SENTIMIENTOS Y AFECTOS DE UNA ALMA PENITENTE SOBRE EL SALMO L

VERSO I

Miserere mei Deus, secundum magnam misericordiam tuam

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Dios mío, tened misericordia de mí, según vuestra gran misericordia

¡Oh Jesús mi Señor!, permitid que yo tome estas palabras del Real Profeta para pediros perdón de los pecados con que siento cargada mi conciencia, de las tibiezas con que ha estado preocupada mi alma, y de la indiferencia con que he correspondido a vuestro amor.

Cuando os pido misericordia, Dios mío, y recurro a vuestra bondad, conozco que cesan mis justos sobresaltos, que la confianza ocupa el lugar de la inquietud y del temor; pues hablo a mi Criador, que no quiere la muerte de su criatura; a mi Rey que protege a su esclava; a mi padre que ama a su hijo.

Vos, oh adorable Jesús mío, queréis salvarme, y para salvarme, quisisteis morir y exponeros a todos los dolores de un suplicio ignominioso y terrible. Vos me habéis concedido la gracia, antes que yo fuese capaz de pedírosla. Vos derramasteis vuestra Preciosísima Sangre en el árbol de la Cruz, para sacarme de entre los brazos de la muerte, y ponerme en estado de gozar la eterna bienaventuranza.

Pero estas bondades infinitas con que me habéis prevenido, sólo sirven de hacer más odiosos mis delitos. Yo no he ignorado la grandeza de vuestras misericordias para conmigo.; y bien lejos de valerme de ellas, como de atractivo, que debía traerme a Vos, mi Señor, hice de ellas motivo de desvío. Yo no temí al Padre de misericordias; tuve una confianza temeraria en su bondad.

Dios mío, lo que debía contenerme en el respeto, y en la obligación, sirvió para desviarme de sin ningún temor. Yo decía: El Señor tendrá piedad de mí; puedo hacerle traición, ofenderle, desconocerle, olvidar su santo Nombre, excusarme de hacer penitencia, descuidar mi salvación, la oración, las lágrimas, los ayunos, las limosnas y las buenas obras; las misericordias de mi Dios serán aún mayores que mis delitos.

Vos, Señor, habéis visto el profundo abismo que me he cavado; habéis visto mis deslealtades, y conocéis mis flaquezas; yo os las confieso todas, partido de dolor el corazón, postrada a vuestros pies, humilde, arrepentida, y rendida. A vos clamo en la amargura de mi alma; tened misericordia de mí, Dios mío, tened misericordia de mí.

Bien sé que si el castigo se proporciona a mis culpas, tengo razón para temerlos mayores; yo sé que nadie es justo delante de Vos; y en efecto sería perdida, si vuestra misericordia no me levantara de las culpas en que caigo.

¡Ay Dios mío! ¿Qué terror no debe concebir mi alma después de esta reflexión? pues realmente he pecado a vuestros ojos, y hasta ahora me hice sorda a vuestra voz; me habéis pedido mi corazón, y yo os le he negado.

Mi Señor  Jesús, yo no me acuerdo de mis maldades sin un sumo dolor de haberlas cometido, y sin un sumo asombro de que me las hayáis sufrido. Sin embargo quisisteis conservarme la vida hasta este día, para darme tiempo de arrepentirme, y pediros perdón humildísimamente de ellas, como lo hago, con resolución firme de enmendarme en adelante, y de reparar en cuanto pueda los desórdenes de mi vida pasada.

Dios mío, confirmad en mi alma esta resolución, fortificadla, y dignaos tenerla de vuestra mano, para que no vuelva a caer, y goce para siempre de vuestras misericordias.