CONSAGRACIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS COMO SU GUARDIA DE HONOR- DÍA 25

Práctica nacida en el Monasterio de la Visitación de Bourg, Francia, en 1863

PRESENTACIÓN:

La Guardia de Honor es una  piadosa milicia que rodea Jesucristo, Rey inmortal de los siglos, abandonado, ultrajado y perpetuamente inmolado en su Trono Eucarístico. Estos fervorosos centinelas, escogen una hora al día, y en ella, sin dejar sus ocupaciones habituales, se postran en espíritu frente al Sagrario, a imitación de la primera Guardia, compuesta por Nuestra Madre Dolorosa, San Juan y Santa María Magdalena.

Durante junio, Mes del Sagrado Corazón, publicaremos el Manual (de 1904) con las instrucciones para asociarse a esta cofradía a la que pertenecieron Sus Santidades León XIII, Pío IX, San Pío X y Pío XI, San Juan Bosco y el Padre Mateo Crawley, entre otros.

Al final de cada día se copiará la oración para el ejercicio diario de la “Hora de Guardia”, y el 30 de junio se publicará la consagración, o fórmula de agregación, que cada uno puede hacer en su hogar.

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Día 25

¡Oh, qué consoladora es esta esperanza! y qué preciosa nos ha de ser un día, cuando estemos a las puertas del sepulcro! Más notad, que este pensamiento debe recordarnos una importante  obligación. Tenemos hermanos que aguardan ahora de nuestra caridad lo que esperamos nosotros obtener un día de nuestros hermanos. Hay almas que nos gritan desde la cárcel del Purgatorio: “miseremin, miseremin” Piedad, piedad, venid en nuestra ayuda, vosotros, nuestros amigos y hermanos nuestros!… No nos hagamos, pues, sordos a su llamamiento: su aflicción; los lazos que las unen con nosotros; su calidad de esposas amadísimas de Jesús, todo las hace dignas de nuestra compasión.

Jesús mismo nos estrecha para que las consolemos; porque le son especialmente amadas y su corazón de Padre amorosísimo siente estar separado de ellas.

Si su justicia las detiene todavía en el lugar de la expiación; su misericordia nos ha preparado mil medios, con los que podamos abreviar sus sufrimientos; y su amor nos urge a recurrir a ellos.

 

«Hemos visto al Amor, dice  el P. Fáber, y estaba inclinado  hacia el Purgatorio, sobre la red que parecía iba a romperse;

¡tan maravillosamente abundante era la pesca de almas infortunadas que había cogido!. María estaba conmovida en su  trono; los santos llenaban el  cielo con sus intercesiones; los  ángeles subían y bajaban sin  cesar; sobre la tierra, las campanas anunciaban por todas  partes la santa Misa; el rosario se recitaba en todo el mundo católico; millares de comuniones eran el precio de innumerables indulgencias; las limosnas pasaban a las manos del pobre; se hacían penitencias y peregrinaciones, porque el  Amor divino instaba vivamente a los ángeles, a los santos, a  los hombres para hacerle violencia; mientras que Jesús prodigaba los méritos de su adorable sacrificio todos los días y  los abundantes tesoros de su preciosa sangre. (El Criador y la criatura, pág. 248)

¿No es esta como una visión anticipada de la Guardia de Honor y de la misión que le está especialmente reservada? ¿No es a ella a quien pertenece organizar esta intercesión perpetua en favor de las almas del Purgatorio; esta vasta cruzada de oraciones, de penitencias, de buenas obras, de santos sacrificios, para hacer al Corazón de Jesús una dulce violencia, a fin de que abrevie los sufrimientos de estas almas afligidas y pueble el cielo de bienaventurados?

Sí; miremos esta intercesión como un nuevo oficio de los Guardias de Honor, y cada día demos alguna parte a estas queridas almas en nuestras oraciones y obras satisfactorias. Pero sobre todo, ofrezcamos y hagamos ofrecer por ellas el santo sacrificio de la Misa en honor del Sagrado Corazón. Esta era la práctica de la bienaventurada Margarita María, quien habla en estos términos a la madre Saumaisé, en una carta del mes de Julio de 1688.

“Para M. de la Michaudiere. 

Espero no me rehusaréis el favor de procurarle todavía quince Misas en honor del Sagrado  Corazón de Nuestro Señor, después de las cuales me parece que irá a ser, cerca de Él, un abogado poderoso para vos y  toda su familia. ¡Si supierais  con cuánto ardor piden estas  pobres almas este nuevo remedio, tan soberano para sus sufrimientos; porque así es como llaman ellas la devoción al divino Corazón, y particularmente a las Misas en su honor.”

Un remedio nuevo; un remedio soberano para el alivio de las almas del Purgatorio: la depositaria privilegiada de los secretos del Sagrado Corazón, es la que nos lo asegura, al salir de una admirable visión, en la cual Nuestro Señor le había «manifestado sus misericordias y liberalidades.» Apresurémonos, pues, a recurrir a ellas para librar prontamente a estas almas, que irán al cielo considerándose dichosas de poder interceder por nosotros a su vez, cerca del Sagrado Corazón de Jesús.

Entonces este concierto de alabanzas y de súplicas, que la Guardia de Honor hará subir hasta el trono del Eterno, será no solamente perpetuo y no interrumpido… sino que será unánime y verdaderamente agradable a Dios; y el Corazón de Jesús no cesará de ser adorado, amado y glorificado en el cielo y en la tierra. Así sea.

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Ofrecimiento de la Hora de Guardia para cada día:

¡Viva Jesús, muera el pecado, sea por siempre alabado, el Corazón de Jesús Sacramentado!

Sagrado Corazón de Jesús, encendido en llamas de infinito amor, pero herido hasta lo más hondo por nuestro desamor, desagradecimiento y dureza, me postro en tu presencia durante esta hora para hacerte fiel compañía en este Sagrario y en todos los Sagrarios de la tierra. En unión con el Corazón Inmaculado de María, mi Ángel Custodio y mis celestiales Asociados (aquí se nombra el patrono o patronos de la hora que se haya escogido), te dedico mis pensamientos, mis acciones y mis sufrimientos en reparación de los olvidos, ingratitudes e irreverencias que recibes en el Santísimo Sacramento del Altar, y ofrezco en reparación la Sangre y Aguas salidas de tu Corazón traspasado y que Tú presentas incesantemente al Padre, en unidad del Espíritu Santo, por la salvación de todas las almas. Amén.

Nuestra Señora del Sagrado Corazón, proteged a la Guardia de Honor.

Señor San José, San Francisco de Asís, San Francisco de Sales y Santa Margarita María de Alacoque, rogad por vuestros Guardias.