CONSAGRACIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS COMO SU GUARDIA DE HONOR- DÍA 22

Práctica nacida en el Monasterio de la Visitación de Bourg, Francia, en 1863

PRESENTACIÓN:

La Guardia de Honor es una  piadosa milicia que rodea Jesucristo, Rey inmortal de los siglos, abandonado, ultrajado y perpetuamente inmolado en su Trono Eucarístico. Estos fervorosos centinelas, escogen una hora al día, y en ella, sin dejar sus ocupaciones habituales, se postran en espíritu frente al Sagrario, a imitación de la primera Guardia, compuesta por Nuestra Madre Dolorosa, San Juan y Santa María Magdalena.

Durante junio, Mes del Sagrado Corazón, publicaremos el Manual (de 1904) con las instrucciones para asociarse a esta cofradía a la que pertenecieron Sus Santidades León XIII, Pío IX, San Pío X y Pío XI, San Juan Bosco y el Padre Mateo Crawley, entre otros.

Al final de cada día se copiará la oración para el ejercicio diario de la “Hora de Guardia”, y el 30 de junio se publicará la consagración, o fórmula de agregación, que cada uno puede hacer en su hogar.

guardia de honorDía 22

CAPÍTULO IX.

La Adoración Reparadora.

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Yo os adoraré en vuestro santo Templo. (Ps. V, 8.)

El Verbo encarnado, Jesucristo Nuestro Señor, es el solo adorador verdadero.

Sólo Él ha comprendido todos los derechos de Dios, todos los deberes de la criatura; sólo Él ha reconocido dignamente los primeros, y llenado los segundos por la adoración “en espíritu y en verdad, tal como el Padre la quiere” (Joan, IV,23), tal como la adorabilísima Trinidad la merece.

Jesús, no solamente ha amado hasta la locura de la Cruz, sino hasta la Adoración Perpetua. Víctima permanente sobre nuestros altares, se ha inmolado sin cesar para reconocer por esta mística destrucción el soberano dominio de Dios su Padre, y rendirle en nombre suyo y de toda criatura, el supremo culto de adoración que se debe á. la infinita Majestad.

í Yo os adorare en vuestro santo Templo ! (Ps. V.S.) En su Corazón es en donde reside la Divinidad, que Jesucristo durante su vida mortal, adoró perpetuamente…

Se retiraba a este Santuario inefable, y allí la adoraba, como hoy la adora en nuestros tabernáculos y en los Cielos.

¡La adoración! Es la sóla gloria que la Santísima Trinidad no puede darse a sí misma. Se comprenderá, pues, por qué con tanto ardor el Verbo increado se anonadó en el seno de una Virgen para poder, revistiéndose de nuestra humana naturaleza, dar a Dios su Padre este culto soberano de adoración, que a nadie se debe sino a Él sólo.

Sobre el altar virginal del Corazón de María, Jesucristo comenzó su carrera mortal, que debía acabar por la adoración en espíritu y en verdad. Pero la cumbre más alta de la vida adoradora, llamémosla así, del Redentor, es la Eucaristía; cima del amor puro, porque es la cima del sacrificio.

En efecto, para llegar a esta perpetua adoración bajo los velos de la Hostia, Jesucristo ha sacrificado todo, hasta su santa humanidad; que está encubierta y oculta bajo las humildes apariencias de un poco de pan.

¿Existe una abdicación más completa de la vida propia, de la libertad, de los sentidos, del yo humano, que este estado de purísimo e inmolado amor que coloca al Verbo Hostia postrado delante de su Padre, en una continua y silenciosa adoración?

Estado sublime, que proclama la Majestad de Dios y su soberano dominio en grado el más alto, y que rinde un homenaje infinito a sus infinitas perfecciones.

Pero ¿cómo el Guardia de Honor se ensayará en imitar, aunque de lejos, al Verbo, su Rey y su Modelo?

Adorar como Jesucristo, es anonadarse delante de la augusta Majestad de Dios; es prosternarse con el cuerpo; es humillarse con el espíritu y el corazón delante de aquella belleza soberana; es, sobre todo, inclinar su voluntad abismada en el respeto, la sumisión, el afecto, el sacrificio y el amor.

En este estado de prosternación interior y exterior, el alma ya ora, ya suplica, ya pide perdón, y se ofrece a Dios en holocausto. Ya, como los ángeles que se cubren el rostro diciendo Amen !( Apoc., VII,12) se mantiene en una silenciosa y trémula contemplación,  abatiéndose delante del Altísimo y contentándose con decir : Amén! Así es… ¡Él es grande !… ¡es santo ! ¡es bueno ! … ¡es amor! ¡Amén!… Ya, en fin, como los Ángeles y el Salmista, después de esta adoración silenciosa, el alma prorrumpe en cánticos de admiración; en protestas de sacrificio, de acción de gracias.

En este acto de adoración están comprendidas la humildad, la caridad, todas las virtudes. Es el sacrificio de justicia (Ps. IV,6) y el más perfecto homenaje dado a Dios por su criatura.

¡ Adorar !  Es también el mayor honor concedido al hombre en la tierra… Este será su eterno destino en los Cielos…

¡Adorar, finalmente, es la cima de la Religión! Hubo en el Calvario una hora de grande silencio, para que nada turbara; la majestad de la suprema adoración, por la cual el Cristo, agonizando, consumaba su sacrificio.

Y la santa Iglesia, imitando a su divino Esposo, en el momento más solemne del más solemne de nuestros misterios, en la elevación de la santa Víctima, invita a todos sus hijos a humillarse con ella en una profunda y silenciosa adoración.

A esta sublime cima parece que se sube en esa hora: la Iglesia, el mundo, las almas. Desde el principio del presente siglo, el atractivo universal por la adoración crece de una manera visible.

La divina Eucaristía está como rodeada de este culto, cual jamás lo había sido, y sin duda lo será más cada día.

¡Oh! Que estas adoraciones solemnes y perpetuas vayan siempre multiplicándose y perfeccionándose, sobre todo… y la santa Iglesia, como su divino Esposo, termine su carrera acá en el mundo prosternada en la Adoración.

Pero los adoradores más perfectos serán los que adoren a Dios en unión con el Corazón de Jesús; y en este divino santuario es donde el Eterno recibe las adoraciones verdaderamente dignas de Él.

A esta adoración es a la que convida Jesucristo a sus fieles Guardias de Honor.

Los llama no solamente a venir a adorarle en nuestros templos; sino que les hace penetrar hasta el Sancta Sanctórum; a lo más íntimo de su Corazón; a fin de que, uniendo sus adoraciones a las suyas, rindan por El, con El y en El, a la Santísima Trinidad, la grande gloria que espera de sus humildes criaturas.

Los Guardias de Honor, son, pues, los adoradores genuinos de Jesucristo. Postrados delante de él en nuestros templos, le adoran con una Adoración reparadora, es decir, que quisieran compensar con fervientes homenajes el olvido, la deserción de tantos cristianos que se alejan del Rey de los corazones, de su Trono de misericordia y de amor.

Después, penetrando hasta el Corazón de Jesús por su ancha herida, adoran en este santo Templo a la Trinidad adorable… y Dios es soberanamente glorificado…

Adorar, ¡qué oficio!… Amar hasta la adoración ¡qué grandeza!… Es la coronación del culto propuesto a los Guardias de Honor.

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Ofrecimiento de la Hora de Guardia para cada día:

¡Viva Jesús, muera el pecado, sea por siempre alabado, el Corazón de Jesús Sacramentado!

Sagrado Corazón de Jesús, encendido en llamas de infinito amor, pero herido hasta lo más hondo por nuestro desamor, desagradecimiento y dureza, me postro en tu presencia durante esta hora para hacerte fiel compañía en este Sagrario y en todos los Sagrarios de la tierra. En unión con el Corazón Inmaculado de María, mi Ángel Custodio y mis celestiales Asociados (aquí se nombra el patrono o patronos de la hora que se haya escogido), te dedico mis pensamientos, mis acciones y mis sufrimientos en reparación de los olvidos, ingratitudes e irreverencias que recibes en el Santísimo Sacramento del Altar, y ofrezco en reparación la Sangre y Aguas salidas de tu Corazón traspasado y que Tú presentas incesantemente al Padre, en unidad del Espíritu Santo, por la salvación de todas las almas. Amén.

Nuestra Señora del Sagrado Corazón, proteged a la Guardia de Honor.

Señor San José, San Francisco de Asís, San Francisco de Sales y Santa Margarita María de Alacoque, rogad por vuestros Guardias.