, debemos poseer las mismas virtudes que hicieron de San Pedro y de San Pablo las columnas de la Iglesia Católica.

En estos momentos de crisis y ante las dificultades para permanecer católicos de verdad, debemos imitar a los Santos Apóstoles en su Fe y en su Fortaleza.

Meditemos en silencio sobre las virtudes de estos santos y recurramos a su intercesión para implorar un aumento de FE y de FORTALEZA para nosotros mismos, para nuestras familias, para nuestros centros de Misa, sus sacerdotes y sus feligreses…

Recurramos a Nuestra Señora, a la Reina de los Apóstoles, a la Virgo fidelis, a la Virgen poderosa como un ejército en orden de batalla, para que nos alcance del Altísimo un aumento de FE y de FORTALEZA y nos conceda la gracia de vivir y de morir por Cristo y por su Iglesia.