PATRICIA VERBOVEN- EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS Y LA MÍSTICA DIVINA

CORAZON DE JESUS 1La Mística Divina, o la ciencia de las operaciones de Dios en las almas, nos revela unos efectos tan extraños como ciertos.

Estos fenómenos tienen su sede en el alma y su contragolpe en el corazón, que deja entrever a veces presencia, por la vivacidad y la variedad de sus movimientos.

Entre esos portentos se cuentan la herida hecha en el corazón de San Francisco de Asís y de Santa Magdalena de Pazis; el desgarrón en el corazón de Ida de Lovaina; la Bienaventurada Reconigi, deja durante 55 días su corazón en manos de la Sabiduría eterna, que se lo devuelve más bello, más puro que nunca. Prodigios más sorprendentes aún, se dan en el corazón de Santa Catalina de Siena, de Santa Margarita María, de Santa Lutgarda, de San Miguel de los Santos.

Estos hechos demuestran que el corazón participa estrechamente en las operaciones afectivas, de las que es la sede. Otros tantos temas son los que surgen de los mismos:

¿Qué influencia tiene sobre el amor un corazón en buen o mal estado?

¿Cuál es la autoridad del autor de la Mística Divina?

¿Cómo vivir cuando un corazón ha sido sustraído, perforado o cambiado?

La santa Humanidad de Jesús, ¿puede ser desposeída de su propio Corazón?

¿Cómo el Corazón físico del Salvador puede, sin cesar de pertenecerle, convertirse en el corazón de otro, o de varias personas a la vez?

Explicación de Benedicto XIV.

Todos los prodigios observados en el Corazón de los Santos, son otras tantas pruebas en apoyo de la tesis.

Suponer al corazón insensible a las afecciones sensibles, no tendría ningún sentido y permanecería inexplicable.

Importancia de la Mística en esta cuestión

Diversos estudios han puesto en evidencia esta verdad, afirmada por todos los pueblos: Que el corazón del hombre es la sede de su vida afectiva, es decir, de su amor.

Hay una ciencia que aún no hemos interrogado sobre esta importante cuestión, ciencia profunda y variada, que posee ella también sus doctores. Es la Mística divina.

Esta ciencia se mueve en las esferas superiores, a donde el hombre carnal no sabría elevarse; trata de las operaciones divinas en su conjunto. Ella nos revela, no sólo la acción íntima de Dios en las almas de excepción, que ella purifica, ilumina e inflama, sino que nos describe también los fenómenos sobrenaturales que suceden en los mismos, cuando el Verbo Encarnado deja aparecer sobre los sentidos externos las atracciones maravillosas de sus operaciones secretas; operaciones que no son más que efusiones de Amor puramente gratuitas, emanadas de su Corazón Sagrado.

La mística, pues, tiene mucho que aportar para corroborar la tesis que nos ocupa. Sobre todo que tiene hechos que presentar, hechos extraños, misteriosos sin duda, pero no por eso menos ciertos; pues se pueden ver con los ojos y palpar con las manos. Son sobrenaturales en su causa, pero tangibles en sus efectos. Es Dios quien los ha producido con su acción soberana.

En este estado, el hombre está de tal forma subyugado por la gracia, que queda reducido al estado de una dichosa y fecunda pasividad. Su alma está totalmente abrasada por el fuego de la divina caridad, y su corazón, en esta unión tan íntima y santa, se convierte en el crisol y teatro de emociones tan vivas, que le dominan y tan dulces, que le arrebatan.

No podría ser de otra manera. El corazón, en efecto, es para nosotros el órgano que responde a la vida afectiva; el alma, experimentando una transformación en su vida de amor, el contragolpe debe repercutir sobre el órgano corporal, que descifra la impulsión íntima y muestra la medida por su propia acción por la intensidad misma de sus movimientos. Es fácil probarlo.

El Corazón de Jesús y el corazón de los Santos

Todo el mundo conoce el amor de San Francisco de Asís por Nuestro Señor Jesucristo. Era tan intenso, tan apasionado este amor, que a veces explotaba en transportes violentos; y su corazón, no pudiendo contener más sus ardores, se entreabrió un día, bajo la acción de un ardiente Serafín, para dejar escapar sus llamas. Cosa extraña, el Santo mantuvo durante toda su vida, la cicatriz de esta herida misteriosa.

Sus piadosos discípulos pudieron contemplarla a placer, después de su muerte y la Iglesia ha reconocido su autenticidad.

Santa Magdalena de Pazis, y otros muchos bienaventurados, conservaron en su pecho la huella de una herida semejante, ocasionada por la misma causa.

Tenemos también un caso, más extraño todavía, que encontramos en los Bolandistas; su autenticidad no puede ponerse en duda, pues fue sometida a la crítica más severa.

La Venerable Ida, de Lovaina, hacía sus meditaciones habituales sobre la Pasión del Salvador. Esta contemplación había excitado en su alma un amor tan ardiente hacia Jesús, que su pecho, arqueado por la dilatación del corazón, se desgarró; y la abertura era tan ancha y tan profunda, que el hálito de la respiración pasaba por ella, penetraba hasta la región del hígado, y la sangre, a veces brotaba en abundancia.

La Bienaventurada Reconigi, dice su historiador, tenía a menudo en sus labios, las palabras de David: ¡Dios mío, cread en mi un corazón puro! Repetía tan a menudo este versículo, derramando lágrimas, que Nuestro Señor se le apareció, mantuvo íntimo coloquio con ella y le reveló muchos secretos. Después le dijo: “Voy a satisfacer tus deseos”. Entonces abrió el pecho de la santa, tomó su corazón, lo purificó y lo colocó de nuevo en su sitio, después de haber grabado estas tres palabras: Jesus spes mea: Jesús es mi esperanza. Por tres veces el Señor repitió este prodigio. Una vez, guardó consigo durante 55 días el corazón de la Bienaventurada, antes de devolvérselo. Y cosa bien inaudita y más que maravillosa, la herida abierta en su costado era tan ancha y tan larga, que hacía la aspiración y expulsión del aire. Luego, acabados los 55 días, el Salvador se le apareció de nuevo y con su mano derecha depositó el corazón en su lugar natural, diciendo: “Tu sabes, mi querida esposa, que soy la Sabiduría infinita, que hice y puedo rehacer todas las cosas de la nada, y que está en mi voluntad hacer y rehacer el corazón de mis amigos y mis escogidos. Aquí tienes ahora este corazón, que tú me has ofrecido y consagrado tantas veces y te lo devuelvo más bello, más puro, más ardiente que nunca.

Escuchemos ahora a santa Margarita María, que nos cuenta como le ocurrió a ella un prodigio semejante, muy sorprendente también.

“Una vez, dice ella, estando delante del Smo. Sacramento… me encontraba totalmente investida de su divina presencia, pero tan fuertemente, que me olvidé de mí misma y del lugar donde estaba, y me abandoné a este divino Espíritu, entregando mi corazón a la fuerza de su amor. Me hizo reclinar largo rato sobre su divino pecho, donde me descubrió las maravillas de su amor y los secretos inexplicables de su sagrado Corazón, que siempre me había mantenido secretos, hasta este momento en que me los manifestó por primera vez, pero de una manera tan efectiva y sen­sible, que no me dejó sin lugar a duda… Me pidió mi corazón, y yo le supliqué lo tomara; lo hizo así, y lo colocó dentro del suyo, en el que me lo hizo ver consumiéndose como un pequeño átomo, dentro de aquel ardiente horno, del que lo extrajo como una llama ardiente en forma de corazón, y lo devolvió al lugar de donde lo había tomado, diciéndome:

“Aquí tienes, querida mía, como prenda preciosa de mi amor, que contiene para ti una pequeña chispa de sus llamas más vivas, para que te sirva de corazón y te consuma hasta el último momen­to. Y para garantizar que la gran gracia que acabo de hacerte no es solo imaginación y que es como el fundamento de todas las que aún voy a hacer contigo, aunque haya cerrado la llaga de tu costado, el dolor permanecerá para siempre…”. Después de un favor tan grande, continúa la Santa, y que duró un espacio de tiempo tan largo, de tal forma que no sabía si estaba en el cielo o en latierra, permanecí durante muchos días, como embriagada o abra­sada, y de tal forma fuera de mi misma, que solo podía repetir con cierta violencia estas palabras… Esta llaga, cuyo dolor me es tan agradable, me causa ardores tan vivos, que me consume y me hace arder en vida”

Hablemos de otro prodigio, acaso más maravilloso todavía:

Santa Lutgarda, había recibido el don de curar, por simple contacto, toda clase de enfermedades; pero como la concurrencia de los que sufrían era inconveniente a su vida de oración, pidió que le fuera retirada esta gracia y que, en cambio, Dios le diera la inteligencia de los Salmos, a fin de poder recitar el Oficio divino con la devoción. Esta petición fue escuchada, pero la Esposa de Cristo no estaba aún satisfecha. El Señor le preguntó: “¿Qué quieres entonces? — ¡Lo que quiero, dijo ella, es vuestro Corazón! — Pero el Señor dijo entonces: ¡Pues yo quiero más aún el tuyo! — Sea, dijo enseguida Lutgarda, ¡que vuestro Corazón sea el Amor del mío, y que yo no tenga mi corazón más que en Vos! Y este hermoso intercambio se realizó enseguida.

Citemos un último ejemplo que sacamos de la vida de San Miguel de los Santos.

El suceso que vamos a contar, escribe su biógrafo, es una de las pruebas más grandes de amor, que Nuestro Señor haya dado a alguno de sus más fieles servidores. El Hermano Miguel se había entregado a Dios tan perfectamente, desde su infancia, que podía decir desde entonces… que su Bien-amado estaba todo en él, y que él estaba todo en su bien-amado. Pero como el Amor no dijo jamás: ¡Basta!, le parecía que no amaba suficientemente y su deseo era de amarle más y más.

Cuando un día hacía oración, en esta disposición habitual de espíritu, poco satisfecho de su amor hacia Dios, pidió a Nuestro Señor que cambiara su corazón y le diera otro más tierno y más sensible a los atractivos del amor divino. Esta súplica amorosa fue tan agradable a Nuestro Señor, que la acogió favorablemente y fue atendida admirablemente, pues el suplicante no hubiera podido imaginar la señal de amistad que el divino Maestro iba a otorgarle. El Señor soberano extrajo el corazón de su amado Miguel, lo escondió en su propio pecho, y le hizo entrega de su divino Corazón, que puso en lugar del suyo extraído, dejando al Hermano tan feliz y contento, tan satisfecho del cambio y tan abrasado de amor, que es imposible describirlo.

Este admirable favor, el Hermano Miguel lo declaró a su confesor, el P. Francisco de la Madre de Dios, quien lo depuso bajo fe de juramento, y era un testigo fuera de toda duda, además de ser un varón distinguido por sus virtudes y doctrina.

Aunque este hecho no necesitaría más pruebas… plugo, sin embargo, a Nuestro Señor hacerlo conocer de otra manera, para honor de su siervo y fiel amigo.

Había en Sevilla una religiosa de la Orden de las Descalzas, la Venerable Ana de Jesús, que terminó sus días en aquella ciudad, con una reputación de santidad, que Nuestro Señor se dignó confirmar operando algunos milagros por su intercesión, el día de sus funerales. Esta sierva de Dios, deseaba tan vivamente que el Señor abrasara su corazón de su puro amor, que pudiera amarlo igual que los serafines. En la temeridad piadosa de su fervor, pidió a Jesús nada menos que el don de su propio Corazón.

Parece como si el buen Maestro no se sintió ofendido de este atrevimiento, puesto que se dignó contestar: “No puedo darte mi Corazón, puesto que Miguel ya lo posee y yo poseo el suyo”. Un día que la misma sierva de Dios estaba en oración, Nuestro Señor le mostró al Hermano Miguel, y entonces ella vio en su pecho, en lugar del corazón, al Niño Jesús, rodeado de llamas.

Estos hechos demuestran que el Corazón es la sede del Amor

He aquí una serie de hechos que no se pueden poner en duda; están revestidos con los testimonios de autenticidad, que la crítica más severa podría exigir. Los que los refieren los han visto y verificado por sí mismos o los han recogido de testigos oculares y dignos de fe. El fraude o la ilusión no son admisibles. En efecto, nada es más fácil que darse cuenta de una herida, de una cicatriz, de una llaga. La veracidad de los relatos que acabamos de aportar parecen incontestables; no hay ninguna razón para rechazarlos; los testigos y las fuentes de donde proceden, lejos de ser sospechosos, merecen, por el contrario, toda confianza.

Las maravillas que acabamos de aportar, y otras muchas del mismo género que hemos omitido, confirman, sin lugar a duda, que el corazón participa de las operaciones afectivas y que es la sede de las mismas.

Como hemos dicho, el hombre se compone de dos substancias: de alma y de cuerpo. Estas dos substancias reunidas forman un todo viviente, armonioso y completo. El cuerpo no tiene vida ni acción sin el alma; y el alma, aquí abajo, no entra en conciencia de sus operaciones, aun las más íntimas, sin el concurso del cuerpo. El alma es la vida del cuerpo y el cuerpo es el instrumento del alma. “Así, ver y amar, es toda la vida del alma, es el alma toda entera. El corazón es el órgano instrumental del amor consciente. El pensamiento y el amor tienen sus orígenes en el alma, pero es en el eco que regresa del cuerpo al alma en esta doble operación, donde el hombre recibe la confirmación y el sentimiento: en este punto de vista, el corazón es al amor, lo que el cerebro es al pensamiento. Que la buena o mala disposición de estos órganos sea una ayuda o un obstáculo al libre ejercicio de las funciones psicológicas, no es misterio para nadie. La organización material del corazón tiene su contragolpe sobre la vida afectiva del alma; cuanto más perfecta sea esta organización, mejor contribuirá al perfeccionamiento del amor”.

Explicación de estos misterios de amor

Pero dicen: ¡Los hechos que aducís son inadmisibles! ¿Cómo vivir, cuando el corazón está perforado, sustraído o substituido? ¡Es imposible!

Expongamos el hecho y tratemos de explicarlo del mejor modo posible.

1-El hecho.—Consiste este fenómeno en la extracción física al parecer—del corazón de carne y substitución por otro, que a veces es el del mismo Cristo.

2-Casos históricos.—Es famoso entre todos el caso de Santa Catalina de Siena; pero además de ella recibieron idéntico o parecido favor Santa Lutgarda, Santa Gertrudis, Santa Magdalena de Pazzis, Santa Catalina de Ricci, las Bienaventuradas Juana de Valois, Osanna de Mantua, Catalina de Raconixio, la Venerable Madre Inés de Langeac, Santa Margarita María de Alacoque y San Miguel de los Santos.

Como muestra de cómo suele realizarse este fenómeno, veamos la exposición del caso de Santa Catalina de Siena por su confesor, el Beato Raimundo de Capua. He aquí sus palabras traducidas al castellano:

Santa Catalina de Siena tenía costumbre de dirigir al Cielo esta oración del Rey Profeta: Cread en mí, Dios mío, un corazón puro. Un día vio a su divino Esposo venir hacia ella, abrirle el costado izquierdo, extraerle el corazón y alejarse. Concluida la visión, comprendió que no había sido puramente simbólica, pues no podía percibir en su pecho el más leve signo que demostrara la presencia del corazón. Habiendo ido a encontrar a su confesor, le desveló el prodigio; pero éste no hacía más que sonreírse y la reprendía por su credibilidad, estimando que era imposible vivir sin corazón. “Nada es imposible a Dios, replicó Catalina, y no puedo dejar de creer que mi corazón ha desaparecido de mi pecho”. Durante muchos días, se la oyó repetir que vivía sin corazón. Algún tiempo después, Jesús se le apareció de nuevo, envuelto en una luz prodigiosa, teniendo en sus augustas manos un corazón humano, resplandeciente y rojo como una llama. A esta vista, la Santa se postró en un santo estremecimiento. El Señor se le acercó, le abrió por segunda vez el costado izquierdo y devolvió a su sitio el corazón que traía en sus manos, diciendo: “Hija querida, antes tomé tu corazón; ahora te doy el mío, para que en adelante sea tu vida.” Después de dicho esto, cerró sólidamente la abertura que había hecho en su carne, dejando subsistir, en señal de milagro, los bordes de una cicatriz, que sus hermanas, añade el Bienaventurado Raimundo de Capua, me han asegurado, a mí y a otras personas, haber visto con sus propios ojos, y de la que ella misma me confirmó la existencia. Después de este día, le fue totalmente imposible volver a decir aquella oración que antes había estado siempre en sus labios: ¡Señor, yo os recomiendo mi corazón!, y parece que su pecho se convirtió en un verdadero horno, cuyos ardores aumentaban a la sola vista, o a la proximidad de la Eucaristía, de tal suerte que sus compañeras escuchaban entonces como una dulce crepitación, muy armoniosa, como de las llamas que se escapaban de su corazón.

Explicación del fenómeno.—Supuesta, pues, la autenticidad del hecho—que parece temerario rechazar después de testimonios tan explícitos y tan dignos de crédito—, cómo puede explicarse un fenómeno tan maravilloso y sorprendente?

Es preciso proceder con calma y serenidad intelectual para no abandonarse demasiado pronto a juicios apriorísticos. Vayamos por partes.

1) En la zona de lo estrictamente milagroso no puede haber dificultad alguna. En el orden contingente, nada hay necesario. Dios hubiera podido organizar al hombre sin necesidad de darle un corazón. ¿Por qué le seria prohibido conservar la vida después de haber retirado esa víscera fundamental del organismo? Esto implicaría una derogación de las leyes actuales y ordinarias del organismo humano, estamos de acuerdo; pero esta derogación no constituye en modo alguno una imposibilidad para la omnipotencia divina. Su verdadero nombre es familiar a los creyentes: es un milagro.

Y si no se trata de la conservación de la vida sin corazón, sino únicamente de la substitución de un corazón por otro, el prodigio ofrece todavía menos dificultad.

2) Más difícil de explicar—aun en el terreno de lo estupendamente milagroso— es la substitución del corazón del santo o santa por el mismo Corazón de Cristo. Por de pronto hay que rechazar de plano, como absolutamente inadmisible, que la santa humanidad de Cristo se desposea de su propio Corazón y se quede sin él aunque sólo sea momentáneamente. Ni menos aún que el corazón de tal o cual santo pase al pecho de Cristo hasta el punto de que el Verbo encarnado lo reivindique como asumido por su propia personalidad divina. Esto equivaldría a una unión hipostática de ese corazón humano con la divinidad, que sólo se ha dado de hecho en el corazón adorable del mismo Cristo.

Ahora bien: es muy difícil entender cómo el corazón físico del Salvador puede—sin cesar de pertenecerle a Él—pasar a ser el corazón de otra persona y, con mayor razón aún, el de muchas personas a la vez. Si el Corazón físico de Cristo es el Corazón de Cristo, ¿cómo es posible que sea a la vez el corazón de otra persona distinta de Cristo?

La explicación que nos parece más aceptable y natural es la siguiente:

Nuestro Señor, bajo el símbolo místico del cambio de corazones, hace a la feliz criatura que recibe esta gracia un doble don: a su alma, dándole disposiciones y sentimientos que reflejan las afecciones íntimas de su alma santísima; y a su cuerpo, dándole un corazón en armonía con el estado interior, de manera semejante a como su corazón sagrado se armonizaba con los impulsos de su alma. Se trata de un cambio místico, no real, de los corazones.

 Esta era la opinión del sabio y gran pontífice Benedicto XIV. En el discurso pronunciado en elogio de San Miguel de los Santos—uno de los pocos favorecidos con el cambio de corazones—, dijo, con la profunda sabiduría que le era característica, que el cambio de corazones entre Jesús y su fiel servidor había sido un cambio místico y espiritual. La Sagrada Congregación de Ritos consagró esta interpretación en el oficio del Santo con las siguientes palabras: «Hunc servum suum fidelem, peculiari voluit ¡Ilustrare prodigio, quo ipse divini sui cordis mysticam commutationem cum corde illius inire dignatus est».

Nos parecería temeridad ensayar una explicación realista después de este testimonio tan claro y autorizado.

Así, según la Mística divina, podemos concluir que el corazón no permanece indiferente a los afectos sensibles y que sigue siendo el principio, su instrumento y su órgano. ¿Cómo explicar sino estos divinos incendios, esos braseros ardientes, esas llamas potentes que consumen el corazón de los santos, hacen erupción y explotan en el interior con esas maravillas que acabamos de mencionar? ¿Cómo explicar de otra manera, ese horno de amor, esa caridad inmensa que consume el Corazón del Salvador, que le dilata y que por su contacto, alumbra en el pecho de sus piadosos siervos un fuego misterioso que les abrasa, y los transporta en un mundo  nuevo que les transfigura?

Oh Jesús, yo os creo, cuando nos mostráis vuestro Corazón adorable y nos decís: He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres!

Sí, yo os creo, cuando afirmáis con la Iglesia y los Santos, que vuestro Corazón es la sede de vuestros sentimientos, el centro de vuestra caridad, el inspirador de vuestra abnegación, el trono de vuestra misericordia, el tesoro del Cielo y de la Tierra, el abismo de todas las virtudes, el océano de bondad, una fuente de vida, el manantial de todas las gracias, el refugio de los pecadores, la fuerza de los débiles, la perseverancia de los justos, la esperanza de los moribundos, el terror de los demonios, la santificación de los corazones, la casa de Dios, la puerta del Cielo y una fragua de amor.

OTRAS EXPERIENCIAS MÍSTICAS

Santa Teresa de Ávila y la Transverberación

CORAZON DE JESUS 2.jpgEn algunos de sus éxtasis, de los que nos dejó la Santa una descripción detallada, se elevaba hasta un metro. Después de una de aquellas visiones escribió la bella poesía que dice: “Tan alta vida espero que muero porque no muero”

A este propósito, comenta Teresa: Dios “no parece contentarse con arrebatar el alma a Sí, sino que levanta también este cuerpo mortal, manchado con el barro asqueroso de nuestros pecados”. En esos éxtasis se manifestaban la grandeza y bondad de Dios, el exceso de su amor y la dulzura de su servicio en forma sensible, y el alma de Teresa lo comprendía con claridad, aunque era incapaz de expresarlo. El deseo del cielo que dejaban las visiones en su alma era inefable. “Desde entonces, dejé de tener miedo a la muerte, cosa que antes me atormentaba mucho”.

Las experiencias místicas de la santa llegaron a las alturas de los esponsales espirituales, el matrimonio místico y la transverberación

Santa Teresa nos dejó el siguiente relato sobre el fenómeno de la transverberación:

“Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla; aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese así: no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan.

Deben ser los que llaman querubines, que los nombres no me los dicen; mas bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles a otros y de otros a otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento.

Los días que duraba esto andaba como embobada. No quisiera ver ni hablar, sino abrazarme con mi pena, que para mí era mayor gloria que cuantas hay en todo lo criado.

Esto tenía algunas veces, cuando quiso el Señor me viniesen estos arrobamientos tan grandes, que aun estando entre gentes no los podía resistir, sino que con harta pena mía se comenzaron a publicar. Después que los tengo, no siento esta pena tanto, sino la que dije en otra parte antes -no me acuerdo en qué capítulo-, que es muy diferente en hartas cosas y de mayor precio; antes en comenzando esta pena de que ahora hablo, parece arrebata el Señor el alma y la pone en éxtasis, y así no hay lugar de tener pena ni de padecer, porque viene luego el gozar. Sea bendito por siempre, que tantas mercedes hace a quien tan mal responde a tan grandes beneficios.”

El anhelo de Teresa de morir pronto para unirse con Dios, estaba templado por el deseo que la inflamaba de sufrir por su amor. A este propósito escribió: “La única razón que encuentro para vivir, es sufrir y eso es lo único que pido para mí”. Según reveló la autopsia en el cadáver de la Santa, había en su corazón la cicatriz de una herida larga y profunda.

El año siguiente (1560), para corresponder a esa gracia, la Santa hizo el voto de hacer siempre lo que le pareciese más perfecto y agradable a Dios. Un voto de esa naturaleza está tan por encima de las fuerzas naturales, que sólo el esforzarse por cumplirlo puede justificarlo. Santa Teresa cumplió perfectamente su voto.

Mi amado para mi

Ya toda me entregué y di,

Y de tal suerte he trocado,

Que mi Amado es para mí,

Y yo soy para mi Amado.

 

Cuando el dulce Cazador

Me tiró y dejó herida,

En los brazos del amor

Mi alma quedó rendida,

Y, cobrando nueva vida,

De tal manera he trocado,

Que mi Amado es para mí,

Y yo soy para mi Amado.

 

Hirióme con una flecha

Enherbolada de amor,

Y mi alma quedó hecha

Una con su Criador;

Ya yo no quiero otro amor,

Pues a mi Dios me he entregado,

Y mi Amado es para mí,

Y yo soy para mi Amado.

Santa Teresa de Ávila

FUENTES:

P. Julio Chevalier MSC

http://www.mscperu.org/msc/sgdoCorazon/SgdoCorChevalier/SCorChev2_5.htm

http://www.mscperu.org/msc/chevalier/quince_dias/00quincediasVidaJChev.htm

Rvdo. P. FR. Antonio Royo Marín, O. P.

http://www.mediafire.com/download/qwnrzcnlf40g451/Teologia+Perfeccion+Cristiana+II+-+Royo+Mar%C3%ADn.pdf

Santa Teresa de Avila “Libro de la vida”

http://www.mediafire.com/download/dauj7ft1pr4j3zu/Santa+Teresa+-+Vida.pdf

COLABORACIÓN:

E.J.S

M.I.B