MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

PRIMERA PARTE

LOS MOTIVOS QUE DEBEN OBLIGAR A CONVERSAR CON DIOS

ENTRETENIMIENTO VI

Sobre la bondad que Dios muestra a los hombres queriendo hablar con ellos

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¿Qué es el hombre, para que tenga osadía de tratar con Dios? ¡El hombre, ceniza y polvo (Ecclesiast. 17), nada (Ps, 34) y peor que la misma nada (Matth. 26), tratar con el criador de todo, con el Santo de los Santos! ¡Qué atrevimiento! ¿Y cómo lo sufrís Vos, Señor?

No solamente lo sufrís, Dios de bondad, sino que Vos mismo sois quien nos lo inspiráis; Vos mismo sois quien nos convidáis a entrar en este comercio con Vos; y para obligarnos más fuertemente nos proponéis las mayores ventajas, nos admitís siempre con una facilidad y bondad soberana, y nos prevenís frecuentemente con visitas llenas de consuelo y de dulzura.

¡Oh bondad divina, cuan admirable sois! Sois, oh Señor, verdaderamente inmenso. ¿Pero no pasáis los límites, que parece os ha prescrito vuestra Majestad suprema? Vos tratáis al hombre como si él fuera vuestro igual. ¿Qué digo igual? Lo tratáis como si fuera superior a Vos. Hacéis con él lo que él debía hacer con Vos. Vos le instáis, Vos le rogáis que hable con Vos, como si hubierais de sacar algún provecho de su conversación, o ella pudiera daros algún placer.

Pero ella efectivamente os le da por el exceso de vuestro amor. Vos mismo os dignáis de confesarlo: Mis delicias, decís, son el estar con los hijos de los hombres (Prov. 8) ¿Más qué halláis en estos hijos de los hombres que puedan merecer ser el objeto de vuestras delicias? ¿Antes por el contrario, qué no hallaréis en ellos, que no los deba hacer el blanco de vuestro desprecio, y aun de vuestra indignación? ¿Si a lo menos ellos tuvieran sus delicias en estar con Vos? Pero, ¿no es (cosa extraña, y en que no hay no sé qué de monstruoso) no es para ellos un suplicio, y (si me atrevo a decirlo) su mayor tormento? Sus delicias son conversar con viles criaturas, que no las ven muchas veces sino con dificultad; pero en vuestro trato entran, Dios mío, con repugnancia, y como por fuerza; están en él con desabrimiento, y lo dejan con gusto.

¿Y lo sufrís Vos, gran Dios; y aun estáis pronto para recibirlos favorablemente? ¡Ah! Señor, permitidme que os lo diga: esto es demasiada bondad.

Dejad, dejad a estos ingratos conversar con sus semejantes; ellos serán bien presto castigados de la preferencia que se atreven a darles.

¿Qué necesidad tenéis de ellos? Vos habéis pasado toda la eternidad sin perder nada de vuestra felicidad; también pasaréis así en la serie interminable de los siglos, Vos os bastáis a Vos mismo, volveos a Vos, en Vos tenéis con qué contentaros plenamente; allá en el seno inmenso de vuestra Divinidad os contemplaréis, augustas Personas de la invisible Trinidad; os amaréis, os alabaréis, os comunicaréis vuestros pensamientos y vuestros designios.

Pero si, no contento con estas comunicaciones ad intra, os queréis también comunicar ad extra, fuera de Vos tenéis a vuestros Ángeles, aquellas sublimes inteligencias, cuyas delicias serán eternamente estar cerca de Vos y celebrar vuestras grandezas.

Pero si el exceso de vuestro amor os fuerza todavía a comunicaros al hombre, no tenéis que hacer, sino decir una palabra, y se levantarán nuevos hombres; hombres verdaderamente tales, que más racionales que los presentes concebirán de Vos los sentimientos que os son debidos.

Mas no, oh Dios todo poderoso, no perdáis lo que habéis hecho, antes bien concluid vuestra obra; perfeccionad al hombre que hicisteis con vuestras manos, y reformasteis con vuestra Sangre; ilustrad su entendimiento con más puras luces, y encended su voluntad con más vivos ardores, para que dé principio a no estimar y a no amar otra cosa sino a Vos, sólo grande y sólo deseable. Así sea.