MEDITACIONES SOBRE EL SANTÍSIMO SACRAMENTO

MEDITACIÓN DE LA ADORACIÓN PERPETUA

DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

Sant--simo Sacramento

LECTURA PRIMERA

¡Qué grande es la dicha de los cristianos!, pues tenemos en medio de nosotros al Rey inmortal de la gloria, al Rey de las virtudes, al Rey de reyes y de reinos, al verdadero Dios sacrificado, que por nuestro interés viene todos los días a nuestros altares, ocultando su gloria bajo las místicas bendiciones para hacerse accesible a nosotros.

Pero no es menos grande y vergonzoso el olvido que este mismo Dios sacramentado sufre en los Sagrarios de parte de muchos de los cristianos. Sí, los caminos de Sion lloran amargamente porque se ven desiertos y enlutados; el Tabernáculo, solo; y el que habita una luz inaccesible, casi sin adoradores, sin culto y sin sacrificios.

Lo más escogido de las tribus vaguea por las calles y plazas de Samaria. En las casas de juego, en los teatros no cabe la muchedumbre; sólo en nuestros santuarios, casi yermos, parece que Dios está esperando en vano quien le adore; temo que pueda gravarse sobre las aras la inscripción que halló San Pablo en el templo de Atenas, que decía: Al Dios No Conocido.

¿Y ésto no nos avisa bastantemente, que nuestro Dios es un Dios olvidado y abandonado? ¿Dónde estás, oh tú rey David? ¿No dijiste que los pueblos le darían adoraciones, y le bendecirían sin cesar? En verdad no se ha cumplido tu predicción entre nosotros; pues que si Jesús es soberano en la Eucaristía, ¿dónde está su honor? ¿Dónde los vasallos que le hacen corte? ¿Dónde el tributo o reconocimiento de soberanía? ¿Dónde los criados que velan a su puerta, y cuidan de palacio?

¡Qué esplendor no arroja el trono de los reyes de la tierra! El rey Asuero le parece a Esther un ángel de Dios por la luz que despide. ¡Qué multitud de vasallos no le hacen los honores! Sesenta robustos de Israel rodean el trono de Salomón, sin entrar en número los príncipes, los pajes, las centinelas. ¿Qué dones no ofrecen a dioses de carne? De todas partes envían al hijo de David vasos de oro, instrumentos bélicos, aromas exquisitos, en señal de vasallaje; ¿Y sólo el Rey de los reyes, el Rey sacramentado ha de mendigar débiles homenajes? ¿Se ha de ignorar o equivocar su Tabernáculo por carecer de dos luces que le distingan? ¿Por qué no hay vasallos que le hagan corte, ha de pasar los días solo, al mismo tiempo que se hacen a los reyes de la tierra rendimientos que llegan a cansarlos?

¡Oh religión! ¡Oh Fe! ¡Oh cristianismo! ¿Cómo no te retiras avergonzado a las islas más remotas, viendo la indiferencia con que se trata a aquel Rey de quien dijo David, que a Él sólo pertenece reinar, y en cuya comparación toda grandeza es como una tela de araña que se desvanece con el más leve soplo?

Los irracionales son más sensatos en esta parte y más agradecidos. Ellos adoran a su modo a este Rey supremo. El avestruz, retirado en los desiertos, hace homenaje a su Criador con sus graznidos. El león con toda su ferocidad le rinde vasallaje; y hasta el jumento busca con inquietud la casa de su señor.

¿Y sólo el hombre, enriquecido de la razón por este mismo Dios, no ha de reconocer su imperio eterno, o a lo menos no ha de atinar a buscar a este Rey supremo en el Sagrario donde está en su trono convidándonos a rendirle adoraciones?

¿Sólo el hombre, el más agraciado y noble de todas las criaturas, no ha de corresponder a las finezas de su Criador?

El caso es que no hay ninguno que no desee gozar la compañía de Jesucristo en la eternidad, y acá en el mundo se huye de estar con Él en el templo.

Imagínate, alma cristiana, que viendo el Salvador tan poca gente a sus pies, se dirige a ti, y te dice, como decía a sus discípulos. Y tú hijo mío, ¿quieres también abandonarme?

 

LECTURA SEGUNDA

¡Ah! tenemos en medio de nosotros un Dios de bondad, y manifestamos desconocerle; tenemos un Dios afable, y desdeñamos visitarle, y si lo hacemos alguna vez, es sin atención, sin amor y sin respeto, y muchas veces le menospreciamos con ultrajes los más injuriosos.

¿Y hasta dónde no extendemos para con este Señor el exceso de nuestra ingratitud, y de nuestras ofensas? ¡Oh cielos! pasmaos, dice este Dios ultrajado; y vosotras puertas del cielo desquiciaos con el mayor estrépito al oír la relación de los males que me ha hecho mi pueblo: me han abandonado, siendo yo el manantial del agua viva, por escavarse cisternas, y agotar en ellas aguas corrompidas y emponzoñadas.

Esta es la materia de que se forman los montes sobre que debemos llorar. ¿Pero Dios presente en el Tabernáculo, y que aún se haya de persuadir su adoración? ¿Convidaros a que empleéis una hora al mes en ofrecerle los afectos de vuestro corazón?

¡Ah! las naciones más cerriles han corrido a tributar incienso a las flores que se marchitan, culto a los astros que se eclipsan, veneración a las bestias que no conocen, y aun han teñido las aras de sus falsos dioses con la sangre de sus hijos en testimonio de su dependencia.

Los pueblos más ilustrados no han podido prescindir en la presencia del Dios de la adoración, de los sacrificios y del culto. ¿Pero de qué tiempo se habla? De aquel tiempo en que Dios estaba presente por sola su inmensidad; cuando especialmente habitaba en los cielos, y su trono estaba sobre las nubes; cuando el esplendor de gloria ponía barreras inaccesibles entre Dios y el hombre; más ahora que aquellos días pasaron ya, que ha llegado la época del amor, que Dios llenó de su gloria el Tabernáculo, encerrándose en el Sacramento del Altar, ¿le negareis vuestras adoraciones?

Allí está, no podemos decir como Jacob, que ignoramos el lugar de su residencia; no hay necesidad de atravesar montañas para encontrarle; no se niega a vuestras visitas; no pide la sangre de vuestros hijos, sino sólo que le adoremos una hora.

En medio de estas consideraciones el corazón toma algún aliento con el testimonio consolador, que nos ofrece la piedad religiosa de este pueblo, que ve erigida en su iglesia parroquial la santa Congregación de la adoración y vela perpetua del Santísimo Sacramento del Altar, cuyo instituto es hacer la corte a nuestro divino Salvador en su Sagrario por espacio de una hora cada mes siendo de día, y en las mismas casas de los asociados siendo de noche.

Este es el fuego que, bajo el auspicio del sol de justicia, se hace serie en un incendio, como el de Nehemías, comunicando sus chispas a muchos pueblos de dentro y fuera de la provincia. Porque de hecho, Jesucristo tiene ya un número considerable de adoradores a pesar del crecido número de enemigos que le insultan a todas horas en este mismo Sacramento; mas no importa, para nada los necesita; el Señor sabrá hasta de las mismas piedras suscitar hijos de Abraham que formarán su pueblo escogido.

Cuando los incrédulos doblan la rodilla al ídolo de sus pasiones, vosotros encaminaos, como Tobías, al templo a visitar a Jesús sacramentado. Así lo pide la Religión; así lo desea la Iglesia; así lo exige la presencia de Jesucristo en la Eucaristía; en donde se ha querido encerrar para oíros más de cerca, para hablaros a toda hora, y en todos los instantes.

Allí os espera, desde allí os llama; siente vuestra ausencia. Acudid pues a Él con amor, siempre le hallareis Él mismo; disimulará vuestras groserías; no se cansará de vosotros; nunca estaréis de más; siempre seréis bien recibidos.

Jesús, el dulcísimo Jesús es el amigo más tierno, más sufrido, más desinteresado; buscadle, visitadle, y gustareis de sus dulzuras; velad ante su trono, y experimentareis que ya no os trata como siervos, sino como amigos.

 

LECTURA TERCERA

¡Oh cuán amables son vuestras moradas, Señor de los ejércitos! Mi alma desfallece y no puede resistir las ansias que tiene de estar en la casa de mi Dios. Dichosos los que habitan en vuestra casa, Señor, pues no tienen otra ocupación que alabaros siempre; más vale un solo día pasado en los atrios de vuestro templo, que millares fuera de ellos.

Ciertamente me abismo, me pierdo, y mi corazón da saltos de contento como que quiere salir del pecho, porque el gran Santo de Israel habita entre nosotros. ¿Qué podíais hacer más, Salvador mío, que no lo hayáis hecho? ¡Oh, qué bien probáis lo ingenioso del amor! ¡Oh, y qué invenciones tan maravillosas de vuestra caridad excesiva para asegurarnos de ella!

Dichosa el alma que se une a Vos al pie de vuestros altares, pues tendrá la dicha de entrar en sociedad de mérito y acciones con Vos, adorará a vuestro Padre celestial, y os honrará a Vos mismo de un modo digno de Vos.

¡Qué dicha tener por hermano mayor al mismo Hijo de Dios, a nuestro propio Redentor! Y con un socio tan rico, tan sabio y omnipotente, ¿qué podemos esperar sino ganancias que nos asegurarán el bienestar de la vida eterna? ¿Quién pues rehusará entrar en una asociación toda divina, donde no pueden experimentarse pérdidas ni quiebra alguna?

Con tan nobles estímulos, ¿cómo podremos negarnos a visitar y velar ante el santo Tabernáculo sin ser reos de la terrible reconvención del Profeta? no se acordaron de lo que hizo en aquel día en que los rescató de las manos del tirano.

¡Ah, cuánto no haríais, si estando vosotros condenados a pena de muerte por algún delito, viniese un amigo a libraros de ella, sufriéndola él en lugar vuestro, y os consiguiese aun con su muerte grandes bienes!

A la verdad, apenas hay quien quisiese morir por un justo; tal vez se hallaría quien tuviese valor de dar su vida por un bienhechor; pero lo que hace brillar más la caridad de Dios hacia nosotros, es que entonces mismo cuando éramos aun enemigos suyos, fue cuando al tiempo señalado murió Cristo por nosotros.

No es un mero hombre; es el mismo Dios, que se ha sacrificado, impelido del grande amor que nos tiene para salvarnos. Y un sacrificio de esta naturaleza ¿no merece nuestra gratitud, y nuestro reconocimiento?

Sí, cristianos; seamos agradecidos a nuestro bienhechor Jesús; démosle pruebas de que le amamos visitándole con frecuencia.

Nuestros padres en alas de fe volaban a la tierra santa para visitar y adorar las huellas de Jesús: ¡Con qué diligencia preguntaban por el lugar donde había reconciliado a la mujer adúltera, por la casa donde había convertido a la pecadora, por el pozo donde habló a la samaritana, por el campo donde multiplicó los panes, y por el monte del Calvario donde obró nuestra salud eterna! ¡Y con qué fervor veían señalar estos lugares consagrados con la presencia del Redentor! Derramaban lágrimas de ternura, y aquellas imágenes alentaban su fervor, y avivaban su fe.

¿Y podremos nosotros dejar de ser vergonzosamente desconocidos a la mano redentora, si no nos consagramos al ejercicio de adorarle en el Sacramento?

Con pocos pasos llegaremos a la presencia de nuestro mediador y de nuestra víctima. ¿Veis ese Altar? No es un lugar que Jesucristo consagró en otro tiempo con su presencia. Ahí veréis al mismo Jesucristo, le tocareis, y aun llevareis dentro de vosotros al mismo que llevó María Santísima en sus entrañas: sí, al mismo, al mismo Jesús.

Desde allí os dice: ¿No podéis velar una hora en mi presencia?

La gratitud clama. Oíd pues, a nuestro Salvador. Adoradle con los Magos; tratad con Él como los discípulos; bañad sus pies con lágrimas como la Magdalena; pedidle, como el leproso, que purifique vuestro corazón; acreditad que apreciáis la Sangre de vuestro Redentor; y como águilas generosas rodead el Cuerpo del que se ha sacrificado por vosotros.