Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón del Domingo Infraoctava del Sagrado Corazón

Sermones-Ceriani

DOMINGO INFRAOCTAVA DEL SAGRADO CORAZÓN

Y se acercaban a Él los publicanos y pecadores para oírle. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: Éste recibe a pecadores, y come con ellos. Y les propuso esta parábola diciendo: ¿Quién de vosotros es el hombre que tiene cien ovejas, y si perdiere una de ellas, no deja las noventa y nueve restantes en el desierto y va a buscar la que se había perdido, hasta que la halle? Y cuando la hallare, la pone sobre sus hombros gozoso. Y viniendo a casa, llama a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Dadme el parabién, porque he hallado mi oveja que se había perdido. Os digo, que así habrá más gozo en el cielo sobre un pecador que hiciere penitencia, que sobre noventa y nueve justos, que no han menester penitencia. O ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si perdiere una dracma, no enciende el candil y barre la casa, y la busca con cuidado hasta hallarla? Y después que la ha hallado, junta las amigas y vecinas, y dice: Dadme el parabién, porque he hallado la dracma que había perdido. Así os digo, que habrá gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que hace penitencia.

Los publicanos y los pecadores acudían a Jesucristo para oírle. Ésto lo consentía, porque con este fin había tomado nuestra carne, acogiendo a los pecadores como el médico a los enfermos.

Pero los fariseos y escribas correspondían a esta bondad con murmuraciones: Éste recibe a pecadores, y come con ellos…

En concreto, una vez más se levantó la censura de los fariseos y escribas para murmurar contra Él, porque acogía a los miserables, e incluso comía con ellos.

La respuesta de Nuestro Señor se desarrolla en tres parábolas, planteando el tema de la misericordia; y ésto con una misma finalidad: manifestar la misión y el gozo de Cristo por salvar a los pecadores.

El Evangelio de hoy sólo trae las dos primeras, la tercera es la del hijo pródigo.

El tema es bien adecuado para este Domingo Infraoctava del Sagrado Corazón y para el mes de junio, consagrado a esta devoción.

Esta práctica de piedad nos introduce en el mundo interior de Jesús, del cual brota la vida más hermosa y del cual surgió la obra de nuestra redención.

Ella nos quiere enardecer de entusiasmo para con el Señor; quiere que le adoremos, le veneremos, le amemos y le desagraviemos, y que también pidamos su gracia.

Y al mismo tiempo nos instiga a imitarle… Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.

En efecto, como enseña San Gregorio Magno, la verdadera justicia tiene compasión y la falsa justicia desdén, aun cuando los justos suelen indignarse con razón por los pecadores. Pero una cosa es la que se hace con soberbia y otra la que se hace por celo a la disciplina. Porque los justos, aunque exteriormente exageran sus reprensiones por la disciplina, sin embargo, interiormente conservan la dulzura de la caridad y, por lo general, prefieren en su ánimo a aquellos a quienes corrigen, que a sí mismos. Obrando así mantienen a sus súbditos en la disciplina y a la vez se mantienen ellos en la humildad. Por el contrario, los que acostumbran a ensoberbecerse por la falsa justicia, desprecian a todos los demás, sin tener ninguna misericordia de los que están enfermos y, porque se creen sin pecado, vienen a ser más pecadores. De este número eran los fariseos, quienes cuando censuraban al Señor porque recibía a los pecadores, reprendían con un corazón seco al que es la fuente misma de la caridad. Pero como estaban enfermos o ignoraban que lo estaban, el médico celestial usa con ellos, hasta que conociesen su estado, de remedios suaves. Y les propuso estas parábolas.

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En ellas vemos que la misericordia de Dios sobre el pecador es tal, que Dios no ofrece estático el perdón al pecador, sino que tiene respecto de él una misericordia dinámica: lo busca de mil maneras…, hasta que halle a esa oveja perdida.

Y dicha actitud se confirma por el gozo que hay por ello en el Cielo.

San Cirilo se pregunta: ¿Cómo es que abandona todas las demás y sólo tiene caridad respecto de una sola? De ningún modo, responde; todas las demás se encuentran en su redil, defendidas por su diestra poderosa. Pero debía compadecerse más de la perdida, para que no quedase incompleto el resto de sus criaturas. Una vez recogida ésta, el número ciento recobra su perfección.

Sin duda, Dios no ama menos a los justos que al pecador arrepentido; pero a este pecador Dios lo ha buscado, lo ha perseguido con su gracia, como el pastor ha hecho con su oveja; y el resultado, la conversión, da a Dios una ocasión de alegría que no le ofrecen los justos.

Y es que la fidelidad de los justos produce una alegría discreta, completamente íntima; pero la conversión de los pecadores causa transportes de alegría.

Cuando el pastor encuentra la oveja, no la castiga ni la conduce al redil violentamente, sino que, colocándola sobre sus hombros y llevándola con clemencia, la reúne con su rebaño.

San Gregorio Magno explica: Puso la oveja sobre sus hombros porque, habiendo tomado la naturaleza humana, llevó sobre sí todos nuestros pecados. Habiendo encontrado la oveja, vuelve a su casa; porque nuestro Pastor, una vez redimida la humanidad, vuelve al Reino de los Cielos; y llama amigos y vecinos, a los Coros de los Ángeles, que constantemente cumplen su voluntad sin cesar y gozan a su lado de la claridad de su presencia.

Debemos advertir que no dice: Felicitaos por la oveja encontrada, sino: dádmela a mí. Porque nuestra vida es su alegría; y cuando somos llevados al Cielo, hacemos el colmo de ella.

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La misma solicitud e idéntico gozo de Dios se manifiestan en la parábola de la dracma, en la cual el género humano es comparado a una moneda que se ha perdido.

Por medio de esta comparación, manifiesta que hemos sido creados a imagen y semejanza del Rey, esto es, del Dios excelso. Porque la dracma es una pieza metálica que lleva impresa la imagen del Rey.

Y como la estampa le representa en la moneda, la mujer perdió la dracma, la imagen del Rey, cuando el hombre —que había sido creado a imagen de Dios— dejó de parecérsele al pecar.

San Gregorio Magno aprovecha para enseñar que el hacer penitencia es llorar los pecados pasados; y llorando, no volver a cometerlos. Porque el que llora unos pecados, a la vez que vuelve a cometerlos, o ignora qué es hacer penitencia, o la hace fingidamente. Debe considerarse también que para satisfacer a su Creador, aquel hombre, que hizo lo que está prohibido, debe abstenerse aún de lo que está permitido, y el que recuerde que faltó en lo grave, debe censurarse por lo leve.

Así habrá alegría entre los Ángeles de Dios por un pecador que se convierta. El pecador convertido pertenece a la familia del Cielo, y hay gozo cuando el pecador vuelve a esta familia.

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A la luz de estas dos parábolas, estudiemos, para sacar algún fruto, el objeto de nuestra devoción: el Sagrado Corazón de Jesús.

Estudiemos el Corazón de Jesús…

Nuestro Señor nos permite dirigir una mirada a su alma regia cuando dice en otra parábola: Yo soy el Buen Pastor, que da su sangre; que es capaz de andar por el desierto en busca de una sola oveja descarriada, y al encontrarla la carga sobre sus hombros y emprende el camino de retorno, olvidado de sus fatigas; su alegría es grande, tan grande que oye el cántico de los Ángeles; sabe que su alegría es gozo también para los Ángeles del Cielo.

¡Qué grandioso estilo se manifiesta en este carácter, en este ánimo, en estos sentimientos!

¡Qué admirable es esta alma, que pone a contribución toda su fuerza y toda su vida!

¡Qué alma es ésta, llena de fuerza, de majestad real y de afecto paternal!

En sus perspectivas infinitas —en las que contempla a Dios, su Padre— aparece también la visión de dolor, aparece la oveja perdida; ya tiene señalado su camino y una voz le instiga: ve, ve en busca de la oveja descarriada; ahora ella es un peso para Ti, ahora que está alejada; mas otra cosa será cuando la lleves sobre los hombros, porque entonces la poseerás y no será una carga.

¿De dónde viene el celo del Sagrado Corazón?

De la comprensión profunda de la santidad de Dios.

La santidad es expresión de la sublimidad, fuerza y derechos de Dios; Santo, Santo, Santo; soberano e intachable; que está en oposición abierta con todo lo que es pecado.

Su celo viene de un amor verdadero, cuya fuerza no ofende, ni lastima, ni destroza.

Este amor irradia buena voluntad, no odia a nadie, y obra impulsado por motivos que pueden influir en despertar comprensión, y preparan el camino para el triunfo del bien.

Su celo viene de la paciencia.

Para el celo es menester un espíritu firme, tenso, que no se quebranta, sino que es flexible; que es vigoroso y dúctil; que resiste y a todo quiere comunicarse.

Esta fuerza viene de lo alto; su clima es la vida ideal.

Procede también de las profundidades; se necesita para ella devoción, intimidad, comunicación con Dios.

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¿Cuáles son las notas características del Corazón de Jesús?

Su corazón es vigoroso. Tiene dos alas; una es el conocimiento, que abarca el mundo; la otra el sentimiento, que levanta el mundo, sentimiento divino.

Tiene, por tanto, el sentimiento de las profundidades y el anhelo de las alturas.

Clama desde lo profundo; lo mira todo desde altas cimas; lo mira todo de un modo único.

Sabe para qué ha nacido; para ser testigo de la verdad. Tiene plena conciencia de su misión y de su poder.

Arde fuego en su alma, fuego que Él propaga: he venido a traer fuego a la tierra

Es un corazón paciente. La paciencia es reacción espiritual; es fuerza para soportar la carga que pesa sobre nosotros. Resistir, perseverar, no vacilar, estar firme…, he ahí sus características.

Jesús soporta cargas inmensas; anda encorvado bajo el peso del mundo; su misma misión le sirve también de tormento.

Siente profundamente, pero su sentimiento es un sentimiento puro, que ha pasado por la prueba del fuego, el fuego de una vida accidentada, llena de luchas.

No podemos quitarle la corona de espinas…, y, sin embargo, su alma se nos presenta con corona de triunfo…

Es lo que necesitamos nosotros. La paciencia no consiste solamente en padecer, sino que es además una fuerza triunfal. Por tanto, en medio de los padecimientos avivemos la conciencia de la fuerza.

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Contemplemos ahora la imagen del Sagrado Corazón de Jesús.

Unas llamas salen de ese Corazón Bendito, indicando el amor con que se pasea Él en medio de este inmenso valle de lágrimas, infundiendo, gota a gota, su espíritu, su propia vida en los dolientes; se entrega para que todos vivamos.

Las llamas del Corazón Divino simbolizan también nuestras pasiones, tan antagónicas a Él; estas llamas le atormentan.

¡Cuánto hollín dejan las llamas de nuestro corazón! ¡Qué tinieblas, qué confusión! Las gracias sacramentales de la Penitencia y de la Comunión purifican nuestras llamas sucias y les comunican una incandescencia pura.

Una corona de espinas circunda el Corazón Sacratísimo; simboliza sus tormentos y amarguras, y también nuestras espinas.

También nosotros tenemos espinas: nuestras enfermedades —de las cuales no podemos quizá librarnos—, nuestras preocupaciones, nuestros contratiempos, nuestras amarguras.

Soportemos esta corona de espinas… Y hagámoslo con la convicción de que redundará en nuestro bien; viendo a Dios en medio del sufrimiento; para mitigar nuestra miseria espiritual, y así granjearnos méritos; para perseverar en la confianza, en el ánimo bien dispuesto.

Sobre el Corazón de Jesús vemos una cruz, una cruz santa.

Nuestra cruz no será santa, si no la recibimos como venida de las manos de Dios, si no la recibimos como pena por nuestros pecados y para nuestra santificación. En tal caso, la cruz es un peso que nos oprime y que parece falto de sentido.

La cruz solamente tiene sentido, si se arraiga en el amor de Dios; entonces hasta da flor y fruto; de lo contrario es un árbol seco, un patíbulo.

En el Corazón Amante vemos una herida; por ella salió su Sangre y fue llevando la gracia a todas partes. De modo que esta profunda herida es fuente de gracia; aprovechémosla y nos refrigeraremos.

También en nuestro corazón hay muchas heridas, y por ellas va derramándose nuestra vida, lo que supone pérdida de energías, un morir lento. Estas heridas queman y supuran; son marcas, no de libertad, sino de esclavitud…

En cambio las llagas de Jesucristo son gloriosas…

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Contemplemos el Corazón Misericordioso de Jesús…

Corazón grande, magnánimo, nunca frío, siempre es fervoroso; Corazón de sentimientos generosos, que irradia calor.

El corazón amante es misericordioso; por éso, Jesús puso en su programa el tipo del Buen Samaritano…, “quiero misericordia”, “sed misericordiosos”, es lo que pregona…; el amor de Jesús es amor de misericordia.

Movida por la misericordia, bajó en medio de nosotros la grandeza, la majestad divina…

El Corazón de Jesús nos conduce a Dios; y lo primero que hace es darnos ejemplo de profunda humildad.

Jesucristo, que veía al Dios infinito, siempre fue profundamente humilde, y su alma rebosaba en deseos de adoración y homenaje.

¡Cuán humilde y adicta es su alma! Sus suspiros, sus anhelos, sus afectos eran como jirones de su alma, que a manera de nubes subían hacia las alturas. Esta adoración llena el Corazón de Jesús en la Santísima Eucaristía…

La divinidad impulsa a Jesús a la entrega absoluta. Es lo que predomina en las gracias que colman su alma; de ahí su respuesta: Heme aquí que vengo. Viene para entregarse…

Éste es su gran anhelo. ¡Entregarse por los que no le aman y que son como un peso sobre su alma!

El Corazón de Jesús no se contenta con un sacrificio cualquiera; quiere un verdadero holocausto, quiere consumirse por completo.

Dios —la santidad y la justicia— y Jesús —manso cordero de sacrificio— están frente a frente.

El amor de Jesús tiene por ambiente el centro del alma heroica; mundo hermoso…

Este mundo moral —la vida y la muerte de Jesús— es una manifestación de Dios, como lo es la creación. Se inspira en el amor supremo.

El alma de Cristo no es sombría. Él no es un gladiador que va a abrazarse con la muerte, ni es un simple héroe.

El Señor es amor ardoroso, y por esto se entrega. “Padre, perdónalos…

Dadme el parabién, porque he hallado mi oveja que se había perdido. Os digo, que así habrá más gozo en el cielo sobre un pecador que hiciere penitencia…