MEDITACIONES SOBRE EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

custod.

LECTURA PRIMERA

¡Justos de la Antigua Ley!, cesad de pedir a los cielos que se inclinen y que nos envíen un Salvador, porque el Dios fortísimo habita ya en medio de nosotros; ninguna cosa falta a nuestra felicidad, y no queremos otra ocupación que la de considerar su grandeza.

Para nosotros estaba reservada esta dicha, que hizo durante cuatro mil años el objeto de vuestros más vivos deseos y la expectación de todos los pueblos; gozamos ya el dulce consuelo de ver lo que tantos Profetas habían predicho, lo que el Cielo había prometido tantos siglos antes a la tierra, y lo que tantas naciones habían esperado.

Este divino rocío que pedíais vosotros con tantas instancias, ha prevenido nuestros deseos; los cielos se han abierto, y el mismo Redentor de Israel, el Rey del Cielo se ha abajado hasta el extremo de darse a nosotros bajo la forma del alimento más ordinario.

¡Oh portento de todas las maravillas! ¡Oh bondad del Excelso! Sí, Jesús dulcísimo, Vos sois aquel alimento celestial que el Señor por un efecto incomprensible de su misericordia preparó para los que le temen, renovando así la memoria de todas las maravillas que han salido de sus manos, como lo había predicho ya el Profeta Rey; Vos sois aquella fuente abierta para la casa de David, y para todos los que quieren habitar en Jerusalén a fin de lavar las manchas del pecador; aquella fuente perenne del templo del Señor que brota maravillosamente para regar el valle de las espinas, como lo prenunció ya el Profeta Joel; Vos sois el Maná bajado del cielo que en sí encierra todas las delicias.

¿Y cuál es el bien venido del Padre celestial, y lo hermoso que de Él había de venir, sino Vos, Jesús Sacramentado, que sois el trigo de los escogidos, y el vino que engendra Vírgenes, como lo predijo el Profeta Zacarías?

Ya estáis aquí, Jesús amantísimo, yo os veo en esa Hostia Sagrada, no con los ojos de la carne, que son falibles, sino con los ojos de la fe, que no me pueden engañar.

¡Qué dignación!, todo un Dios inmenso, que no cabe en el Cielo, ni en los cielos de los cielos, venir a habitar entre los hombres para hacer su morada en el pecho del hombre, ¡qué rasgo de generosidad! ¡Qué humildad!

Considera, cristiano, todo cuanto ha hecho Dios de más estupendo, de más maravilloso y extraordinario para testificarnos el exceso de su amor, todo son pruebas de una bondad admirable; pero que Jesucristo, sin reparar en lo que somos nosotros y en lo que Él es, se digne encerrarse por mientras duren los siglos, reproducirse a un mismo tiempo al infinito, despojarse de su majestad, y ocultarse todo bajo las místicas señales, para servirnos de alimento, quedarse día y noche encerrado en un copón; y todo esto para estar sin cesar presente con nosotros , ¿no es esto amarnos con ternura? ¿No es una prueba bien clara de un amor grande?

Y este exceso de amor para con tan viles criaturas, ¿no es un prodigio todavía más inestimable que la misma Eucaristía? ¡Pero, qué milagros en un solo prodigio! La substancia de pan y vino convertida, sin destruirse los accidentes, en el Cuerpo y Sangre de Jesucristo; reproducido a un mismo tiempo en mil lugares distintos, y siempre todo entero en un espacio casi indivisible; un Dios sujeto a la voz de un simple sacerdote; el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo realmente presentes sobre nuestros Altares, expuestos a todas las irreverencias, insultos y sacrílegas profanaciones de los hombres malos; distribuido en fin indiferentemente a todos los fieles. Esto es lo que hace Jesucristo para testificarnos su amor; este es el objeto de nuestra fe.

 

LECTURA SEGUNDA

El espíritu se confunde y se pierde en esta infinidad de maravillas incomprensibles; pero no porque no las alcancemos a conocer, deja por eso de verificarse el misterio.

Todos convenimos en que Dios es omnipotente; no lo fuera si no residiese en Él aquella facultad por más incomprensible que se presente a los sentidos. Si Dios, por un efecto de su omnipotencia, da la vida a los ciegos, el habla a los mudos, la salud a los enfermos incurables, vida a los muertos; si Dios convierte el agua en vino, una vara en serpiente, un cuerpo humano en una masa de sal, y de una porción de tierra supo formar un cuerpo humano, y de una costilla del hombre formar una mujer, hechos estos incontestables de que los hombres mismos han sido testigos, y los creemos, por más que no comprendamos el modo como han sido obrados, ¿por qué no se ha de reconocer también en el mismo Dios la habilidad y el poder de convertir una porción de pan en su propio Cuerpo?

Mas, nuestro Dios con una sola palabra sacó de la nada la luz, los astros, el firmamento, el mar, los animales, las plantas, los metales, el aire, el fuego, las aguas, la tierra y todo cuanto la creación encierra; pues, si todo esto ha sabido producir, ¿cuánto más fácil le es transformar el pan y vino en su propio Cuerpo y Sangre?

Si en lo físico y en lo natural reputaríamos por menos difícil convertir una materia que existe en otra cuyos elementos también existen, que hacer de lo que no existe, un cuerpo real y existente, por esta regla hemos de suponer y confesar que más fácil de creer se presenta la transustanciación del pan en el Cuerpo de Jesucristo, que la creación del mundo; es decir que, así como Dios crió el mundo de la nada, pudo más fácilmente convertir el pan en carne, y, por consiguiente, así como creemos lo primero, hemos de creer lo segundo, aunque no comprendamos el modo cómo han sido ejecutados ambos prodigios.

Sí, Señor, Vos lo habéis dicho, y ésto me basta para creer firmísimamente que bajo las místicas especies se oculta vuestro Cuerpo y Sangre, vuestra Alma y vuestra Divinidad, del mismo modo que se encontraba en las entrañas de María Santísima, que se os vio nacer en Belén, y que se os vio morir en el Calvario.

¿Quién pues, sino un orgulloso infatuado por los vicios, puede resistirse a reconocer en este misterio de fe una verdad que el mismo Jesucristo ha pronunciado, y que es el alma de nuestra religión?

Sí; en la noche de la Cena, poco antes de partir del mundo, fue cuando atraído nuestro amante Jesús del amor más ardiente, no satisfecho con morir por los hombres, cuya ausencia sentía en el alma, halló el medio de ausentarse de ellos sin dejarles un momento, instituyendo este Sacramento con aquellas dulces palabras que pronunció al tomar el pan y el vino diciendo Esto es mi cuerpo; esta es mi sangre; facultando después a sus discípulos y a sus sucesores en el misterio sacerdotal para que hiciesen lo mismo en su memoria.

¡Oh palabras de virtud omnipotente, por las cuales todo un Dios obedece a un mero hombre, sacrificándose todos los días en nuestros altares por la salud de los hombres! ¡Oh invención prodigiosa que el amor del Eterno preparó para curar nuestras dolencias espirituales, para alimentarnos y fortalecernos en la vida de la gracia!

Es verdad que el pecado del primer hombre nos acarreó muchos males, y nos privó de grandes bienes, ¿pero se puede considerar a Jesucristo en el Pesebre, en la Cruz, o en la Eucaristía sin confesar que nuestras pérdidas han sido ventajosamente reparadas, y que las ventajas del hombre redimido equivalen por lo menos a los privilegios del hombre inocente?

 

LECTURA TERCERA

Considera, católico, que por más estupendo e incomprensible que sea el amor inmenso que nos muestra Jesucristo en el Santísimo Sacramento, todavía hay alguna cosa, al parecer, más pasmosa, y más incomprensible; y es la indiferencia, la frialdad, la ingratitud de los fieles para con Jesucristo en este augusto Sacramento.

Aturde, y apenas puede concebirse, que Dios nos ame hasta este extremo, pero en fin es Dios el que nos ama, y nos ama como Dios; pero que nosotros le mostremos disgusto y, aun, menosprecio en el misterio mismo en que nos muestra eficazmente hasta qué extremo nos ama; éste es un exceso de iniquidad difícil de comprender.

¿Qué turco, qué pagano, qué bárbaro instruido de lo que nosotros creemos sobre este adorable misterio, podría jamás imaginarse que amásemos tan poco a Jesucristo?

Este divino Salvador para nada necesita de los hombres; y, sin embargo, tiene como por nada el estar encerrado en una hostia consagrada; los hombres, al contrario, no pueden pasar sin Él, y, no obstante, tienen por nada el beneficio de estar su Divina Majestad con ellos.

Esas personas ociosas que se fastidian de su misma ociosidad; que comparecen tan raras veces y con tanto disgusto en nuestros templos; esas gentes del mundo, que pasan las tres y las cuatro horas en los espectáculos profanos, y la mayor parte de su vida en el juego, en las diversiones, en las concurrencias mundanas, y que sólo se dejan ver una vez a la semana a los pies de nuestros altares, y ésto con tedio y con pena, ¿estiman en mucho la honra que tenemos de poder tributar nuestros homenajes a Jesucristo realmente presente sobre esos mismos altares? ¿Nuestra conducta en este punto se compone y conviene con nuestra fe?

No es menester renovar aquí los ultrajes que este divino Salvador padeció en su Pasión, y las ignominias que ha sufrido en este Sacramento; ¿pero qué hemos hecho nosotros o qué hacemos para reparar estos impíos ultrajes y estos horribles sacrilegios?

Yo confieso, Dios mío, que estoy aturdido, sin que pueda volver de mi asombro, cuando considero lo que habéis hecho por mi amor. ¿Pero no tengo motivo para pasmarme también cuando pienso que todo ésto no es capaz de hacerme amar ardientemente a Jesucristo?

¡Qué amor tan admirable nos mostró en el momento de su Encarnación! ¡Qué ternura el día de su Nacimiento! ¡Qué bondad en el discurso de toda su vida mortal! ¡Y qué exceso de amor al sacrificarse por nosotros en la Cruz! ¿Pero todas estas pruebas pasmosas de su amor no se ven renovadas en la Eucaristía?

Aquí se oculta Jesucristo bajo las apariencias de pan; vuelve a nacer, por decirlo así, en la oscuridad; es inmolado muchas veces al día, y ésto no ya para redimir a los hombres, pues el misterio de la Redención fue plenamente consumado; el Redentor posee una grandeza y una gloria llena, que es incapaz de aumento; sólo, pues, por satisfacer el amor inmenso que nos tiene, sólo por ésto vive en la Eucaristía de un modo tan inefable; ¿y qué otro fruto puede sacar de esta muerte mística, que el gusto de inmolarse sin cesar a su Padre por nuestro amor?

Si a lo menos se hubiese presentado visiblemente sobre nuestros altares con aquel aire de majestad y resplandor tan propio de su adorable persona; si se hubiese ocultado menos, sería más respetado, es verdad, pero sería más temido; y su amor no se acomoda con un temor que aterra y espanta; todo lo que puede disminuir la ternura y la confianza, es contrario a un amor grande.

Este divino Salvador tiene sus delicias en estar con los hombres; y así oculta todo lo que puede servirles de pretexto para apartarse de Él. Es verdad que está como incógnito, y se asoma como por entre celosías, porque en esta vida no le podemos ver perfectamente; con todo eso se da a conocer bien sensiblemente al alma fiel: óyele, escúchale, viene de día, acude de noche y a todas horas le visita.

¡Dichosa el alma a quien halla en vela el celestial Esposo! ¡Feliz la esposa casta que le sale a recibir bien prevenida! Retirada del bullicio; recogida en una profunda quietud; tranquilo su corazón, siente que viene su amado, y dice: ya se acerca mi adorado Esposo, ya suena su voz en mis oídos, ya percibo claramente sus palabras: sí, Él es, Él mismo es…

Levántate amiga mía, date priesa, esposa mía, y ven…

¡Oh, qué consuelos tan grandes comunicáis, Señor, en secreto al alma que ansiosa os busca!