Hora Santa En la Víspera de la Fiesta del Sagrado Corazón

Del Manual de la Guardia de Honor (Año 1904)

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Su origen.

La devoción de la HORA SANTA tuvo su origen en la oración que Jesús hizo en Getsemaní, la víspera de su muerte en la noche del Jueves al Viernes Santo.

Consiste en pasar una hora entera en oración, de las once a las doce de la noche de ese día todas las semanas. Su institución se debe a Nuestro Señor mismo, que la pidió su fiel sierva la Santa Margarita María de Alacoque, religiosa de la Orden de la Visitación, en estos términos: “Todas las noches del Jueves al Viernes, te haré participante de aquella mortal tristeza que quise sentir en el huerto de las Olivas… Y para acompañarme en la humilde oración que presenté entonces a mi Padre; te levantarás entre once y doce de la noche; y prosternada, pegando el rostro con la tierra, procuraras no solo aplacar la ira divina pidiendo la gracia para los pecadores, sino también endulzar de alguna manera la amargura que sentí por el abandono de mis Apóstoles, a quienes reprendí por no haber podido velar una hora conmigo”.

Resulta, pues, de estas palabras que la Hora Santa es una de las prácticas más queridas del Corazón de Jesús. Tiene por objeto consolarle de la ingratitud de los hombres; reparar las ofensas de los pecadores, obtener gracias particulares para los agonizantes, para las personas afligidas y en fin, excitarnos a una viva contrición.

Se puede hacer la Hora Santa delante del Santísimo Sacramento, o transportándose en espíritu al pie de un Tabernáculo, porque no se debe consolar sólo la agonía dolorosa de Getsemaní, sino también la agonía incesante, si podemos decirlo así, del Dios de la Encarnación; pues el mismo que sufrió la primera, soporta la segunda…

Jesús en el Santísimo Sacramento se digna reclamar nuestro amor y nuestros consuelos. ¿Quién se los rehusará?

No hay prescripta para emplear devotamente en la Hora Santa, ninguna meditación particular; pero las palabras de Nuestro Señor, indican que conviene meditar su dolorosa agonía, sus profundas humillaciones y su amor, pagado con tantas ingratitudes; así como deplorar el perdón de nuestros pecados, y los ultrajes hechos a la Majestad divina en el discurso de los siglos.

El ejercicio de la Hora Santa se hace el jueves antes de media noche, en la Iglesia o en cualquier otro lugar. Puede empezarse a cualquier hora, desde el momento en que se permite rezar el oficio de Maitines del día siguiente.

Preparación.

¡Oh amantísimo Jesús, inmolado por nosotros! ¡Oh amado Salvador nuestro! permitid que me arrodille a vuestro lado, en el huerto de las Olivas, y que pase íntimamente unido a vuestro Corazón agonizante, la Hora Santa que habéis pedido a vuestra fidelísima y víctima, la Bienaventurada Margarita María.

¡Concededme, oh adorable Salvador, una íntima participación de vuestros incomprensibles dolores, y de los sentimientos de compasión que llenaron el alma de vuestra Santísima Madre en aquella noche de mortales angustias! Os ofrezco, para suplir mi insuficiencia, los afectos de esta Madre amantísima, los de la B. Margarita María, y los de todas las almas que mas os han consolado en este Misterio de dolor y de amor; y también los de vuestros fieles Guardias de Honor que, en esta misma hora, se asocian al amarguísimo desamparo de vuestra santísima Alma en el huerto de Getsemaní.

Oh Jesús, misericordia y dulzura mía, oh suavísimo y afligidísimo Maestro, toleradme en vuestra presencia… escuchadme… bendecidme y sumergidme en el océano de amargura que va a invadir y llenar vuestro dulcísimo Corazón. Amén.

Primer cuarto de Hora.

Mi alma esta triste hasta la muerte.

Consideremos a Jesús, el gran penitente de amor, al Cordero inmaculado presentándose delante de su Padre, cargado con todas las iniquidades del mundo, “Se hizo pecador por nosotros, dice San Pablo.” Se hizo nuestro fiador, y ha de pagar hasta el último cuadrante de nuestra deuda.

Todas las abominaciones, impurezas, traiciones, atentados, maldades, sacrilegios… todos los crímenes, para decirlo en una palabra, que han manchado y mancharán a la humanidad entera; Él, la Santidad infinita, se ha revestido de ellos como de una lepra asquerosa.

¡Cubierto con este manto de ignominia, se arrodilla para confesar, en el tribunal de la Justicia divina, todos los pecados de los hombres!

Confiteor Deo omnipotenti…

Y no solamente los confiesa uno a uno, sino que le producen vergüenza inexplicable y contrición infinita: e implora desde el fondo del abismo de humillación y de dolor en que está sumergido, el más humilde perdón de ellos…

De profundis clamavi ad te Domine…

¡Ah! el pecado, ese lodo inmundo, ese mal abominable con que el nobilísimo Hijo de Dios se siente como impregnado hasta lo más intimo de su sustancia, le llena de tan grande angustia, que, cayendo postrado sobre su rostro, exclama: iTristis est anima mea usque ad mortem! ¡Mi alma esta triste hasta la muerte!

Dulcísimo Cordero que quitáis los pecados del mundo, preservadnos para siempre de este único y supremo mal. Por el mortal desamparo a que nuestras iniquidades Os redujeron en Gersemaní, hacednos concebir un vivo dolor de nuestros pecados y la enérgica resolución de no ofenderos en adelante. Perdón, Señor, para nosotros, perdón para los pobres pecadores nuestros hermanos!

Acto de contrición. — Parce Dómine.

Segundo cuarto de hora.

 Padre, si es posible, pase de mí este cáliz.

No solamente Jesús se ha revestido de nuestras iniquidades y las ha confesado a la Majestad sino que las ha expiado en su Corazón, en el Huerto, en su carne santísima, sobre la Cruz.

Consideremos, lo primero, que sobre el Corazón Santísimo de su muy amado Hijo va a descargar el Eterno Padre su enojo, y ejercer todo el rigor de su justicia. Consideremos a Jesús, dulce Cordero, mansedumbre infinita, entregado al terror de la vista de su Padre irritado. ¡El temor… el tedio… la tristeza se apoderan de su alma santisima! Comienza temer “pavere”, a la vista de los tormentos que le esperan… a sentir un tedio mortal… “taedere”, causado por la ingratitud de los hombres y por la inutilidad de su Pasión para tantos… y a afligirse… “maestus ese”, con amarga tristeza mirando nuestros innumerables pecados, los cuales ha tornado sobre sí, abrevado de amargura.

Y el alma santísima del Salvador, llena de terror, pide misericordia: “Padre, si es posible, pase de mí este cáliz”… Su espíritu se turba, su cuerpo tiembla y suda sangre hasta regar con ella la tierra.

Escuchemos lo que el mismo Nuestro Señor reveló a la B. Margarita María acerca de la lucha formidable que sostuvo en el Huerto de Getsemani.

“He comparecido, dijo, ante la Santidad de Dios, quien, sin atender a mi inocencia, me ha anonadado en su santa ira, haciéndome beber el cáliz lleno de la hiel y de la amargura de su justa indignación, como si hubiera olvidado el nombre de Padre para sacrificarme a su justa cólera”.

“No hay criatura alguna, añadió Nuestro Señor, que pueda comprender los grandes tormentos que sufrí entonces; y este mismo dolor es el que experimenta el alma criminal cuando comparece ante el tribunal de la santidad divina, que pesa en algún modo sobre ella, la lastima con su peso, la oprime y la destroza porque así lo pide la divina justicia”.

¡Oh! pensemos que un día tendremos nosotros que comparecer también ante la santidad de Dios; preparémonos a sufrir sus rigores, porque “si esto se hace en el leño verde, con el seco que se hará?”

 Y sobre todo, seamos indulgentes con nuestros hermanos… no los juzguemos y no seremos juzgados. Con la misma medida con que midiéremos, seremos medidos.

Miserere mei Deus… In te Domine speravi.

Tercer cuarto de hora.

iQué! ¿No habéis podido velar una hora conmigo?

La Victima santa, inundada en su sangre, se levanta buscando quien la consuele… Pero ¡ay! el gran Justo abandonado en Getsemaní hubo de exprimir solo el lagar… Sus tres más queridos e íntimos amigos, Pedro, Santiago y Juan, dormían algunos pasos de allí. ¿Quién podrá decir el dolor que sintió Jesús por semejante abandono… a tal hora… en tal lugar? Pero su amantísimo Corazón debía conocer todos los dolores, y cubrirnos con toda su indulgencia: iQue! ¿No habéis podido velar una hora conmigo? ¡Que dulce reconvención… seguida de aquella caritativa advertencia! Velad y Orad, porque no caigáis en tentación.

 jOh Maestro agonizante, y siempre paciente y bondadoso, no permitáis que Vuestros escogidos, Vuestros Guardias de honor, se adormezcan jamás cobardemente en el puesto de amor en que Vos los habéis tan misericordiosamente colocado!

En Vuestro tabernáculo, como en el Huerto de las Olivas, sufrís aun todos los horrores de una lenta agonía. Allí Os persiguen las traiciones; la ingratitud de los hombres Os hace gemir, lloráis nuestros crímenes; y los confesáis día y noche a Vuestro Padre Celestial… Oh Jesús, dulcísimo Jesús, que, careciendo de los divinos consuelos, nos habéis convidado a consolaros; hacednos vigilantes y esforzados, generosos y enteramente dedicados a Vuestro sagrado Corazón. Enseñadnos a orar y velar, para no caer en la tentación y para que nos libremos de todos los peligros de la hora presente. Por el incomparable desamparo de Vuestro Corazón en Getsemani tened piedad, ioh Jesús! de los afligidos. Consoladlos, sostenedlos y santificadlos en la hora de la prueba. Piedad también, Señor, para los agonizantes, y para nosotros mismos, cuando llegue la terrible hora de comparecer delante de Vos, y de recibir la sentencia que nos hará dichosos o desgraciados por toda una eternidad. Amén.

Oración por los agonizantes.

Oh Clementísimo Jesús, lleno de amor por las almas,

suplícote por la agonía de tu Santísimo Corazón,

y por los Dolores de tu Inmaculada Madre ,

purifiques en tu Sangre a todos los pecadores que están agonizado en este momento

y han de morir hoy mismo. Amén. 

Corazón agonizante de Jesús, tened misericordia de los moribundos.

Corazón dolorido de María, sed consuelo de todos los agonizantes.

Último cuarto de hora.

“Ya el Hijo del hombre va ser entregado en manos de los pecadores. Levantaos, vamos”.

Jesús había orado tres veces diciendo: “Padre, si es posible, pase de mí este cáliz”, añadiendo luego: “No se haga mi voluntad, sino la Vuestra”. Ahora bien, esta voluntad Santa era que el adorable agonizante muriese, “porque la muerte es la paga del pecado”.“Levantaos, dijo a sus discípulos, y vamos”. —“¿A dónde, mi dulce Maestro y Señor?”… — “Al beso de Judas, al Pretorio, a la Columna, al Calvario, al patíbulo infame…” Y, adelantándose a la tropa enemiga que viene a prenderle: “¿A quién buscáis?” les dijo. “A Jesús de Nazaret…”“Yo soy”.

¡Oh gran Combatiente de amor! ¡Oh Luchador magnánimo que nos convidáis a seguiros! “Henos aquí”. Vuestros Guardias de honor Os escoltarán debidamente, subirán con Vos a la montaña santa de los dolores, que es el “monte de los amantes”. Bajo Vuestras ordenes, oh Rey inmortal de los siglos, quieren pelear el buen combate, vencer al príncipe de las tinieblas, triunfar del mundo, y morir resueltamente a sí mismos, a fin de vivir solo para Vos.

Vamos y muramos con él.

Transportémonos en espíritu al Calvario. Adoremos al divino ajusticiado expirando en el árbol de la Cruz: ¡Él es el Amor muerto de amor!… ¿No viviremos en adelante para amarle únicamente? Si; en retorno entreguémonos todos a Jesús; y por Él, con Él y en Él, al beneplácito divino. Unamos nuestras pobres inmolaciones a su continua inmolación en el altar. Volvamos sacrificio por sacrificio, amor por amor al Corazón herido de Jesús, y entremos en seguimiento de la Santísima Virgen María, San Juan y Santa María Magdalena, en su Llaga adorable, para no salir jamás de ella.

HAEC REQUIES MEA.

Conclusión.

¡Padre Santo, que habéis amado tanto al mundo que le habéis entregado y sacrificado a Vuestro Hijo único, nosotros Os bendecimos por esta incomprensible misericordia! No pudiendo hacerlo dignamente, Os damos gracias por medio del Corazón de nuestra dulce y santa Victima. ¡Después de hacerse nuestra redención, se hará nuestra acción de gracias! Y a Vos, oh Salvador, oh Cordero, oh amor nuestro inmolado, Os alabamos, Os bendecimos, Os glorificamos por todos los siglos, por haberos sacrificado por la salvación de Vuestras pobres criaturas. Por medio del Corazón de María inmolada al pie de la Cruz, por la voz elocuente de sus lágrimas de Madre. Os damos gracias, y Os prometemos, oh Jesús amadísimo, huir del pecado, combatir nuestras perversas inclinaciones, vencer nuestra repugnancia para el bien, y nuestro apego at mundo y sus falsos placeres, repitiendo con Vuestra fiel amante la B. Margarita María:

 “El amor divino me ha vencido, él sólo poseerá mi corazón”. Amén. 

ACTO DE DESAGRAVIO DE PÍO XI

¡Oh dulcísimo Jesús, cuyo inmenso amor a los hombres no ha recibido en pago, de los ingratos, más que olvido, negligencia y menosprecio! Vednos postrados ante vuestro altar, para reparar, con especiales homenajes de honor, la frialdad indigna de los hombres y las injurias con que, en todas partes, hieren vuestro amantísimo Corazón.

Mas recordando que también nosotros alguna vez nos manchamos con tal indignidad de la cual nos dolemos ahora vivamente, deseamos, ante todo, obtener para nuestras almas vuestra divina misericordia, dispuestos a reparar, con voluntaria expiación, no sólo nuestros propios pecados, sino también los de aquellos que, alejados del camino de la salvación y obstinados en su infidelidad, o no quieren seguiros como a Pastor y Guía, o, conculcando las promesas del Bautismo, han sacudido el suavísimo yugo de vuestra ley.

Nosotros queremos expiar tan abominables pecados, especialmente la inmodestia y la deshonestidad de la vida y de los vestidos, las innumerables asechanzas tendidas contra las almas inocentes, la profanación de los días festivos, las execrables injurias proferidas contra vos y contra vuestros Santos, los insultos dirigidos a vuestro Vicario y al Orden Sacerdotal, las negligencias y horribles sacrilegios con que es profanado el mismo Sacramento del amor y, en fin, los públicos pecados de las naciones que oponen resistencia a los derechos y al magisterio de la Iglesia por vos fundada.

¡Ojalá que nos fuese dado lavar tantos crímenes con nuestra propia sangre! Mas, entretanto, como reparación del honor divino conculcado, uniéndola con la expiación de la Virgen vuestra Madre, de los Santos y de las almas buenas, os ofrecemos la satisfacción que vos mismo ofrecisteis un día sobre la cruz al Eterno Padre y que diariamente se renueva en nuestros altares, prometiendo de todo corazón que, en cuanto nos sea posible y mediante el auxilio de vuestra gracia, repararemos los pecados propios y ajenos y la indiferencia de las almas hacia vuestro amor, oponiendo la firmeza en la fe, la inocencia de la vida y la observancia perfecta de la ley evangélica, sobre todo de la caridad, mientras nos esforzamos además por impedir que seáis injuriado y por atraer a cuantos podamos para que vayan en vuestro seguimiento.

¡Oh benignísimo Jesús! Por intercesión de la Santísima Virgen María Reparadora, os suplicamos que recibáis este voluntario acto de reparación; concedednos que seamos fieles a vuestros mandatos y a vuestro servicio hasta la muerte y otorgadnos el don de la perseverancia, con el cual lleguemos felizmente a la gloria, donde, en unión del Padre y del Espíritu Santo, vivís y reináis, Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.