MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

PRIMERA PARTE

LOS MOTIVOS QUE DEBEN OBLIGAR A CONVERSAR CON DIOS

ENTRETENIMIENTO VIII

Sobre la facilidad de hablar con Dios

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Venid, nos dice el Señor, los que no tenéis plata (Eccl.), daos prisa, comprad, comed vino y leche sin plata, y sin alguna conmutación.

¿Qué es lo que el Señor quiere, compremos sin plata? Es el don de su conversación; don inefable, por el cual, acercándonos a Dios sentiremos los transportes de su amor y las dulzuras de sus consuelos.

Pero, ¿cómo se puede comprar sin plata? No se compra lo que nada cuesta. Se compra sin plata; porque lo que cuesta para conseguirse es tan poco, principalmente mirando a lo que vale, que se puede decir que cuesta nada. Es a la verdad un tesoro escondido, mas con poco que se cave, se encuentra y se encuentra, dice el Señor, cerca de sí mismo en su propio terreno; no es menester más que desearlo para poseerlo.

¡Oh, Señor, cuán bueno sois! ¡Que nos deis a tan poca costa un don tan precioso!

¿Pero no son necesarias algunas disposiciones para no hacerse del todo indigno de él? Se piden muchas circunstancias para acercarse a los grandes; ¿qué será pues menester para tratar con Vos, oh principio de toda grandeza?

El Señor. Hijo mío, para tratar conmigo no es menester gozar de aquellas cualidades que los hombres buscan. Estos atienden al entendimiento, a la ciencia, al nacimiento; porque ellos se buscan a sí mismos pero yo, que no miro sino al bien de aquellos que se acercan a mí, no deseo en ellos sino la humildad y la confianza; con estas dos calidades serán recibidos de mí favorablemente.

El Siervo. ¡Qué maravilla, Dios mío! ¡Que Vos queráis comunicar tan fácilmente con vuestras criaturas! ¡Qué felicidad teneros a Vos por Señor! Tan poco pedís a vuestros siervos, que no teniendo más que a sí, tienen cuanto es necesario para gozar de vuestra divina conversación.

El Señor. Mi misma bondad me inclina a que me comunique más particularmente a las almas sencillas (Prov. 3.), en quienes la sencillez está acompañada de la humildad. Así lo he hecho yo otras veces con una infinidad de Santos, que no se distinguían ni por el entendimiento, ni por la sabiduría, ni por la nobleza, ni por alguna otra prenda natural. Y así lo hago aun el día de hoy con un gran número de siervos míos, que parecen despreciables a los ojos del mundo; pero que son por eso mismo más agradables a los míos, y más dignos de entrar en mi familiaridad.

El Siervo. Conozco, Señor, y confieso con vuestro Apóstol, que no son los sabios, ni los ricos, ni los poderosos de la tierra a quienes escogéis para hacerlos participes de vuestras más intinas comunicaciones (II ad Corinth. 1).

Son los pobres y los ignorantes; son los pobres de espíritu, como Vos mismo lo decís, a quienes pertenece el reino interior, en donde se gozan los placeres del Cielo. Vos reveláis a los pequeñuelos lo que ocultáis a los grandes y a los sabios del mundo (Matth. 11)

Pero, Señor, la conversación no se limita a una sola persona; así para que sea cumplida conversación, no basta que os dignéis Vos de comunicaros a nosotros; es menester también, que nosotros nos comuniquemos a Vos, y ésto es lo que no podremos hacer sin alguna disposición natural o adquirida. Porque ordinariamente se dice, que es difícil hablar bien; y que ésta es una ciencia tal, que pocos salen en ella eminentes.

El Señor. Hijo mío, esta dificultad no se halla en mi conversación, sino solamente en la de los hombres. Es difícil hablar bien con los hombres, porque fuera de las ceremonias y cumplimientos, que ellos piden, para complacerlos se les deben decir cosas a ellos convenientes, y decírselas con cierto aire y tono afectado, y que se insinúe; pero conmigo no es menester usar tales ceremonias. Yo quiero que me descubran sencillamente sus pensamientos y sus sentimientos, que me hablen como lo harían al amigo de su mayor confianza. No hay dificultad en tratar con un amigo; pues tú no la debes tener mayor en conversar conmigo, que soy el mejor y el más fiel de tus amigos; antes debes tenerla menor, porque conmigo basta una sola palabra, para que comprehenda lo que me quieres decir. No tienes necesidad de hablar, no es menester sino que pienses y ames.

El Siervo. Dios mío, de cualquier manera que se hable con Vos, ya sea de corazón, ya de boca, a lo menos es preciso estar atento a vuestra presencia. Ahora pues, ved aquí lo que cuesta mucho, y principalmente a unos entendimientos tan poco capaces de aplicación como el mío.

El Señor. La aplicación no debe ser violenta, ha de ser dulce y fácil; semejante a aquella que tú tienes cuando (vuelvo a usar de la comparación, que poco ha te propuse) cuando tratas con un amigo íntimo. ¿Son menester entonces grandes esfuerzos para gozar de su presencia? ¿No te sientes, al contrario, llevado como naturalmente por ti mismo? ¿Por qué, pues, no tienes la misma facilidad para acordarte de mí? ¿No merezco yo ser amado tanto como una criatura?

El Siervo. ¡Ah! Señor, todo me impide a que os prefiera a cuanto hay fuera de Vos. Pero lo que me impide el pensar en Vos tan fácilmente como en las criaturas es (dejadme que os lo diga) que no tengo en Vos, como en ellas, en qué fijar la ligereza de mi imaginación. A Vos no os veo, Señor, más a las criaturas sí.

El Señor. La Fe acerca los objetos y los hace como sensibles. El amor causa el mismo efecto. ¿No se experimenta todos los días respecto de las personas ausentes que se quieren, a quienes la pasión hace alguna vez tan presentes al entendimiento, que no puede este alejarse de ellas? Confiesa pues, hijo mío, que la razón porque tú sientes una dificultad tan grande en levantar tu corazón hacia mí, es porque no me amas. Los Santos, que vivían verdaderamente aficionados a mí, no sentían esta dificultad; me tenían siempre delante de los ojos, bien que anduviesen como tú en las tinieblas de la Fe.

El Siervo. Muchos asimismo (lo digo, Señor, con confusión mía) muchos estaban tan unidos a Vos que sentían dificultad en pensar en otra cosa que en Vos. Testigo es aquel Santo Angelical joven (San Luis Gonzaga), que habiendo recibido orden de que no se aplicase tanto al ejercicio de vuestra presencia, para dar algún alivio a un violento dolor continuo de cabeza, respondió, después de muchos vanos esfuerzos, que no podía distraerse de aquel dulce pensamiento, que se le había hecho como connatural, y que la violencia que se hacía para apartarlo de su mente, aumentaba el dolor más bien que lo disminuía.

El Señor. En ti consiste, hijo mío, el hacerte familiar el pensamiento de mi presencia, y el adquirir con ella el hábito de mi conversación. Haz en ti mismo la experiencia, y experimentarás bien presto la facilidad.

El Siervo. Lo quiero, así, Señor; lo he dicho, comenzaré desde esta hora. (Psalm. Dixi, nunc cœpi.) Mi placer de aquí en adelante será estar cerca de Vos, escuchar vuestra voz, y enderezar la mía a Vos. ¡Cuántos motivos me obligan a esto! La honra, el interés, el reconocimiento, la necesidad, la facilidad, todo me lleva a este santo ejercicio.

Haced, que me emplee con tanto celo y constancia que merezca, en fin, obtener el don de vuestra conversación. Vos os dignáis ofrecerlo a cualquier que quisiere recibirlo. Yo no deseo cosa alguna tanto como ésta, no me la rehuséis pues a mí, lo suplico. Si queréis concedérmela, estoy con ella bastantemente rico; pues poseyendo este precioso don, os poseo a Vos, oh autor de todos los bienes, en tiempo y eternidad. Así sea.