MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

PRIMERA PARTE

LOS MOTIVOS QUE DEBEN OBLIGAR A CONVERSAR CON DIOS

ENTRTENIMIENTO V

Sobre la honra que se consigue hablando con Dios

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Por poco que consideremos lo que es Dios, su soberana grandeza, y sus infinitas perfecciones, comprehenderemos la honra que nos resultará de conversar habitualmente con Él.

Se juzga por muy honrado cualquiera cuando logra tener audiencia de su Príncipe, y cuanto más se alarga la audiencia, tanto más distinguido y favorecido se reputa.

¿Qué será, pues, tener franca la entrada al Rey de los Reyes, gozar de su presencia y de su comunicación todas las veces, y en todos los tiempos que se quiera; ser en todas ocasiones recibido, o escuchado favorablemente?

Se estima, según San Agustín, como una cosa grande, servir a un poderoso de la tierra; ¿qué será pues, no digo servir al todo poderoso, sino tratar con Él familiarmente, hablarle con plena libertad, y una entera confianza? ¿Tener parte en sus secretas comunicaciones, y en los favores singulares de que ellas van acompañadas?

En ésto está el más alto punto de gloria, a que puede aspirar en este mundo una pura criatura. Se confiesa sin dificultad; pero ¡ay!, que la conducta de la mayor parte de los hombres da bastantemente a conocer que ésto se queda en mera confesión de labios.

¿Cuántos, en efecto hay, aun entre personas consagradas a Dios, que, según aparece, no estiman otra cosa sino la conversación de los hombres? Su ansia es tener amistades, su ocupación adquirirlas, su estudio mantenerlas, y emplear para esto los medios más viles, y los más indignos de su profesión.

¿Y qué? Si les acontece recibir alguna visita de sujeto algo distinguido, es para ellos un gozo tal, que no pueden ocultarlo; se aplauden por esta causa, se envanecen, y aun jactan, publican por todas partes las honras que les hacen, y algunas veces aun las que no les hacen.

¡Oh locura! ¡Oh ceguedad! Y por Vos, Dios Altísimo, ¿qué empeño, qué solicitud tienen? ¿Me atreveré a decirlo? Mientras que tanto ardor muestran por las visitas y por las conversaciones de los hombres, no manifiestan sino indiferencia y frialdad por vuestro trato. ¡Qué exceso de locura y desorden!

¿Dónde está, pues, aquella alta idea que se debe tener de Dios y de sus infinitas perfecciones? Si Él es infinitamente grande e infinitamente perfecto; si Él solo es grande, y Él solo es perfecto; su comunicación debe ser infinitamente estimable, y ella sola estimable; luego ella debe ser preferida a todas las otras.

¡Ah! Señor, es menester confesar, que no hay fe en vuestro Pueblo (Jerem. 7.) No, Dios mío, no tenemos fe. En vano nos complacemos de que creemos lo que la Religión y la razón misma nos enseñan, tocante a la grandeza de vuestro ser y a la infinidad de vuestras perfecciones; no estamos, como es justo, convencidos; si lo estuviéramos, no apreciaríamos, ni desearíamos otra cosa más que estar cerca de Vos, y tratar con Vos familiarmente; solicitaríamos esta felicidad con tanta frecuencia, y por tanto tiempo, cuanto nos lo permitieran las obligaciones de nuestro estado; envidiaríamos la suerte de aquellos que pueden gozarla a placer suyo; los reputaríamos por infinitamente más dichosos y más privilegiados que aquellos que tienen la más íntima confianza de los mayores Monarcas de la tierra; los miraríamos como cortesanos, domésticos y favorecidos de un Dios; delante de Quien toda grandeza no es más que nada; y a esta vista bien lejos de despreciarlos como a inútiles de la República, los respetaríamos, los apreciaríamos, y buscaríamos su amistad y protección, seguros de su valimiento para con el más poderoso de todos los Señores.

Esta fuera, Señor, la conducta que tendríamos, así respecto de Vos, como por honor vuestro, respecto de tan amados siervos vuestros; pero portándonos de otra manera del todo diferente, es prueba de que la fe nos falta, o que la que tenemos es tan flaca, que no merece tener este nombre.

Aumentadla, pues, en nosotros, Dios de bondad; hacednos conocer lo que Vos Sois, y la nada de todo lo que no sois, para que concibamos de vuestra divina, comunicación la estima y aprecio, que ella se merece. Así sea.