Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 5ª después de Pentecostés

Sermones-Ceriani

QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si no abundare vuestra justicia más que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, mas el que matare, será reo de juicio. Pero yo os digo que, todo el que se enojare con su hermano, será reo de juicio. Y, el que llamare a su hermano raca, será reo de concilio. Y, el que le llamare fatuo, será reo del fuego del infierno. Por tanto, si ofrecieres tu presente en el altar, y te recordares allí de que tu hermano tiene algo contra ti; deja tu presente allí, ante el altar y vete antes a reconciliarte con tu hermano; y, volviendo después, ofrecerás tu presente.

El fragmento del Evangelio de este Domingo está tomado del magnífico Sermón de la montaña.

Puestas por Jesús las líneas fundamentales de su doctrina con las ocho Bienaventuranzas, pasa a definir su posición con respecto a la Ley Antigua.

Los israelitas creían salvarse observando la Ley de Moisés; pero Jesús, después de haber afirmado su profundo respeto por la Ley Mosaica, declara que no basta observarla como lo hacen los escribas y fariseos, y, además, la completa en seis puntos importantísimos de la moral: el homicidio (tema del Evangelio de hoy); el adulterio; el divorcio; el juramento; la ley del talión; y el amor de los enemigos.

La predicación de un nuevo reino por Jesús, sus repetidas alusiones a un nuevo estado de cosas, la supuesta violación del descanso sabático y el hecho de que no fuera discípulo de las escuelas de los escribas, pudo dar lugar a la presunción, por parte de sus oyentes, de que la Ley Mosaica iba a ser totalmente abrogada por Él.

Jesús empieza por desvanecer este prejuicio: No penséis que he venido a abrogar la ley o los profetas.

Su función para con la Ley es observarla personalmente (lo cual hizo, sometiéndose a la misma durante su vida) y perfeccionarla y complementarla como divino Legislador.

Para ello tiene misión especial del Padre; perfeccionará los elementales preceptos de la moral antigua; irá a cortar la raíz misma de los pecados; y nos merecerá y dará abundante gracia sobrenatural para cumplir los preceptos morales: No he venido a abrogar, sino a dar cumplimiento.

De hecho, Jesús simplificó la ley, desembarazándola de las interpretaciones humanas que la hacían insoportable, y le añadió cuanto era necesario para que llegara a su total desarrollo.

A la simple afirmación de que no viene a abolir la Ley, añade Jesús la aserción, solemne y enfática, de que toda la Ley, como por una exigencia intrínseca, mientras este mundo sea mundo, deberá cumplirse en sus más mínimos detalles, representados por la iota y la tilde, que eran los más pequeños signos de la escritura hebrea.

Y siendo tal la fuerza y la significación de la Ley, expresión de la inmutable voluntad de Dios, el que abrogare o quebrantare con su conducta cualquiera de los más pequeños preceptos, y asimismo quien con su doctrina enseñare a los demás a hacer igual, tendrá el último lugar en el reino mesiánico, ni se salvará sin pasar antes por duro castigo.

Al contrario, quien los observare con diligencia y enseñare a los demás su alcance, tendrá gran premio.

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Pero, como los oyentes de Jesús pudieron interpretar que escribas y fariseos, intérpretes minuciosos y cumplidores de la ley en su sentido literal, estaban en buen camino para lograr el Reino de los Cielos, les dijo que la justicia de éstos no es suficiente, porque la informan la vanidad y el orgullo; es la justicia que se han hecho ellos, no la de la Ley.

Porque os digo que si vuestra justicia no fuese mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. La santidad del seguidor de Cristo debe ir más allá; lo que puntualiza Jesús con los seis ejemplos que va a plantear, haciendo la exégesis de algunos textos de la Ley Mosaica y elevándolos a mayor perfección.

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En la serie de ejemplos que propone Jesús, empieza con la misma fórmula: Oísteis que fue dicho a los antiguos… El auditorio estaba compenetrado en la Ley Mosaica porque la oía los sábados en las sinagogas.

Y sigue luego la contraposición: Mas yo os digo… Es el nuevo Legislador, Hijo de Dios, que, con toda autoridad de tal, perfecciona y completa la Antigua Ley de Dios.

El primer ejemplo se refiere al Quinto Mandamiento. En la Ley Antigua se prohibía el homicidio: No matarás.

Quien mataba a otro quedaba obligado a comparecer a juicio ante el tribunal local, compuesto de 23 miembros, que había en las ciudades de la Palestina. Jesús legisla, no sólo en orden al acto externo, sino sobre las mismas facultades del alma.

Ni siquiera la cólera contra el hermano será lícita, porque es la que induce al homicidio: Mas yo os digo —con un énfasis y con una autoridad personal que nunca se arrogó Moisés, ni los Profetas— que todo aquel que se enoja con su hermano, queda obligado a juicio, como si hubiese perpetrado homicidio, y tendrá que dar cuenta a Dios.

Si no son lícitos los movimientos del alma contra el hermano, menos lo serán las palabras injuriosas: Y quien dijere a su hermano «raca», reo será del concilio: deberá comparecer ante el Sinedrio, al que se reservaban las causas más graves, asemejándosele a un homicida.

Y quien dijere insensato, en la significación hebrea de malvado, impío, maldito de Dios, quedará obligado a gehenna del fuego, sinónimo de infierno.

Consecuencia práctica de este precepto nuevo es que si la simple ira atrae las venganzas de Dios, debemos vivir en paz con el hermano. Si ha habido alguna ofensa o causa de discordia con el prójimo, aunque sea interrumpiendo el acto más sagrado de la religión, que es el sacrificio, debemos reconciliarnos con él.

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Sí vuestra justicia no fuese mayor que la de los escribas y fariseos… Luego, los escribas y fariseos, en cuanto se ajustaban a la Ley, no eran malos, sino justos, porque lo mayor y lo menor son de un mismo género.

Aquí aparece la diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: en Aquél se exigía menos que en el nuestro; los preceptos de la Ley Cristiana son mayores en número y más penosos de cumplir, como aparece en las enseñanzas siguientes de Jesús, sobre la justicia, la castidad, la caridad, etc.

En cambio, nosotros tenemos, además de los ejemplos de Jesús mismo, la abundancia de la gracia, que con sus méritos nos conquistó.

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Mayores aplicaciones sobre este tema podrán encontrar en sermones de años anteriores.

Hoy me parece importante hacer referencia al tema del fariseísmo, siguiendo para ello las explicaciones del Padre Leonardo Castellani, tomadas de muchas de sus obras.

Ante todo, podemos señalar que el Padre parte de una premisa tan importante como profunda y delicada:

Sin el fariseísmo toda la historia de Cristo hubiera cambiado; y también la del mundo entero. Su Iglesia no hubiese sido como es ahora y el universo hubiese seguido otro rumbo, enteramente inimaginable para nosotros, con Israel a la cabeza del Pueblo de Dios y no deicida y disperso.

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A continuación, más que una definición, nos hace una descripción del fariseísmo:

El fariseísmo es el gusano de la religión; y después de la caída del primer hombre es un gusano ineludible, pues no hay en esta mortal vida fruta sin su gusano, ni institución sin su corrupción específica.

El fariseísmo es la soberbia religiosa; es la corrupción más sutil y peligrosa de la verdad más grande, es decir, la verdad de que los valores religiosos son los primeros. Pero, en el momento en que nos los adjudicamos, los perdemos; en el momento en que hacemos nuestro lo que es de Dios, eso deviene propiedad del diablo.

El fariseísmo es un compendio de todos los vicios (avaricia, ambición, vanagloria, orgullo, obcecación, dureza de corazón, crueldad), que ha llegado a vaciar por dentro diabólicamente las tres virtudes teologales, constituyendo así el pecado contra el Espíritu Santo. Por eso Nuestro Señor les dijo: “Vosotros sois hijos del diablo y el diablo es vuestro padre”.

La ambición es una de las partes más finas del fariseísmo. Pero su flor es la crueldad: crueldad solapada, cautelosa, lenta, prudente y subterránea.

El fariseísmo es esencialmente homicida y deicida, es decir, da muerte a un hombre por lo que hay en él de Dios…; odio deicida al prójimo; odio a lo santo, a lo virtuoso.

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Llegamos al punto en que el Padre explica el proceso que dio a luz al fariseísmo judaico y que, puesto en marcha, produce los mismos efectos:

El engreimiento religioso trajo el mesianismo político.

Los fariseos necesitaban ser vengados de sus quemantes humillaciones, de sus derrotas. La religión era humillada en ellos y el Mesías debía vindicar la religión.

Y, si el Mesías había de ser político, naturalmente había que preparar su venida haciendo política.

Cuando la política entra dentro de la religión, se produce una corrupción extraña.

En esas condiciones el poder se vuelve temible, porque puede obligar en conciencia.

La corrupción llega al máximo cuando lo religioso se ha reducido a un instrumento y pretexto de lo político.

La crueldad, cuya condición y primer grado es la dureza de corazón, es infalible en consecuencia de la soberbia religiosa.

El rechazo nacional del pueblo judío es motivado porque ellos no oyeron a los profetas y los mataron.

El destino del pueblo judío es una cosa actual. Es una de las tragedias más grandes de la historia; Cristo mismo lo dijo, comparándolo con el Diluvio y con la situación de los últimos tiempos, o sea con la Gran Apostasía.

La tragedia del pueblo hebreo es, en suma, la siguiente: he aquí un pueblo que durante 2000 años giró en torno de la esperanza del Mesías; y cuando viene el Mesías, lo desconoce, lo rechaza y lo mata.

Toda la razón de ser de ese pueblo elegido está en la esperanza religiosa del Gran Rey Salvador. Y con toda esa esperanza, que inspiraba toda la vida del pueblo hebreo, cayó en el error de matar al Mesías: una especie de suicidio.

La causa de ese error horrible es una corrupción horrible, una corrupción de la religión, el fariseísmo.

Esta situación del pueblo hebreo debe movernos a una gran compasión; pero, de ninguna manera, no debe movernos a la judaización del cristianismo; lo cual vemos hoy día.

Un cristiano que se judaíza deja de ser cristiano sin llegar a ser judío; es, simplemente, una corrupción, una apostasía.

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Luego de señalar el fondo del morbo farisaico y sus dos formas, el Padre Castellani detalla los diversos grados del fariseísmo:

El fariseo es el hombre religioso que se engaña con la verdad, que es la peor manera de engañarse.

Un fariseo, que no tiene conciencia de pecado sino de santidad, no puede arrepentirse, y es peor.

De modo que engaña a los demás comenzando por engañarse a sí mismo; una hipocresía mucho más profunda y peligrosa que la otra.

Es una actitud radicalmente irreligiosa, e incluso antirreligiosa, que aparece como religiosa.

Lo encontramos en dos formas: teórico y práctico.

El fariseísmo teórico se continuó con la religión judía, la cual actualmente se funda mucho más en el Talmud que en la Escritura.

El fariseísmo práctico existe en la Iglesia. El poner el acento en lo exterior de la religión, ahogando poco a poco lo interior, es el primer paso.

El fariseísmo tiene siete grados:

1°) La religión se vuelve exterior y atentatoria.

2°) La religión se vuelve rutina y oficio.

3°) La religión se vuelve negocio, instrumento de ganancia, de honores, poder o dinero.

 

Es como la esclerotización de lo religioso, un endurecimiento o decaimiento progresivo. Y después deviene una falsificación, hipocresía, dureza hasta la crueldad…

Los otros grados son ya diabólicos. El corazón del fariseo primero se vuelve corcho, después piedra, después se vacía por dentro, después lo ocupa el demonio.

4°) La religión se vuelve poder o influencia, medio de dominar al prójimo.

Hasta aquí el fariseísmo se ha mostrado corruptor de la fe y de la piedad, convertidas en carrera, artimaña, política, negocio. Pero la soberbia religiosa va más allá del uso de la religión para instalarse en el mundo y quedarse con los bienes de la tierra. En tales almas se agazapa el demonio, y para sacarlo a la luz Dios pone al fariseo en blanco humano: la persona religiosa. Entonces, el fariseísmo se muestra claramente como el pecado contra el Espíritu Santo pues lleva a cabo los siguientes pasos:

5°) La religión se vuelve hipocresía: el “santo” hipócrita empieza a despreciar y aborrecer a los que tienen religión verdadera, a los que son auténticamente religiosos.

6°) Persecución de los verdaderamente religiosos. El corazón de piedra se vuelve cruel, activamente duro.

7°) Sacrilegio y homicidio. El falso creyente persigue de muerte a los verdaderos creyentes, con saña ciega, con fanatismo implacable… y no se calma ni siquiera ante la cruz ni después de la cruz.

 

Abarca, pues, desde la simple exterioridad hasta la crueldad, pasando por todos los escalones del fanatismo y de la hipocresía.

La religión suprimiendo la misericordia y la justicia; ¿puede darse algo más monstruoso?

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Finalmente, el Padre Castellani desarrolla la tragedia farisaica hasta las últimas consecuencias:

Es el drama de Cristo y de su Iglesia. Si en el curso de los siglos una masa enorme de dolores y de sangre no hubiese sido rendida por otros cristos en la resistencia al fariseo, la Iglesia hoy no subsistiría.

Y al final será peor. En los últimos tiempos, el fariseísmo triunfante exigirá para su remedio la conflagración total del universo y el descenso en Persona del Hijo del Hombre, después de haber devorado insaciablemente innúmeras vidas de hombres.

La última corrupción en la Iglesia (es decir, el fariseísmo generalizado y entronizado) traerá consigo lo que San Pablo llama la Gran Apostasía y la Gran Tribulación.

San Pablo cuando habla del Anticristo, da como señal el sacrilegio religioso, y no otra cosa: “Se sentará en el Templo de Dios haciéndose dios”, es decir, se apoderará en forma aún más nefanda de la religión para sus fines, como habían hecho los fariseos.

Si creemos a Jesucristo y a San Pablo de que en los últimos tiempos habrá una gran apostasía y que no habrá ya casi fe en la tierra, sólo el fariseísmo es capaz de producir ese fenómeno.

Solo el fariseísmo puede devastar la religión por dentro; sin lo cual ninguna persecución externa le haría mella. Si la Iglesia está pura y limpia, es hermosa y atrae, no repele. Solamente cuando la Iglesia tenga la apariencia de un sepulcro blanqueado, y los que manden en ella tengan la apariencia de víboras, y lo sean, el mundo entero se asqueará de Ella y serán poquísimos los que puedan mantener, no obstante, su fe firme, un puñado heroico de escogidos que, si no se abreviara el tiempo, ni ellos resistirían.

Lo grave y lo actual del asunto es que, así como los judíos erraron respecto a la Primera Venida, los cristianos pueden errar respecto a la Segunda Venida…

Y está predicho que van a errar, porque antes de la Parusía vendrá primero la Gran Apostasía, profetizada por San Pablo.

Ya lo vemos, porque la Nueva Teología:

1°) No recuerda nunca la Gran Apostasía

2°) No tiene en cuenta la Segunda Venida

3°) Tiene como un dogma inconcuso que la Iglesia y el Mundo tienen que ir adelante, ir adelante, ir adelante siempre, lo menos durante millones de años…

Y esto no es solamente un error en la fe, sino un disparate ante la razón.

Antes del fin del mundo vendrá una gran apostasía. Una apostasía general no es posible si la Iglesia estuviera vigente, llena de pureza, de justicia, de caridad y de luz.

Siempre ha existido contaminación, y existirá hasta el tiempo de la siega. Y hacia el tiempo de la siega es cuando la cizaña se parece más al trigo.

La condición del mundo cuando vuelva Cristo será análoga a la que tenía cuando lo dejó. De modo que entrará a reinar el fariseísmo en la Iglesia, como antaño en la Sinagoga.

El fariseísmo no se acabó ni se acabará. Lo que puede producir la Magna Tribulación, la peor prueba, es el Magno Pecado, que efectivamente infirió la muerte al que es la Resurrección y la Vida.

El fariseísmo, siendo la corrupción especifica de la religión, ha existido y existirá siempre; y de vez en cuando demanda víctimas humanas, que Dios le concede, no se sabe por qué.

En el principio de la Iglesia, el fariseísmo había plagado de tal manera la Sinagoga, que Jesucristo se dio como misión principal de su vida el combatirlo, y fue su víctima.

Al fin de la Iglesia, el fariseísmo se volverá de nuevo tan espeso, que demandará para su remedio la segunda Venida de Cristo.

La única solución teórica a la presencia del fariseísmo en la Iglesia está en la parábola del trigo y la cizaña y en el dogma de la Parusía. Llegará un tiempo en que el trigo y la cizaña, mezclados siempre en las eras humanas durante el curso de las edades, llegarán a la lucha suprema, la que no conoce piedad; y la cizaña crecida oprimirá al trigo de Dios de un modo insoportable, rodeándolo por todas partes como sin esperanza y sin respiro; tiempo en que la persecución, prometida a todo creyente, se hará interna a más de externa; y en que gemirá su carne a punto de aniquilarse.

Para ese tiempo se escribieron las últimas y más terribles —y más consoladoras— profecías.

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Hasta aquí el Padre Leonardo Castellani.

Nosotros, mientras tanto, recordemos que Si no abundare nuestra justicia más que la de los escribas y fariseos, no entraremos en el Reino de los Cielos…