NOCIONES ACERCA DE LA DEVOCIÓN DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

FUNDAMENTOS EN QUE DESCANSA ESTA DEVOCIÓN

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Que toda la santidad, toda la perfección del cristiano y del religioso consiste en imitar a Jesucristo, reproduciendo las virtudes de este divino modelo, es una verdad que nadie puede poner en duda. “Aquellos que Dios conoció anticipadamente como predestinados para sí, quiso que fuesen conformes a su Hijo”.

Que Jesucristo sea el principio de la vida sobrenatural para los miembros del cuerpo de que Él es la cabeza, de modo que de Cristo, como de raíz que es, proviene la savia que nutre todas las ramas de este grande árbol, es cosa que nadie puede negar. Yo, dice Él mismo, soy la vid, y vosotros los sarmientos: Ego sum vitis, vos palmites (Joan. 15).

Que el divino Salvador sea fuente única de las gracias que se conceden a sus miembros; regla universal a que debe ajustarse todo; medio necesario por el que todo debe hacerse en el orden sobrenatural; fin propio e inmediato del cristiano, que no puede llegar a Dios sino por Jesucristo, es punto no menos cierto.

Unirse a Jesucristo como a su Cabeza; imitarle como a su modelo; apoyarse en Él como en el fundamento que sostiene todo el edificio; encaminarse a Él como a su fin: he aquí el deber de todo cristiano; he aquí el estudio y trabajo de su vida entera; he aquí el origen, el progreso y el término de la perfección.

A Jesucristo, dice San Agustín, no puede considerársele separado de los hombres, puesto que está unido a ellos por la Encarnación. La Cabeza y el cuerpo no constituyen más que un solo hombre; un solo Cristo. El Salvador del cuerpo y los miembros del cuerpo están reunidos, como si dijéramos, en la propia carne; su oración es común; comunes también sus padecimientos; y cuando el tiempo de la iniquidad haya pasado, el reposo y la dicha serán comunes así mismo.

Pero si así es; si según la doctrina de San Agustín, y antes que suya de San Pablo, nosotros no componemos más que un solo cuerpo con Jesucristo, duo in carne una; si su oración es la nuestra, et in voce una; si los padecimientos que sufrimos y los gozos que esperamos nos son comunes con Él, et in passione una, et in requiem una; si por último no hay en la Iglesia más que una sola Cabeza, y esta es Jesucristo, caput Christus (Eph. 4), ¿no debe decirse en el propio sentido, que tampoco hay más que un solo corazón?

Sí, decía San Bernardo, vuestro Corazón oh Jesús, es también el mío (serm. 3, de Pass.) No consideremos pues el Corazón de Jesucristo como corazón del Hijo de Dios solamente; sino también como corazón de todos los hombres. Si Él ha sido lleno de gracia, e inundado de un amor infinito, lo ha sido con el fin de que difundiese en nosotros su plenitud, y de que el santo fuego en que arde consumiese el nuestro, de plenitudine ejus nos omnes accepimus (Jo. 1).

El Corazón de Jesús es el foco universal que distribuye sus rayos entre todas las almas que aman a Dios. Es el precioso suplemento concedido a nuestra debilidad, y destinado a elevar hasta el infinito nuestras acciones y virtudes, nuestras plegarias y méritos. Es el órgano admirable dado al género humano para cumplir con perfección, el gran precepto de amar.

El Corazón de Jesús es la vida de los corazones, en cuanto les comunica la gracia y la fuerza, el amor y la fecundidad de las obras buenas.

El Corazón de Jesús es el modelo de todos los corazones: pues que les alumbra con su luz, y en Él se encuentran practicadas, con la más alta perfección, todas las virtudes.

El Corazón de Jesús es el rey de los corazones, en cuanto dirige y regula todos sus afectos. Este benéfico sol de los espíritus tiene a su cargo la dirección y el movimiento de los demás corazones, ejerciendo en todos su poder de atracción para que no se desvíen de su órbita.

Tales son los oficios del adorable Corazón de Jesús. Si el Salvador divino es justamente llamado el hombre por excelencia, Ecce homo, su Corazón debe considerarse como el Corazón único verdaderamente santo y digno de Dios, puesto que solamente por Él y en Él pueden los otros corazones llegar a ser agradables a la divina Majestad.

He aquí el punto de vista donde debemos colocarnos para formar una idea justa de la devoción de que se trata. Así nos será fácil comprender cuál es su objeto, y su verdadero espíritu; cuál la práctica más sólida y sustancial a que conviene se apliquen, con preferencia a todo, las personas que hacen profesión de honrar al Corazón de Jesús.

 

 

CUÁL SEA EL OBJETO DE LA DEVOCIÓN AL SAGRADO CORAZÓN

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El objeto propio de esta devoción es el divino Corazón del Salvador; el Corazón material y de carne; ese Corazón, órgano principal de la vida física, pero que también es en el hombre el órgano de la vida moral y de los afectos del alma.

Pero no lo consideramos aquí como separado ni aislado del cuerpo a quien comunica la vida por medio de la sangre; y menos aún separado del alma que lo informa, y de la cual es fiel instrumento en el ejercicio del amor; tampoco lo consideramos como separado de la divinidad, que está unida al cuerpo y al alma de Jesucristo.

El Corazón de Jesucristo es el Corazón del Hombre Dios; es el Corazón vivo y animado; es el Corazón sensible, participando a su modo de los afectos del alma; es el Corazón amando con el mismo amor con que ama la Persona divina, a la cual se halla indisoluble y eternamente ligado; es el símbolo, el órgano y el instrumento del amor de Dios.

Sin embargo, para comprender mejor la razón íntima y fundamental de esta devoción, y para hacer al propio tiempo más perceptible su naturaleza, su excelencia y fin, bueno será entrar en algunas explicaciones que pongan en claro este punto.

I. ¿Qué viene a ser el corazón en el hombre? ¿Cuáles son sus funciones con respecto al cuerpo y alma? ¿Qué oficio desempeña este órgano en nosotros?

Todo el mundo sabe que el hombre se compone de dos sustancias: una material y sensible que es el cuerpo, y otra espiritual que es el alma. Tan fuerte es la trabazón de estas dos sustancias, que ambas tienen que concurrir a la formación de un solo ser, confundiéndose, por decirlo así, en la unidad que representa a una y otra.

De esta doble sustancia nacen en el hombre operaciones distintas, y propiedades diversas; operaciones y propiedades que serían incompatibles entre sí, si aquellas dos sustancias no estuviesen tan íntimamente conjuntas. Mas como están identificadas en la unidad de persona, sus actos respectivos se compenetran mutuamente de la manera más estrecha, en términos que a las operaciones espirituales del alma corresponden impresiones y operaciones físicas y análogas en el cuerpo, y recíprocamente las modificaciones en los órganos provocan en el alma pensamientos y afecciones análogas. Así es que a pesar de la gran diferencia que existe entre la naturaleza y propiedades de una y otra sustancia, todo viene a ser común a entrambas, de modo, que lo que afecta el cuerpo, afecta también al alma que lo anima, así como, lo que afecta al alma afecta también al cuerpo que le está unido.

Bajo este concepto, todo lo que pertenece al hombre debía participar del cuerpo y del alma, apareciendo marcado con el doble sello de las dos sustancias que lo constituyen, y éso tan necesariamente que, faltando una de ellas, dejara de ser hombre y de obrar como tal. Sin embargo, en cada acción de éstas no hay duplicidad aunque sean dos las causas que concurran a producirla, puesto que no hay más que un solo agente, una sola persona: el hombre.

No hay duda que en el alma, como en la parte más noble y que goza de una actividad intrínseca y vital, es donde debemos buscar el principio de las operaciones, y no en el cuerpo que aquí no tiene otro carácter que el de causa secundaria y material. El poder efectivo de obrar, reside en la voluntad como en la más alta potencia del hombre, la que manda y gobierna a las otras facultades incluso el entendimiento, del cual, en cierto sentido depende, pero sobre el cual ejerce bajo otros conceptos, un imperio positivo.

La voluntad, en suma, reina en el cuerpo y en los sentidos, en los órganos y en los miembros; solamente en la voluntad se halla el hombre, por decirlo así, todo entero, en cuanto ser racional, libre, y obrando libremente, como que la voluntad es la que pone a sus acciones la marca de la libertad y de la moralidad que las eleva a la condición de actos humanos, haciéndolos meritorios, o faltos de mérito. Pero esta voluntad en un individuo compuesto de cuerpo y alma no se ejercita de un modo enteramente independiente de los órganos. Dios, al formar el hombre de dos sustancias distintas, preparó con su infinita sabiduría, un sentido interior, destinado a servir de instrumento dócil a la voluntad, y a propósito para facilitar su acción sobre el cuerpo, materializando en cierta manera, esta acción espiritual por su naturaleza, haciéndola sensible, a fin de dar cuerpo al amor y demás afectos del alma.

Este órgano que en más directas relaciones está con la voluntad, y es como el punto de partida de todas las operaciones del cuerpo, y centro a donde confluyen todos los afectos; este órgano que ocupa el primer lugar entre los otros, y hace para con ellos el oficio de primer motor; este órgano superior que recibe inmediatamente las órdenes del alma, para transmitirlas y hacerlas ejecutar por los miembros sobre los cuales ejerce una especie de soberanía, es el corazón.

El corazón, en efecto, está en correspondencia directa con la voluntad: recibe más inmediatamente la vida, el movimiento, el impulso del alma, en razón, a que tiene a su cargo, comunicar todo esto a los miembros. Por su medio, ejerce el alma su influjo sobre el resto del cuerpo, y el cuerpo está en correspondencia con el alma, haciéndola participar de todas las modificaciones que le sobrevienen.

El corazón pues viene a ser como el punto de reunión, el centro de actividad de las dos sustancias; el que representa al hombre todo entero, supuesto que la condición esencial de la vida física empieza por el corazón , por el corazón se perpetúa, y cesa cuando cesa la acción del corazón.

Es también la expresión de la vida moral, y el asiento del amor sensible, que en el hombre sigue naturalmente al amor espiritual.

Al corazón es a quien atribuimos las virtudes, y la repugnancia del vicio; a él se le mira como a principio de los grandes hechos y se le hace responsable de los crímenes; a él es a quien se pide cuenta de los desórdenes morales, y a él es a quien se atribuye la gloria de cuanto es generoso y justo.

El corazón puede decirse, es la expresión equivalente del hombre. Él es el centro de las pasiones, el foco del amor y de la ira, del deseo y del miedo, de la alegría y de la tristeza, de la afabilidad y de la cólera.

El hombre, puede decirse, está compendiado en su corazón. Al corazón es a quien se le tributa el respeto, la estimación, y el amor que se le cree deber porque es también el objeto del menosprecio y de la ira. Generalmente decimos: Es un corazón noble y grande, o bien un corazón bajo y pequeño; es un corazón franco, justo y leal, o un corazón solapado, hipócrita y reservado; es un corazón inocente y puro, o un corazón maleado y corrompido.

El corazón del hombre, es su amor, es su voluntad; es por decirlo así, hombre mismo. Por aquí se comprenderá cuáles son sus funciones, y cuáles son las ideas que esta palabra debe despertar en el espíritu. Los vínculos del corazón con el amor y la voluntad son tan estrechos, que en lenguaje ordinario se confunden en un mismo nombre, diciendo indistintamente: dar su corazón a Dios, amar a Dios de todo corazón.

Dios mismo emplea ese lenguaje, como que en los libros Santos nada es más común que esta manera de hablar hallándose particularmente consagrado en los términos con que está escrito el primer mandamiento: Amarás a tu Dios Señor de todo corazón (Math. 22.).

Así como es natural que el fuego queme (dice santo Tomas), también el corazón por naturaleza ama. La vida del corazón, es el amor; imposible le es al corazón que quiere vivir, estar sin amor. Esto explica, por qué el corazón, que es el primer manantial y asiento de la vida, debe por el primer mandamiento, cooperar en su manera a la producción de la vida de la gracia.

El corazón además, según dice el filósofo, es el primer órgano del sentimiento, y por esto era conveniente que el acto mandado por el primer precepto, se hiciera sensible. (Op. 61, De dileclione, c. XIX).

II. Apliquemos todo esto a Jesucristo. Él es hombre perfecto, luego todo cuanto hemos dicho del corazón del hombre conviene al Corazón de Jesucristo.

Él nos representa y reasume, por decirlo así, la santa humanidad entera puesto que por una parte, está animado, vivificado e informado por el alma del Salvador, y por otra comunica por medio de la sangre la vida y movimiento a todo el cuerpo.

Aún más, Jesucristo es Dios; su Corazón es el Corazón de un Dios; y como en Él no hay más que una sola Persona, la persona del Verbo, que unida a la humanidad, regula todas las operaciones, atribúyense a Ella todas las acciones del Hombre Dios; acciones que por esta unión se hallan elevadas a esta dignidad infinita, y resultan acciones y operaciones divinas.

La razón está en que el cuerpo y el alma humanos de Jesucristo pertenecen al Verbo, se encierran en la Persona del mismo, no tienen otra personalidad que la del Verbo y por consiguiente no hay en Jesucristo más que un principio completo y adecuado de las operaciones que le convienen como Dios y hombre. Este principio es el solo responsable de todo cuanto tiene relación con las dos naturalezas, y al que se atribuyen con razón las operaciones de la una y de la otra, de tal suerte que se puede decir de la divina Persona de Jesucristo, todo cuanto se dice de la naturaleza divina y humana en el mismo.

Considerando pues ahora por una parte, que el corazón del hombre nos representa el hombre todo y se nos manifiesta como la expresión vital y sensible de las dos sustancias, alma y cuerpo, el alma de la cual está informado, el cuerpo del cual es el primero y más noble órgano; y que por consecuencia, el Corazón de Jesucristo es para nosotros el divino compendio de la santa humanidad; si consideramos por otra parte que en Jesucristo el alma y el cuerpo y consecuentemente el Corazón, están unidos a la persona del Verbo, recibiendo de Él una vida sobrenatural y divina , y por los derechos sagrados inherentes a la persona en virtud de la unión hipostática, son cuerpo, alma y corazón de un Dios, estamos autorizados para decir que el divino Verbo, estando unido al corazón que sirve respectivamente a las funciones del alma y cuerpo, los sentimientos del corazón, sus disposiciones, sus actos, sus sufrimientos, son las mismas disposiciones y sufrimientos del Verbo; y puesto que la unidad de persona nos obliga a reconocer en Jesucristo un solo principio completo de acción, debemos encontrar en el corazón del Salvador Divino a Jesucristo todo entero.

Este Corazón sagrado es para nosotros la fórmula abreviada que nos le recuerda; es el Corazón de un nombre Dios, vivo, animado, amante, informado, vivificado, divinizado, si así puede decirse, por la Persona a la cual pertenece, representándonos completamente al Hombre Dios.

En suma, a Jesucristo le hallamos en su Corazón.

III. Después de haber examinado lo que es el corazón en el hombre, y lo que es en el Hombre Dios, no nos será difícil comprender la razón íntima de la devoción al Sagrado Corazón; cuán justa y legítima es; cuán grande es su excelencia.

En efecto:

1° puesto que el Corazón está hipostáticamente unido al Verbo a quien pertenece y de quien no puede separarse, es digno de nuestra adoración, de nuestros homenajes y de nuestro amor, porque el amor en que arde por nosotros es el amor de un Dios; el dolor que le causan nuestros pecados es el dolor de un Dios; la dulzura , la paciencia, la humildad y la obediencia que tanto admiramos en el Corazón de Jesús, son las virtudes de un Hombre Dios; las humillaciones, los ultrajes y la ingratitud de que es objeto, van a parar a una Persona divina; luego también el honor que tributamos a este divino Corazón; los homenajes, los desagravios y el honor que le ofrecemos, se dirigen realmente a la divina Persona.

2° El honor que nosotros rendimos al Salvador puede formularse aún mejor en el que nosotros damos a su Corazón, por cuanto este Corazón nos representa y nos recuerda a la vez, la humanidad santa de la cual es el más distinguido órgano material, y la Persona divina que lo penetra con su acción, lo eleva a la dignidad de Corazón de un Dios, e imprime el sello de la divinidad en todos sus movimientos y afectos que le animan.

3° Demos un paso más: Dios está en Jesucristo y el mismo Jesucristo está en Dios; según ésto, si el divino Salvador se reasume todo en su Corazón como hemos dicho, honrar el Corazón de Jesús es honrar al mismo Dios; es honrarle en su amor, en su bondad, en su misericordia, de lo cual este Corazón es la expresión sensible más perfecta y elocuente.

4° Finalmente, ¿qué es la religión? Vamos a reducirla a dos puntos que lo encierran todo: lo que ha hecho Dios por el hombre; y lo que el hombre está obligado a hacer por Dios; en otros términos: el amor de Dios para con el hombre y el amor que el hombre debe a Dios.

Estos dos puntos se encuentran admirablemente en la devoción al Corazón de Jesús.

En cuanto a lo primero, ¿puede formularse de una manera más natural y más sensible el amor de Dios para con el hombre, que mostrándose bajo el símbolo de su corazón lleno de la caridad divina, y como penetrado del amor sustancial que es Dios? Deus charitas est (I. Jo. 4). Este corazón consumido por el fuego divino y eternal, cuya hoguera está en el Cielo ¿no nos recuerda de la manera más enérgica, hasta qué punto el Salvador nos ama, lo que hace y lo que ha sufrido por nosotros? ¿Dándonosle, no nos da todo lo que Él puede, pues que se nos da a sí mismo? Dios es caridad, Deus charitas est.

Pero al ofrecernos su Corazón, Jesucristo nos pide el nuestro: Prœbe, Fili mi, cor tuum mihi (Pro. 23). Este es el único objeto de su anhelo; de manera que toda la ley se resume en el precepto del amor.

Plenitudo legis est dilectio (Rom. 13). Es menester convencerse, de que el que da su corazón a Dios le da todo cuanto tiene, todo cuanto puede dar. Luego, ¿podía Él pedirnos nuestro corazón de una manera más persuasiva, más dulce y más obligatoria que por medio de la devoción de que tratamos? ¿No nos ofrece ésta el motivo más apremiante para amar a Dios, descubriéndonos el amor que nos tiene? ¿Y no es el Corazón de Jesús donde el cristiano descubre el modelo más perfecto de todas cuantas virtudes debe practicar, y del amor que debe tener a Dios y al prójimo?

Aquí se ve claramente cómo esta devoción encierra en compendio toda la religión; y cómo honrando al Sagrado Corazón de Jesús cumplimos con los más esenciales deberes que nos prescribe. ¿Qué más podríamos añadir a este elogio?

Cuanto hemos dicho de la íntima unión que existe entre el corazón y los sentimientos del alma, de la cual es órgano e instrumento, explica naturalmente, por qué atribuimos al corazón, los sentimientos, las disposiciones, las virtudes, los padecimientos y las perfecciones que convienen directamente al alma, pero que pertenecen también al corazón, supuesto que a su modo entra a la parte de esas disposiciones sentimientos y virtudes, y es como un espejo fiel que nos las presenta sensiblemente.

Este Corazón que se halla indisolublemente unido al alma y a la adorable Persona de Jesucristo, es el órgano más noble y principal de los afectos sensibles del Hombre Dios; es el centro de todos sus padecimientos exteriores; está santificado por los más preciosos dones del Espíritu Santo, y por la infusión de cuantas gracias es capaz.

Todo esto pertenece realmente al Sagrado Corazón, decía el P. Galiffet, todo le pertenece. De allí es de dónde saca su dignidad, su valor, su excelencia, y por consiguiente todo ésto entra en el objeto de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Este Corazón así dispuesto, así estrechado, así afligido y así herido, es el verdadero objeto de la devoción que venimos explicando.

Cuando examinamos, pues, el compuesto admirable que resulta del Corazón de Jesús, del alma y de la divinidad reunida en Él; de los dones y gracias que encierra; de las virtudes y afectos de que Él es origen y asiento; de los dolores íntimos de que es centro; de la llaga que recibió estando en la Cruz, se comprende por completo, el cuadro, por decirlo así, que se expone a la adoración y al amor de los fieles; cuadro evidentemente el más santo, el más noble, el más grande, el más sublime, y el más divino, y al mismo tiempo, el más dulce, el más amable, y el más tierno, que se puede diseñar.

Fácilmente se comprende el fin inmediato de esta devoción. El corazón de Jesús se nos presenta como el símbolo, y el órgano del amor; luego nosotros le debemos un culto, culto de amor. Preséntasenos afligido por la ingratitud de los hombres, y por los ultrajes de que es objeto; luego a Él le debemos un culto de reparación y de desagravio. Jesús nos ama, justo es que nosotros le amemos; por nosotros padece toda suerte de vejaciones e insultos, justo es pues que le atestigüemos nuestro sentimiento y la pena que experimentamos buscando maneras de indemnizarle de tantas injurias como le prodigan los pecadores.

Amor y reparación, tal es la divisa de toda alma que quiere honrar el Corazón de Jesucristo. Aquí está el doble deber que se le ha impuesto. No es otro el fin propio de esta devoción.