MEDITACIONES SOBRE EL SANTÍSIMO SACRAMENTO

MEDITACIÓN DE LA ADORACIÓN PERPETUA

DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

LECTURA CUARTA

Acreditad, pues, que apreciáis la Sangre de vuestro Redentor; y como águilas generosas rodead el Cuerpo del que se ha sacrificado por vosotros.

Ello es que la religión cristiana es una religión de espíritu y de verdad; pero no es menos cierto, que los actos exteriores con que reconocemos la soberanía del primer Ser, no sólo son esenciales al cristianismo, sino los únicos con que podemos dar gloria a Dios delante los hombres.

Ahora pues, como esta gloria es un bien, de que Dios es tan solícito, si puede decirse así, cuanto más públicos hacemos los sentimientos de nuestro interior, tanto es más grande el gozo que le damos, tanto más nos hacemos dignos de sus gracias, y le empeñamos en reconocernos por sus verdaderos hijos.

Muchos de vosotros honráis a Jesús con sentimientos de afecto y de ternura que ocultáis en lo interior de vuestro corazón; pero contenerlos sólo en lo interior es señal de estar poseídos de cierta debilidad.

Cuando sensibilizamos nuestros afectos, tanto más crece la gloria de Dios, cuanto es mayor el celo y la aplicación que mostramos en su servicio; y esta es la ventaja de la adoración perpetua, de esta institución divina, que a la vista de los hombres oran y velan los congregantes en la presencia de Jesús sacramentado, sin dejarle solo, mientras se les franquea la entrada al santo templo.

¿Y podrá el amor de Jesús dejar de aplicar sus oídos a las humildes súplicas de sus adoradores? ¿Podrá dejar de enternecerse y retirar el brazo de sus venganzas levantado para descargar el golpe contra el pueblo que le provoca con todo género de insultos?

¡Ah, en otro tiempo se contentaba de hallar diez justos para librar del fuego a las ciudades nefandas! Mirad, adoradores, si valen vuestras deprecaciones y vuestra mediación; mirad cuánto bien puede resultar hasta para los mismos que le desconocen y ofenden; continuad pidiendo con fe viva, y lograreis.

Estos obsequios públicos obligan a nuestro amable Jesús a declararse por vosotros, a escucharos con prontitud, a llenar vuestros deseos. Esta es una regla que se observa aun en el mundo, patria de la injusticia, en donde se distingue mucho a un amigo declarado, de otro que no quiere darse a conocer.

Jesucristo, pues, aprecia más vuestros obsequios que le tributáis a la faz de las gentes, que los de aquellos que, conteniéndolos en su interior, se avergüenzan de dárselos en público, al paso que estos mismos tal vez los prodigan abiertamente, y aun con exceso a un hombre. Vosotros no os retraigáis jamás de dar público testimonio de que amáis a Jesús. Confundid así la indolencia de los tibios, y la indiferencia de los malos cristianos.

Y Vos, dulcísimo Jesús, encended con el fuego de vuestro amor los corazones de los habitantes de este vuestro pueblo, que os reconoce y quiere adoraros sin cesar, a fin de que como se ha establecido esta Congregación, así se perpetúe.

Visitad, Señor, esta viña que vuestra derecha ha plantado. Atended que es súplica de todos los congregantes que en los atrios del Señor, en medio de la gran Corte de Jerusalén derraman sus corazones en la presencia de Vos sacramentado; os adoran, y solicitan que los demás os adoren también.

 

LECTURA QUINTA

No hay duda que el grande medio para conseguir el amor de Jesús, es visitarle con frecuencia en el Santísimo Sacramento del Altar.

La amistad entre los hombres se conserva y se aumenta por las visitas, y por las conversaciones frecuentes; con ellas el corazón se recrea y se estrecha más el vínculo del amor que las anima.

Por este medio se consigue también el amar más ardientemente a Jesucristo, empeñándole a complacernos en lo que pidamos. Como no está sobre nuestros altares sino por estar continuamente con nosotros, juzgad cuáles serán sus sentimientos a favor de aquellos que ve sumisos a su real presencia.

Ninguna cosa hay al parecer, que le gane más el Corazón, que estas frecuentes adoraciones; ordinariamente es entonces cuando distribuye sus gracias con mayor efusión; y se puede decir que de todos los presentes y de todos los favores que hace, la gracia más ordinaria es la de su amor.

Hay visitas de cortesía, y las hay también de pura amistad; si no se cumple con aquellas, se comete falta; pero favores singulares no se merecen sino en éstas.

En las Fiestas grandes, el tiempo de la Misa y de los Oficios divinos son para Jesucristo, lo que suelen ser para los reyes y grandes de la tierra las visitas de obligación y de cortesía; sería muy reparado y tal vez castigado, si alguno dejase de asistir a una con los demás; pero las visitas que se hacen a ciertas horas del día, en que Jesucristo apenas tiene quien le haga la corte, y en que la mayor parte de la gente le olvida, estas son propiamente visitas de amigos. En ellas es cuando la criatura encuentra grande disposición para hablar con su Creador, exponerle sus necesidades con más desembarazo, y hacer sus peticiones con mucha confianza; y en estas ocasiones especialmente es cuando conversa Jesucristo, digámoslo así, con toda familiaridad con sus favorecidos, comunica con ellos confiadamente, les abre su Corazón, y derrama sobre ellos los tesoros de sus gracias, abrasándolos con los ardores de su amor, y como la indiferencia de aquellos que le olvidan por entonces, hace más preciosa la fidelidad de los que le visitan.

Los Santos han experimentado que es un medio infalible para conseguir en breve este grande amor de Jesucristo, el visitarle a menudo en las iglesias, especialmente a ciertas horas del día en que tan pocos le honran, y tan pocas veces le visitan.

Con que ya podéis comprender, adoradores de Jesús sacramentado, cuán agradable ha de ser a este Señor el empeño que habéis tomado de visitarle todos los meses, haciéndole una hora de compañía; ya habréis observado que de esta santa costumbre ha resultado ser mayor la concurrencia al templo, mayor la frecuencia de Sacramentos, y mayores los consuelos espirituales que se reportan; pues es cosa natural el ser más acariciadas y regaladas aquellas ovejas, que andan más cerca de su pastor.

Me parece que vuestro corazón vuela a unirse con estas ideas. Acallad pues la queja que Jesucristo ha manifestado cuando dijo: yo espero día y noche que alguno se tome parte en mi humillación y mi dolor, y venga a consolarme, mas lo espero inútilmente. Los desgraciados hallan en todas partes en quién depositar sus quejas y la amargura de sus corazones, mas yo soy tratado y tenido como un gusano de la tierra; vedme hecho el oprobio y el desprecio de mi propio pueblo. En todo se piensa; trabajan los hombres en pretensiones, en pleitos, en mil inutilidades; se acaloran por un amigo, por un extraño, por un ingrato; sólo yo estoy enteramente olvidado.

¡Qué vergüenza seria para nosotros oír a sangre fría unas quejas tan justas! Dejémonos vencer de los sentimientos de Jesús sacramentado; visitémosle en su santuario sin dejarle solo, cumpliendo exactamente en hacerle la hora de asistencia que hubiéremos elegido para que tenga adoradores y centinelas, como las que destinó David, que velen sobre los muros de esta Jerusalén santa en defensa del palacio de Jesús.

Corramos pues a su trono a ofrecerle nuestros corazones en justo vasallaje; unamos nuestros afectos con los de aquellos espíritus que adoran ante el trono de Dios, y le dan el poder, la divinidad, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la bendición; entonces le daremos homenaje como a Rey y como a Redentor sacrificado por nuestro amor.

No enviéis para ello substitutos mientras no estéis absolutamente impedidos. Bien puede uno hacer que otros le sirvan; pero ninguno puede servir a Dios por otro.

A un soberano de la tierra le visitaríais personalmente, y os guardaríais bien de enviar un criado, u otra persona a rendirle vuestros homenajes por temor de ofenderle. ¿Y Jesucristo ha de ser de inferior condición?

Ah! si le amaseis, ¿qué no haríais? No excuséis pues hacerle en persona las visitas, porque así es como le place; antes como aquel fiel capitán, que viendo a David perseguido del rebelde Absalón le aseguró que sólo la muerte podía separarle de su servicio, prometed a Jesús que no le desamparareis aunque esté perseguido de sus enemigos.

 

LECTURA SEXTA

Petición

Con reflexionar solamente que Jesucristo es nuestro Creador, nuestro Redentor, nuestro Padre y nuestro Dios, ninguno deja de conocer cuán digno y justo es el entrar en la propagación de este culto que por tantos títulos le es debido.

Venid, pues, grandes y pequeños, pobres y ricos a adorar a este gran Señor sacramentado, que a todos nos convida con igual afecto; llegad confiadamente al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia, y ser socorridos a tiempo oportuno.

Atended, adoradores, que el Señor ha puesto los ojos sobre vosotros cuando ha querido ser adorado perpetuamente por medio de una asociación, que tiene por objeto el hacer la corte al jefe de ella Jesucristo en el Sacramento del Altar, para que tenga vasallos que como a diputados de los demás congregantes velen en su presencia, le alaben y festejen en la hora de su turno.

¡Oh qué prueba tan clara de que vosotros formáis su pueblo escogido! “Venid, pues, (os dice el Real Profeta) regocijémonos en el Señor; cantemos con júbilo las alabanzas del Dios salvador nuestro. Corramos a presentarnos ante su acatamiento, dándole gracias, y entonando himnos a su gloria; porque el Señor es el Dios grande, y un Rey más grande que todos los dioses y reyes; porque en su mano tiene toda la extensión de la tierra, y suyos son los más encumbrados montes; suyo es el mar y Él lo hizo; y hechura de sus manos es la tierra. Venid, adorémosle; postrémonos derramando lágrimas de agradecimiento en la presencia del Señor que nos ha criado; pues Él es el Señor Dios nuestro, y nosotros el pueblo a quien él apacienta y ovejas de su grey.”

Supuesto, pues, que el Señor por un efecto de su misericordia se ha dignado hacernos en estos tiempos una honra, que no la lograron nuestros antepasados, plantando en nuestro suelo un jardín delicioso de mucho valor, copioso en flores y frutos, a nosotros toca cuidarlo con todo esmero sin perderle jamás de vista, no sea caso que se convierta en un campo yermo y estéril; también nos toca buscar nuevos operarios, que como nosotros, cooperen al florecimiento de esta grande obra de Dios, para que sucediéndonos unos a otros llegue a perpetuarse.

Sí, adoradores, influid en vuestros amigos y conocidos, para que alistándose a las banderas de Jesús sacramentado, se fomente, y se extienda más y más este culto religioso; haced que vuestros hijos se nutran con vuestro ejemplo en actos tan piadosos, como unos arbolitos plantados en las corrientes de estas aguas, para que creciendo en el amor de Jesús, lleven con el tiempo frutos de vida eterna; y de este modo pasando de generación en generación, puedan los venideros decir: dichoso el día en que nuestros antepasados se encargaron de este campo de virtudes, que tantas almas buenas ha producido; afortunado el año que vio por la primera vez su plantificación. Bendito y adorado sea para siempre el nombre del Señor, que tanto bien ha proporcionado a su pueblo.

Y nosotros, entretanto, correspondamos agradecidos a tantos beneficios recibidos de su mano, empeñándole por nuestras adoraciones a que se digne mirarnos con ojos de piedad; pero para que nuestras súplicas sean oídas y bien despachadas, es necesario que nos presentemos con el corazón contrito y humillado.

Empecemos pues, desde ahora a manifestarle nuestro sentimiento por haberle ofendido, diciendo postrados a sus pies: Señor, compadeceos de esta oveja descarriada que cansada de haber andado tras los insulsos placeres del siglo en busca de pastos venenosos, vuelve a vuestro aprisco con ánimo de seguir en adelante vuestros amorosos silbos; aquí me tenéis pesaroso y lleno de confusión; haced de mí lo que gustéis, yo besaré la mano de quien me hiera; pero concededme el perdón que necesito para ser contado en el número de vuestros verdaderos adoradores, a fin de que pueda ser presentado un día a vuestra patria celestial, para siempre alabaros y bendeciros cara a cara.

Y vos dignísima Madre de Jesús, por aquella dulce complacencia que sintió vuestro Corazón al ver postrados alrededor de vuestro Hijo infante en Belén a los reyes magos que de tierras lejanas vinieron para adorarle, para reconocerle por Salvador del mundo, y ofrecerle dones preciosos en reconocimiento de su divinidad, haced que vuestro mismo Hijo mueva los corazones de los hombres, para que, ilustrados por una luz sobrenatural, le reconozcan por su Dios y Redentor, hasta que lo acrediten, como los reyes magos, con demostraciones de amor y respeto, agregándose al pío instituto de la alabanza continua del santísimo Sacramento del Altar, para ofrecerle el oro de la caridad, la mirra de la abnegación, y el incienso de la adoración.

Haced también, Señora, que los dedicados a este servicio recojan el fruto que se proponen, sin degenerar jamás del carácter que este título de adoradores de Jesús Sacramentado les impone, a fin de que por este medio y por el vuestro puedan después ir al Cielo a adorarle con Vos para siempre. Amén.