LA DEVOCIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Por Florentino Alcañiz, S. J.
Doctor y Maestro Agregado a la Facultad de Filosofía de la Universidad Gregoriana
5ª EDICIÓN AUMENTADA
Misioneras Hijas del Corazón de Jesús
Granada, 29 de julio de 1957
(Fragmento)

EL REINO Y LA ENCÍCLICA «MISERENTISSIMUS»

sagrado c.1

El 8 de Mayo de 1928 el Romano Pontífice, Pío XI, publicaba su preciosa Encíclica sobre el espíritu de reparación en la devoción al Corazón de Jesús, en la cual se contienen juntamente diversas ideas referentes al punto que nos ocupa.

Importancia de esta devoción

Va diciendo el Pontífice cómo Nuestro Señor Jesucristo ha ido siempre enviando a su Iglesia nuevos remedios según las nuevas necesidades; y así, como se entibiase la caridad en el mundo, «fue propuesta a la veneración de los fieles con un particular culto la caridad misma de Dios, y descubiertas ampliamente las riquezas de su bondad, por aquel conjunto de prácticas religiosas con que es honrado el Corazón de Jesús, «en quien están todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia escondidos» (149-150).

Compara después al Corazón Divino con el arco iris que apareció a Noé a su salida del arca; afirma que es como «una bandera de paz y de caridad levantada a las naciones, anunciadora de una victoria segura en el combate»; vuelve a repetir aquellas solemnes palabras de León XIII, en que, comparando al Corazón de Jesús con el Lábaro que apareció a Constantino, augurio y causa de la gloriosa victoria, concluye: «en Él (en el Corazón Divino), omnes collocandæ spes, hay que cifrar todas las esperanzas: a Él hay que pedir, y de Él hay que esperar la salud de los hombres, ex eo hominum petenda atque exspectanda salus» (151).

Repare el lector, de paso, en el tono de grandiosidad que usan estos RR. Pontífices al hablar de la devoción al Corazón de Jesús.

«Y con razón, Venerables Hermanos, —añade Pío XI a continuación de las palabras de León XIII — ya que en aquella bandera de favorabilísimos presagios, y en aquel modo de santificación —forma pietatis— que de ella se desprende, ¿no se encierra por ventura la síntesis de toda la religión y la norma de la vida más perfecta, puesto que lleva los entendimientos con mayor expedición al conocimiento completo de Cristo Nuestro Señor, e inclina las voluntades más eficazmente a amarle con mayor vehemencia y a imitarle más de cerca? Nadie, pues, se maraville de que a tan excelente culto Nuestros predecesores hayan defendido sin cesar de las calumnias de sus acusadores, ensalzado con grandísimos elogios y promovido con amoroso entusiasmo, según las circunstancias lo han pedido»(152).

¡Qué ideas tan encomiásticas!

Reino del Corazón de Jesús

Ante todo, ha de advertirse que el reinar es propio de la persona, no de un miembro de su cuerpo. Por consiguiente, cuando hablamos del reinado del Sagrado Corazón, no consideramos al corazón solitario, sino al objeto de este culto en toda su latitud, es decir, al corazón, al amor, al interior de Jesús: toda su persona amabilísima, pero bajo ese aspecto particular de ternura, misericordia y amor; a Jesús todo entero, pero respirando por todas partes amor; a Jesús todo amor y todo corazón.

Según eso, el reinado del Corazón de Jesús es el reinado de la Persona de Cristo, pero con ese especial carácter que le da esta devoción; es el reinado de Jesús por el amor; por el amor de Jesús que se muestra a los hombres en toda su hermosura arrebatadora, y por el amor sincero, desinteresado, ardiente de los hombres a Jesús.

Esto supuesto, prosigamos en la Encíclica del Papa. Y porque en la edad precedente y en esta misma en que vivimos, se ha llegado por las maquinaciones de hombres impíos hasta rechazar el imperio de Cristo Nuestro Señor y declarar la guerra públicamente a la Iglesia, dando leyes y decretos repugnantes contra el derecho divino y el natural, más aún, clamando en pública asamblea: «Nolumus hunc regnare super nos» (153), de aquella consagración, que dijimos, brotaba, por decirlo así, la voz de todos los servidores del Corazón de Jesús: «Oportet Christum regnare (154), Adveniat regnum tuum». «Es necesario que Cristo reine», «Venga a nosotros tu reino», con que se oponían de frente para vindicar su gloria y afirmar sus derechos.

De aquí felizmente resultó que todo el género humano, que por nativo derecho posee como suyo Cristo, que es el único en quien todas las cosas se instauran, a principios de este siglo, por medio de Nuestro predecesor de feliz memoria, León XIII, y aplaudiendo todo el orbe, fue consagrado al mismo Sacratísimo Corazón»(155)

Según el Papa aparecen dos campos en el mundo: el de los impíos que rechazan el imperio de Cristo y gritan: «no queremos que éste reine sobre nosotros», y el de los buenos que en contraposición claman: «es necesario que Él reine»: «venga a nosotros tu reino».

Pero, el reino ¿de quién? Para el Pontífice el reino del Corazón de Jesús; por eso como un mentís a los malos y como un acto eficaz de protesta, él y con él todos los buenos consagran el mundo al Sagrado Corazón, para con ello reconocer el imperio de Cristo que los impíos le niegan. Donde se ve que para el Vicario de Cristo, el reino del Corazón de Jesús es idéntico al reino de Cristo de que habla San Pablo, al reino que pedimos en la oración dominical y al mismo que los impíos rechazan y que los buenos desean; o sea, que el reinado del Mesías, al menos en su último desarrollo, tendrá el tinte que le da la devoción al Corazón Divino, o lo que es igual, Cristo quiere reinar por su Corazón, por su amor.

Pero sigamos con el documento pontificio, que nos irá aclarando más y más estas ideas. «Nos mismo —continúa el Papa— como ya dijimos en Nuestra Encíclica Quas primas, accediendo a los reiterados y ardientes deseos de muchísimos Obispos y fieles, por fin, con la gracia del Señor, completamos y perfeccionamos aquellos tan faustos y gratos comienzos, cuando al finalizar el año jubilar instituimos la fiesta de Cristo, Rey universal, para que solemnemente se celebrase en todo el orbe cristiano». Y un poco más adelante, añade: «Pero a todos estos oficios, sobre todo, a la tan fructífera consagración, que ha sido como confirmada por la sagrada solemnidad de Cristo Rey, es necesario añadir otro, etc.» (156)

Tenemos, pues, que, según Pío XI, el intento que él mismo tuvo al establecer la fiesta de Cristo Rey, fue completar, llevar a perfección, y como confirmar la consagración del mundo por León XIII al Corazón de Jesús. La fiesta de Cristo Rey es, por tanto, complemento, perfección, confirmación de la consagración al Corazón Divino.

La cosa, por otra parte, se explica perfectamente. En efecto, la tendencia de la consagración de León XIII y de la consagración en general al Corazón de Jesús, es la que el mismo Papa expresaba en su Encíclica Annum sacrum por estas palabras: «Nosotros, consagrándonos a Él, no solamente reconocemos y aceptamos su imperio abierta y gustosamente, sino que con la obra testimoniamos que, si eso mismo que ofrecemos como don en realidad fuese nuestro, con suma voluntad se lo daríamos».

Como se ve, al consagrarnos decimos al Corazón Sagrado: Señor, aunque no fueras Rey nuestro, como lo eres por mil títulos, con este acto voluntario te declararíamos por tal, poniéndonos en tus manos para que, como señor y emperador absoluto, hagas y deshagas de nosotros según tu divino agrado.

Por la consagración, pues, del mundo, León XIII en nombre de la humanidad declaraba y aceptaba de palabra la realeza del Corazón de Jesús; en la fiesta de Cristo Rey Pío XI sella, con todo ese aparato de culto y solemnidades litúrgicas, lo que entonces se hizo con una fórmula oral; reconoce, acepta, proclama aquella realeza en una de las formas más solemnes que suele emplear la Iglesia.

Es claro, pues, que este acto es complemento de aquél. Pero obsérvese cómo nuevamente aquí va el Papa en el presupuesto en que vimos venía desde el principio, a saber: que el reino de Cristo y el reino del Corazón de Jesús son una misma cosa, o sea, que Cristo quiere reinar por su Corazón y su amor. Esta idea se aclara aún más con lo que a continuación sigue.

Reino universal

Después de afirmar el Papa que con la fiesta de Cristo Rey completaba la consagración del género humano, continúa:

«Y al hacer esto —al instituir dicha solemnidad— no solamente pusimos en plena luz el supremo imperio de Cristo sobre todas las cosas: sobre la sociedad civil y doméstica y sobre cada uno de los hombres, sino que también ya entonces saboreamos de antemano las alegrías de aquel día venturoso en que todo el orbe, de voluntad y con gusto, se someterá obediente al imperio suavísimo de Cristo Rey (157). Por lo cual ordenamos juntamente que todos los años, al celebrarse la fiesta que establecíamos, se renovase la misma consagración, a fin de lograr más cierta y copiosamente su fruto, y en caridad cristiana y conciliación de paz aunar todos los pueblos en el Corazón del Rey de reyes y Señor de los señores». (158)

En el párrafo citado el Vicario de Jesucristo rotundamente asegura que ha de llegar un día: saboreamos de antemano las alegrías de aquel día venturoso, un día en que todo el orbe, de voluntad y con gusto se someterá obediente al imperio suavísimo de Cristo Rey, un día, pues, en que se halle realizado el reinado universal de Jesucristo en la tierra. Si, pues, el reino de que habla el Papa fuese el del Corazón de Jesús, tendríamos afirmado por el R. Pontífice el reinado universal del Sagrado Corazón.

Ahora añadimos que ese reino es, en efecto, el del Corazón Divino. En primer lugar, al final del párrafo, tornando otra vez el Pontífice a hablar del reino universal futuro, lo describe con estas palabras: aunar todos los pueblos en el Corazón del Rey de reyes y Señor de los señores; por donde se ve bien claro que ese reino universal no es otro que el del Corazón Divino.

Además hemos venido observando en toda la Encíclica cómo para el R. Pontífice el reino de Cristo que pedimos, que deseamos, que esperamos, es idéntico al del Corazón de Jesús, o que Cristo ha de reinar por su Corazón; luego de éste mismo se ha de entender igualmente lo que dice en el último pasaje.

También es preciso reparar en que manda el Papa que cada año se renueve en la fiesta de Cristo Rey la consagración del mundo al Sagrado Corazón, a fin de lograr más copiosamente su fruto, y aunar todos los pueblos en el Corazón del Rey de reyes; de donde parece que ese reino universal es un efecto a que tiende la consagración; pero la consagración, como es claro, apunta al reino precisamente del Corazón de Jesús; luego éste y no otro es el reino de que trata Pío XI.

Por último, todas las notas con que describe la Encíclica ese reino universal cuadran admirablemente a un reinado del Divino Corazón. Veámoslas:

Por lo pronto es un reino: universal, así étnica, como territorialmente: «todo el orbe», «todos los pueblos»; un reino verdadero, en que se cumplan las leyes de Jesucristo: «todo el orbe obedecerá a su imperio»; no como ahora, que a veces se dice reina aquí o reina allá el Corazón de Jesús, y nadie cumple sus divinos mandamientos; «un reino de amor a Cristo, puesto que todo el orbe obedecerá a su imperio gustosa y voluntariamente», lo que prueba que hay amor y cariño al Rey que manda; un reino de suavidad: «obedecerá… al suavísimo imperio de Cristo Rey»; un reino de caridad: «en caridad cristiana; de paz: «en conciliación de paz»; de unión: «aunar todos los pueblos en conciliación… » etc.

No se necesitan muchos conocimientos acerca de la materia, para notar en seguida la coincidencia entre los caracteres del reino descrito por el Pontífice y las virtudes que engendra la devoción al Corazón de Jesús cuando de veras se abraza, y por consiguiente las notas que a su reinado atribuyen Santa Margarita y los otros confidentes del Sagrado Corazón.

[149] Colos. II,3

[150] AAS Vol. XX, pág. 166

[151] AAS. Vol. XX, pág. 167

[152] AAS Vol. XX, pág. 167

[153] Luc. XIX, 14

[154] I Cor. XV, 25

[155] AAS Vol. XX, pág. 108

[156] AAS Vol. XX, pág. 168

[157] Sed etiam gaudia jam tum filias diei præcepimus auspicatissimi, quo die omnis orbis libens volens quæ Christi Regis suavissimae dominationi parebit.

[158] AAS Vol. XX, pág. 168