ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL PADRE JUAN CARLOS CERIANI – JUNIO 2016 – 2° PARTE

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Compartimos con nuestros Lectores los Especiales de Cristiandad con el querido Padre Juan Carlos Ceriani correspondientes al mes de Junio de 2016.

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Las Pasiones según Santo Tomás

LAS PASIONES

Continuación

Primera parte, ver aquí:

https://radiocristiandad.wordpress.com/2016/05/27/especiales-de-cristiandad-con-el-padre-juan-carlos-ceriani-mayo-2016-2-parte/

 

TRATADO DE LAS PASIONES EN LA SUMA TEOLÓGICA

DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

Debe tratarse ahora de las pasiones del alma, primero en general y luego en particular.

Consideradas en general, las pasiones ofrecen cuatro temas de estudio:

primero, su sujeto (q.22);

segundo, la diferencia entre ellas (q.23);

tercero, del bien y el mal en las mismas (q 24);

cuarto, su relación mutua (q.25).

CUESTIÓN 22

Del sujeto de las pasiones del alma.

La primera cuestión plantea y exige respuesta a tres problemas:

1º ¿Existe alguna pasión en el alma?

2º ¿Se halla más bien en la parte apetitiva que en la parte aprehensiva?

3º ¿Reside más bien en el apetito sensitivo que en el intelectivo, llamado voluntad?

ARTÍCULO 2

La pasión se halla más bien en la parte apetitiva que en la aprehensiva.

Las pasiones del alma son lo mismo que las afecciones. Ahora bien, las afecciones pertenecen claramente a la parte apetitiva y no a la aprehensiva. Luego también las pasiones se hallan más bien en la parte apetitiva que en la aprehensiva.

El nombre de pasión implica que el paciente sea atraído hacia el agente. Ahora bien, el alma es más atraída hacia una cosa por la potencia apetitiva que por la aprehensiva, pues por la potencia apetitiva el alma dice orden a las cosas como son en sí mismas.

El bien y el mal, que son los objetos de la potencia apetitiva, existen en las cosas mismas.

La potencia aprehensiva no es atraída hacia una cosa en cuanto es en sí misma, sino que la conoce según la intención que de la cosa tiene en sí o recibe según su modo propio.

Lo verdadero y lo falso, que pertenecen al conocimiento, no están en las cosas, sino en la mente.

Luego es evidente que la razón de pasión se halla más bien en la parte apetitiva que en la aprehensiva.

ARTÍCULO 3

La pasión reside más bien en el apetito sensitivo que en el intelectivo, llamado voluntad.

La pasión se halla propiamente donde hay transmutación corporal, la cual ciertamente se encuentra en los actos del apetito sensitivo.

Ahora bien, en el acto del apetito intelectivo no se requiere transmutación alguna corporal, porque semejante apetito no es potencia de ningún órgano.

Por lo cual es evidente que la razón de pasión se halla más propiamente en el acto del apetito sensitivo que del intelectivo.

La magnitud de la pasión no sólo depende de la fuerza del agente, sino también de la pasividad del paciente, porque los seres muy pasibles padecen mucho aun de parte de activos débiles. Por consiguiente, aunque el objeto del apetito intelectivo sea más activo que el objeto del apetito sensitivo, sin embargo, el apetito sensitivo es más pasivo.

CUESTIÓN 23

De la diferencia de las pasiones entre sí.

Acerca de este tema se formulan cuatro preguntas:

1ª ¿Son diversas las pasiones que están en el apetito concupiscible de las que están en el irascible?

2ª ¿La contrariedad de las pasiones del irascible es según la oposición entre el bien y el mal?

3ª ¿Hay alguna pasión que no tenga contrario?

4ª ¿Hay en una misma potencia algunas pasiones diferentes en especie no contrarias entre sí?

ARTÍCULO 1

Las pasiones que están en el apetito concupiscible son diversas de las que están en el irascible.

Los actos de potencias diversas son de diversa especie, como el ver y el oír. Pero el irascible y el concupiscible son dos potencias que dividen el apetito sensitivo. Luego, siendo las pasiones movimientos del apetito sensitivo, las pasiones que están en el irascible serán distintas en especie de las que están en el concupiscible.

Las pasiones que están en el irascible y en el concupiscible difieren en especie, pues teniendo las potencias diversas objetos diversos es necesario que las pasiones de potencias diversas se refieran a objetos diversos.

Luego, con mayor razón, las pasiones de potencias diversas difieren en especie, porque se requiere mayor diferencia del objeto para diversificar la especie de las potencias que para diversificar la especie de las pasiones o de los actos.

En efecto, así como en las cosas naturales la diversidad del género sigue a la diversidad de potencia de la materia, y la diversidad de especie a la diversidad de forma en la misma materia, así en los actos del alma, los que pertenecen a potencias diversas no sólo son diversos en especie, sino también en género; mientras los actos o pasiones que se refieren a diversos objetos especiales, comprendidos bajo un solo objeto común de una potencia única, difieren como especies de aquel género.

Para conocer, pues, qué pasiones están en el irascible y cuáles en el concupiscible, es preciso establecer el objeto de ambas potencias.

Ahora bien, el objeto de la potencia concupiscible es el bien o el mal sensible tomado absolutamente, que es lo deleitable o lo doloroso.

Pero como es necesario que el alma experimente a veces dificultad o lucha en conseguir tal bien o en evitar tal mal, por cuanto ello supera en algún modo el fácil ejercicio de la potencia del animal, por eso el mismo bien o mal, en cuanto tiene razón de arduo o difícil, es objeto del irascible.

Luego cualesquiera pasiones que miran absolutamente al bien o al mal pertenecen al concupiscible, como son el gozo, la tristeza, el amor, y otras semejantes.

En cambio, cualesquiera pasiones que miran al bien o al mal bajo la razón de arduo, en cuanto difícil de obtener o de evitar, pertenecen al irascible, como la audacia, el temor, la esperanza y similares.

La potencia irascible se ha dado a los animales para quitar los obstáculos que impiden al concupiscible tender a su objeto, ya por la dificultad de conseguir el bien, ya por la dificultad de superar el mal.

El bien, en cuanto deleitable, mueve al concupiscible. Pero, si el bien implica alguna dificultad para conseguirlo, por eso mismo tiene algo que repugna al concupiscible. De ahí la necesidad de otra potencia que tienda hacia ese bien. La misma razón hay respecto del mal. Y esa potencia es el irascible. De donde se sigue que las pasiones del concupiscible y del irascible difieren en especie.

ARTÍCULO 2

No toda contrariedad de las pasiones del irascible es según la contrariedad del bien y del mal.

La pasión es un movimiento. Por eso es preciso tomar la contrariedad de las pasiones según la contrariedad de los movimientos o de las mutaciones.

Ahora bien, en las mutaciones y en los movimientos hay una doble contrariedad:

Una, por aproximación y alejamiento de un mismo término. Ésta contrariedad es propiamente de las mutaciones, esto es, de la generación, que es mutación hacia el ser, y de la corrupción, que es mutación desde el ser.

La otra, en cambio, según la contrariedad de los términos, que es propiamente la contrariedad de los movimientos, como el blanqueamiento, que es un movimiento de negro a blanco, se opone al ennegrecimiento, que es un movimiento de blanco a negro.

Así, pues, en las pasiones del alma se encuentra una doble contrariedad: una, según la contrariedad de los objetos, es decir, del bien y del mal; y la otra, por aproximación y alejamiento del mismo término.

En las pasiones del concupiscible se halla solamente la primera contrariedad, esto es, la que proviene de los objetos, mientras que en las pasiones del irascible se encuentran ambas.

La razón de esto es que el objeto del concupiscible es el bien o el mal sensible considerado absolutamente.

Pero el bien, en cuanto bien, no puede ser a modo de término a quo, sino solamente a modo de término ad quem, porque ningún ser rehúye el bien en cuanto bien, sino que todas las cosas lo apetecen.

De igual modo, ningún ser apetece el mal en cuanto tal, sino que todas las cosas lo rehúyen, y por eso el mal no tiene razón de término ad quem, sino sólo de término a quo.

Así pues, toda pasión del concupiscible respecto del bien tiende hacia él, como el amor, el deseo y el gozo; mientras toda pasión respecto del mal se aleja de él, como el odio, la huida o abominación y la tristeza.

Por consiguiente, en las pasiones del concupiscible no puede haber contrariedad por aproximación o alejamiento respecto del mismo objeto.

En cambio, el objeto del irascible es el bien o el mal sensible, no absolutamente, sino bajo la razón de dificultad o arduidad.

Pero en el bien arduo o difícil hay motivo para que se tienda hacia él en cuanto es un bien, lo cual pertenece a la pasión de la esperanza, y para apartarse de él, en cuanto es arduo o difícil, lo que corresponde a la desesperación.

De manera semejante, en el mal arduo hay motivo para que sea evitado, en cuanto es un mal, y esto conviene a la pasión del temor, pero presenta también un motivo para tender hacia él como hacia algo arduo, por lo que se evita la sujeción al mal, y así tiende hacia él la audacia.

Luego en las pasiones del irascible se da contrariedad según la contrariedad del bien y del mal, como entre la esperanza y el temor, y, además, por aproximación y alejamiento respecto del mismo término, como entre la audacia y el temor.

ARTÍCULO 3

No toda pasión del alma tiene contrario.

La ira es una pasión del alma. Pero no se pone ninguna pasión contraria a la ira. Luego no toda pasión tiene contrario.

Lo singular de la pasión de la ira es que no puede tener contrario ni en cuanto a la aproximación y alejamiento ni en cuanto a la contrariedad del bien y del mal.

La ira, en efecto, es causada por un mal difícil ya presente, a cuya presencia es necesario que o sucumba el apetito, y entonces no sale de los límites de la tristeza, que es compasión del concupiscible; o bien se mueva para atacar al mal dañino, lo cual pertenece a la ira.

Pero no puede tener un movimiento de huida, porque se supone el mal ya presente o pasado.

Y así, no hay pasión alguna que sea contraria al movimiento de la ira según la contrariedad de aproximación y alejamiento.

De igual manera tampoco en cuanto a la contrariedad del bien y del mal, porque al mal presente se opone el bien conseguido, que ya no puede tener razón de arduo o difícil. Y después de la consecución del bien no queda otro movimiento sino el reposo del apetito en el bien conseguido, que pertenece al gozo, pasión del concupiscible.

El movimiento de la ira, por tanto, no puede tener como contrario ningún movimiento del alma, sino únicamente se opone a él la cesación en el movimiento. El aplacarse se opone al airarse, lo cual no es opuesto contrariamente, sino negativa o privativamente.

ARTÍCULO 4

En la misma potencia hay algunas pasiones diferentes en especie, no contrarias entre sí.

El amor y el gozo difieren en especie y están en el concupiscible, y, sin embargo, no son contrarios entre sí, sino más bien uno es causa del otro. Luego hay algunas pasiones de la misma potencia que difieren en especie y no son contrarias.

Las pasiones difieren según los principios activos, que en el caso de las pasiones del alma, son sus objetos.

Mas la diferencia de los principios activos puede considerarse de dos maneras: una, según la especie o naturaleza de los mismos principios activos, como el fuego difiere del agua; otra, según su diverso poder activo.

Mas la diversidad del principio activo o motivo, en cuanto al poder de mover, puede explicarse en las pasiones por la semejanza con los agentes naturales.

En efecto, todo el que mueve atrae en cierto modo hacia sí al paciente o lo aleja de sí.

En los movimientos de la parte apetitiva, el bien tiene, por así decirlo, una fuerza atractiva, y el mal, una fuerza repulsiva.

El bien, pues, primero causa en la potencia apetitiva una inclinación o aptitud o connaturalidad hacia el bien, lo cual pertenece a la pasión del amor, a la que corresponde como contrario, por parte del mal, el odio.

Segundo, si el bien no es aún poseído, le comunica un movimiento para conseguir el bien amado, y esto pertenece a la pasión del deseo o concupiscencia. Y en el lado opuesto, por parte del mal, está la huida o aversión.

Tercero, cuando se ha conseguido el bien, produce una cierta quietud del apetito en el bien conseguido, y esto pertenece a la delectación o gozo, al cual se opone, por parte del mal, el dolor o la tristeza.

Por otro lado, las pasiones del irascible, respecto del bien aún no conseguido, están la esperanza y la desesperación.

Respecto del mal aún no presente, están el temor y la audacia.

Mas respecto del bien conseguido, no hay pasión alguna en el irascible, porque ya no tiene razón de arduo. Pero del mal presente surge la pasión de la ira.

Así, pues, es evidente que en el concupiscible hay tres combinaciones de pasiones; a saber:

amor y odio,

deseo y huida,

gozo y tristeza.

Igualmente hay tres en el irascible; a saber:

esperanza y desesperación,

temor y audacia,

y la ira, a la que no se opone ninguna pasión.

Hay, por tanto, once pasiones diferentes en especie: seis en el concupiscible y cinco en el irascible, bajo las cuales quedan incluidas todas las pasiones del alma.

CUESTIÓN 24

Corresponde a continuación tratar del bien y el mal en las pasiones del alma.

Acerca de esto se plantean cuatro problemas:

1º ¿Pueden hallarse el bien y el mal moral en las pasiones del alma?

2º ¿Es mala moralmente toda pasión del alma?

3º ¿Aumenta o disminuye toda pasión la bondad o malicia del acto?

4º ¿Es alguna pasión buena o mala por su especie?

ARTÍCULO 1

Pueden hallarse el bien y el mal moral en las pasiones del alma.

Dice San Agustín, hablando de las pasiones: Estas son malas, si es malo el amor; buenas, si es bueno.

Las pasiones del alma pueden considerarse de dos maneras: una, en sí mismas; otra, en cuanto están sometidas al imperio de la razón y de la voluntad.

Si, pues, se consideran en sí mismas, es decir, en cuanto son movimientos del apetito irracional, de este modo no hay en ellas bien o mal moral, que depende de la razón.

Mas, si se consideran en cuanto están sometidas al imperio de la razón y de la voluntad, entonces se da en ellas el bien o el mal moral, pues el apetito sensitivo se halla más próximo a la misma razón y a la voluntad que los miembros exteriores, cuyos movimientos y actos, sin embargo, son buenos o malos moralmente, en cuanto son voluntarios.

Por consiguiente, con mucha mayor razón, también las mismas pasiones, en cuanto voluntarias, pueden decirse buenas o malas moralmente. Y se dicen voluntarias o porque son imperadas por la voluntad, o porque no son impedidas por ella.

Las pasiones, consideradas en sí mismas, son comunes a los hombres y a otros animales; pero en cuanto imperadas por la razón son propias de los hombres.

Las potencias apetitivas inferiores se dicen racionales, en cuanto participan en algún modo de la razón.

No somos alabados o vituperados por las pasiones consideradas absolutamente; pero las pasiones pueden llegar a ser laudables o vituperables en cuanto que están ordenadas por la razón. Pues no es alabado o vituperado el que teme o se irrita, sino el que lo hace de un cierto modo, esto es, conforme a la razón o en contra de ella.

ARTÍCULO 2

No es mala moralmente toda pasión del alma.

Las pasiones del alma, en cuanto están fuera del orden de la razón, inclinan al pecado; pero en cuanto están ordenadas por la razón, pertenecen a la virtud.

ARTÍCULO 3

La pasión del alma no siempre disminuye el bien moral.

Nada de lo que sirve a la razón disminuye el bien moral. Luego la pasión del alma no disminuye el bien moral.

Los estoicos suponían que toda pasión del alma era mala; así afirmaban, consiguientemente, que toda pasión del alma disminuía la bondad del acto, pues todo bien, por la mezcla del mal, o desaparece enteramente o se hace menos bueno.

Y esto es verdad, ciertamente, si llamamos pasiones del alma solamente a los movimientos desordenados del apetito sensitivo. Pero si denominamos pasiones en absoluto a todos los movimientos del apetito sensitivo, entonces pertenece a la perfección del bien humano que aun las mismas pasiones sean moderadas por la razón.

Puesto que el bien del hombre consiste en la razón como en su raíz, tanto más perfecto será este bien cuanto pueda extenderse a más cosas pertenecientes al hombre. Por lo que nadie duda que es propio de la perfección del bien moral el que los actos de los miembros exteriores se regulen por la razón.

De ahí que, pudiendo el apetito sensitivo obedecer a la razón, pertenezca a la perfección del bien moral o humano que también las mismas pasiones del alma sean reguladas por la razón.

Por lo tanto, así como es mejor que el hombre no sólo quiera el bien, sino que también lo realice por un acto exterior; de igual modo pertenece a la perfección del bien moral que el hombre se mueva al bien no sólo según la voluntad, sino también según el apetito sensitivo.

Las pasiones del alma pueden referirse al juicio de la razón de dos maneras.

Una, antecedentemente. Y en este caso, puesto que ofuscan el juicio de la razón, del que depende la bondad del acto moral, disminuyen la bondad del acto; pues es más laudable hacer una obra de caridad por el juicio de la razón que hacerla por la sola pasión de la misericordia.

La otra manera, consiguientemente. Y esto de dos modos.

Primero, a modo de redundancia, a saber, porque cuando la parte superior del alma se mueve intensamente hacia algo, la parte inferior sigue también su movimiento. Y así, la pasión que surge consiguientemente en el apetito sensitivo es señal de la intensidad de la voluntad. Y de este modo indica mayor bondad moral.

Segundo, a modo de elección, esto es, cuando el hombre por el juicio de la razón elige ser afectado por una pasión, para obrar más prontamente con la cooperación del apetito sensitivo. Y así, la pasión del alma aumenta la bondad de la acción.

La pasión que tiende al mal precediendo al juicio de la razón, disminuye el pecado; pero siguiéndole de alguno de los modos antes mencionados, lo aumenta o es señal de su aumento.

ARTÍCULO 4

Algunas pasiones son buenas o malas según su especie.

Debe afirmarse de las pasiones que la especie de la pasión, como la especie del acto, puede considerarse de dos maneras.

Una, en cuanto está en el género de naturaleza, y así el bien o el mal moral no pertenece a la especie del acto o pasión.

Otra, como perteneciente al género de moralidad, es decir, en cuanto que participan algo del voluntario y del juicio de la razón.

Y de esta manera el bien y el mal moral pueden pertenecer a la especie de pasión, por cuanto se considera como objeto de la pasión algo que de suyo es conveniente o contrario a la razón, como se ve claro en el pudor, que es temor de lo torpe, y en la envidia, que es tristeza del bien de otro, porque así pertenecen a la especie del acto exterior.

En cuanto el apetito sensitivo obedece a la razón, el bien y el mal de la razón no está en las pasiones de aquél accidentalmente, sino esencialmente.

Las pasiones que tienden al bien son buenas, si es un bien verdadero, e igualmente las que apartan de un mal verdadero. Y, al contrario, las pasiones que consisten en el apartamiento del bien y en la aproximación al mal son malas.

CUESTIÓN 25

Del orden de las pasiones entre sí.

Acerca de esto se plantean cuatro problemas:

1º Sobre el orden de las pasiones del irascible con respecto a las del concupiscible.

2º Sobre el orden de las pasiones del concupiscible entre sí.

3º Sobre el orden de las pasiones del irascible entre sí.

4º Sobre las cuatro pasiones principales.

ARTÍCULO 1

Orden de las pasiones del irascible con respecto a las del concupiscible.

Las pasiones del concupiscible tienen más amplio alcance que las del irascible.

En efecto, en las pasiones del concupiscible se encuentra algo perteneciente al movimiento, como el deseo, y algo perteneciente al reposo, como el gozo y la tristeza.

Pero en las pasiones del irascible no se halla cosa alguna referente al reposo, sino sólo al movimiento.

La razón de esto es que aquello en lo que ya se reposa no tiene razón de difícil o arduo, que es el objeto del irascible.

Ahora bien, siendo el reposo el fin del movimiento, es anterior en la intención, pero posterior en la ejecución.

Luego si se comparan las pasiones del irascible con las del concupiscible que significan reposo en el bien, evidentemente las pasiones del irascible preceden a las del concupiscible en el orden de la ejecución, como la esperanza precede al gozo y de ahí que también lo cause.

Pero la pasión del concupiscible que importa reposo en el mal, esto es, la tristeza, está en medio de dos pasiones del irascible. Porque sigue al temor, ya que cuando ha ocurrido el mal que se temía, se produce la tristeza. Mas precede al movimiento de la ira, porque cuando a causa de la tristeza anterior surge en uno el impulso de venganza, esto pertenece al movimiento de la ira. Y porque vengarse de los males se percibe como un bien, cuando el airado consigue esto, viene el gozo.

Por lo tanto, es evidente que toda pasión del irascible termina en una pasión del concupiscible perteneciente a la quietud, a saber, el gozo o la tristeza.

Pero si se comparan las pasiones del irascible con las pasiones del concupiscible que implican movimiento, entonces es claro que las pasiones del concupiscible son anteriores, porque las pasiones del irascible añaden algo a las del concupiscible, como también el objeto del irascible añade arduidad o dificultad al objeto del concupiscible.

La esperanza, en efecto, añade al deseo cierto esfuerzo y elevación del ánimo para conseguir el bien arduo. E igualmente el temor añade a la huida o aversión cierta depresión del ánimo por la dificultad del mal.

Así, pues, las pasiones del irascible son intermedias entre las pasiones del concupiscible que importan movimiento hacia el bien o el mal, y las pasiones del concupiscible que implican quietud en el bien o en el mal.

Y así es evidente que las pasiones del irascible no sólo tienen su principio en las pasiones del concupiscible, sino también su término.

ARTÍCULO 2

El amor es la primera de las pasiones del concupiscible.

Dice San Agustín que todas las pasiones son causadas por el amor, pues el amor, ansiando poseer el objeto amado, es el deseo; mas poseyéndolo y disfrutando de él es la alegría.

El bien y el mal son el objeto del concupiscible.

Mas el bien es naturalmente antes que el mal, porque el mal es privación.

De ahí se sigue que todas las pasiones cuyo objeto es el bien sean naturalmente anteriores a las pasiones cuyo objeto es el mal, es decir, cada una respecto de la opuesta; pues el buscar el bien es causa de rechazar el mal opuesto.

Pero el bien tiene razón de fin, que es anterior en la intención y posterior en la consecución.

Luego el orden de las pasiones del concupiscible puede establecerse según la intención o según la consecución.

En el orden de la consecución es anterior lo que tiene lugar primeramente en lo que tiende al fin.

Y es evidente que todo lo que tiende a un fin, tiene primeramente una aptitud o proporción a ese fin; en segundo lugar, es movido a ese fin; en tercer lugar, descansa en el fin una vez conseguido.

Ahora bien, la aptitud o proporción del apetito al bien es el amor, que no es otra cosa que la complacencia en el bien, mientras el movimiento hacia el bien es el deseo o concupiscencia, y el descanso en el bien es el gozo o delectación.

Y, por tanto, según este orden, el amor precede al deseo y éste a la delectación.

Pero según el orden de la intención es a la inversa, pues la delectación intentada produce el deseo y el amor.

La delectación, efectivamente, es la fruición del bien, la cual en cierto modo es fin, como lo es también el mismo bien.

ARTÍCULO 3

La esperanza es la primera entre las pasiones del irascible.

Cuanto una cosa está más próxima a lo que es primero, tanto es anterior a las demás. Pero la esperanza está más próxima al amor, que es la primera de las pasiones. Luego la esperanza es la primera entre todas las pasiones del irascible.

Todas las pasiones del irascible implican movimiento hacia algo.

Pero el movimiento hacia una cosa puede ser causado en el irascible de dos maneras.

Una, por la sola aptitud o proporción al fin, la cual pertenece al amor o al odio; otra, por la presencia del bien o del mal, la cual corresponde a la tristeza o al gozo.

Y, en verdad, por la presencia del bien no se produce pasión alguna en el irascible, según se ha dicho; pero por la presencia del mal se produce la pasión de la ira.

Así, pues, como en el orden de generación o consecución, la proporción o aptitud al fin precede a su consecución, de ahí resulta que la ira sea la última, entre todas las pasiones del irascible, en el orden de generación.

Mas entre todas las pasiones del irascible, que implican un movimiento que sigue al amor o al odio del bien o del mal, las pasiones cuyo objeto es el bien, a saber, la esperanza y la desesperación, han de ser naturalmente anteriores a las pasiones cuyo objeto es el mal, esto es, a la audacia y al temor.

De tal modo, sin embargo, que la esperanza es anterior a la desesperación, porque la esperanza es un movimiento hacia el bien según la razón de bien, que por su naturaleza es atractivo, y, por tanto, es un movimiento hacia el bien por sí mismo, mientras la desesperación es el alejamiento del bien, lo cual no corresponde al bien en cuanto bien, sino por razón de alguna otra cosa, y, por tanto, accidentalmente, por así decirlo.

Y por la misma razón, el temor, al ser alejamiento del mal, es primero que la audacia.

Que la esperanza y la desesperación son naturalmente anteriores al temor y a la audacia es evidente, porque, así como el apetito del bien es la razón por la que se evita el mal, así también la esperanza y la desesperación son la razón del temor y de la audacia, pues la audacia sigue a la esperanza de la victoria, y el temor a la desesperación de vencer.

Mas la ira sigue a la audacia, pues ninguno se aíra deseando la venganza a no ser que se atreva a vengarse.

Así, pues, es evidente que la esperanza es la primera entre todas las pasiones del irascible.

Y si queremos saber el orden de todas las pasiones en la línea de su generación, se presentan así:

 primero, el amor y el odio;

 segundo, el deseo y la huida;

 tercero, la esperanza y la desesperación;

 cuarto, el temor y la audacia;

 quinto, la ira;

 sexto y último, el gozo y la tristeza, que siguen a todas las pasiones.

De tal manera, sin embargo, que el amor es anterior al odio, el deseo a la huida, la esperanza a la desesperación, el temor a la audacia y el gozo a la tristeza, como puede deducirse de lo dicho anteriormente (a.1-3).

ARTÍCULO 4

El gozo, la tristeza, la esperanza y el temor son las cuatro pasiones principales.

Estas cuatro pasiones comúnmente se llaman principales.

Dos de las cuales, a saber, el gozo y la tristeza se dicen principales porque en ellas se completan y terminan absolutamente todas las pasiones, de donde son consecutivas a todas ellas.

Mas el temor y la esperanza son principales no como completivas absolutamente, sino porque son completivas en el género del movimiento apetitivo hacia alguna cosa; pues respecto del bien, el movimiento comienza en el amor, continúa en el deseo y termina en la esperanza; mientras respecto del mal, comienza en el odio, continúa en la huida y termina en el temor.

Y, por eso, el número de estas cuatro pasiones suele considerarse según la diferencia entre el presente y el futuro, pues el movimiento mira al futuro, y la quietud está en algo presente.

Así, pues, el gozo es del bien presente, y la tristeza del mal presente, mientras la esperanza es del bien futuro, y el temor, del mal futuro.

Ahora bien, todas las otras pasiones, que son acerca del bien o del mal, presente o futuro, se reducen completivamente a éstas.

De ahí que algunos llamen principales a estas cuatro pasiones mencionadas, porque son generales. Lo cual, ciertamente, es verdad, si la esperanza y el temor designan el movimiento en común del apetito, que tiende a apetecer o rehuir algo.

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LA LUCHA CONTRA EL DESORDEN DE LAS PASIONES

Ante todo es preciso adquirir la firme convicción de la necesidad de combatir las pasiones desordenadas por los grandes trastornos que nos acarrearían dejándolas desbordar.

Porque ellas —en efecto— perturban nuestro espíritu, impiden la reflexión, hacen imposible el juicio sereno y equilibrado, enervan la voluntad, quitándole casi toda su energía; excitan perniciosamente la imaginación, alteran nuestros órganos corporales y comprometen, en fin, la paz de nuestro espíritu y la tranquilidad de nuestra conciencia.

Los remedios que se han de aplicar dependen de la naturaleza de los estímulos que impresionan las pasiones que se han de combatir.

Se luchará contra los que provienen del medio ambiente con el alejamiento; contra los que proceden del organismo, por un régimen particular, el trabajo, la guarda de los sentidos y de la imaginación; los que tienen origen en el temperamento y en el carácter, por la reflexión y fuerza de voluntad.

Contra todos deben emplearse, además, los medios de orden sobrenatural.

San Juan de la Cruz habla largamente de la necesidad de purificar los apetitos, que cansan, atormentan, obscurecen, ensucian y enflaquecen el alma (Subida 1, 6-13), y las cuatro pasiones fundamentales: gozo, esperanza, dolor y temor, cuya inmortificación o desorden impediría la unión del alma con Dios.

Desde el punto de vista psicológico, no cabe duda que el remedio capital contra las pasiones desordenadas será siempre una voluntad firme y decidida de vencer. Únicamente contra ella se estrellará el ímpetu pasional.

Pero no basta una voluntad puramente teórica o soñadora, sino una decisión enérgica e inquebrantable, que se traduzca en el empleo de los procedimientos tácticos para obtener la victoria, sobre todo si se trata de combatir una vieja pasión fuertemente arraigada.

***

He aquí las líneas fundamentales de esa estrategia práctica:

1º) Actuar sin descanso sobre las causas de la pasión: temperamento, atavismo, influencias exteriores, facultades intelectuales y sensibles, ocasiones próximas y remotas.

Este último punto—la huida de las ocasiones— es básico y fundamental. Una voluntad debilitada por una pasión violenta sucumbirá sin esfuerzo ante una ocasión peligrosa.

Se impone como norma indispensable la huida absoluta y radical de todo cuanto pueda resultar incentivo para la pasión. Sin esto, el fracaso es seguro, y la recaída cierta.

2º) Impedir con energía nuevas manifestaciones de la pasión.

Todo nuevo acto da a la pasión nuevas y redobladas energías.

No se duerme a una fiera arrojándole de cuando en cuando un mendrugo… Este es el secreto del fracaso de tantos jóvenes en la lucha contra la impureza: cuando se sienten fuertemente tentados, ceden a los embates de la pasión «para quedarse tranquilos unos días».

Es una gran equivocación. Lejos de sosegar sus pasiones, no hacen con ello más que aumentar sus exigencias y prolongar indefinidamente una lucha en la que nunca obtendrán la victoria: han equivocado el camino.

Hay que resistir «hasta derramar sangre», si es preciso, como dice enérgicamente San Pablo (Hebr. 12, 4). Sólo así se va debilitando la fuerza de la pasión, hasta dejarnos, finalmente, en paz.

3º) Dar a la pasión objetos distintos de los que se la quiere apartar.

Ciertas pasiones no tienen más que cambiar de objeto para convertirse en virtudes.

El amor sensual puede transformarse en sobrenatural y divino.

La ambición es virtud excelente cuando se dirige a la extensión del reino de Dios.

El temor a los peligros puede resultarnos utilísimo en la fuga de las ocasiones pecaminosas, etc.

***

Esto nos lleva a hablar de la orientación positiva de las pasiones hacia el bien.

Veamos los principales objetos hacia los que hemos de encauzar nuestros ímpetus pasionales:

1º) El amor hay que encauzarlo:

  1. a) en el orden natural: a la familia, a las amistades buenas, a la ciencia, al arte, a la patria…
  2. b) en el orden sobrenatural: a Dios, a Jesucristo, a María, a los Ángeles y Santos, a la Iglesia, a las almas…

2º) El odio hay que orientarlo hacia el pecado, los enemigos de nuestra alma (mundo, demonio y carne) y todo aquello que pueda rebajarnos y envilecernos en el orden natural o sobrenatural.

3º) El deseo hay que transformarlo en legítima ambición: natural, de ser provechoso a la familia y a la patria, y sobrenatural, de alcanzar a toda costa la perfección y la santidad.

4º) La fuga o aversión tiene su objeto más noble en la huida de las ocasiones peligrosas, en evitar cuidadosamente todo aquello que pueda comprometer nuestra salvación o santificación.

5º) El gozo hemos de hacerlo recaer en el cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios sobre nosotros, en el triunfo de la causa del bien en el mundo entero, en la dicha de sentirse, por la gracia santificante, hijo de Dios y miembro vivo de Jesucristo…

6º) La tristeza y el dolor hallan su expresión adecuada en la contemplación de la Pasión de Jesucristo, de los dolores de María, en los sufrimientos y persecuciones de que es víctima la Iglesia o los mejores de sus hijos, del triunfo del mal y de la inmoralidad en el mundo…

7º) La esperanza ha de alimentarse en la soberana perspectiva de la felicidad inenarrable que nos aguarda en la vida eterna, en la confianza omnímoda en la ayuda de Dios durante el destierro, en la seguridad de la protección de María «ahora y en la hora de nuestra muerte.

8º) La desesperación hay que transformarla en una discreta desconfianza en nosotros mismos, fundada en nuestros pecados y en la debilidad de nuestras fuerzas, pero plenamente contrarrestada por una confianza omnímoda en el amor y misericordia de Dios y en la ayuda de su divina gracia.

9º) La audacia ha de convertirse en animosa intrepidez y valentía para afrontar y superar todos los obstáculos y dificultades que se interpongan ante el cumplimiento de nuestro deber y en el proceso de nuestra santificación, recordando que «el reino de los cielos padece violencia, y solamente los que se la hacen a sí mismos lo arrebatan».

10º) El temor ha de recaer en la posibilidad del pecado, único verdadero mal que puede sobrevenirnos, y en la pérdida temporal o eterna de Dios, que sería su consecuencia; pero no de manera que nos lleve al abatimiento, sino como acicate y estímulo para morir antes que pecar.

11º) La ira hay que transformarla en santa indignación que nos arme fuertemente contra el mal.

Hay que examinar cuidadosamente cuál es la pasión o pasiones que predominan en el alma.

Y, una vez averiguadas, impóngase como materia de examen particular, no la extinción de esas pasiones (sería trabajo inútil y contraproducente), sino su dirección y encauzamiento en la forma que hemos indicado.

Hay que dirigir los esfuerzos principalmente a la reforma y encauce de la pasión dominante, atacándola de frente, sin descuidar, empero, la reforma de las demás pasiones.

Hay que volver a la carga una y otra vez, pidiendo cuenta de los adelantos y retrocesos, sin descansar hasta conseguir orientar hacia Dios toda la vida pasional.

No es trabajo fácil, y la labor durará toda la vida, sin duda alguna; pero es algo de importancia verdaderamente capital.

Una de las causas más generales de tantas santidades frustradas es la de no haberle concedido la debida importancia al encauce y utilización de las grandes energías de la vida pasional.

Sin pasiones, sin grandes pasiones orientadas hacia el bien, es imposible ser un santo.