MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

PRIMERA PARTE

LOS MOTIVOS QUE DEBEN OBLIGAR A CONVERSAR CON DIOS

ENTRETENIMIENTO VII

Sobre la necesidad de hablar con Dios

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Considera, alma mía, la necesidad que tú tienes de la asistencia del Señor, y concebirás la necesidad en que estas de tratar con Él.

¿A qué muchedumbre de pasiones, de males y miserias no estás sujeta en este valle de lágrimas? (Job 14). ¿A qué riesgos no estás expuesta en este campo de batalla? (Id. 7.) ¿Qué inclinación hacia el mal, y qué oposición al bien no sientes? ¿Cuál es tu ignorancia, tu flaqueza, tu impotencia en todas las cosas? En un estado tan lastimoso, ¿de dónde te vendrá el socorro que necesitas, sino de Dios criador del Cielo y de la tierra? (Psal. 120.)

Mas, si no tratas frecuentemente con el Señor, ¿cómo te lo concederá su bondad?

La oración continua es según el curso ordinario de la Providencia el único camino para alcanzar las gracias del Señor, y el canal por donde se derrama el celestial rocío. Jesucristo mismo nos lo ha enseñado; pedid, nos dice, y recibiréis; tocad, y os abrirán. (Matth. 7) Velad y orad, para que no caigáis en la tentación; rogad continuamente, añade San Pablo (ad Thessal.) porque (dice San Agustín) tenéis continuamente necesidad del socorro.

Ahora pues, sin el hábito de conversar con Dios no podremos cumplir, como es preciso, esta obligación de la oración frecuente, porque aquel trato solamente puede hacer fácil y familiar el uso de la oración.

Además de esto, no podremos sin su ayuda adquirir y conservar el fervor que Dios pide a sus siervos; porque como, según el testimonio de la Escritura, se sube a un alto grado de perfección, caminando en la presencia del Señor, y manteniéndose unido a Él; así se queda muy atrás y abajo, cuando no se sigue este camino.

Y como, según el mismo testimonio, acercándose a Dios por el frecuente trato con Él, se reciben luces y consuelos, que hacen abrazar sin dificultad todas las obligaciones del Cristianismo, así alejándose de esta fuente de los bienes, por entregarse a vanas conversaciones, se sienten disgustos, y tinieblas interiores, que hacen cada día más difícil la práctica de la virtud, y por fin llevan a que se abandone enteramente.

Nosotros somos respecto de Dios, según la comparación del Salvador, lo que el sarmiento respecto de la vid. El sarmiento no tiene virtud sino mientras esta unido a la cepa, y luego que lo separan de ella, se seca y queda infructuoso; así nosotros caemos en un estado de sequedad y tibieza cuando no estamos unidos a Dios, que es el principio de todo bien.

Tú, alma mía, te quejas de que vives siempre sujeta a unos mismos defectos; siempre distraída en tu oración; siempre fría y negligente en lo que mira a tu adelantamiento espiritual; y siempre por el contrario cuidadosa y solicita por lo que halaga los sentidos. No busques otra razón, sino el poco cuidado que tienes de tratar con el Señor, durante el curso del día.

El entendimiento no puede estar ocioso; si no se ocupa en Dios, se ha de llenar de pensamientos vanos, extravagantes, y muchas veces culpables: ¿y de ésto qué conseguirás? Una dificultad imponderable en recogerte; un derramamiento exterior continuo; un sumo disgusto a la oración, y a todo ejercicio de piedad; una ardiente pasión a la gloria vana y al placer, con otros muchos defectos de esta naturaleza, que se encadenan con otros aún más considerables, y llevan en fin a lo último de los males.

¡Ah! Señor, yo he muy sobradamente experimentado estos tristes efectos; yo veo y confieso que el poco cuidado que he tenido de andar en vuestra divina presencia me ha hecho caer en una infinidad de faltas, que hubieran sido seguidas de una muerte eterna, si vuestra poderosa mano no me hubiera mantenido en el borde mismo del precipicio.

Bien es que yo procuraba de tiempo en tiempo alentarme; daba asimismo algunos pasos para adelantarme en la perfección; pero todos estos esfuerzos, todos estos pasos eran inútiles; porque me desviaba del camino que guía a ella.

¿Pues qué? ¿Dilataré más el entrar por esta senda, que sola me puede conducir al feliz término de la perfección y de la salvación? ¿Diré que es áspera y difícil? Mas, fuera de que no lo es, sino al contrario fácil y agradable; ¿la dificultad detuviera a un caminante que, precisado a llegar a su término, no pudiese llegar sino por un camino incomodado?

Cuando una cosa es necesaria, no se repara en la dificultad; yo lo experimento todos los días en los negocios temporales. ¿Y de sólo el negocio de la salvación me retraerá una ligera dificultad? ¿Una dificultad sólo aparente? No, Señor, no habrá cosa que me aparte de vuestra comunicación; ella será de aquí en adelante mi ordinaria operación.

¡Ah! ¡Si yo hubiera sido siempre fiel! Si yo hubiera estado siempre cuidadosa en tratar con Vos, ¡oh Dios de toda consolación!

Me duelo, Señor, y me doleré sin cesar de tanto tiempo perdido por mi culpa; de tantos bienes que hubiera hecho; de tantos pecados que hubiera evitado; de tantas gracias que hubiera recibido; de tantos méritos y coronas que hubiera adquirido.

Quisiera reparar todas estas pérdidas con el precio de mi sangre, a lo menos haré lo que pudiere, empleando el resto de mi vida en el ejercicio de vuestra dulce y amable conversación.