Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 6ª después de Pentecostés

Sermones-Ceriani

SEXTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Por aquellos días, habiéndose juntado otra vez un gran concurso de gentes, y no teniendo qué comer, convocados sus discípulos, les dijo: “Me da compasión esta multitud de gentes, porque hace ya tres días que están conmigo, y no tienen qué comer. Y si los envío a sus casas en ayunas, desfallecerán en el camino, pues algunos de ellos han venido de lejos”. Le respondieron sus discípulos: “Y ¿cómo podrá nadie en esta soledad procurarles pan en abundancia?” Él les preguntó: “¿Cuántos panes tenéis?” Respondieron: “Siete”. Entonces mandó Jesús a la gente que se sentara en tierra; y tomando los siete panes, dando gracias, los partió; y se los daba a sus discípulos para que los distribuyesen entre la gente, y se los repartieron. Tenían además algunos pececillos: los bendijo también, y mandó distribuírselos. Y comieron hasta saciarse; y de las sobras recogieron siete espuertas; siendo unos cuatro mil los que habían comido; en seguida Jesús los despidió.

A este episodio de la segunda multiplicación de los panes sigue una insidia farisaica.

En efecto, unos fariseos salieron de la ciudad para abordar a Cristo en el lugar de su desembarco o en la región contigua, para “probarle“, tentarle…

Le piden una “señal” que acreditase su mesianismo de modo irrefutable.

En el contexto se ve que se trata de una insidia. Los otros milagros se los atribuían a Beelzebul. Un “signo” de este tipo, “del cielo“, esperan que no pueda hacerlo, y así proclamarán su fracaso y descrédito.

San Marcos destaca la amargura íntima de Cristo, el exhalar un profundo suspiro, ante la actitud irreductiblemente hostil de los fariseos ante sus obras; y su respuesta no es otra que una negativa rotunda.

San Mateo es más completo. Dice así:

Y se llegaron a Él los fariseos y los saduceos para tentarle: y le rogaron que les mostrase alguna señal del cielo. Y Él les respondió, y les dijo: “Cuando va llegando la noche decís: Sereno hará, porque rojo está el cielo. Y por la mañana: Tempestad habrá hoy, porque el cielo triste tiene arreboles. Pues, la faz del cielo sabéis distinguir, ¿y las señales de los tiempos no podéis saber? Generación perversa y adúltera señal pide, y señal no le será dada, sino la señal de Jonás, el profeta”; y los dejó, y se fue.

El complot de los fariseos contra Cristo sigue en aumento. Ahora se unen a sus enemigos mortales, los saduceos, para perder a Cristo, para insidiosamente “tentarle“.

Ya determinado perderle desde antes, ahora buscan un signo especial, un milagro celeste.

Ellos admitían sus “prodigios“, pero lo atribuían a poder de Beelzebul, príncipe de los demonios. Como insidia, buscan comprometerle, al hacerle fracasar con un prodigio de este tipo.

Era creencia popular en Israel que el Mesías haría prodigios sorprendentes; por eso, en este ambiente de convencionalismo, le piden astutamente “una señal del cielo“. No les vale un prodigio cualquiera al alcance de la mano; ha de ser una “señal” que no estuviese al alcance de sus manos, sino “venido” del cielo.

La respuesta de Jesucristo es una ironía tomada de los “signos de los tiempos“. El Talmud está lleno de normas para indicar a los labradores palestinos las señales climatológicas. Jesús les cita lo que debía de ser para ellos un proverbio.

Estas gentes, que saben distinguir “el aspecto del cielo”, no pasan de ser meteorólogos. Pero no disciernen los signos de los tiempos mesiánicos, ellos, ¡tan versados en las Escrituras!

Ya no estaba el cetro en manos de Judá… La expectación mesiánica era universal… El Bautista, con su valor profético, anunciaba tras él al Mesías… Los milagros acompañaban por doquier a Cristo…

Pero ellos no discernían, no querían discernir los signos de los tiempos mesiánicos, entre ellos, especialmente, los milagros de Jesús. ¡Entendían de lo que no eran especialistas, y, en su oficio de doctores, no discernían la hora mesiánica en que estaban!

Por eso no se les dará ningún prodigio de los que piden. Sólo se dará el de Jonás.

Cristo los califica de “generación mala y adúltera“. La expresión de “esta generación” sobrepasa los interlocutores inmediatos de Jesús, y se refiere a la generación judía…; y hoy vemos que también a la generación judaica y judaizante…

Esas expresiones —”mala y adúltera“— están imbuidas de sentido bíblico: generación “mala,” pues estaba en la creencia popular que tal sería la generación que recibiera al Mesías, y “adúltera“, en el sentido del Antiguo Testamento, calificativo del pueblo judío cuando era infiel a la Ley y a Yahvé, que era su “Esposo“.

Ambas expresiones orientan marcadamente al mesianismo. Son las calificaciones que el Deuteronomio da a la generación del Éxodo. No en vano se esperaba que en los días mesiánicos hubiese en el pueblo una renovación de las experiencias que se leían en el Éxodo.

Jesucristo da un signo, pero no el que ellos piden, ni para cuando ellos lo piden, sino el que está en el plan del Padre, y el supremo signo que da es la señal de Jonás.

En efecto, esta señal de Jonás es tipológica de Cristo: los tres días que Cristo estuvo en el sepulcro esperando la resurrección, el gran milagro, más sorprendente que los espectaculares e infantiles prodigios rabínicos que se esperaban para acreditar al Mesías.

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Ciertamente llama la atención la ceguera de los fariseos y de los saduceos. Pedían un milagro del cielo, como si no fuesen milagros las obras que habían presenciado.

San Juan da la razón de por qué pedían un milagro, cuando refiere que la gente, después de la primera multiplicación de los panes, se aproximó al Señor y le dijo: “¿Qué milagro haces Tú para que veamos y creamos en Ti? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Les dio a comer el pan del cielo”. Manifiéstanos Tú un milagro del cielo, esto es, haz que llueva por espacio de uno o dos días el maná, a fin de que se harte todo el pueblo, como sucedió en el desierto durante tan largo tiempo”.

Mas Él, como Dios, penetrando sus pensamientos y sabiendo positivamente que, aunque les hiciese el milagro que pedían, no creerían, se negó a concederles lo que solicitaban. Por eso sigue: “Y Él respondió y les dijo: Cuando va llegando la noche decís: Sereno hará”, etc.

San Jerónimo precisa la malicia farisaica diciendo: Por la sucesión y regularidad de los elementos podemos calcular los días serenos y los lluviosos, mientras que los escribas y los fariseos, que eran reputados como doctores de la Ley, no podían por los vaticinios de los profetas conocer la venida del Señor.

San Juan Crisóstomo hila muy fino y comenta en profundidad poniendo en boca de Nuestro Señor estas palabras: Así como las señales del buen tiempo son distintas de las del tiempo lluvioso, así sucede en mí. Porque ahora, en mi primera venida, tengo necesidad de esas señales que brillan sobre la tierra; pero las que brillarán en el cielo están reservadas para mi segunda venida. Ahora he venido como médico, entonces me presentaré como juez. Por esta razón he venido ahora como cubierto por un velo, mas luego, cuando se conmovieren todas las potestades del cielo, me presentaré con gran claridad. No es éste el tiempo de las señales, porque he venido a morir y a sufrir todo género de afrentas. Y por eso sigue: “Generación mala y adúltera señal pide y señal no le será dada”.

Notemos que dice generación mala y adúltera, esto es, incrédula, porque tenía un entendimiento carnal en lugar de espiritual.

En definitiva, no dará el Señor a esa generación, a quien tantas señales dio en la tierra, la señal celestial que le pedían, sino que se las dará a la generación que lo busque.

Los fariseos no hicieron esta pregunta llevados del deseo de instruirse; por eso el Señor los abandonó: “Y los dejó y se fue”, abandonando a la generación mala de los judíos y siguiéndolo el pueblo de las naciones. Los dejó, porque sus espíritus insolentes estaban empapados en el error de infidelidad.

El Señor despide como incorregibles a los fariseos, porque se debe insistir en donde hay esperanza de corrección; pero no donde no la hay.

No los atiende el Señor, porque será otro el tiempo de los prodigios del cielo, a saber, cuando con el Segundo Advenimiento se conmuevan las potestades de los cielos, y se apague la luz de la luna.

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En San Lucas (12, 54-56) leemos: Dijo también a la muchedumbre: Cuando veis una nube levantarse al poniente, luego decís: “Va a llover.” Y eso sucede. Y cuando sopla el viento del mediodía, decís: “Habrá calor.” Y eso sucede. Hipócritas, sabéis conocer el aspecto de la tierra y del cielo; ¿por qué entonces no conocéis este tiempo?

San Beda explica: Así como los que quisieron pudieron conocer fácilmente el estado de la atmósfera por la variación de los elementos, así también pudieron, si hubiesen querido, conocer el tiempo de la venida del Señor por lo que dijeron los profetas.

San Cirilo completa: Los profetas anunciaron por muchos oráculos el misterio de Cristo. Si hubiesen sido prudentes debían, por lo tanto, fijar su atención en lo futuro, para poder conocer los tiempos que vendrán después de la vida presente. Porque habrá viento y lluvia, y suplicio futuro por el fuego. Esto es lo que da a entender cuando dice: “Tempestad viene”. Debían también conocer el tiempo de la salud, esto es, la venida del Salvador, por quien entró en el mundo la perfecta piedad, según el sentido de las palabras: “Decís que hará calor”. Y reprendiéndoles añade: “Hipócritas, sabéis distinguir los aspectos del cielo y de la tierra, ¿pues cómo no sabéis distinguir este tiempo?

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¡Atención!, pues… Se nos puede reprender el no saber distinguir este tiempo… En no saber distinguir las señales de los tiempos

En momentos en que toda esta cuestión está tan confusa (lo cual forma parte de las señales, claro está…), cuando pululan los meteorólogos en clergyman y sotana, al tiempo que escasean los exégetas…, meditemos con provecho sobre las palabras del Cardenal Newman en uno de sus famosos sermones sobre la Espera de Cristo:

Cuando el Señor se estaba yendo, dijo que volvería pronto. Y sin embargo, sabiendo que al decir “pronto” muchos se verían inducidos a error, agregó “de repente” o “como un ladrón”.

Si su Segunda Venida hubiese ocurrido pronto, en el sentido que habitualmente le damos a la palabra, no podría haber sido también repentina. Su vuelta nos tomará por sorpresa y nos parecerá repentina sólo porque nos parecía que se demoraba.

La expectativa es madre de la espera; mas la demora hace que ya no esperemos.

De modo que al anunciar Cristo que su Segunda Venida sería pronto a la par que repentina, también nos anunciaba que la espera se nos haría larga.

Declaró que vendría prestamente, a la vez que nos mandó estar, en todo tiempo, atentos a su regreso.

Por cierto que constituye nuestro deber velar a la espera de su Segunda Venida, que ha de suceder muy pronto, por más que hace casi dos mil años que la Iglesia lo ha esperado en vano.

Se nos manda estar siempre en vela, tensos hacia el gran Día, “esperando de los cielos a su Hijo” (I Tes. I: 10), “esperando y apresurando la Parusía del día de Dios” (II Pet. III: 12).

Es verdad que en una oportunidad San Pablo advirtió a sus hermanos contra la ilusión de un regreso inmediato del Señor; pero, en verdad, pareciera que San Pablo más bien advierte a sus hermanos contra la desilusión porque Cristo no aparece aún, antes que disuadirlos de la espera.

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Pues bien, se podría tal vez objetar que hay aquí una suerte de paradoja:

¿Cómo es posible —se nos pregunta— esperar permanentemente algo que tarda tanto? Lo que tanto ha tardado en suceder, puede tardar aún mucho más. Para los primeros cristianos era posible, quizá, esperar así a Cristo; pero ellos no contaban con la experiencia del largo período durante el cual la Iglesia lo ha estado esperando. No podemos sino usar de nuestra razón: no hay, ahora, más razones para esperar a Cristo que otrora, cuando, como ha quedado claro, Él no vino. Los cristianos han estado esperando en todo tiempo el último día, y siempre se han visto desilusionados. Les ha parecido ver señales de su venida —particularidades de su tiempo que un poco más de conocimiento sobre el mundo, una experiencia más dilatada de la historia, les habría indicado ser común a todas las épocas. Han estado asustados sin motivo valedero, inquietos en sus mentes estrechas, construyendo sobre sus supersticiosas veleidades. ¿En qué época no ha habido gente persuadida de que se acercaba el Día del Juicio? Tales expectativas no han sino inducido a la indolencia y la superstición. Y deben ser consideradas como evidencias de debilidad.

Bien. Ahora trataré de contestar alguna cosa a esta objeción.

Y en primer lugar, considerada como objeción a la continua espera, prueba demasiado. Si se la sigue hasta sus últimas consecuencias de manera consistente, no debería esperarse el Día del Señor en ninguna época; la época en que vendrá no debiera esperarlo; que es precisamente contra lo que se nos advirtió.

En ningún lugar nos advirtió contra lo que despreciativamente llaman superstición; y en cambio nos advirtió expresamente contra una confiada seguridad.

Si es verdad que no vino cuando los cristianos lo esperaban, no es menos cierto que cuando venga, para el mundo será un suceso inesperado.

Y así como es verdad que los cristianos de otros tiempos se figuraban ver señales de su Venida cuando de hecho no había ninguna, es igualmente cierto que cuando aparezcan, el mundo no verá las señales que lo anticipan.

Las señales de su Venida no son tan claras como para dispensarnos de intentar discernirlas, ni tan patentes que uno no pueda equivocarse en su interpretación. Y nuestra elección pende entre el riesgo de ver lo que no es y el de no ver lo que es.

Es cierto que muchas veces, a lo largo de los siglos, los cristianos se han equivocado al creer discernir la vuelta de Cristo; pero convengamos en que en ésto no hay comparación posible: resulta infinitamente más saludable creer mil veces que Él viene cuando no viene que creer una sola vez que no viene cuando viene.

Tal es la diferencia entre la Escritura y el mundo; a juzgar por las Escrituras deberíamos esperar a Cristo en todo tiempo; a juzgar por el mundo no habría que esperarlo nunca.

Ahora bien, ha de venir un día, más tarde o más temprano.

Ahora los hombres del mundo se mofan de nuestra falta de discernimiento; pero ¿a quién se le atribuirá falta de discernimiento entonces? ¿Y qué piensa Cristo de su mofa actual? ¿Acaso no advirtió expresamente contra quienes así se burlan?: “¿Dónde están las promesas de su Parusía? Pues desde que los padres se durmieron todo permanece lo mismo que desde el principio de la creación… A vosotros empero, carísimos, no se os escape una cosa, a saber, que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día.” (II Pet. III: 4-8).

Todo esto atestigua nuestro deber de recordar y esperar a Cristo.

Esto nos enseña a despreciar el presente, a no confiarnos en nuestros planes, a no abrigar expectativas para el futuro sino vivir en nuestra Fe como si Él no se hubiese ido, como si ya hubiese vuelto.

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Esto me lleva a notar un segundo aspecto según el cual se podría desarrollar la objeción que hemos visto.

Me refiero a que esta actitud de esperar a Cristo resulta no sólo extravagante como idea en sí misma, sino que, además, se convierte en superstición y debilidad allí donde se enraíza. Así, la mente comienza a imaginar que hay signos en el mundo natural y espiritual, y confunde sucesos ordinarios de la Providencia de Dios con milagros. De este modo, estos cristianos son esclavizados, sustituyen el Evangelio por una religión imberbe y crédula, en la que la imaginación reemplaza a la Fe y en las que las cosas visibles y terrenas ocupan el lugar de las Escrituras. Esta es la objeción.

Cabe observar que, aunque los cristianos se pueden haber equivocado al creer ver signos de la venida de Cristo en esta o aquella otra oportunidad, aun así, no estaban equivocados en el ejercicio en sí de tratar de discernir esas señales, en la urgente espera de Cristo.

Y se observará, en el caso del cual hablo, que aquellos que esperan a Cristo le obedecen, no sólo al estar atentos a su regreso, sino también en el modo en que lo esperan, vigilantes a la caza de las señales que Él indicó como antecedentes de su Parusía.

En todo tiempo, desde el origen del cristianismo, los cristianos han estado a la espera de Cristo, contemplando atentamente los signos que aparecen en el mundo espiritual y natural.

Los raros fenómenos en el cielo, los temblores de tierra, las tormentas o las sequías, las epidemias o cualquier cosa que pareciera monstruosa o antinatural, les ha hecho creer que Él estaba cerca.

Tenían en cuenta las revueltas en los Estados —guerras, revoluciones y cosas parecidas— para tener presente en todo tiempo a Cristo y, en consecuencia, los corazones despiertos en la vela.

Pues bien, todas éstas no son otra cosa que las mismas señales a las que Él mismo nos mandó prestáramos atención y que indicó como anticipos de su Venida.

Un día, las luces del cielo efectivamente serán signos; un día, los asuntos de las naciones efectivamente también serán signos; ¿por qué entonces debiéramos considerar como superstición el contemplarlos? ¡De ningún modo!

Posiblemente nos equivoquemos en este o aquel otro particular y de ese modo pongamos en evidencia nuestra ignorancia; mas no hay nada de ridículo o de despreciable en nuestra ignorancia, y hay mucho de religioso en prestarles gran atención.

Es mejor errar en el discernimiento de la espera que simplemente no velar.

Ni tampoco se sigue que los cristianos estuvieron errados en sus particulares anticipaciones por más que Cristo no haya venido.

Aun cuando hayan dicho que habían visto las señales de su Venida resulta perfectamente posible que lo hayan sido, y que Él luego haya querido retirarlas. ¿Acaso no hay lugar a contraórdenes?

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Y queda todavía otra cosa por observar: que si bien los cristianos han estado en todo tiempo esperando a Cristo, en todo tiempo indicando las señales de su Venida, sin embargo jamás han dicho que Él efectivamente había vuelto.

Sólo han dicho que venía, que estaba por venir. Sólo le han esperado de modo tal que, cuando efectivamente venga, no sean confundidos; y mientras tanto callan, conformándose con contemplar los signos que lo preceden.

Un día y de un modo terrible, esos sucesos serán los heraldos de su Venida.

El cristiano verdadero busca a Cristo, anda a la caza de sus providencias actuales y ansía su Segunda Venida.

Y, aunque frecuentemente se ve defraudado en sus expectativas, no se resigna a dejar de lado sus ilusiones de ver cosas admirables que han de suceder sobre la tierra.

Y, aun cuando se demora, recurre a las palabras del Profeta y se consuela con ellas: Escribe la visión, grabándola en tablillas, para que se pueda leer corrientemente. Porque la visión tardará en cumplirse hasta el tiempo fijado. Llegará a su fin y no fallará; si tarda, espérala. Vendrá con toda seguridad, sin falta alguna (Hab. II: 1-3).

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Hasta aquí el Cardenal Newman.

Nosotros, por nuestra parte, dejemos de lado a los que no pasan de ser meteorólogos y malos exégetas…, pero no disciernen los signos de los tiempos…

Y sigamos lo que dicen las Sagradas Escrituras, la Tradición, los Padres de la Iglesia y los buenos exégetas que la divina Providencia va suscitando para guiarnos con su luz en medio de las actuales tinieblas…