Mons. Tihamér Tóth- El matrimonio cristiano

CAPÍTULO X

INDISOLUBILIDAD DEL MATRIMONIO (II)

Matrimonio.-Rito-extraordinario2

El bien de la humanidad también reclama la indisolubilidad del matrimonio, como veremos a continuación.

Este bien es mucho más importante que las objeciones que suelen aducirse contra la indisolubilidad del matrimonio, y que estudiaremos en la segunda parte del capítulo.

I

EL BIEN DE LA HUMANIDAD EXIGE LA INDISOLUBILIDAD

DEL MATRIMONIO

¿Por qué no es lícito disolver el matrimonio?

No es lícito, porque la disolución del matrimonio:

A) Es perjudicial al hombre; B) lo es aún más a la mujer; C) y principalmente es una tragedia para los hijos. D) El divorcio, por tanto, es contrario al orden social, al bien público.

A) La disolución del matrimonio es perjudicial al hombre.

A algunos les costará trabajo admitir que con el divorcio pierda mucho el varón, el marido.

¿Cómo? ¡Si queda libre como el pájaro! ¿Qué pierde el pájaro al salir de la jaula? —Así reflexionan algunos.

¡Qué pensar más rastrero y superficial! Si se miran las relaciones del hombre y de la mujer desde las alturas del Cristianismo, se presenta muy distinta la situación. Se descubre el abismo hacia el cual el hombre se precipita a causa del divorcio y el gran daño que le hace a su alma.

El matrimonio indisoluble y monógamo es un postulado inconmovible del Cristianismo. Pero aunque no lo fuera, tendría que establecerse por interés del hombre mismo, para salvaguardar sus valores morales.

Dios Creador ha dispuesto que los sentimientos de amor (eros) que se encienden entre un hombre y una mujer tengan una misión sublime y una fuerza portentosa. Pero cuanto más sublime es la misión que Dios le ha señalado a este sentimiento del amor, tanto más terrible es la ruina que ocasiona al que abusa de esta fuerza portentosa.

¡Cuántos son los jóvenes de gran talento, que estaban llamados a hacer cosas grandes, cuyas vidas han resultado un fracaso, simplemente porque se dejaron prender por el eros desordenado! Presos de su egoísmo, ávidos de placeres, nunca se comprometieron con nadie, o si lo hicieron alguna vez, traicionaron la fidelidad que juraron un día, y acabaron con el alma vacía, incapacitados para amar, sólo aspirando a metas rastreras. Dios los llamó a subir las cimas de la santidad, y ellos se conformaron con hundirse en el fango.

Si la transgresión de la indisolubilidad del matrimonio es perjudicial para el hombre, lo es mucho más para la mujer.

Es tan conocido el triste destino de tantas mujeres abandonadas, que no es necesario detenernos mucho en este punto.

¡Cuántas son las esposas que, después de dar todo lo más valioso que tenían al hombre a quien se entregaron en el matrimonio, fueron abandonadas, despojadas de todo y arrojadas literalmente a la calle! Desamparadas, solas, tuvieron que llevar difícil, en medio de grandes estrecheces económicas. Sólo su rectitud moral y su vida de unión con Dios les dieron las fuerzas y el consuelo necesario para poder afrontar su nueva vida y sacar adelante a sus hijos.

Muchos objetarán que hay mujeres que parece que no lo pasan tan mal, que se casan nuevamente, por segunda y tercera vez… Algo que suele suceder por lo regular en las clases más adineradas. Pero, aun así, ¿qué pensarán sus hijos? ¿Qué pensarán de la fidelidad, de la maternidad, del matrimonio, de la familia, cuando estos sean mayores? ¿No estarán más bien, escépticos y faltos de ideales?

Y llegamos a grave daño que causa a los hijos.

Aun suponiendo que todo lo dicho no sea verdad, es decir, suponiendo que con el divorcio salgan ganando el hombre y la mujer — ¡y hemos visto cuánto pierden!—, aun así tendríamos que decir: No puede haber divorcio. ¿Por qué no? Porque si acaso pudiera favorecer al hombre o a la mujer, no podría nunca, en ninguna circunstancia, convenir a los hijos, y, por, tanto, no puede ser provechoso a la sociedad.

Podríamos llenar muchas páginas demostrando hasta qué punto la buena educación de los hijos exige que los padres vivan juntos y cuán grave peligro —cuyas consecuencias se dejarán sentir durante toda la vida— es para los hijos el que los padres se divorcien.

La tragedia empieza ya al incoarse el pleito del divorcio. Se libra una batalla enconada, desesperada, entre los padres: ¿quién ha de tener al niño, el padre o la madre? Y de ahí la zozobra del niño, cuando se ve ante la elección: ¿quién ha de ser el preferido, su padre o su madre? Y no es infrecuente que el fallo del tribunal divida a los niños, y vayan unos con el padre y otros con la madre.

Ya tenemos el divorcio. Empieza la «educación» de los hijos. ¿Educación? ¿Qué clase de educación? La madre —o el padre— que ha conseguido conservar consigo al niño, hace, muchas veces, lo posible por extirpar del alma del pequeñín todo el amor natural que siente por otro cónyuge. Y el cónyuge a quien se le despojó del niño, hace cuanto puede para recuperarlo, incluso algunas veces utilizando los medios más inicuos. Los hijos serán siempre las víctimas de estas querellas malditas. ¡Pobres huérfanos de padres que viven!

Y ¡qué decir del trato que reciben de los nuevos padrastros o madrastras que muchas veces tienen que soportar a disgusto!

Dime, lector: ¿tendremos derecho a indignarnos si estos niños acaban de mayores siendo unas personas desequilibradas o incluso violentas o delincuentes? ¿A quiénes habrá que culpar sobre todo? No cabe duda, que a los padres que con su divorcio causaron la perdición de los hijos. Indaguemos en la infancia de muchos criminales: ¡cuántas veces se encuentran en ellas las huellas destructoras de una vida familiar deshecha!

D) Después de lo dicho no he de esforzarme mucho en probar

mi último aserto; es a saber, que el divorcio es una maldición para la humanidad, y la manera más segura de destruir una nación.

En este sentido, la gran lucha entablada en este punto, sobre la conveniencia o no de legalizar el divorcio, no es más que una batalla más de la guerra que el paganismo ateo ha declarado contra la concepción cristiana del mundo.

Los partidarios últimos del divorcio no buscan tanto, el remediar el sufrimiento de los matrimonios desdichados, como el procurar desviar a la humanidad de los mandamientos de Dios.

Pero aunque esto no fuese cierto, tampoco se puede estar a favor del divorcio, por esta simple razón: porque la sola posibilidad del divorcio ejerce una influencia desmoralizadora sobre la sociedad, paraliza su ánimo de lucha y retrasa en gran manera su educación moral.

El divorcio nunca es un acto noble, edificante, sino una tragedia, una bancarrota, un desmoronamiento. Es una tragedia moral, que ejerce una gran influencia nociva incluso sobre las familias sanas, que permanecen unidas. Es como el mal ejemplo que ejercen los desertores, en medio de la batalla huyendo del frente, sobre los ánimos de los soldados que luchan.

Si todos los esposos están convencidos que el matrimonio es indisoluble, para toda la vida, procurarán ser más indulgentes entre ellos, refrenar sus caprichos, dominar su mal humor, por el bien de la familia; es decir, tratarán de educarse a sí mismos. Mas, si admiten la posibilidad del divorcio, en cuanto surjan graves contratiempos y dificultades, fácilmente huirán cobardes de la lucha, se acogerán al divorcio, evitando así tener que esforzarse por ascender la empinada cuesta de la santidad matrimonial.

II

OBJECIONES CONTRA LA INDISOLUBILIDAD

Veamos las objeciones más corrientes que se suelen poner a la indisolubilidad del matrimonio:

A) ¿No permitir que se divorcien es una crueldad!» — exclaman los que tienen que soportar la cruz de un matrimonio mal avenido—. La vida de miles de matrimonios ha de ser un infierno, porque hay un principio, el principio de la indisolubilidad, que la Iglesia no permite tocar…, y quien lo paga somos nosotros.

¿Qué hemos de replicar a esta objeción? ¿Hemos de dudar de su sinceridad? No. Dicen la verdad…; pero el mal está en que sólo dicen la verdad a medias.

«El principio de la indisolubilidad —nos dicen— es la causa de que la vida de muchos matrimonios sea una pura tragedia.» Es cierto. Pero no es la verdad completa. Le falta la otra cara de la moneda: «Gracias al principio de la indisolubilidad, miles de matrimonios permanecen unidos, la familia sale robustecida, lo que redunda en un gran provecho para la humanidad.»

No miremos sólo el aspecto sentimental o más sensible del problema. Gracias a las exigencias que impone la indisolubilidad del matrimonio han salvado su matrimonio muchos esposos que de otra suerte se hubiesen divorciado. Por ser files al amor que se juraron tener, procuraron aceptarse mutuamente, ser indulgentes con los defectos del otro, estar prontos a perdonar. Puede haber mil roces en la vida matrimonial, pero todos estos roces pueden vencerse si se tiene esta convicción santa: «No nos es lícito el divorcio, Dios no lo quiere. Tendré que tolerar muchas cosas, lo sé…; tendré que perdonar mucho, es cierto…; pero nos juramos fidelidad eterna y no hay más remedio que cumplirla. ¿Qué le vamos a hacer?…; procuraré cumplir lo que prometí, aunque me cueste grandes sacrificios.»

No nos olvidemos que el matrimonio —aun el normal y bien llevado— es un sacrificio continuo.

Mas para que hacer posible tal sacrificio, Jesucristo ofrece unas gracias especiales: las gracias que brotan del mismo sacramento del matrimonio. Mucha gente, aun entre la gente piadosa, tiene una idea muy superficial de lo que significa contraer matrimonio. Piensan que es el culmen del enamoramiento, un derretirse de ternuras, una felicidad continua…, y se olvidan de lo más importante: que es un auténtico sacramento. Sacramento que asegurará las gracias necesarias para que, a lo largo de toda la vida, cuando vengan los días difíciles y se ponga a prueba la fidelidad de los esposos, sepan amarse y sacrificarse el uno por el otro.

B) «Todo esto lo sé muy bien —me contestará, acaso, algún esposo que sufre mucho en su matrimonio—. Todo esto lo he probado; pero ni así podemos soportarnos. No fuimos creados el uno para el otro. Es un infierno la vida en común, un verdadero infierno. ¿Ni siquiera en estos trances puede haber divorcio…?»

Sí; es posible el divorcio, el divorcio no vincular, la separación…; pero…, pero no puede haber segundas nupcias. Cuando la Iglesia ve que la vida común se ha hecho realmente imposible y que es desgraciada a más no poder, entonces permite que los cónyuges se separen, que dejen la vida en común…; pero con esto no se disuelve el matrimonio. Los lazos perduran también en este caso, hasta que muera uno de los esposos. Mientras los dos vivan, no les es lícito casarse nuevamente.

¿No es lícito? ¿Por qué no? Porque nuestro Señor lo prohíbe terminantemente, como vimos en el capítulo anterior. No se trata aquí de una ley de la Iglesia, de una disposición dada por éste o aquél Pontífice. Lo que un Papa prescribe puede derogarlo otro; pero lo que nos ha mandado Dios —lo que mandado mediante la ley inculcada en nuestra naturaleza y también mediante un mandamiento expreso— nadie puede cambiarlo.

Los cónyuges separados tendrán que permanecer así sin contraer nuevo matrimonio, ya que el primero no ha perdido su validez, y por este motivo tendrán que rezar y hacer penitencia el uno por el otro, para reparar las ofensas que se hayan podido cometer, para perseverar en su fidelidad, aunque vivan separados; además, han de permanecer en esta situación de libertad para que no haya nada que dificulte una posible reconciliación, si quisiesen volver a vivir juntos.»

¡Cuántas veces sucede que precisamente la parte culpable vuelve a la sensatez, después de la separación y comprende todo lo que ha perdido, todo el mal que hizo, y sinceramente arrepentido desea volver! Sobre todo si le acontece alguna desgracia o enfermedad… ¿No agradecerá en estos trances que no haya podido contraer nuevas nupcias, porque así tiene abierto el camino para el retorno?

¿Todo esto es muy hermoso! Pero la vida real, por desgracia, está muy alejada de la vida ideal. Matrimonio indisoluble, fidelidad conyugal, una familia unida… son ideales sublimes., Pero, ¿no se da cuenta la Iglesia que mucha gente no los sigue? ¿Por qué no cede un poco? Así no perdería millares de fieles, que se van porque no se les permite contraer un segundo matrimonio. ¿Por qué no lo permite la Iglesia…?»

¿Por qué? Porque esto sería la bancarrota de la humanidad.

Sí, la Iglesia ve con pena cuán alejados se quedan muchos esposos cristianos de los ideales elevados que ella les propone… y, con todo, no mitiga sus exigencias. No las mitiga por el mero hecho de que no puede ir contra los mandamientos de Dios; no las mitiga porque si lo hiciese estará justificando de alguna manera el proceder de los esposos culpables y los haría persistir en su concepto frívolo del matrimonio; y —lo que es más— desanimaría a los esposos que tratan con esfuerzo de permanecer unidos aspirando a la santidad.

¿Es lícito rebajar los ideales por el mero hecho de que haya personas mediocres y pecadores que no los quieran vivir? ¿Sería lícito tapar el sol por el mero hecho de que existen ojos enfermos que no lo resisten?

Comparemos las dos posturas y hagamos un balance:

¿Qué consecuencias trae la indisolubilidad del matrimonio? ¿Y qué consecuencias trae el que el matrimonio se pueda deshacer?

El matrimonio indisoluble salva sobre todo la dignidad de la mujer, y le concede igualdad de derechos respecto del varón; el matrimonio abierto a la disolución humilla a la mujer y la somete a los caprichos del hombre.

El matrimonio indisoluble protege a los hijos y a su educación; el otro tiene miedo a los hijos, y si los hay, supone un tremendo obstáculo para su educación.

El matrimonio indisoluble infunde a los esposos sentimientos de seguridad: venga lo que viniere, estamos unidos para siempre. El matrimonio soluble entraña un temor, una preocupación y una sospecha continuos. ¿No me abandonará ahora que estoy enferma, que voy perdiendo mi atractivo físico y envejezco?

El matrimonio indisoluble exige autodominio, vencimiento propio. Hemos de vivir siempre juntos, por tanto, aceptémonos, pues, hagamos lo posible por comprendernos, seamos magnánimos y estemos siempre prontos al perdón. El matrimonio que puede desatarse exacerba aún más los contrastes, porque siempre empuja a la postura más fácil: ¿Para qué esforzarnos? ¡Si no logramos entendernos, nos separaremos!

El matrimonio indisoluble significa la fidelidad conyugal: «He jurado que le seré fiel hasta que la muerte nos separe.» En cambio, el pensamiento del divorcio alimenta la tentación de la infidelidad.

«¿Para qué luchar, si la solución es perfectamente legal?»

En una palabra, el matrimonio indisoluble significa que se han puesto los cimientos sólidos de la Iglesia, del Estado, de la sociedad, de la vida cultural; la posible disolución del matrimonio socava los fundamentos de la humanidad y lleva los pueblos a la degradación moral y su destrucción.

Miremos la estadística de los divorcios: sólo en 1929 hubo 14.500 en Hungría. En el decurso de un solo año, 29.000 húngaros rompieron su juramento de fidelidad «eterna». De esta suerte, por lo menos 29.000 niños, y acaso 40 ó 50.000, quedaron reducidos a condición de huérfanos, se vieron echados a la calle o cayeron en las manos de un padrastro o de una madrastra. ¿Puede ello ser beneficioso a la nación?

Fijémonos en la estadística de los suicidas: los divorciados se suicidan en un porcentaje mucho mayor que los demás. ¿Puede ello convenir a la nación?

Repasemos la estadística de los menores que delinquen: en su 60 por 100 son hijos de padres divorciados, y en un 20 por 100, bastardos. ¿Puede alegrarse de ello la nación?

Observemos los orígenes familiares de los delincuentes: en su mayoría no llevaron una vida familiar honrada y ordenada. ¿Qué significa esto para la nación?

Si la familia está enferma, enfermo está todo el pueblo: si la familia se corrompe, se corrompe el pueblo…, y no hay prosperidad económica, legislación, ejército o política capaces de detener de su caída por la pendiente.

«Creo en la resurrección de Hungría», decimos en nuestro himno nacional. Pero, ¿puede resurgir un pueblo que ha destruido su fundamento, la vida de familia?

* * *

La Iglesia católica acepta lucha a vida o muerte contra el divorcio, por el bien de la humanidad, para que haya paz en las familias y en la sociedad.

¡Nuestra santa Madre la Iglesia sigue pregonando impertérrita, —contra el griterío general del mundo—: ¡Hombres, hermanos, esposos! Aunque tengáis que sufrir mucho, aunque tengáis que perdonaros mucho, no vaciléis. Escuchadme, por amor de Dios… El divorcio… el divorcio… ¡no existe!

No hay divorcio, porque no podernos quitar una tilde de la ley de Dios, de lo que Él dispuso para el matrimonio.

No hay divorcio, porque no podremos arrojar a la perdición espiritual los niños inocentes que se quedan sin padre ni madre.

No hay divorcio, porque no tenernos dinero para aumentar las cárceles y los orfanatos.

No hay divorcio, porque no podemos empujar las naciones a la catástrofe.

No hay divorcio, porque no queremos introducir un gusano roedor en el árbol de la sociedad.

Quien respete la santa voluntad de Dios, ha de estar en contra del divorcio. Quien ame a la niñez y a la juventud, ha de estar contra el divorcio. Quien esté preocupado por salvaguardar la dignidad del hombre y de la mujer, ha de luchar contra el divorcio. Quien ame la patria —quien la ame, no de palabra, no con frases huecas, sino con su misma vida—, ha de ser enemigo acérrimo del divorcio.

¡Ten piedad, Señor, de nosotros! Haz que todos los matrimonios comprendan tu santísima voluntad: ¡No hay divorcio! ¡No hay divorcio!