Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 4ª después de Pentecostés

Sermones-Ceriani

DOMINGO CUARTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Estimo, pues, que esos padecimientos del tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria venidera que ha de manifestarse en nosotros. La creación está aguardando con ardiente anhelo esa manifestación de los hijos de Dios; pues si la creación está sometida a la vanidad, no es de grado, sino por la voluntad de Aquél que la sometió; pero con esperanza, porque también la creación misma será libertada de la servidumbre de la corrupción para participar de la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Sabemos, en efecto, que ahora la creación entera gime a una, y a una está en dolores de parto. Y no tan sólo ella, sino que asimismo nosotros, los que tenemos las primicias del Espíritu, también gemimos en nuestro interior, aguardando la filiación, la redención de nuestro cuerpo.

La creación entera suspira por la glorificación…

¡Magnífica idea la que ha sabido expresar el Apóstol San Pablo en la Epístola a los Romanos, que trae la Liturgia de este Domingo!

Desde que Adán pecó, sube a lo alto desde la tierra un sordo clamor, un gemido continuo, expresión del ansia que domina a la naturaleza entera por verse libre de la esclavitud del pecado y llegar a conseguir la regeneración, la glorificación, el día en que, según la expresión de San Pedro, saldrá a luz un cielo nuevo y una nueva tierra.

Y no es que el pecado haya corrompido la naturaleza; pero sí la incapacitó para llenar su cometido, para cumplir su propia finalidad.

¿Cuál? Esa finalidad es la de alabar al Creador, sirviendo a la única criatura terrena capaz de formular actos de alabanza, es decir, al hombre.

Con la contemplación de la creación y admirando las perfecciones divinas reflejadas en ella, debía el hombre inflamarse en el amor de un Señor tan generoso, de un Dios que reparte sus perfecciones a manos llenas entre las criaturas.

Al hombre, elevado por la gracia, servían con gusto como a su dueño los elementos todos; su placer consistía en declararse esclavos de la criatura amada de Dios, sabiendo que por sus manos rendían al Creador el tributo que le debían.

Al pecar el hombre, se trocó ese orden admirable; servir al hombre es servir al pecado; las criaturas son, en efecto, empleadas por él para sus fines perversos.

Siguiendo aquéllas su natural impulso, le hubieran negado la obediencia; no obstante, continuaron rendidas a él, no de grado, sino por causa de Aquél que las puso en tal sujeción.

Así como la piedra, que de su natural tiende a su centro, cuando se le estorba en su impulso parece que sufre violencia; así también las criaturas son violentadas, cuando no cumplen la ley de la finalidad, cuando se ven obligadas a servir al pecado contra su natural tendencia.

Por eso están suspirando y como en dolores de parto, esperando también ser ellas redimidas de esa servidumbre de la corrupción, para participar de la libertad y gloria de los hijos de Dios.

En efecto, hasta la creación inanimada que, a raíz del pecado de los primeros padres, fue sometida a la maldición, ha de tomar parte en la felicidad del hombre.

De la transformación de las cosas creadas nos hablan tanto los profetas del Antiguo Testamento como los del Nuevo.

Los Santos Padres hacen notar que el Hijo de Dios precisamente se hizo hombre porque en la naturaleza humana podía abrazar simultáneamente la sustancia material y espiritual de la creación.

Es la promesa maravillosa de Efesios I, 10: reunirlo todo en Cristo, las cosas de los cielos y las de la tierra en la dispensación de la plenitud de los tiempos.

¡Reunirlo todo en Cristo! Otras versiones dicen: recapitular o restaurar.

Así Cristo es, tanto en el mundo cósmico cuanto en el sobrenatural, centro y lazo de unión viviente del universo, principio de armonía y unidad.

Todo lo que estaba separado y disperso por el pecado, en el mundo sensible y en el mundo de los espíritus, Dios lo reunirá y lo volverá definitivamente a Sí por Cristo, el cual, como fue por la creación principio de existencia de todas las cosas, es por la Redención, en la plenitud de sus frutos, principio de reconciliación y de unión para todas las creaturas.

Así puede entenderse, en su sentido final, la palabra de Jesús lo atraeré todo a Mí, puesto que en Él han de unirse a un tiempo el cielo y la tierra como en el principio de una nueva creación.

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El hombre puede ya en esta vida calmar los anhelos, acallar los gemidos de las criaturas irracionales. Si sus protestas tienen por origen la contrariedad que experimentan al tener que servir al pecado, procuremos nosotros no abusar de ninguna criatura, no aprovecharlas para fines que no sean del todo santos; tributemos al Creador el cántico de gratitud y alabanza que ellas son incapaces de formular; miremos la Creación bañada de luz divina, y devolvamos al cielo esa luz que ellas reflejan.

¡Qué hermoso sería entonces el Universo!

Fomentemos estos afectos, y coronemos estas consideraciones con el Cántico de las Criaturas, el Benedicite, que entonaron los tres Jóvenes dentro del horno ardiente, tal como lo trae el Profeta Daniel. También podemos entonar el Cántico de las criaturas de San Francisco de Asís (ver ambos al final).

¿Por qué no nos unimos al cuadro de la Creación? ¿Por qué nos apegamos a la miseria de nuestro estado de destierro, en el que la gracia de la Redención no se muestra más que de una manera imperfecta todavía, y no suspiramos, como quiere el Apóstol, por la pronta redención de nuestro cuerpo, con el que quedarán todos los elementos glorificados?

Levantémonos de nuestra postración, y gimamos esperando los bienes imperecederos de allá arriba, y acelerando la manifestación de los hijos de Dios.

Esa esperanza define la actitud propia del cristiano. El cristiano es un hombre con la vista fija en el Cielo. La esperanza de la resurrección es la que le presta esa su santa impasibilidad en medio de los vaivenes de este mundo.

Mirando a esa gloria futura, le parecen pequeños todos los sacrificios, pues no son comparables los sufrimientos de esta vida con la gloria venidera, que se ha de manifestar en nosotros.

Y la certeza de dicha esperanza radica en Jesucristo, Señor Nuestro. Cuanto más unidos estemos a Él, más firme será nuestra esperanza, más sólida nuestra seguridad.

Procuremos, pues, que nuestra unión con nuestra Cabeza crezca de día en día, y así será tanto más cierta y gozosa nuestra esperanza.

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Todo lo dicho queda resumido en la segunda parte del Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola: Y las otras cosas que hay sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es creado. De donde se sigue que el hombre ha de usar de ellas tanto cuanto le ayuden a conseguir su fin, y ha de apartarse de ellas tanto cuanto se lo impidan.

¿Cuál es la finalidad de las creaturas? ¿Para qué las ha creado Dios? San Ignacio nos lo dice: Las otras cosas sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para al que es creado.

Se debe notar que por la conjunción “y” se expresa un doble fin de las criaturas.

La expresión “para el hombre” indica el fin próximo de las criaturas y juntamente la liberalidad del Creador, que dijo a Adán: “Ecce dedi vobis” y a Noé: “Tradidi vobis omnia“.

Las cosas son de Dios. El amo absoluto de las cosas es Dios. Los hombres, que nos llamamos propietarios y dueños de ellas, no somos dueños sino respecto de los otros hombres; pero respecto de Dios sólo somos poseedores actuales, administradores, usufructuarios.

Todo es de Dios; pero lo ha hecho para el hombre. He aquí la bondad de Dios y la grandeza del hombre.

La frase “para que le ayuden” indica el fin último, al que finalmente se han de referir todas las cosas.

Todo es para nosotros, mas no para lo que queremos, no para que hagamos con las cosas lo que queramos; sino para que hagamos con ellas lo que Dios quiere.

Y Dios ha creado estas cosas para que nos ayuden y sirvan a conseguir nuestro fin, como medios para que con ellas sirvamos a Nuestro Señor.

Nada en sí mismo puede hacernos perder nuestro último fin. Todo es un medio que Dios nos da para salvarnos.

El hombre es para Dios; las cosas son para el hombre.

No es el hombre para las criaturas, sino que debe servirse de ellas, pero no servirlas. Es su señor, no su siervo.

Es claro… Si únicamente Dios es fin de todo, todo lo demás debemos considerarlo únicamente como medio con relación a Él.

No ha creado Dios las cosas para que seamos felices en esta vida; pues ya sabemos que aquí no hay felicidad verdadera.

Todo es un medio, un intermediario para alcanzar el fin.

La ambición suprema de Satanás es que todas las cosas estén dispuestas, presentadas o consideradas de modo tal que, lejos de ayudar al hombre en su salvación, lo desvíen de ella y se lo hagan olvidar.

Animarlo todo, ordenarlo todo de tal modo que no se pueda pensar en Dios, ni en la salvación con facilidad.

En cuanto se trata de medio, se habla de una noción correlativa: la de medida.

Y por eso hay dos reglas.

1ª REGLA: Tanto ha de usar de ellas, cuanto le ayudan para su fin.

Observemos cuán contraria es la regla del mundo y la que solemos seguir nosotros muchas veces: “Usaré de las criaturas tanto cuanto me gusten”.

Es decir, usaré de las criaturas para deleitarme, para divertirme, para ser feliz. Y no consideramos que Dios nos las ha dado para ayudarnos a salvarnos.

2ª REGLA: Tanto debe apartarse de ellas, cuanto le impiden para su fin.

La expresión “apartarse” o “quitarse” es más propia que “abstenerse”. En verdad, todos solemos apegarnos casi con demasiado afecto a alguna criatura, o nos dejamos enredar por ella; y por eso no nos basta abstenernos de ella, sino que es necesario quitarse o desem­barazarse de ella.

La regla del mundo es: Dejar las cosas tanto cuanto me disgustan.

La prudencia cristiana dice: deja todo lo que te impida servir a Dios…, aunque te guste, te de placer, te proporcione honor o riquezas…

¿Qué aprovecha al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?

Buscad el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura.

Si tu ojo te es ocasión de pecado, arráncatelo…

Lo primero que el hombre debe conservar es la libertad de servir a Dios y la de salvar su alma.

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El hombre es la corona del universo. Con miras a él creó Dios todas las maravillas materiales.

Y como todas las criaturas están obligadas a cantar a su Creador, de ahí el deber que incumbe al hombre de ofrendar a Dios el homenaje de las criaturas irracionales.

Él es el encargado de traducir al lenguaje espiritual las voces de alabanza que la creación entera dirige, inconscientemente, al Creador.

El hombre es el responsable de ser el instrumento acordado, destinado a dar cuerpo y sentido, en preciosas melodías, a la armonía vaga del universo.

Él es la caja de resonancia de las voces que la Creación dirige a su Autor.

Los cielos cantan la gloria de Dios, pero su lenguaje debe ser traducido por una inteligencia en himnos espirituales de alabanza.

De ahí que la naturaleza no alcance sin el hombre su pleno sentido.

En manos del hombre, los minerales, los vegetales y los animales cumplen con su finalidad.

En su dominio, las flores de los campos cobran perfumes celestiales y colores de eternidad…

Bajo su influjo, los pajarillos reciben nuevos modos melodiosos…

Utilizada por el hombre, la luz realiza todo su simbolismo, cuando sus rayos se diluyen por el mundo como emitidos por la antorcha del alma humana…

Y aunque su papel de instrumento acordado de la Creación lo realiza el hombre principalmente por el buen uso que hace de las criaturas y por los cantos que al Señor dirige contemplando su hermosura, esta obligación tiene también un símbolo material, y es la ofrenda hecha al Creador de las bellezas de la naturaleza.

De este modo, por ejemplo, se comprende el sentido teológico que preside el ornato de los templos y el despliegue de riqueza y de belleza de la Santa Liturgia. Además de estimular la piedad y devoción de los fieles, significa el acatamiento de la Creación muda al Rey de reyes en el augusto Sacramento del Altar.

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Enseñaba admirablemente el Padre Petit de Murat, en unas clases dictadas en 1975 en la UNSTA:

El hombre, al poner su esperanza en las criaturas, ha volcado su espíritu en ellas, y las está violentando; y ellas están como oprimidas, violentadas y profanadas; y están aguardando el advenimiento de los hijos de Dios como una liberación.

No nos damos cuenta hasta qué punto la tierra es muda y opaca sin el hombre; hasta qué punto el hombre está iluminando a la tierra, a pesar de las tinieblas en que él mismo está sumergido.

El hombre da sentido a la tierra, porque es la inteligencia de la tierra.

No conocemos nuestra responsabilidad tremenda de dar la última forma a la tierra, de nombrarla. Estamos en el lugar del Verbo, del Hijo de Dios.

La tierra tiene relación trascendental con el hombre; la tierra, toda ella, está hecha en una vehemente vocación del hombre; lo cual lleva a San Pablo a decir aquellas palabras magníficas: Hasta las criaturas irracionales están como con dolores de parto aguardando el advenimiento de los hijos de Dios. ¿Y por qué esto? Porque contra su voluntad están violentadas, por la ilusión de la esperanza que el hombre ha puesto en ellas.

Por lo tanto, la salvación del hombre va a ser la liberación de la tierra.

Hoy la tierra está violentada por su cabeza, está padeciendo también el desorden tremendo del pecado del hombre, que le exige a las criaturas lo que ellas no pueden dar.

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Por su parte, Leopoldo Marechal, en su obra Descenso y ascenso del alma por la belleza, con singular esplendor expresa de este modo esa violencia de la que habla el Padre Petit de Murat:

Al hacerlo, comete una doble injusticia: con la criatura, exigiéndole, por violencia, lo que la criatura no puede ni sabe dar; y una injusticia consigo misma, pues al descender amorosamente hacia las cosas inferiores el alma concluye por someterse a ellas, con lo que invierte la jerarquía natural y el orden armonioso, en menoscabo de la potestad que le fue conferida sobre las cosas del mundo visible.

Las criaturas responden con un “no” al amante que desciende a ellas; pero al juez que las interroga dan un “sí”.

San Agustín también buscó a su Dios en la criatura: Interrogué a la tierra, y me ha respondido: no soy tu Dios. Interrogué al mar, a sus abismos y a los seres animados que allí se mueven, y todos me respondieron: no somos tu Dios, búscalo más arriba. Interrogué al cielo, al sol, a la luna y a las estrellas, y me afirmaron: no somos el Dios que buscas (Confesiones, X).

Tal cosa niegan las criaturas: niegan ser el destino del hombre, cuando el hombre las interroga por su destino; y no se limitan a negarlo, sino que dicen: “Búscalo más arriba”.

Y no sólo nos convidan a un ascenso, sino que se nos ofrecen como peldaños, porque las cosas nos llaman, con la voz de su hermosura, y ese llamado de las cosas trae una intención de bien.

Todo llamado viene de alguien que llama, y las criaturas dicen al que sabe oír: somos el llamado, pero no somos el que llama.

Y, negándose, afirman al Llamador: lo afirman en sus nombres; pues dicen a todo el que contempla su hermosura: somos bellas, pero no somos la Hermosura que nos creó hermosas.

Y al que medita su verdad enseñan: somos veraces, pero no somos la Verdad que nos creó verdaderas.

Y dicen al que gusta de sus bienes: somos buenas, pero no somos la Bondad que así nos creó.

Así afirman al que llama: lo afirman en sus nombres gloriosos de Hermosura, Verdad y Bien.

Y lo afirman como Principio, llamándole: el que nos creó.

Y lo alaban como Fin, diciendo: somos el llamado hermoso y no la Hermosura que llama.

El que las interrogue, si es juez equitativo, alcanzará el “sí” gozoso que dan las criaturas cuando niegan al amante que desciende a ellas.

Y ser bien nombradas, he ahí la justicia que las cosas reclaman de nosotros; porque su justicia depende de nuestra justicia.

Pero sólo el juez sabe nombrar, y sólo es juez el que deja de ser esclavo.

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La creación está aguardando con ardiente anhelo esa manifestación de los hijos de Dios…

Las criaturas están aguardando, pues, la manifestación de jueces que hayan dejado de ser esclavos…

La creación misma será libertada de la servidumbre de la corrupción para participar de la libertad de la gloria de los hijos de Dios…

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BENEDICITE

Obras todas del Señor, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

Cielos, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

Aguas todas que estáis sobre los cielos, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

Ejércitos todos del Señor, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

Sol y luna, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

Estrellas del cielo, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

1) Luna

Lluvias todas y rocíos, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

Espíritus todos de Dios, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

Fuego y calor, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

Frío y calor, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

2) Fuego

Rocíos y escarcha, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

Hielo y frío, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

Heladas y nieves, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

3) Témpano

Noches y días, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

Relámpagos y nubes, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

4) Tormenta

Bendiga la tierra al Señor; alábele y ensálcele por los siglos.

Montes y collados, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

Plantas todas que nacéis en la tierra, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

5) Cerros

Fuentes, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

Mares y ríos, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

Monstruos del mar y cuanto se mueve en las aguas, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

6) Orca

Aves todas del cielo, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

Bestias todas y ganados, bendecid al Señor; loadle y ensalzadle por los siglos.

7) Koala

CÁNTICO DE LAS CRIATURAS DE SAN FRANCISCO DE ASÍS

Altísimo y omnipotente buen Señor, tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

A ti solo, Altísimo, te convienen y ningún hombre es digno de nombrarte.

Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas, especialmente en el hermano sol, por quien nos das el día y nos iluminas.

Y es bello y radiante con gran esplendor; de Ti, Altísimo, lleva significación.

8) Sol

Alabado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas, en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo, por todos ellos a tus criaturas das sustento.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego, por el cual iluminas la noche, y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sostiene y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.

9) Siembra

Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor, y sufren enfermedad y tribulación; bienaventurados los que las sufran en paz, porque de ti, Altísimo, coronados serán.

Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar.

10) Cruces

¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!

Bienaventurados a los que encontrará en tu santísima voluntad porque la muerte segunda no les hará mal.

Alaben y bendigan a mi Señor y denle gracias y sírvanle con gran humildad.