NOCIONES ACERCA DE LA DEVOCIÓN DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

DE LA PRINCIPAL PRÁCTICA DE ESTA DEVOCIÓN Y DE LOS FRUTOS MÁS PRECIOSOS QUE DE ELLA HAN DE SACARSE

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Dios ha ordenado en mí la caridad, estableciendo reglas para mis afectos, dice la esposa en el Cantar de los Cantares: Ordinavit in me charitatem. Estas dos palabras resumen admirablemente toda la perfección, y encierran la más completa y más exacta idea de la santidad del cristiano.

Efectivamente, el hombre puede ser considerado: 1° en sí mismo; 2° en sus relaciones con Dios; y 3° en sus relaciones con el prójimo.

El orden perfecto establecido en el hombre, considerado bajo estas tres fases, es precisa e indudablemente la verdadera perfección.

Véase ahora lo que obra la devoción al Sagrado Corazón en las personas que la ejercen. 1° Las une estrechamente a Jesucristo, en el cual hallan su propia perfección; 2° En virtud de esta estrecha unión tributan a Dios homenajes dignos de Él; y 3° aman al prójimo cual se debe.

Digamos una palabra sobre cada uno de estos puntos.

I. Conocer, amar, e imitar a Jesucristo en su interior y en las disposiciones más íntimas de su alma; conformar nuestros juicios, nuestros afectos, y nuestras acciones a los que admiramos en Él, formando en nosotros, como si dijéramos, a nuestro Salvador, para sustituir su vida a la nuestra, Donec formetur Christus in vobis (Gal. 4) es el primer objeto y el fruto inmediato de esta devoción.

Escuchemos como Santa Margarita María se explica en sus escritos acerca de este particular. «Tratad de formar vuestra vida sobre el modelo de la humildad y dulzura del Corazón amable de Jesús, uniéndoos a todas sus intenciones. Ofreced la pureza de ellas para reparar la impureza de las vuestras» (p. 274). «El sagrado Corazón lo hará todo por mí, si le dejo hacer: Él querrá, deseará, amará por mí y en mí, supliendo todos mis defectos» (322). «Unid vuestra oración cuando oréis, a la que Él hace por nosotros en el Santísimo Sacramento; cuando recéis unid igualmente vuestro rezo a las alabanzas que Él tributa a su Padre en el mismo Sacramento; y cuando oigáis Misa, uníos a las intenciones de Jesús en su sacrificio» (263).

II. Para nosotros es una obligación el glorificar a Dios, adorarle, alabarle, bendecirle y amarle. Ahora bien; ¿cómo podremos cumplir con este deber? Abandonados a nosotros mismos, dejaríamos nuestros homenajes muy por debajo de lo que merecen las infinitas perfecciones de Dios. Sin Jesucristo, imposible nos es atravesar el inmenso espacio que nos separa de Dios; en cambio unidos a Él, venimos a ser ricos con sus tesoros, fuertes con su poder y ennoblecidos en nuestro amor por el amor del Corazón de Jesús, podremos ponerlos en proporción de la excelencia infinita de aquel a quien se dirigen.

Oigamos otra vez a la santa Religiosa, a quien Jesucristo reveló sus secretos: «Unid vuestras adoraciones a las que Jesús rinde a su Padre en el Santísimo Sacramento; amad a Dios con el amor de este divino corazón; adoradle con sus adoraciones; alabadle con sus alabanzas; obrad con sus operaciones y querréis con sola su voluntad», (p. 319). «Eterno Padre, permitidme que os ofrezca el Corazón de Jesucristo, vuestro amado Hijo, como Él mismo se ofrece a Vos en sacrificio. Recibid esta ofrenda que tanto os place con todos los deseos, sentimientos, afecciones, movimientos y actos de este Sagrado Corazón. Recibid todo esto como otros tantos actos de amor, de adoración y alabanza, que ofrezco a vuestra divina Majestad , puesto que por Él solo sois dignamente adorado y glorificado» (p. 349).

III. El tercer efecto de la devoción al Sagrado Corazón es arreglar y perfeccionar nuestras relaciones con el prójimo. Y en primer lugar ¿qué nos predica el Corazón de Jesús sino la dulzura, la humildad, la obediencia, y la misericordia? Aprended de mí nos dice el divino Salvador que soy manso y humilde de corazón.

No obstante podemos reasumir en una sola palabra, todo cuanto hay que decir sobre este asunto. Jesús nos enseña de la manera que nosotros debemos amar a nuestros hermanos; y mejor nos lo enseña con sus obras, que con sus palabras; toda su vida no ha sido otra cosa que un ejercicio continuo de este amor, y la razón de todo cuanto Él ha hecho y padecido durante su vida mortal, se halla en esa frase del Evangelio: Ved como amaba: Ecce quomodo amabat.

Como si no fuera bastante darnos lección y ejemplo, Jesús mismo nos comunica este amor, haciendo partir de su corazón los rayos que hacen arder el nuestro. Como jefe de la Iglesia, Él es el lazo invisible que une entre sí todas las partes de este cuerpo; lazo que consiste únicamente en la caridad, de que Jesucristo es el principio, y la cual, después de haber reunido los miembros a la cabeza, une todos sus miembros entre sí con un mismo amor.

De aquí nace también el celo ardiente que les anima a trabajar en bien del prójimo. «Oh Salvador mío, decía Santa Margarita María, descargad sobre mí toda vuestra cólera, pero no se pierdan estas almas que tan caras os han costado» (p. 155).